El carnicero, play-girl.
La esposa del viejo ni se inmuta cuando se entera del pataflús que le ha dado a su marido; es cierto que durante muchos años ha fantaseado con la idea de quedarse viuda y rehacer su vida con su cuñado, el carnicero, el amor de sus amores, pero ahora ya está muy desengañada. Esta señora que ha sido tan japuta con su legítimo ha sufrido en sus carnes todo el rigor del refrán aquel que dicta “allí donde las das: ¡tómalas!”.
¡Cuánto no habrá padecido de celos esta venerable mujer! Porque el carnicero tripón, desde que quedó viudo ha sido un picha alegre de amplio fuelle gracias, sobre todo, a la calidad de sus carnes. Su establecimiento fue un enjambre de fulanas decentes libertinas, amas de casa que no se limitaban a reírle las gracias al tendero, si no que le bailaban el chorizo con una alegría que pa qué.
No digo que todas las clientas pasaran por la piedra, pero os aseguro que no eran ni una ni dos las mosquitas muertas que se hacían con las mejores piezas a base de darle a la lengua. ¡Vivir para ver! Se daban allí situaciones extraordinarias, tales como las típicas discusiones de quién es la última, pero aquello era el mundo al revés.
- Pase usted delante.
- No, no, usted llegó primero.
- Oh, no, yo llegué después.
Todo por quedarse al festín, sabedoras de que al final queda la guinda, la última chupa premio ¡menuda lotería! ¡el gordo de navidad in persona!
- Venga señora, pase a la trastienda, que le enseño el cordero fresco.
Y ahí van, como cabritillas mansas meneando la cola detrás del castrón, que, después de unas breves carantoñas protocolarias, ni corto ni perezoso, desabrocha la bata blanca -machada de sangre por la pechera-, saca el filetón -morado como morcilla toledana- y lo ofrece sin remilgos. Y aquello que parece inaudito sucede: sin remilgo se lo toman a manos llenas, que ¿quien lo diría? … ¡unas señoras tan hacendosas!
Claro que de entre todas las pelanduscas, guapas pocas, adefesios la mayoría,
pero él no hace ascos a ninguna, al fin y al cabo la tremenda panza es una gran ventaja, esa inmensa protuberancia abdominal le ahorra verles la cara a las señoras ya atareadas en faena, que las pobres han de hacer la felación con la cabeza torcida -si la ponen derecha, la frente choca con el barrigón y no abarcan el cacho al completo-.
¡Esto es la leche! hay que ver de lo que son capaces algunas para conseguir rebaja en las chuletas. Y la mujer del viejo, pues trepando con las garras por las paredes, jodiendo a su marido, qué va a hacer.
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Este es el cuento 31 del conjunto de relatos hilados de Crisol Púbico.
No he podido -ni querido- reprimirme de colgar el autorretrato, pero si os apetece, podeis enviarme algún enlace, imágen o música que enriquezca esta historia. Ya sabeis, a erotomanita(arroba)gmail.com
Y si quereis ver las imágenes que me enviasteis anteriormente para ilustrar otros relatos en los que aparece el carnicero y/o su amante estable (la mujer del viejo), pinchad en los siguientes enlaces:
La historia de ¿amor? del Sr. Gonzalo y su esposa
La infidelidad de la mujer del viejo con el carnicero
El carnicero seducido por su cuñada
Me enviaron imágenes:
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