Infidelidad moderada II. Un casado en cama ajena
(Si quieres leer la primera parte: Por qué es preferible un casado)
El caballero en cuestión me enamoró por su simpatía, por su amabilidad y buen criterio. Es un hombre atractivo, moreno equilibrado. Me buscó él a mí en el sentido en que me escribía y me enviaba canciones o melodías que terminaron por llamar mi atención y se entabló un diálogo mediante email del que a los que nos gusta leer -y escribir- somos tan aficionados.
Lleva toda la vida con su mujer, a la que quiere y con la que está muy unido según sus palabras. No parecía que le remordiera la conciencia al tirarme los tejos virtualmente cada vez con más alegría, y poco a poco, casi sin querer, fue creciendo la curiosidad y se fue acotando una fantasía y con ella el deseo.
Finalmente me decidí a coger ese tren que me llevaba a un pueblo intermedio a nuestros lugares de residencia y donde hay un motel precioso al que fuimos derechitos en su coche, sonrientes y muy contentos, ¡el contacto visual funcionaba!
Entonces nos pedimos una paella a la habitación -eran las dos de la tarde- y un rioja rico que tomamos en la mesa camilla al lado de la ventana y charlamos amigablemente hasta los postres. Ya entonces yo había colocado mis pies en sus rodillas para que los masajease. Mis piernas, vestidas con medias color vino con encaje en la altura de los muslos llevaban un rato con ganas de abrirse. Me acerqué a su boca y nos besamos con gran gusto y nos palpamos con gran deleite y me desnudó, empeñado en que yo alcanzara mi placer anticipándolo al suyo.
Este hombre, que hacía tanto que no cataba mujer que no fuera su esposa,

"El virtuoso" Sara Sandkova
gozó largo y tendido con mis esencias y rocíos, con la textura de mi piel, con mis formas femeninas, pero no consiguió que su pene aumentase de tamaño, ni cobrase rigidez. Su miembro se negó a estimularse. Supo hacerme gozar – ¡menudo abanico de recursos!-, y de llevarme una y otra vez allí donde les encanta llevarnos y nos chifla que nos lleven. ¡Vive dios que gocé de su cuerpo! varón sabroso, hombre viril. Lo pasamos de vicio, entre risas y caricias. No disponíamos más que de cuatro horitas que se esfumaron volando aunque, por otro lado, ese lápsus, intermedio extraordinario en nuestra rutina, nos cundió de lo lindo.
Pese a la alta dosis de excitación y a nuestra dócil sumisión al carpe diem, su falo persistió en una terquedad blanda. En la próxima entrega os hablaré de lo que considero han sido las causas de esta impotencia circunstancial que no es ni la primera ni la segunda vez que me encuentro, si no al contrario, es hecho habitual en encuentros fortuitos con exceso de excitación y está estudiado y analizado por un montón de licenciados expertos.
(Para leer el desenlace: Desarreglos sexuales de los casados infieles)
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