Didáctica sexual.
Yo creo que las mujeres tenemos la obligación moral de enseñar a follar a los hombres, ya no tanto porque ello invierte en nuestro placer, como por solidaridad -o por quedar bien- con las futuras amantes de nuestro hombre.
Cuando estás con un amante nuevo sabes bien qué es lo que le ha enseñado su pareja anterior, las anteriores. Hay algunos que están tan despistados, que se tiene la seguridad de que la frívola de su mujer se ha dedicado a fingir y el hombre está tan en dirección opuesta que a ver cómo enderezas tú eso.
Claro que los hay duros de mollera y a esos no hay diosa que les haga aprender cosa alguna, pero no nos engañemos: éstos son los menos y la mayoría pone interés en ser bueno en la cama. Por gusto o por vanidad les encanta complacernos.
Yo, Silvia. Cuento erótico feminista al más puro estilo machista.
(La fantasía que sigue ha sido elaborada para exorcizar a la anterior).
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Silvia
Soy Silvia, emperatriz adorada por mis súbditos y temida por mis enemigos. Veinte años hace que cumplí cincuenta, pero mi juventud está salvaguardada bajo gracia divina -que inspira desde las alturas a mi equipo de imágen y estética-.
Combino mis funciones de mandataria presidencial con un ocio exquisito en el que sólo caben el lujo y la belleza. Me gusta rodearme de jóvenes hermosos y simpáticos, adonis que alegran mi vista y a veces también mi tacto. Bambinos de cuerpos esculpidos que se entusiasman ante mi presencia, me sonríen, adulan y cortejan. Ellos saben que soy generosa y complaciente con los que me son fieles y aquellos que me caen en gracia llegarán a ser ministros, o directores de judicatura y tendrán el privilegio de sentar sus culitos en mi regazo.
A mis amigas, poderosas hembras maduras, las agasajo en mi palacio.
En mis jardines de piscinas y varoniles cuerpos bronceados. Es muy placentero observar cómo se divierten, aquí son, como yo, diosas y ejercen sus derechos. Afuera queda la pesadez de esforzarse por ser apetitosos pastelitos. Si les place mostrar su pubis peludo, selvático y chorreante, sea. Aquí el postre lo sirvo yo y ellas tienen potestad para degustar cuanto deseen.
No han de preocuparse en complacencias: ellos siempre son amables. Ellos siempre, siempre, siempre sonríen.



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