De cómo se desvirgó mi amiga.
Una amiga de la que yo me fiaba y con la que acostumbraba a compartir confidencias, me contó los avatares que tuvo que sufrir para conseguir dejar de ser virgen y con ello tener su vagina libre de impedimento alguno para ese abrazo que tanto ansiaba ya.
Narraré sus secretos sin por ello faltar a su confianza puesto que ni nombres ni apellidos diré. Ni tan siquiera los míos propios son sabidos, con que difícil lo tienen los que se empeñen en desentrañar la identidad de mi amiga a la que llamaré Anabel.
Anabel tenía diecinueve años cuando se enamoró de un morenazo de cuerpo torero y sonrisa dentiflor, un guapetón que más tarde la abandonó con un mensaje de texto en su teléfono y le rompió el corazón. Pero mucho antes de eso el galán la cortejó con risas y carantoñas y pronto ella le abrió sus puertas, sus piernas.
No puedo asegurar el tamaño exacto de la verga del gitano, o la firme cerrazón de ella, pero Anabel me aseguraba que él la tenía inmensa y que ella estaba cerrada con una capa virginal tremendamente resistente al empuje. Anabel me juraba que el miembro de él era del grosor de dos puños y comparaba la dureza con el acero, pero una nunca puede fiarse de una muchacha por aquel entonces tan inexperta.
El caso es que ni de coña le entraba aquello.
- ¡Ni la punta del capullo, Susana!, ¡ni la puntita entra!, me contaba Anabel desesperada ante su incapacidad de entregarse al completo.
Parece ser que él se comportaba adecuadamente en el empeño común desvirgatorio: lamía su vulva con estilo y se esmeraba en la zona donde debería haber una entrada. Lubricaba bien de saliva e intentaba introducir la punta de la lengua, consiguiendo sin embargo, nimios resultados. La untaba de vaselina, con dedos precisos en los recovecos de la flor en capullo, la llevaba al éxtasis favorecedor de dilataciones y ensanchamientos, pero sus fuertes músculos permanecían clausurados y los avances eran descorazonadoramente lentos. A veces, el tío, obcecado y dispuesto a todo, colocaba la verga apuntando firme en la diana e impulsaba fuertes estocadas de macho empitonado. Entonces la lastimaba y chillaba ella, rompiendo el hechizo y convirtiéndose el acto de amor en animalidad furiosa, o trabajo agotador, y ya él, sudoroso y exhausto, vertía su leche fuera de la concha cerrada, desistiendo por fin de tan arduo empeño.
Así pasaban los atardeceres de mi amiga y su novio cuando ella se decidió a intentarlo por su cuenta y riesgo. Anabel colgó su bolso al hombro y se dirigió a los grandes almacenes, sección de velas para decoración. Rebuscó entre unas y otras y por fin consiguió el conjunto que necesitaba, desde una chiquita del tamaño de un dedo meñique hasta un cirio bien gordo, un pelín más fino que el pene en erección de su novio – a Anabel le gustaría que él diera el estoque final a su himen-.
No perdió tiempo, pero sí los éxámenes finales de segundo de filosofía, especialidad en la que cursaba estudios, porque su prioridad estaba clara.
Poquito a poquito Anabel, recostada en los almohadones de su cama, rebuscando en los recovecos más lujuriosos de su cerebro, fue abriendo caminito en la gruta para ofrecérsela a su amor, ese amor traicionero que después la dejó -por otra- con un mensaje telefónico en su buzón.
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Un polvo morrocotudo.
Carmen, plantada en el salón de la casa de sus vecinos gays, no sabe si coger las de Villadiego, o quedarse a esperar acontecimientos. Entonces Kinki toma una decisión, se levanta impetuoso, se le acerca y le pregunta:
- ¿De veras te apetece ésto o te ha engatusado Ismael?
- Me apetece de verdad Kinki.
Entonces, sin dudar un segundo más, se le avalanza a los labios y le come la boca en un beso repentino – y profundo-. Le desabrocha la blusa ¡qué excitado está! Le tiemblan levemente los dedos de las manos pero ello no impide … El mariconazo no se había dado cuenta de cuantísimas ganas tenía de mujer ¡tetas! La desnuda rápido, sin detenerse en miramientos con la braga de corte francés ni con el sujetador de corte imperio ¡qué manera de lamerle el cuerpo! ¡qué avaricia! esa mirada glotona en absoluto haría sospechar que pertenece a un hombre homosexual. Mueve rápido sus manos por la piel de Carmen, se la zampa a mordiscos, que son besos, pero parecen los bocados desesperados de un bulímico.
Ismael, mientras tanto, permanece estupefacto rondando a la pareja, viendo a ver cómo puede hacer para meter baza, qué lugar desempeñará en esta empresa. Ahora es él el que se encuentra un pelín fuera de lugar. No pierde ripio, eso sí, de los gestos de los otros, ¡qué sensual se ve a Carmen! Respirando acelerada, con los ojos cerrados, entregándose a las sensaciones.
Ya Kinki recuerda que su novio ha de tomar vela en este fausto y le toma por los hombros para allegarle. Ahora el mayor tabú parece que es el intercambio de fluidos entre Ismael y Carmen. Isma es un gay redomado. Las mujeres no le ponen ni esto. Pero en estos momentos donde la espontaneidad impera, se da cuenta de que todo es relativo. Fíjate qué agradable el roce piel con piel, no es para tanto. Salvo el coño, que ahí él sí que no va a entrar, acariciarse con una mujer resulta natural, agradable el roce de piernas, interesante palpar los pechos carnosos.
Para Carmen el proceso es similar, la polla de Kinki está chupada, la domina al minuto. Es una polla corriente y moliente, gruesecilla, cilíndrica, morena. Pero ya la de Ismael se le atraganta más. No porque sea una cosa rara, es rosada, tipo seta cantharellus lutescens, es decir, larguirucha, fina y cabezona, pero eso es lo de menos, lo que le impone respeto a Carmen es que pertenezca a su amigo. No obstante, ya con los primeros suspiros entrecortados, ya con los gemidos, se despista el personal de prejuicios y ya la derecha alcanza lo que pilla y la otra palpa hasta donde llega. Se les ve candentes, eléctricos, como con mucha prisa, la lengua a todo meter, las manos a todo agitar, nalgas briosas. El más alocado es Kinki, que cualquiera diría que lleva sin mojar el carajo desde que en el mundo tiene agua ¡Oh, sí! El engranaje, que ha arrancado con superávit de potencia, con el paso de los minutos, de las medias horas y de las horas enteras, resulta más y más armonioso, cada uno encuentra su hueco, cada cual se gana su sopa.
…
A las siete de la mañana Carmen, toda despeinada, con un excelente color de tez, con los labios dilatados, rojeces aquí y allá repartidas a lo largo y ancho de su epidermis, pregunta:
- ¿ Hemos hecho mucho ruido? Me había olvidado de que tenemos nuevos vecinos.
Como toda respuesta, presencia las risotadas de Samuel y de Ismael, que se despiporran en sonoras carcajadas, rebozándose por el suelo. Madre mía, qué follón.
……
Capítulo 62 de Crisol Púbico.
Las urgencias sexuales son malas consejeras.
Gonzalo espera a la enfermera en la puerta del hospital. Está vestido con traje de calle y con su maleta en la mano. La verdad es que hace días que está fuerte como un roble. Si se quejaba de agotamiento era unicamente con la finalidad de prolongar su estancia hospitalaria en la que tan feliz ha sido. Pero ahora ya no tiene sentido y ha decidido abandonar el hospital, eso y vivir, desde hoy mismo con Alice. Hasta el fin de sus días.
- Alice, ¿quieres ser mi mujer?
Alice le mira con tristeza.
- Pero si tú ya estás casado.
- Desde hoy, si aceptas serás mi mujer y te acompañaré en las alegrías y en las penas. Todo lo mío es tuyo.
- Anda, invítame a un cafecito y lo hablamos con calma.
Unos minutos más tarde Gonzalo toma las manos de Alice y le habla con mucho sentimiento:
- Te quiero, me muero por tí. Jamás he sentido algo así por una mujer. Pediré el divorcio. Lo tengo todo pensado, nos iremos a vivir juntos. Desde hoy mismo. Tengo una buena pensión, y varios locales que me rentan, la mitad será para mi esposa, pero el resto nos dará para vivir con soltura. Viajaremos, iremos a Venecia, a París, adonde tú quieras. Te compraré vestidos preciosos.
Gonzalo tiene gesto emocionado pero Alice sonríe un poquito escéptica. Ya ha escuchado palabras así muchas veces, claro que a éste se le ve más sincero que otros y a ella, dadas las circunstancias, le vendría de perlas tener un buen compañero. Porque el momento que vive Alice no es como para echar bombas. No sólo se acaba de quedar en el paro, es que además está metida en un feo asunto de cuernos.
Cuando el cabrón se largó, Alice se vio imposibilitada de pagar el alquiler y entonces una pareja colombiana, que recién habían tenido un bebé, la acogieron en su casa a cambio de una cuota modesta. Ella encajó allí de maravillas especialmente con la chica, Tati, de la que se hizo íntima. Pero hete ahí que Tati trabajaba los miércoles por la noche y ese día se quedaban a solas el apuesto marido y Alice. Él es un hombre pequeño y de cuerpo compacto que ronda los veinticinco y que no dudó en aprovechar su oportunidad los miércoles por la noche. Como cualquier joven siempre andaba dispuesto a ampliar su trayectoria sexual y se acercaba a Alice más de la cuenta, le propinaba arrumacos un poco impropios dado su estado civil. Ella, con su carácter juguetón, le seguía el cachondeo sin más. Sin imaginarse ni remotamente dar un paso en falso. Esto hasta que uno de esos miércoles de marras pasó lo inevitable. Alice estaba en la cocina faenando. Se acababa de duchar y había puesto su ropa interior, como era su costumbre, en la cesta de la ropa sucia. Pues cuál no sería su sorpresa, cuando lo ve apoyado en el canto de la puerta muy sonriente con sus braguitas -las que acababa de poner en el cesto- en la mano, delante de la nariz.
- Eres un payaso, le dice.
Él ni se inmuta, sigue aspirando el aroma y su sonrisa se va transformando en seriedad.
- Tú ya sabes que yo te tengo ganas, Alice.
- Anda, déjate. Que bien que estáis tú y Tati.
- Tati desde el bebé no es la misma, no se quiere dejar coger, dice que le duele.
Mientras le explicaba sus problemas maritales se le había acercado mucho y, todavía olisqueando sus bragas, había pegando la pinga a las nalgas de ella.
Ya vamos conociendo a Alice. Ya sabemos que no está hecha de hielo, que se templa con facilidad, pero esta vez todavía opuso un poco más de resistencia.
- Sepárate, por favor te lo pido.
Pero, ¡ay! La carne es débil y Alice lleva ya unos meses sin un consuelo. Ese bulto apretándose cada vez más fuerte en sus cachas, rozándose, frotándose, le enciende las carnes. Cuando la sangre se enciende no hay razonamiento moral que la apague. Y allí se dejó montar Alice por el marido de su amiga. Allí mismo, en la cocina. Sentía las empitonadas bravías y el cuerpo le vibraba todo, ¡qué gusto da virgen santísima!, ¡cómo agradece el organismo ese bombeo!, ¡qué maravilla sentir ese pulso primitivo! ¡sublime explosión de los sentidos!
La escena se repitió, con lógicas variantes, cada miércoles. Así desde hace dos meses. La situación empieza a ser insostenible. Ella, ahí, conviviendo con la pareja. Tati absolutamente confiada, intimando con ella, los tres jugando al dominó los domingos en la sobremesa con el remordimiento y el deseo alternándose en esquizofrenia. Esos polvos urgentes tiene la característica de dejar el cuerpo alegre y el espíritu triste y ¡cuánto desgastan!
De modo que Alice se siente en estos momentos una vaca sin cencerro, una oveja extraviada, una perra sin bozal y Gonzalo puede ser una magnífica vía de escape. No es que lo quiera por interés, o en cualquier caso su interés no es mayor que el que se suele encontrar en una relación amorosa cualquiera.
- Vamos a ir inmediatamente a hablar con Carmen, dice Gonzalo, el apartamento está para entrar. Viviremos allí mientras no encontramos algo mejor.
- ¿y quién es esa Carmen?
- La camarera de Crisol, el bar donde acostumbro a ir cada mañana a tomar el café.
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Capítulo 59 de Crisol Púbico.
El Ex se lo huele
Al Ex de Carmen algo le huele a chamusquina nada más entrar en el piso. Lo primero, le sorprende el lujo, ¡todo tan elegante!, no se lo esperaba así. Recordemos que cuando conoció a Rebeca era una bohemia que tocaba la flauta por las calles y ahora ¡esta mansión! Y luego ella tan solícita, tan tocona, tan dispuesta a follar ya, sin mediar palabra, allí mismo, en ese salón tan pretencioso. Le pide una cerveza, y no hay cerveza, sólo champán, y su instinto no se relaja. No olvidemos que este tipo es gallego y tiene como norma desconfiar, por si acaso, y ahora desconfía muchísimo y la observa y ve que la mirada de ella se dirige con frecuencia al espejo enorme de la pared y que titubea, parece que no quiere hablar, sólo joder y ¡joder!, él no es tan rápido, él hubiese preferido ir calentando motores poco a poco, dar un paseo, picar algo, … y ella erre que erre que no, que si tiene hambre le saca unas patatas fritas de bolsa.
El Ex cada vez está más mosca y estando mosca no hay polla que se empine, vamos que ni pa dios, por mucho que ella succione ya con tanto empeño, que parece un alma llevada por el diablo comiéndoselo todo, babándolo todo.
¡Esto no es lo que él esperaba! que no la recordaba así, tan ansiosa, ¡con la de veces que ha evocado aquellas chupadas lentas que Rebeca acostumbraba hacer! y ahora le sale con esta chapuza.
- Espera un poco, Rebeca, por favor.
Y ella en vez de mirarle a él, vuelve a girar sus ojos al espejo con cara de fastidio sin soltar la picha de entre los labios y él ya reacciona y se levanta de un salto y sale a grandes zancadas del salón. En un visto y no visto se planta en el porche, descubre la puerta que da a la sala del mirón y sin pensarlo la abre de un porrazo y se encuentra al pijo cabrón con cara de pánico mirándole acojonado.
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Sado fino para el que pague bien.
El Ex marido de Carmen viaja nervioso en el metro madrileño, sin perder de vista ni su plano ni su maleta. El pardillo enfila de tren en tren hacia la dirección que le ha señalado su adorada Rebeca. Todo confiado -pero sin detenerse a hablar con desconocidos- vuela ligero hacia el apartamento que él supone será su lecho de amor este fin de semana. El incauto ignora que va derecho a un nido de víboras.
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El pijo contrata en exclusiva a Marisol y Judith.
“Os quiero para mí solo”. Así rezaba la nota que recibieron las bailarinas en un inmenso ramo de gardenias. No hicieron caso porque estaban acostumbradas a propuestas de lo más variopintas, pero cuando al día siguiente volvieron a recibir otro ramo idéntico con la misma nota y esta vez incluía una cifra, ya les llamó la atención. No voy a concretar la cantidad porque aquí entra gente que se gana la vida en la cantera y no quisiera ofender, sólo apuntar que se trata de una cifra indecente a los ojos de los que trabajamos por cuenta ajena y que despertó el interés de las chicas ipso facto. “Habrá que ver qué quiere”.
Le hicieron llamar al camerino y ambas se desilusionaron íntimamente al verle, tan poca cosa. Este millonario lo que tiene de guapo buena falta le hace, pero su cartera puede compensar y lo que deseaba de ellas no era despreciable. El muy egoísta quería que bailaran en su apartamento para él solito y deseaba poder intervenir en la coreografía. Es decir, quería tener potestad para meter baza: “ahora saca la lengua”, “ahora quiero que os frotéis ahí”. No tenía interés en tocarlas, pero se acercaría a ellas y podría eyacular en sus cuerpos, si le placía. Y le plació, ¡vaya si le plació! hasta siete corridas se largó el canijo, porque los planes se llevaron felizmente a cabo y el tipo hizo sudar a las chicas.
Haz esto, haz lo otro, quiero veros así, quiero veros asá… Y él merodeando
por el medio, con la polla en ristre y eyaculando por doquier en las preciosas pieles de las bailarinas que terminaron extenuadas y salieron de allí a todo correr después de unas cinco horas de duro trabajo.
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“Noche negra y luna clara”, la danza de Judith y Marisol.
Nadie permanecía impasible al presenciar la danza de Marisol y Judith en el Estrella. La combinación de esas dos hembras suponía un explosivo cóctel de belleza, la una, negra voluptuosa rebosante de carnes, la otra toda huesitos con pequeñas cumbres sexys aquí y allá.
Los hombres que presenciaban la danza se transportaban a terrenales nirvanas
cuando las huríes hacían su aparición en el escenario ataviadas al estilo arabesco, con turbantes y velos translúcidos de colores que todo lo enseñaban, al tiempo que todo lo escondían.
A golpe de ritmos tribales comenzaban a bambolearse sensualmente, luciendo sus piernas elásticas y sus brazos ondulantes que se entrelazaban, cruzaban y giraban. Sus curvas tenían la facultad de hipnotizar cuando se meneaban al son de la música primitiva en brincos obscenos, rasgando los tules con la punta de los pezones erectos. Por momentos parecía que las dos se fundían en un solo cuerpo bicolor, se frotaban y se acariciaban entre las telas y las caderas se distendían liberando a las nalgas de su habitual oclusión.
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Tetas tutifruti.
El dueño del “Estrella” es un empresario digno de mención. No es tan fácil encontrar en el sector del ocio masculino una empresa tan limpia de trapicheos. Don Eduardo es un rara avis que trata a sus empleadas con justicia laboral y con ello consigue no sólo que las sonrisas de las señoritas sean francas, sino también que los clientes de buena fe no sientan un cierto remordimiento al acudir allí pensando en posibles tratas de blancas, vudús u otras aberraciones similares. Leer más »
El exclusivo club “Estrella” se caracteriza por ser un Templo al Seno femenino y el primer requisito que han de cumplir los senos es ser naturales. Don Eduardo le tiene tirria al bisturí y quieres tetas de verdad, eso dice, naturales y dispares. Esta ideología es un factor diferenciador de este club, él lo explica muy claro: “ los hombres estamos cansados de ver tetas clones, en el “Estrella” se pueden encontrar preciosos senos desde la talla 80 a la 120, con forma de pera y con forma de manzana, incluso alguno con forma de plátano” afirma don Eduardo en tono jocoso.
¿Qué llevó a Marisol a desear que David sea un gigoló?
Sin la ayuda de Rhett la zapatería de Marisol se fue al garete y ella se vio en la obligación de buscarse la vida estando todavía embarazada. Hizo de todo un poco, trabajó en un restaurante de comida mexicana, en una cafetería, de cajera en un supermercado y quién sabe si no se buscaría la vida en otros asuntos menos decentes. Así unos cinco años hasta que la contrataron a tiempo completo -con Seguridad Social – en el distinguido disco-pub “Estrella” donde las chicas atendían prácticamente en top-less, con tan sólo una estrella dorada – símbolo del club- cubriendo los pezones y allí Marisol se hizo muy popular con sus preciosas tetas firmes y sensuales, a las que les quedaban de perlas los detalles dorados.
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El hijo mulato de Marisol
Rhett, el padre de Laura, nunca llegó a saber que en su última y mortal eyaculación dejó encinta a Marisol la venezolana, a la que no le hizo ni pizca de gracia llevar un bombo nueve meses. Pero tiró palante y el alumbramiento despertó en ella un fuerte instinto maternal. Crió a su hijo lo mejor que pudo, haciendo grandes esfuerzos para ganarse el sustento y darle alimentación, ropa y calzado, viéndose obligada a dejarlo en casas de las vecinas durante días enteros. El pequeño David, mulatito precioso, resultó ser un bebé tan tranquilo y sonriente que las mujeres del barrio lo adoraban como a un niño Jesús y se lo rifaban, se comían a besos sus piernecillas rechonchas y sus mofletes regordetes. Marisol tuvo una suerte tremenda con David, que se fue desarrollando en un niño despierto, alegre y con iniciativa, al que los hombres le metían una moneda en la mano con gusto porque el chaval sabía ganarse a la gente. Luego llegó a la adolescencia cargado de talentos tales como intuición, gracia y sensibilidad, lo que no deja de sorprender teniendo en cuenta que se crió, como aquel que dice, en la calle, pero él nunca se iba con malas compañías, él siempre con su balón en el pie y la sonrisa en la boca.
David iba adquiriendo con el paso de los años una belleza impresionante, moreno de tez canela, risa seductora de labios carnosos. No había mácula en su rostro armonioso de rasgos mestizos, ni fealdad alguna en su cuerpo de cintura fina y espalda atlética, con el cabello ensortijado y la mirada sana de los que miran de frente. Bello hasta decir basta, su madre le observaba orgullosa y comenzó a hacer planes de futuro. Le hubiera gustado mucho que estudiara enfermería, pero eso desgraciadamente no estaba a su alcance, de modo que cuando David cumplió los dieciséis lo matriculó en un gimnasio porque tuvo una idea. Decidió que la mejor vida que podría tener David era ser un “acompañante de señoras”. Para ella esa era una profesión buenísima donde los hombres atractivos -y buenos en la materia -pueden hacerse de oro y vivir como reyes. Marisol, que había pasado tantas penalidades económicas, consideraba que no había mejor actividad en el mundo para su hijo, qué mejor que gigoló, un oficio elegante, fino, limpio, en el que los señores no se manchan las manos y trabajan un par de días a la semana. Sólo de pensarlo se le llenaba el alma de júbilo. Esperó pacientemente, observándolo y comprobando que su hijo se hacía más guapo por momentos, y creyendo con verdadera fe que ese encanto era un regalo del santísimo Cristo del Sagrado Corazón, al que ella rezaba devotamente. Una vez David hubo celebrado su mayoría de edad, Marisol decidió que ya era hora de mover ficha y fue a hablar con Judith, su buena amiga:
- ¿Tú me harías el favor de enseñarle a mi hijo a hacer bien el sexo?
Este cuento es el relato número 49 del folletín Crisol Púbico.





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