¿Las mujeres fingimos?
La película a medio camino entre documental y ficción “Función de noche” -dirigida por Josefina Molina, interpretada por Lola Herrera y Daniel Dicenta- versa sobre la relación de Lola y Daniel, que estuvieron casados siete años y llevan catorce separados. Hablan y discuten mientras repasan su vida en común. En la charla hay espacio para los recuerdos dulces y también para los más amargos. El clímax se produce cuando Lola confiesa al que fue su marido, entre lágrimas, que ha fingido todos sus orgasmos en cada una de sus relaciones sexuales.
Me impresionó muchísimo esta película de cine-verité, y me resultó
tremendamente injusto que ella “saliese del armario” de ese modo tan obscenamente público. La cara de desconcierto de Daniel, que no se puede creer lo que oye es un poema. Verlo ahí, al marido, dañado en su virilidad -después fue, además, vilipendiado por la rama más cruel del feminismo como “cabeza de turco” del pésimo esposo amante-, me resultó doloroso.
Para nosotras puede ser cómodo fingir. Si finges y te comportas en la cama como una gata multiorgásmica – como las de las pelis- seguramente él quedará encantado contigo, le parecerás una mujer maravillosa y mimarás su ego haciéndole muy feliz. Si estás enamorada, te encanta hacerle feliz, si no lo estás, guardará un precioso recuerdo de ti y hablará maravillas. A los hombres les encanta vernos orgasmar y a nosotras, por lo general, nos encanta encantarles. De vez en cuando representar un buen show de orgasmos es divertido, pero si se convierte en el pan de cada día entiendo que debe ser aburridísimo y un foco de insatisfacción al fin para ambas partes. Es muy tentador pero no es rentable, hay que tener visión de futuro. Una vez que se ha fingido con un hombre, se entra en una rueda de torpezas de la que es complicado salir porque él esperará siempre esa misma respuesta superlativa haciendo lo mismo al mismo ritmo y a ver cómo se mantiene semejante juego de rol.
Lola vivía, según deja ver, en una contradicción y llevaba un gran dolor, por ello confesó así, a lo bruto. La justificación que encuentro a ese comportamiento en la película es que quizá haya ayudado a otras mujeres a no sentirse bichos raros si se han dedicado a interpretar su placer.
Didáctica sexual.
Yo creo que las mujeres tenemos la obligación moral de enseñar a follar a los hombres, ya no tanto porque ello invierte en nuestro placer, como por solidaridad -o por quedar bien- con las futuras amantes de nuestro hombre.
Cuando estás con un amante nuevo sabes bien qué es lo que le ha enseñado su pareja anterior, las anteriores. Hay algunos que están tan despistados, que se tiene la seguridad de que la frívola de su mujer se ha dedicado a fingir y el hombre está tan en dirección opuesta que a ver cómo enderezas tú eso.
Claro que los hay duros de mollera y a esos no hay diosa que les haga aprender cosa alguna, pero no nos engañemos: éstos son los menos y la mayoría pone interés en ser bueno en la cama. Por gusto o por vanidad les encanta complacernos.
Video porno
Ayer vi un video porno de una modelo guapísima que decidió convertirse en pornostar y filmó una mamada magnífica y un polvo más regularcito. Y bien: lo pasé fatal.
A medida que veía a esa diosa perfecta de ojos brillantes y cabello sedoso, piernas de alabastro, pechos redondos, cintura flexible,… se me iba poniendo vilis en el cuerpo.
Mi rechazo responde a un sentimiento tan básico como lo es la envidia: ajá, se trata de envidia. Me pica tanta perfección ajena.
Y yo me pregunto: ¿A los hombres no os pasa? ¿No se os pone mal cuerpo al ver esas ingentes vergas inmensamente envarilladas que follan cual dioses mitológicos? Se supone que ese -el tamaño, la potencia- es vuestro punto débil, y sin embargo parece que muchos tragais porno por un tubo. ¿Es autoflagelación? ¿No os rasca la envidia?
Yo, Silvia. Cuento erótico feminista al más puro estilo machista.
(La fantasía que sigue ha sido elaborada para exorcizar a la anterior).
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Silvia
Soy Silvia, emperatriz adorada por mis súbditos y temida por mis enemigos. Veinte años hace que cumplí cincuenta, pero mi juventud está salvaguardada bajo gracia divina -que inspira desde las alturas a mi equipo de imágen y estética-.
Combino mis funciones de mandataria presidencial con un ocio exquisito en el que sólo caben el lujo y la belleza. Me gusta rodearme de jóvenes hermosos y simpáticos, adonis que alegran mi vista y a veces también mi tacto. Bambinos de cuerpos esculpidos que se entusiasman ante mi presencia, me sonríen, adulan y cortejan. Ellos saben que soy generosa y complaciente con los que me son fieles y aquellos que me caen en gracia llegarán a ser ministros, o directores de judicatura y tendrán el privilegio de sentar sus culitos en mi regazo.
A mis amigas, poderosas hembras maduras, las agasajo en mi palacio.
En mis jardines de piscinas y varoniles cuerpos bronceados. Es muy placentero observar cómo se divierten, aquí son, como yo, diosas y ejercen sus derechos. Afuera queda la pesadez de esforzarse por ser apetitosos pastelitos. Si les place mostrar su pubis peludo, selvático y chorreante, sea. Aquí el postre lo sirvo yo y ellas tienen potestad para degustar cuanto deseen.
No han de preocuparse en complacencias: ellos siempre son amables. Ellos siempre, siempre, siempre sonríen.
Ninfómana.
La pobrecilla estaba encarcelada en un volcán de sensualidad incontrolada; quizá fuese una especie de ninfómana que tenía orgasmos dormida y despierta. Su cuerpo respondía frenético a cientos de fantasías que invadían su cabeza.
Realmente su sexualidad era casi triste aunque orgasmos tenía a patadas: uno tras otro. Al mínimo estímulo, buscaba el contacto genital, el frote enérgico, la penetración a salto de mata. Correrse resultaba fácil, no tenía más que recurrir a consabidas técnicas para alcanzar el goce repentino y con él una cierta calma.
Pero no había manera de que nuestra querida ninfómana alcanzase el éxtasis sensorial, relajación lúbrica y entrega absoluta.
Yo acostumbraba a ser así.
Ya no.





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