Rhett y la negra del conejo cachas (parte segunda)
Rhett y la negra del conejo cachas (primera parte)
En cuanto Rhett entra por la puerta, Marisol la negra venezolana, ya se le acerca zalamera y antes de que medien palabra, ya tiene una teta de ella en la boca, y ya le ha colocado el condón con una sola mano y ya se ha insertado el chisme y ¡joder!, Rhett no logra seguirle el ritmo a la zumbona. Esa chica es un portento, dispone de una musculatura tan potente allí abajo, que es como si ordeñara. La leche, incontinente, se le escapa; le sucede la primera, la segunda, la tercera vez y todas y cada una de las veces que mete su pene en la abigarrada vagina de Marisol. Rhett comienza a idealizar a esa hembra que le sorbe los sesos y el semen al unísono. Comienza a obsesionarse y a subir en un pedestal a Marisol hasta el punto de que si la Luna le hubiera pedido, la Luna le hubiera dado. Pero ella no solicita astro alguno, ella es mujer práctica y quiere que le instale una zapatería en Madrid, y él, atolondrado, lo deja todo y se va a la capital a montar negocio y a montar negra.
Conviviendo con Marisol, las cosas no resultaron nada sencillas y el desastre se precipitó, aquel permanente descontrol eyaculatorio, conllevó un deterioro en la estabilidad mental de Rhett. Y el resultado fueron unos celos corrosivos. Hubo de enfrentarse a ese demonio porque en su fuero interno sabía que el conejo musculado de Marisol no se conformaría con esas dos o tres embestidas que él atinaba a zambombar, y su desesperación le llevó a comprar un producto-milagro de dudoso origen que vendía un mafioso tailandés en un cuchitril de los arrabales ¡Cómo funcionaba el ungüento! Rhett debía ponerse un poco de ese potingue en el capullo y el efecto era inmediato, de ser la polla un ratoncito abatido pasaba ipso facto a ser Jerónimo el indio en su yegua salvaje y sus cabalgadas se hicieron obsesivo-compulsivas. A cada rato ya estaban dale que dale, una y otra vez, zaca, zaca, zaca, y repetimos, y espera que me pongo un poco más de ungüento, y toma puta, y dame cabrón, y zaca, zaca, zaca y me voy, y me vengo, y ahora me corro, una lujuria descontrolada y absolutamente desbocada, hasta que uno de esos tiros resultó fatal para Rhett. Después de tres meses de frenético joder, el tío la espichó orgasmando como un campeón, con el falo bien clavado en el agujero forzudo de la negra y cuando llegó la ambulancia ya había estirado la pata, y la polla.
Este cuento es el relato número 45 de Crisol Púbico.
Aquí podéis leer todos los relatos eróticos que componen esta novela erótico-costumbrista.
Rhett y la negra del conejo cachas (parte primera)
A pesar de que Rhett se las daba de ser un fetichista podófilo de gustos sofisticados, y a pesar de que Marisol, la negra venezolana, lucía unos pies de espanto -palmípedos de ave antediluviana- cuando la conoció, su pene hizo tilín y lo hizo merced a las bonanzas de las tetazas chocolate noire. Hay que reconocer que los pechos de Marisol eran magníficos, algo fuera de serie. Gordas, tiesas, jamonas y todo sin haber mediado bisturí, pura naturaleza exuberante la de Marisol, que además las lucía generosamente sabedora de su black power pectoral.
Trabajaba en una zapatería de caballeros donde era explotada laboralmente tanto en horario como en sueldo y ella, joven emprendedora, tenía aspiraciones y conocía sus posibilidades. Por lo demás, era una muchacha de costumbres dudosas tirando a licenciosas. . Daba mucho que hablar a las vecinas del barrio, ¡es una desvergonzada!, cuchicheaban unas, ¡exhibicionista! apuntaban otras, y los compadres del bar ya ni os cuento el cachondeo que se traían con la negra, que la miraban pasar dándose codazos como adolescentes, “¡esa vaca pide ordeñe!”, decía uno que se las daba de simpático, “¡nodriza de marineros!” decía otro compitiendo en elocuencia con el primero. Y Marisol estaba hasta las mismísimas de lo pueblerinos que eran los gallegos y estaba deseando que la suerte llamara a su puerta y un hombre rico se la llevara a Madrid o a Barcelona. Las tácticas que seguía para conseguirlo eran un tanto invasoras, ella creía conocer sus armas y las que consideraba más potentes eran sus afrodíticos pechos, que meneaba estratégicamente cuando buscaba conquista y se los acercaba a los señores hasta la intimidación. No perdía oportunidad de rozar con ellas la cara de los clientes mientras se probaban el calzado y con Rhett ya se pasó, con Rhett intuyó triunfos y se jugó el todo por el nada poniéndoselas de florero en la bragueta, ¡en la mismísima bragueta se las enchufó bien enchufadas!
Marisol, con veinte años de vida era toda una mujer y sabía la mitra, ya se había merendado lo menos tres docenas de pollas y su especialidad eran las “cubanas”, también llamadas “perritos calientes”, y lo cierto es que a Rhett lo dejó cao con su método infalible cuando lo arrastró con jijís y jajás a la trastienda de la zapatería ¡Pobre Rhett! No dio pie con bola, se puso nerviosísimo con una chavala tan despampanante ¡y tan activa!
Ella solita se quitó la blusa – no usaba sostén ¿para qué lo habría de
necesitar?-, y ya con mucha disposición le desabrochó la bragueta y le sacó la polla fuera – que estaba pirulí-, y se calzó el cuerno entre teta y teta y las rocanroleó tan certeramente que a él se le escapó la leche – ¡qué hermosa la lefa blanca en la piel negra!- al primer bamboleo, cuestión de segundos. Y él, que llevaba unos años de sexo soporífero con la escrupulosa Carolina, se quedó prendado, se entusiasmó como un niño de teta y comenzó a visitar a la nodriza día sí, día también.
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Este cuento es el relato número 43 de Crisol Púbico.
Aquí podéis leer todos los relatos eróticos que componen esta novela erótico-costumbrista.
¿Mareamos la perdiz o nos lo montamos en plan “aquí te pillo aquí te mato”?
Os recuerdo que en el último Crisol nos quedamos con Laura dispuestísima a abrir brazos y piernas, boca y vulva, para Víctor. Estábamos ante una irreconocible Laura situada en la pista de despegue a puntito de lanzarse al sexo de adultos.
Pero no hemos de pasar por alto que es sorprendente esta situación dada la personalidad acomplejada de Laura ¿qué le ha pasado para que esté ahí, en su piso, a solas con Víctor, estrenando sujetador y bragas? ¿cómo es que esta mujer que no ha conocido varón hasta hoy mismo, que ha sido evasiva- incluso mula- con todos sus pretendientes, se dispone a entregarse con relativa fluidez? ¿cómo es que esa doncella, arisca tímida que jamás se ha dejado querer, se planta en el taller de Víctor -un tipo atractivo donde los haya- y le invita a cenar a su casa?
Es evidente que algo ha pasado. Los intríngulis psicológicos que producen cambios en la personalidad se hilan puntada a puntada y yo, ansiosa por narraros la hermosa jodienda de los amantes me adelanté unos cuantos episodios, capítulos que me salté a la torera y que pueden quedar en el cajón, o desgranarse aquí pasito a paso.
A ver, ¿qué opináis? ¿queréis conocer el complejo proceso mental de Laura, o continúo recreándome en cómo se lo montan a solas ese hombre guapo y experto con esa chica linda y virgen? ¿queréis la calderilla o me centro en el meollo?
Es importante para mí saber vuestra opinión, no hace falta que os esforcéis en vuestro comentario, decid nomás:
Opción 1:
Quiero conocer los orígenes del polvo entre Víctor y Laura.
Opción 2:
Quiero que Laura y Víctor follen ya.
Laura, abierta.
Después de los intentos fallidos por parte de Víctor de conseguir a Laura, se ha propuesto desistir, quitársela de la cabeza. Sin embargo ella, que tan escurridiza ha sido hasta ahora, se ha autoimpuesto dar el paso, y… ¡que sea lo que sea! Con sorprendente coraje, Laura se planta en el taller de buena mañana, se acerca a Víctor y le suelta a bocajarro:
- ¿Vienes a cenar a mi casa esta noche?, la voz es firme, logradísima falsa seguridad en sus palabras.
Acepta, por supuestísimo, acepta.
La suerte ya está echada, Laura se le va a entregar, se va a ofrecer. No sabe cómo, pero lo hará. Se quitará la blusa como hacen las chicas en las pelis antiguas, botón a botón, o se arrancará la falda como las femmes terribles de los comics. No sabe cómo, pero lo hará, lo hará, lo hará y lo va a hacer.
Y llega la hora acordada y él pasa a buscarla al cierre de la academia y ella charla con bastante naturalidad y apenas se le nota el nudo que tiene en la garganta, y camina con soltura, derechita con Victor a su lado y no falla su router que les lleva a su piso, y abre el portal y sube las escaleras de las tres plantas, una a una sin pararse a descansar, agarradita a su bolso como si temiera que le fueran a robar. Víctor la sigue, dos escalones por detrás, mirando y planeando también el abordaje para que esta vez no se le vaya a ir de las manos. Que está inflamado, sobra decirlo, pero esta vez la concupiscencia se combina con una pulsión nueva que él no sabe definir y a la que los románticos gustan de llaman amor.
Laura, virgen todavía, pasados los treinta, está asustada como es natural, pero hoy no hace el mímino esfuerzo por escapar, al contrario, no va a hacer el idiota, esta vez no dejará pasar la ocasión. Tan mentalizada va, y tan voluntariosa, que no espera a abrir la puerta: nada más llegar al descanillo, le toca una mano y, con los ojos cerrados, le ofrece su boca.
La boca de Laura, sensual y dulce, ávida de besos, no está sin embargo húmeda, más bien su lengua es trapo, ¡lejos está su cuerpo de la calidez necesaria! y así lo entiende Víctor:
- ¿entramos?, dice.
La cara de Laura es grana y la vergüenza le puede, toda aquella decisión se está desmoronando y le cuesta mucho tragar, pero entonces Víctor la abraza, cálido la abraza y esconde la nariz en el hueco de su clavícula para aspirar el olor rico de la piel fresquita. Es un abrazo más cariñoso que sensual pese a que los fluidos de sangre de ambos corren por sendos cuerpos y las hormonas se disparan en tremendo estrés.
Entonces Laura lo suelta:
- Nunca lo he hecho.
- No te preocupes – le sonríe- estás en buenas manos.
En las mejores. Laura está en las mejores manos porque Víctor lleva
firmísima la intención de darle lo mejor de lo mejor, él no se va a conformar con romperle el himen ¡Oh, no! eso no supone más que un accidente, lo que él desea es gozarla abierta, que Laura goce con los ojos abiertos, la boca abierta, sexo y ano abiertos.
(continuará)
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Este cuento es el número 39 de la colección de relatos hilados Crisol Púbico
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Colección de relatos de Crisoil Púbico
El médico superestimulado
El médico anda muy salido desde hace unos días y ya se está
planteando auto recetarse inhibidores de la libido porque todas esas erecciones inoportunas le resultan un incordio. Él ha sido siempre un hombre de empalmes puntuales, su miembro nunca le había demandado excesivas atenciones. Ni siquiera cuando adolescente urgía de aliviarse diariamente, que era chico centrado en sus estudios, rapaz de a paja por semana. No ha abusado del vicio de soltero y muchísimo menos de casado. Pero de unas semanas para acá la pirola anda encabronada, vivaracha yergue la cabeza, rebelde se empina la sierpe entre las piernas y no encuentra sosiego ¡con la falta que le hace la serenidad en su consulta!
Imaginaos la incomodidad que suponen esos empalmes rabiosos. Le despistan, se desconcentran sus facultades mentales ¿cómo va a diagnosticar con ese bulto en el pantalón? ¿cómo va a resultar creible con la tienda de campaña instalada debajo del fonendoscopio?
El pobre anda sorprendido con esta repentina voluptuosidad de su cuerpo. Y su mujer ya lo va notando, porque se está haciendo omnipresente el paquetón y ella ya se empieza a escandalizar:
- ¡¿Otra vez?!, le censuró esta mañana con los ojos desencajados cuando al entrar en el baño se encontró a su marido en la ducha con la chisma en perpendicular. Y es que claro, hacía quince minutos que habían hecho el sexo ¡¡y anoche también!!
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Este cuento es el número 37 de la colección de relatos hilados Crisol Púbico
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La enfermera de las bragas chiquititas.
Alice cada mañana sorprende a sus pacientes con bragas diferentes. Descubrir cómo las trae hoy es el aliciente más apasionante del día a día hospitalario de Gonzalo. Fijándose bien, casi todas se transparentan un poquitín a través de la bata, y se puede intuir el color -sobre todo si es oscuro-, y la forma -por los pliegues que forma la carme donde oprimen las costuras-. Averiguar cuales se habrá puesto hoy es tope emocionante.
Las tiene lilas, rosas, verdes, azules, blancas, con lacitos, con puntillas, de lunares, de florecillas, de encaje liso, de encaje con volantes, unas rojas brillantes, otras negras de raso, otras de cuadros escoceses y algunas de estampado abstracto, las escotadas de algodón, las que imitan tanga pero no, las de camuflaje selvático, las ribeteadas, las de chorreras, las de pedrería falsa, las de lentejuelas doradas, las que son tiras nomás, etc., etc., etc.,
Sobra decir que es muy coqueta con sus bragas y le chifla estrenar, si vieseis su armario atiborrado de bragas creeríais que se deja el sueldo íntegro en lencería, pero qué va, qué va, es muy apañada y las consigue de a tres por un euro en el chino de la esquina. Cada vez que pasa, no se puede resistir y compra un lote. Pero insisto, Alice no es ninguna manirrota, más bien es austera y vicios los justitos, ni anda de cafeterías, ni fuma, ni bebe -salvo cuando la invitan- ni gasta en joyas, pero esas tangas y las culottes, ¡ay, la pierden! Cierto que no son de gran calidad, cierto también que dan el pego que no veas, el diseño está conseguidísimo, puede que la mayoría le queden algo canijas y que se le mira mucha nalga para tan poca braga, pero qué importa, la verdad es que el pompis siempre lo lleva monísimo.
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Este cuento es el número 34 de la colección de relatos hilados Crisol Púbico
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Chocho apático
(Le he escrito una carta a Lidia, la mujer del médico, pero todavía no se la he enviado. Antes de hacerlo, quisiera consultaros ¿os parece correcto lo que le digo? ¿encontráis adecuado el tono?).
Leedla porfa:
Estimada Lidia:
Discúlpame ante todo que me meta donde nadie me llama, tu coño es tuyo y no tengo ningún derecho de asomar la nariz en tus intimidades. Si me animo a escribirte es porque, como mujer honrada de vagina propia, me siento ofendida por el trato que le das a la tuya y me resulta muy difícil silenciar las graves injusticias que con ella cometes.
De acuerdo que hay que lavar la zona en cuestión, por supuesto ha de estar siempre limpita. Comparto contigo la afición al bidé y aplaudo esas abluciones íntimas sumergiendo las nalgas a remojo en agua templada. Es estupendo chapotear y refrescar la zona, pero una cosa es lavarse cariñosamente y otra restregarla como si tuviera roña. No creo que sea correcto fregar la “toison” con exceso, con abuso de jabones, ¿no sabes que tanta desinfección no hace más que abundar en alergias y picores? Sorprende en ti, la esposa de un médico, que no te hayas enterado de que los fluidos vaginales son de lo mejorcito para la flora vaginal. Nuestro flujo constituye un sistema perfecto de autopurificación, clave para el buen funcionamiento de nuestro delicado órgano de placer.
Querida Lidia, lo tuyo con tu chichi, permíteme que te diga, raya lo neurótico. Aun después de fregotear la chisma, aun después de dejarla reluciente como los chorros del oro, vas e inmediatamente calzas las bragas y parapetas al pobre bichillo con un salvaslip profiláctico, ¡no le dejas respirar en paz! Una hucha siempre cerrada se vuelve avara, esa burbuja de aislamiento ha convertido a tu conejito en un animal agorafóbico, chocho de interior, almeja autista. Con esa mala vida, tu concha se ha vuelto taciturna y malhumorada, un coño de lo más antipático. No hay más que verle el gesto torcido, cualquiera se da perfecta cuenta de que vive amargado, bostezón y perezoso ¡Por el amor de dios! Si no te quitas las puñeteras bragas ni para dormir, ni que te hubieran venido puestas de fábrica. Una vagina feliz ha de tomar el aire de vez en cuando y un rayito de sol le viene de perlas, aunque sea nomás el que entra por la ventana …
Conste que te lo digo con las mejores intenciones, a mí me gustaría que me avisaran si, con mi actitud, mi coño se estuviera convirtiendo en un coñazo.Atentamente:
Susana Moo
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Este cuento es el número 34 de la colección de relatos hilados Crisol Púbico
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Os invito a envíame alguna imagen, música o enlace que enriquezca este texto para que este juego erotómano sea más divertido. Podeis hacérmelo llegar a “comentarios”, o a mi correo erotomanita(arroba)gmail.com
Mira las que me envían:
Belkis envía dos imágenes muy elocuentes: mujer lavándose y mujer aireando.
Tirachinas titula su imagen: “Consejos prácticos de mujer a mujer”
Alguien que se hace llamar “megustanvelludos” me envía las siguientes imágenes y me explica lo que su nombre indica, que las prefiere frondosas:
Culo de hombre.
(Continuación de “El vicio Inglés”)
A veces, en la batalla íntima de los amantes, se producen escenas tan inauditas que sonroja revivir; secretos de alcoba opuestos al habitual decoro que causan un pudor tremendo al ser nombrados y que colindan el abandono absoluto. Sacar a la bestia es un acto de profunda confianza y en el secretismo tácito entre sus protagonistas reside el elixir mismo de la libertad.
Si me decidiese por narrar aquellos gestos entre en profesor filósofo y yo, si repitiese aquellas palabras, cometería un pecado grosero y no seré yo la que comadree frívolamente acerca de lo que aconteció en los amplios e impolutos baños de señoras de la librería. Lo que allí hicimos (¡ay lo que hicimos!) lo que allí nos dijimos en gemidos susurrados (¡Ay lo que él me dijo! ¡Ay lo que le dije yo a él!) he de reservármelo.
Sin embargo,
se me hace difícil callar momentos tan catárticos que han movilizado zonas en mí antes dormidas. He de desahogarme y me permitiréis que lo haga sublimando aquellas sensaciones que me invadieron con el filósofo. Me desfogaré narrándoos una fantasía con Víctor -el protagonista imaginario de Crisol Púbico-. Me desfoguaré por escrito como lo hice en la realidad con el profesor que me adentró en el gusto por la nalgada, la nalgada cabalgada.
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Leed:
“El culo de Víctor”, número 33, de la novela capitulada Crisol púbico.
El culo de Víctor es precioso, diríamos perfecto en forma, tamaño, densidad y frescura. No es sólo a Laura a la que le abruma ese trasero, cualquier mujer mínimamente sensual se acalora al visualizarlo. Son músculos que contraídos parecen rocas graníticas, relajados flan de huevo, golosina que tienta lamer. Piel tan engatusadora, que una se rebela ante tamaña perfección, que una no puede reprimir determinados pensamientos impuros.
Bonito es, con exceso, apetecible con derroche, ¡esa combinación entre dureza y elasticidad! ¡esa textura neumática! pero lo que de veras nos trastorna no es tanto su belleza como la indecencia que provoca, la obscenidad en la que nos envuelve aun a pesar de nuestra voluntad.
Para intentar explicar las locuras que desata la presencia cercana de ese culo viril, diré que una debe agarrar una mano a la otra para no alargarla y meter mano a esos glúteos calientacoños que invitan a ser pellizcados, cacheteados, rasgados con las uñas y mordidos con los dientes. Al principio nos sentimos confusas ante tal reacción de nuestro organismo, pero después de los primeros momentos se desencadena un derroche de lujuria absolutamente irremediable. Ese culo delante de las narices provoca un deseo tan violento que se nos llevan los demonios y una especie de fiebre nos invade, los ojos brillan lascivos, el paladar salivea, los labios de la boca se mojan y todas esas combustiones internas provocan que nos arda la concha, que chorree y se dilate.
Cualquier cosa puede pasar ¡Dios!, que nos encendemos con esas cachas, ¡joder!, que nos inflamamos, coño, que dan ganas de abrirlas, hostias, palmearlas con la mano abierta, la puta, escupirles, cojones, que qué mierda no tener una polla entre las piernas, joder, una polla de caballo para hincársela a este cabrón, joder, y follarme su culo con empitonadas que se claven en su alma.
Otras veces que me he desahogado en Víctor:
Alice, mujer de cristal.
Víctor ha limpiado meticulosamente las uñas de sus manos con un mondadientes, Laura ha alisado la larga melena de su cuero cabelludo y ha retocado con primor el vello rizado de su monte de Venus.
Alice, la enfermera de las bragas chiquitas, les recibe:
- Lo siento, sólo puede pasar uno a ver al señor Gonzalo, advierte.
- ¿No podemos entrar juntos?, protesta Víctor.
- ¡Uy, no! las reglas son estrictísimas- responde Alice con dicción melosa y sonrisa radiante –, que pase la chica primero.
- Vale voy, se apresura a responder Laura, acostumbrada a no cuestionarse las reglas.
En cuanto Alice se queda a solas con Víctor, comienza su ritual de seducción. La enfermera es una de esas mujeres para las que su identidad ha de pasar por la aprobación genital masculina. Es una de esas muchachas, o damas, siervas del beneplácito del hombre, mujeres incapaces de desear salvo actuando como espejos. Frágiles maniquís de cristal, vulnerables al paso del tiempo y los estragos que él hace con la belleza superficial, muñecas preciosas que aman por ser amadas, que gustan por ser gustadas y se rompen en mil pedacitos el día que ellos, los hombres, les niegan la mirada. De ahí el esfuerzo inconsciente, infinito, de Alice por ser linda y caliente, simpática y deliciosa, permanentemente adobada por si él, uno de ellos, cualquiera de ellos, quiere tomar el aperitivo. Siempre está a punto de caramelo y ahora exhibe todo un repertorio de gestos -innatos o adquiridos- para llamar la atención de Víctor.
Si un antropólogo pudiese verla, tomaría nota de cuanto movimiento y rito efectúa la hembra humana para dirigir al macho hacia la monta: caminares de punta tacón, contoneo sensual de cadera, mohín mimoso combinado con sonrisa cariñosa, inclinación de cintura, elevación de glúteos, lucimiento de volumen pectoral, giro de ojos, elevación de cejas, pestañeo de abanico. Prueba todas y cada una de esas carantoñas, mas ninguna provoca -aparentemente- el mínimo efecto en Víctor, que la mira contenido.
Hace unos días hubiese tenido mucha más suerte con su exhibición, pero hoy no. Hoy Víctor tiene enfocada su atención en un objetivo concreto y no se dispersa. No sigue el juego de la enfermera a pesar de que no le resulta fácil, su naturaleza está diseñada para esparcir su esperma y con él sus genes, y es complicado luchar contra esa ley biológica. Sin embargo el mecánico se mantiene firme y se siente aliviado cuando por fin llega Laura y le mira sin hacer filigranas. No, ella no hace cabriolas espectaculares con sus párpados pero, si se sabe leer en su mirada, esas pupilas gritan sin hablar, es la mirada ansiosa de una mujer que enviaría su alma a los infiernos a cambio de un abrazo de amor.
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Este es el cuento 32 del conjunto de relatos hilados de Crisol Púbico.
El carnicero, play-girl.
La esposa del viejo ni se inmuta cuando se entera del pataflús que le ha dado a su marido; es cierto que durante muchos años ha fantaseado con la idea de quedarse viuda y rehacer su vida con su cuñado, el carnicero, el amor de sus amores, pero ahora ya está muy desengañada. Esta señora que ha sido tan japuta con su legítimo ha sufrido en sus carnes todo el rigor del refrán aquel que dicta “allí donde las das: ¡tómalas!”.
¡Cuánto no habrá padecido de celos esta venerable mujer! Porque el carnicero tripón, desde que quedó viudo ha sido un picha alegre de amplio fuelle gracias, sobre todo, a la calidad de sus carnes. Su establecimiento fue un enjambre de fulanas decentes libertinas, amas de casa que no se limitaban a reírle las gracias al tendero, si no que le bailaban el chorizo con una alegría que pa qué.
No digo que todas las clientas pasaran por la piedra, pero os aseguro que no eran ni una ni dos las mosquitas muertas que se hacían con las mejores piezas a base de darle a la lengua. ¡Vivir para ver! Se daban allí situaciones extraordinarias, tales como las típicas discusiones de quién es la última, pero aquello era el mundo al revés.
- Pase usted delante.
- No, no, usted llegó primero.
- Oh, no, yo llegué después.
Todo por quedarse al festín, sabedoras de que al final queda la guinda, la última chupa premio ¡menuda lotería! ¡el gordo de navidad in persona!
- Venga señora, pase a la trastienda, que le enseño el cordero fresco.
Y ahí van, como cabritillas mansas meneando la cola detrás del castrón, que, después de unas breves carantoñas protocolarias, ni corto ni perezoso, desabrocha la bata blanca -machada de sangre por la pechera-, saca el filetón -morado como morcilla toledana- y lo ofrece sin remilgos. Y aquello que parece inaudito sucede: sin remilgo se lo toman a manos llenas, que ¿quien lo diría? … ¡unas señoras tan hacendosas!
Claro que de entre todas las pelanduscas, guapas pocas, adefesios la mayoría,
pero él no hace ascos a ninguna, al fin y al cabo la tremenda panza es una gran ventaja, esa inmensa protuberancia abdominal le ahorra verles la cara a las señoras ya atareadas en faena, que las pobres han de hacer la felación con la cabeza torcida -si la ponen derecha, la frente choca con el barrigón y no abarcan el cacho al completo-.
¡Esto es la leche! hay que ver de lo que son capaces algunas para conseguir rebaja en las chuletas. Y la mujer del viejo, pues trepando con las garras por las paredes, jodiendo a su marido, qué va a hacer.
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Este es el cuento 31 del conjunto de relatos hilados de Crisol Púbico.
No he podido -ni querido- reprimirme de colgar el autorretrato, pero si os apetece, podeis enviarme algún enlace, imágen o música que enriquezca esta historia. Ya sabeis, a erotomanita(arroba)gmail.com
Y si quereis ver las imágenes que me enviasteis anteriormente para ilustrar otros relatos en los que aparece el carnicero y/o su amante estable (la mujer del viejo), pinchad en los siguientes enlaces:
La historia de ¿amor? del Sr. Gonzalo y su esposa
La infidelidad de la mujer del viejo con el carnicero
El carnicero seducido por su cuñada
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