El mejor juguete sexual es un libro que consiga estimular la yema del placer.
¿Sabeis? Mi libro “Microrrelatos Eróticos” reposa, para su venta, entre consoladores de colores, preservativos aromáticos, esposas de peluche, rasos, perfumes y vibradores. Para mayor dicha, parece que no se vende mal, al menos eso comenta la psicóloga y sexóloga Martina, del Centro de Sexología Con Mucho Gusto, que entendió que entre las chucherías sexuales no pueden faltar libros.
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Vuelta por Navidad
Pedro, Juan y Manuel compadrean frente a sus espumosas jarras de cerveza apostados en la barra de su tasca favorita. Están de un humor excelente, son buenos colegas y hace tiempo que no disponían de la oportunidad de estar juntos porque Pedro, debido a su trabajo, viaja constantemente. Ahora, de regreso a casa por Navidad, trae mil historias que contar. Es un apuesto treintañero casi cuarentón, corpulento de mandíbula firme, voz grave y cabello crespo apretado en fornidas cerdas negras cortadas a cepillo. Él es, de los tres, el que más tablas tiene en la vida. Su liderazgo en el trío es evidente, es el que levanta la mano para pedir nueva ronda, el más rápido a la hora de desenfundar la billetera para pagarla. Juan y Manuel son más jóvenes, menos peludos y sin duda más pardillos.
- De todas las mujeres del Planeta, dice Pedro masticando una aceituna y dejando en vilo la frase hasta que escupe el hueso pelado- De todas, las más aplicadas en la cama son las gallegas.
Suelta el dato sin venir a cuento e inaugura con semejante sentencia El Tema, ese que todos estaban deseando y que es central en sus conversaciones desde hace 10 años, cuando Pedro decidió alquilar dos dormitorios de su piso y le cayeron estos estudiantes de física, que se sacaron curso por año y ahora sobreviven dando clases particulares en una academia.
- De todas: las mejores las gallegas.
Lo dice con tanta autoridad, tan lleno de razón, que a ver quién le contradice, pero lo cierto es que no hace falta estudiar la asignatura de estadística en la facultad de sociología para comprender que carece de rigor científico alguno. Cierto que Pedro ha ido acumulando una bonita cartera de amantes: una andaluza, dos francesas, una medio argentina medio japonesa, una madrileña de padres asturianos, la famosa rusa y luego cuatro o cinco gallegas que ganan por goleada por el mero hecho de que Pedro residió la mayor parte de su vida en La Coruña, y aquí lo que abundan son las gallegas. De modo que su afirmación peca de chauvinista. Pero Juan y Manuel la reciben con aplaudido entusiasmo porque también son gallegos y, aunque no se hayan comido demasiados roscos hasta la fecha, mola saberse entre las jodedoras más distinguidas.
Ya en la tercera jarra, la espuma de la cerveza deja un surco en el labio superior del apuesto Pedro y su efecto etílico le va soltando la lengua. A Pedro le gusta compartir entre machos los asuntos de faldas y qué cómodo está con estos colegas que le escuchan con tanta atención. El terreno está ganado, puede explayarse a gusto, no tiene porqué racionalizar sus estadísticas, ni evaluar sus peculiares generalizaciones:
- Eso sí, para mamarla ningunas como las rusas.
Vaya, lo de la rusa ya lo conocen. Lo contó el año pasado y, si no recuerdo mal, el antepasado también. Lo de la dichosa rusa, como el discurso de rey, empieza a formar parte del repertorio de clásicos navideños. Pedro rememora las embriagantes curvas de aquella rusa tetona que conoció en el hotel de Praga y sobretodo su voracidad. Aquel modo prusiano con que se lanzó a su bragueta, la agilidad con que se le merendó el jabugo a base de sonoros lametones y vigorosos chupetazos ¡cuánta verbigracia para describir una felación!, expresivo vocabulario acompañado de adecuados sonidos onomatopéyicos y gestos tan elocuentes como reveladores. Juan y Manuel podrían escuchar esa historia sin pestañear hasta un millón de veces. Quizá Pedro exagere un pelín, es posible que algún que otro detalle no se ciña fielmente a la realidad, posturas que son fruto de sus fantasías, o improvisaciones motivadas por el calor de la conversación. Pero, ¿qué más da? lo bien que lo pasan no tiene precio. Y además, ¿qué sería de nosotros sin un poquito de imaginación?
La tara de Edu
Los días anteriores a quedar con la novia de mi primo fueron un sinvivir, esperando ansiosa el momento en el que me sacase por fin de esa intriga que me corroía. Desfallecía por saber los detalles de su presunto problema sexual. No era solamente un caso más de cotilleo -que también-, es que me sentía parte del problema, implicada en él como si lo sufriese yo misma. Al fin Eduardo ha tenido mucho que ver en mi propia sexualidad. Por ejemplo, su polla fue la primera que vi. Es verdad que antes había visto el pipí de mis primos, pero aquello que le vi a Eduardo no se podía llamar pipí, eso tan desarrollado merecía una nomenclatura con más empaque.
Fue pura casualidad, entré en el cuarto de baño y allí estaba él, desnudo, saliendo de la ducha, una pierna dentro y otra fuera, de modo que el ángulo entre ambas era por lo menos de 90 grados, lo cual permitía una visión muy nítida de la fisonomía viril. Fueron décimas de segundo, pero tan precisas, que parece que todavía le tengo delante ¡qué impacto me causó aquella mata de pelo! ¿cómo evitar dirigir hacia allí la mirada? Y en su centro una salchicha colgante que le llegaba hasta poco más abajo de la ingle, más gruesa en su base que en la punta y de color marrón oscuro. Los testículos, muy elevados, parecían barnizados, de tan brillantes.
- ¡Perdón!, dije casi chillando y cerré la puerta de un portazo. Pero ahí quedó la imagen para siempre en mi retina.
En otra ocasión no se la vi, pero percibí su turgencia. Jugábamos en el río con otros chavales. Yo llevaba un bikini de rayas marineras bastante escueto y él un bañador de flores largo, de esos que alcanzan la pantorrilla.
Lo recuerdo bien porque el tío Ramón -que tenía ciertas tendencias de viejo verde- verbalizó la apreciación de que “hoy en día los hombres se tapan más que las mujeres”, situación que a él le resultaba hilarante y a mí asquerosa en su boca.
El caso es que peleábamos a las ahogadillas y en una de estas me escapé nadando a brazada pelada hasta la roca. Cuando llegué, Edu me alcanzó y trataba de asirme con brazos y piernas y entonces noté algo duro que se me restregaba en el muslo. Algo que me causaba un efecto tremendamente estimulante, tan estimulante que me asustó. Él también debió sentir una fuerza extraña porque se apretaba más y más hasta que de repente se separó drásticamente, se zambulló y se alejó buceando.
Y punto pelota, desde ese día algo cambió entre nosotros. A partir de aquella se terminaron aquellos divertidos juegos infantiles con tanto contacto físico, jolgorios que tantas veces he tratado de reproducir con mis amantes, pero ya perdida aquella inocencia.
Y os cuento todo esto para que entendáis hasta qué punto es importante para mí la sexualidad de mi primo, para que entendáis porqué yo tenía su verga mitificada y porqué me resultaba especialmente desagradable imaginarme que no le furrulaba, que no se le levantaba, que no se le disparaba, que le faltaba fuelle o a saber qué expresión habría de emplear para definir la tara de mi querido Edu.
Mi primo y su misterio sexual.
- ¿Qué te sucede, Edu?, le pregunté. Hacía mogollón que no coincidíamos y ¡qué desmejorado!
-Es con Cristina, no nos va muy bien últimamente.
Eso estaba cantado, ya lo había intuido yo el mismo día que me la presentó, debe hacer unos 5 años. Mi primo siempre había sido un todoterreno que disfrutaba pisando barro y durmiendo a la intemperie. Ella, pura flor de pitiminí, la perfecta representante actual de aquella princesa detecta-guisantes.
- Si hay algo que pueda hacer por vosotros…, le dije con poca convicción.
Edu y yo ya no tenemos la complicidad que solíamos. Desde que empezó a salir con Cristina ha dejado de pasarse por la aldea, y eso que siempre fue el nieto favorito de la abuela, el que más la ayudaba con la huerta y la viña, el que más se implicaba en las comilonas familiares ¡míticas sus 300 rosquillas en el día del Carmen! Ahora se pasa por allí de pascuas a ramos, siempre acompañado por su princesa. Cumplen con la típica visita dominguera sin quitarse siquiera sus impecables abrigos de paño.
Me decepcionó que se echase una novia tan perita en dulce, que le dan asco los bichos, que el polen le produce alergia, que no le sienta el vino peleón, que no soporta la humedad… Pero lo que más me fastidia es que Edu se haya amoldado como un cordero a los gustos urbanitas de ella. Conste que no comparto la idea de Sole y de Paula, que siempre dicen “esa zorra le abdujo”. De eso nada. Yo toda la culpa se la pongo a él. Ella continuó en su linea, fiel a sí misma. Ya de antes tenía aspiraciones de pequeñoburguesa. El que pegó el cambiazo fue él.
Pero el sábado vino al pueblo solo y no parecía tener prisa.
- Quizás podrías hablar tú con Cristina, Susana, siempre os llevasteis muy bien, me dijo Edu, tan en Babia como siempre ¡Ay Eduardo de mi vida! Aunque Cristina y yo coincidimos en el gimnasio, no nos llevamos. Y en el supuesto de que nos llevásemos, sería mal.
Será listísimo mi primo para las matemáticas, así sacó adelante la carrera que sacó. Pero en intuición, cero coma cero. Le conozco bien, prácticamente nos criamos juntos, todas las vacaciones en la aldea con la abuela y siempre tuvimos muy buen rollo, sólo le llevo un año y medio y, como ocupa el puesto siguiente al mío en el estricto ranking de edad de los primos, éramos inseparables. Cómplices a nivel acción, en plan organizar un campeonato de petanca o recaudar fondos para comprarle la tele al tío Ramón, pero no tanto en el plano confidencial, por eso no nos estaba resultando nada fácil hablar de lo que le preocupaba. Entonces, no se me ocurrió nada mejor que salirle con el topicazo.
- ¿Hay una tercera persona?
- No -titubeaba- tengo un problema.
- ¿un problema?
Titubeó todavía más antes de responder:
- Un problema en la cama, un asunto sexual.
No puede ser ¿Edu un problema sexual? ¡no! Su afirmación me dejó tan noqueada que no reaccioné, o al menos no reaccioné como debiera, me limité a ponerme roja y a balbucear incongruencias como si en mí se produjese una regresión a los 12 años. Supongo que se arrepintió de haberse confesado porque inmediatamente salió por peteneras.
- Mejor que hables con Cristina, que te cuente ella, me dijo sin mirarme y huyendo al jardín.
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Los hombres y su fuga cuando de abordar verbalmente los propios sentimientos se trata. Claro que mi reacción no había ayudado. Pero tengo una explicación para mi actitud y tiene que ver con lo que significa Edu para mí.
Marta, la cocinillas.
- Yo cocino a todas horas, Susi, cocino hasta con el chocho.
Esta Marta es la caña, me troncho con sus salidas, pero hoy su mirada guasona me hace entender que no está de coña, que algo se cocina en su coño.
- ¿qué?, pregunto.
Marta sacude la cabeza hacia los lados como si no me quisiera contar, como si no estuviera deseando contarme. Pero ya la conozco lo suficiente como para saber que no tengo más que esperar para que se despache a gusto.
- Me gusta guardarme alguna sorpresilla ahí.
- ¿alguna sorpresilla ahí?
- Sí, un sugus, una avellana, unos gajos de mandarina…
- ¿para cuando te entra el hambre? indago sin inmutarme, como si emplear el chichi como bolsita de la merienda fuese lo más natural.
- ¡No mujer! para él, para que se lo encuentre.
Él, el comensal, es Nando, su tal para cual. Ambos son salerosos y parlanchines, una pareja no apta para envidiosos, tan en armonía se les ve. Incluso se parecen: idénticas carnes fondonas en unos nada despreciables volúmenes.
- Qué cosas tienes Marta, qué detallista, sugus, mandarinas…
- Cualquier chuchería, menos chocolate porque se derrite y hace un efecto feísimo en la braga.
- El blanco valdría ¿no?
- Sí, el blanco mejor.
- Eres un cofre de sorpresas, le digo pensando que nunca tal expresión tuvo un sentido tan literal.
- Ay chica, es que le doy mucho al coco. El día de san Valentín se me ocurrió sorprenderle con un menú degustación completo: primer plato, segundo y postre.
- ¡qué me dices! ¿todo en el mismo pack de catering?
- Todo. Hay que ir colocándolo en el orden inverso a como será servido.
- Qué ingenioso. Pero ¿qué ingredientes en el menú?
- De primero, una aceituna.
- ¿con hueso?
- No, rellena de anchoa, las favoritas de Nando ¡le privan! De segundo un huevo de codorniz.
- ¿relleno?
- No, duro.
- ¿y de postre?
- ¡Dos cerecitas!
- ¡qué ricas! ¿y de beber?
- Con los líquidos es complicado porque se escurren, y de bebidas espirituosas olvídate porque escuecen.
- Lástima.
- Sí, lo único yogur líquido. ¿sabes que el yogur es buenísimo para el ph vaginal?
- No sabía, no.
- Cuando tengas picorcillos, nada de productos de farmacia, un yogur natural y santas pascuas.
- Qué sabia eres…oye, ¿y en tu casa el único que come es él?
- Qué va qué va, adobar lo de ellos es lo más fácil, tremendamente versátil, acompañamiento ideal para cualquier crema dulce: nata montada, vainilla batida, natillas al huevo, merengue espumado, leche condensada templada, sirope de fresa, miel vaporizada al baño María, chantilly francés, mermelada de frambuesa, de mora, de naranja, sorbete de piña, agua de coco densa, jugo de flan, dulce de leche, crema merengada…
Marta y sus recetas. Si no estuviera tan concienciada del daño que nos hace a las mujeres ser criticonas con el aspecto físico de las otras, era como para pensar que buena falta le haría un cambio radical de dieta. Pero dios me libre de semejante prepotencia, al contrario, valoro a Marta como una auténtica joya prehistórica. Creía perdida la egolatría por el propio exceso cárnico desde Rubens y encuentro un perfecto revival en Marta y sus despampanantes camisetas ceñidas.
- Pero si te apetece una delicatessen de estrella michelín, tengo una para verga fresca de requetechupete.
- Cuenta, cuenta.
- Coges un pene, ¿no?
- Sí.
- Lo amasas bien hasta que endurezca.
- Sí.
- Untas abundante con mantequilla, preferentemente salada.
- Ahá.
- Con generosidad pero sin que queden grumos.
- Ok, espera que apunto.
- Cuando el molde esté bien engrasado, espolvoreas con azúcar glass hasta que quede toda la estructura cubierta.
- … toda la estructura cubierta.
- Y ahora viene la parte más artística. Antes de que se endurezca la costra de azúcar blanco, decoras con un pincel, a saber, corazoncitos, topos, flores. Si no tienes pincel la lengua vale.
- Qué monada..
- Y luego la guinda.
- Delicioso.
- Riquísimo.
Tentando al diablo
Viajar a solas es una experiencia maravillosa que todo el mundo debiera disfrutar al menos una vez en la vida, proporciona una sensación de libertad fuera de serie, se viven las situaciones a tope de intensidad. Para una mujer puede resultar más peliagudo según qué lugares se visiten y es conveniente tomar una serie de precauciones. Por lo general, la única habilidad extra que hemos de desarrollar nosotras es la del arte de espantar moscones, dicho esto con todo el cariño para tales bichitos, que a veces animan un montón.
Ciertamente, en algunas culturas, una viajera solitaria es interpretada por los lugareños como una invitación andante a ligar, y ¡qué va! no tiene porqué ser así. Claro que a veces sí es así y precisamente esa era mi vaga ilusión aquella tarde en la que, sola en un precioso pueblo de la costa del Pacífico mexicano, salí a cenar con la inocente intención de tener una aventura. No es que fuera una necesidad imperiosa, pero me sentía abierta a las sorpresas del destino y me apetecía un arrechuche azteca. Me arreglé un poco más de lo que acostumbro en los viajes, por si las moscas picaban. Me dirigí al malecón ¡qué atardecer! ¡qué alegres colores! ¡qué temperatura divina! ¡qué vidilla!
Para cenar cometí el error de entrar en un chiringuito bastante turístico y tuve que pasar por el bochornoso momentazo en el que una banda de mariachis rodeó mi mesa cantando “Ese lunar que tienes, cielito lindo …”, que consiguió que se me atragantaran los tacos.
Me largué de allí pitando y, después de otro breve paseo, – ¡qué agradable brisa marina!- entré en un bar que tenía pinta de ser frecuentado por los lugareños, que es donde me gusta ir cuando viajo.
Me senté en la barra y pedí una Coronita. El camarero resultó ser bastante atractivo y la mar de amable, con tan buena suerte que esa era su noche libre y se había pasado por el bar para echar una manita nomás, conque se acodó frente a mí y nos pusimos de palique. Mantuvimos una charla muy simpática sobre su abuela mexicana y la mía gallega, que tenían un montón de manías comunes, e intercambiamos recetas, él me dio la de guacamole -que escribí en una servilleta que todavía conservo y uso- y yo a él la de tortilla de patatas, en la que parecía muy interesado. La cosa pintaba bien, podemos afirmar que iba ¡viento en popa a toda vela!
Tenía bigote Rubén Darío. Así se llamaba, como el poeta, detalle que me encantó. No tanto el bigote, no soy entusiasta de esa parcela de pelo, pero he de reconocer que no le quedaba mal. Moreno de pelo negrísimo no parecía muy alto, pero sí bastante musculoso y fardaba de brazos torneados con una camiseta sin mangas. Sonrisa enorme, dentadura impecable, uñas limpias. Sí, sí, Rubén Darío iba ganando puntos por momentos, con esa gracia mexico al hablar, con esos labios salchicheros y la risa facilona. Después de un rato ciertamente agradable le informé:
- Tengo que ir al baño.
- Allá, me señaló.
Me alejé siendo consciente de que mi retaguardia iba a ser escrutada minuciosamente. Exageré un poco el bamboleo de cadera. Parece que el trasero de las españolas tiene muy buena fama en el extranjero y ahí estaba yo, esforzándome por hacer honor patrio.
Vacié mi vejiga, me lavé las manos, me miré al espejo, me solté el pelo, volví a recogerlo. Me enjuagué la boca, examiné mis dientes, me mordisqueé los labios como recomiendan en Mujercitas para que se sonrojen sin carmín, respiré profundo ¡vamos allá! Me burbujeaba el estómago del modo en que me burbujea cuando me encuentro en la palestra de salida de a saber qué emocionante experiencia vital.
Cuando regresé, Rubén Darío se había venido a mi lado de la barra y me sonreía como si fuera el hombre más feliz del mundo. Había servido dos nuevas cervezas, una para mí, otra para él, que espumaban, llenas a rebosar, con su limón asomando por la boca del botellín. Agradecí el detalle, acerqué mi taburete al suyo, nuestras piernas se rozaron. Él, siempre con su sonrisa perenne levantó la botella para hacer un brindis.
- Chin chin.
Eché un trago a morro y … aluciné.
Ese tipejo había echado un chorreón de tequila a mi cerveza. Mi olfato no me engaña, y mi paladar tampoco. Le vi de frente, al muy imbécil. Dejé la botella en la barra, él continuaba con su sonrisa que, ahora me daba cuenta, era la de un perfecto gilipollas. Separé mi taburete, me levanté despacio, midiendo mis movimientos, controlándome. Me di la vuelta encarándome hacia la puerta de salida y me dirigí hacia ella, tratando de no contonear mis caderas porque al diablo… al diablo mejor no tentarlo.
Culo inquieto
No seré yo la que apruebe los sueños de infidelidad de Laura porque me fastidia la gente que va por la vida de saltimbanqui. Cuánto vicio tenemos. Nomás alcanzamos un sueño, borrón y cuenta nueva y a otra cosa mariposa
¡Qué mal asiento tiene el culo de la humanidad! y el de Laura no digamos. No seré yo la que la defienda, no, que se comporta como una cantamañanas. Hace dos días perdía el culo por Víctor y hala, ahora que lo tiene tan bien cogido*, ya lo pierde por el de David. Y Víctor es un tío majo, jolín, y se lo monta bien, bastante bien. Bueno. Digamos que no lo hace mal, claro que ya lo hizo mejor… hablando en plata: el nivel de la calidad del fornicio de Víctor, que comenzó en un nivel más que aceptable, desciende en picado ¡Cacho tendencia tiene el pibe a dejarse llevar por la plácida vida aburguesada! Apenas un par de años de convivencia y la pancita asoma, vale, que tiene encanto su michelín … todavía.
Si es que a ese tipo de huevón lo tengo yo trillado, a los 18 están que te los comes con patatas, tan llenos de encanto y vitalidad. Con 25 ¡están de sabrosos! Con treinta pueden llegar a ser delicatessen, pero llegados a ese punto son flor de un día y antes de lo que canta un gallo, c’est fini !, se han transformado en carcamales. Lo de Víctor fue visto y no visto, irse a vivir con Laura y ¡zas! progresivo, inexorable apoltrone.
No folla mal no, los hay peores, pero ¡puñetera tendencia a repetir esquemas! un polvo igual al anterior, y el siguiente gemelo del segundo. Empecinado en teñir sus noches con un tropel de polvos clonados. Aunque sea bonita la partitura ¡siempre la misma! Que sí, que soy consciente de que es tendencia natural tomar el atajo cuando una relación es monógama y duradera, pero ¡ándale niño! ¡dale al menos un lustro de diversión a la moza!
Es verdad que Laura bien podría desarrollar in door su creatividad lúbrica, pero no, la está elaborando ¡y de qué manera! hacia afuera. C’est la vie! ayer tan entusiasmada con su novio y hoy arrastrada por una cochina fantasía de infidelidad. Y Víctor no se lo merece, es un buen chaval. Ok, más simple que el mecanismo de un chupete. Simple en el sentido en que no se esfuerza por adelantarse al devenir de los acontecimientos. Por ejemplo, cuando en el telediario contaron lo del desastre de Fukushima él se quedó impávido, mascando tranquilamente su chicle. Sin embargo, sus ojos chispean de emoción cuando mira la imagen tierna de un patito cojo. Un patito cojo de dibujo animado. Digamos que su alma tiene la belleza de los espíritus sencillos. Un bonachón que jamás olvida el tierno y marital besito de despedida.
- Hasta luego cariño.
Muá, beso y cachete en el pompis.
¡Ay, Víctor, Víctor! Que se te ve venir la cornamenta a las leguas, despierta muchachote, que no se puede bajar la guardia de esa manera, ¿qué clase de cachete es ese? ¿no percibes que esos jamones serranos precisan de todo un tablao flamenco de palmas redoblás? Cagoenlá, ¡hay que espabilar!
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* no se me mal interprete, aquí el significado de cogido alude al de uso común en el español de la Vieja España.
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Este es el relato número 77 del culebrón erótico Crisol Púbico
Jimmy, o Sir James
Hace un tiempo asistí en Gales a una fiesta de alto nivel, entendiendo por alto nivel como un lugar empalagoso de glamour donde los hijos de los altos ejecutivos de la City se emborrachan con cócteles de a treinta libras la copa.
Me llamó la atención el señorito Jimmy -Sir James para los camareros- un rubiales clavado al primogénito del príncipe heredero, alto y bien formado, del tipo de los que practican tenis y equitación.
Jimmy se sabe el rey de la fiesta, charla con unos y otros, sonrie estirando mucho los labios, da palmas en el hombro a sus colegas y toma por la cintura a las ladies, esas muchachas de pelos lacios en distintas tonalidades, todas entaconadas en sus sandalias, con sus vestiditos de florcillas color pastel que dejan imaginar lo suficiente como para hacer enfebrecer a cualquier marine. A cualquier marine, pero no a Jimmy. Jimmy sopesa la carnaza. Él sabe que cualquiera de esas orquídeas criadas entre algodones abrirán sus piernas ante una escueta palabra suya. Calibra las pantorrillas de la barbie en rosa, el escote, en verde, de la barby animadora. Sin comerse mucho el tarro, se decide por la del chochito más abierto, y digo abierto porque sus muslos son incapaces de cerrarse del todo dado el amplio espacio entre sus piernas, debido a la ausencia de carne en ellas. Toda ella huesitos salvo esas tetolas encabritadas y puntiagudas. El pijo James no tarda dos martinis en seducirla al modo cuchicheos en la oreja, tomada la manicurada manita.
Pronto, ni medio martini más tarde, la invita a salir porque dentro no se fuma y sir James padece de ciertos vicios. Ella le acompaña y sus amigas les miran coloradas de envidia, los bellos rostros descompuestos ¡brujas de mil años parecen! lindas brujas malvadas encorsetadas en cuerpos adolescentes.
Jacquelin, que así se llama la princesa electa, camina altiva aunque temblorosa, meneando la sedosa melena. Jimmy la lleva cogida de la enjoyada mano y todo el mundo les mira. Ella se sonríe y se muestra indolente. Pero una vez fuera, los dos solos, le ataca el pánico a fallarle al dandy. Sobre todo porque él no se anda con chiquitas y nada más traspasar el portalón de salida le toquetea aquí y allá con sus dedos de pianista. Ella ríe con gorgoritos que se le escapan nerviosos de los labios de fresa, evidenciando su estupor. Espupor que a Jimmy se la trae al pairo. No duda en apoyarse cómodamente en la pared y ceñir a la chica fuertemente, pubis contra pubis, de modo que ella dobla su torso hacia atrás porque acercar su cara a la de él le debe resultar temerario. Jacquelin, para ganar tiempo, habla. Se pone a parlotear a toda velocidad haciendo ojitos y pucheros y Jimmy la mira, de los ojos al escote, del escote a los labios, saboreando de antemano el pastelito que va a zamparse.
Sus sexos están separados tan solo por las sucintas bragas de ella, la gasa del vestido, la tela del pantalón de hilo de él y el calzoncillo. El futuro lord disfruta con ese contacto. Está contento con el chochito hight quality que ha escogido para esta noche y en el que tiene toda intención de inyectar su verga rosa decorada con pelusa rizada color amarillenta.
Jimmy no termina su cigarro. Sin darle más vueltas al asunto entrega las llaves al portero para que le traiga el
Lamborghini y, una vez delante, deja que sea el otro el que abra la puerta a la mariposa de la boca de rosa. Ella entra en el buga y él aprovecha para ojear el culo raspado con todo descaro. Incluso tiene la indecencia de guiñarle un ojo cómplice al portero cuando ella, ya acomodada en el deportivo de sillones de cuero color violeta, no puede verle.
Arranca presumiendo de motor, y se van.
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Nacido pa gozar.
Para entender determinados comportamientos, determinadas actitudes que adoptamos en la vida, a veces resulta conveniente rebobinar y poner atención en el momento del nacimiento.
Por regla general, los neonatos lloran nada más salir del vientre materno. Evidencian quizá de ese modo la culpa por el pecado original o a lo mejor es que intuyen las desdichas que les depara el porvenir.
El nacimiento de Víctor fue diferente en el sentido en que cuando inhaló el primer soplo de aire, llenando por vez primera sus pulmones, estalló en carcajadas, en gorgoritos de bebé que dejaron a los médicos anonadados primero, maravillados luego, contagiados por la alegría desbordante de esa criatura a la que la risa le salía redoblada por su boquita desdentada.
- Este muñequito viene al mundo a divertirse, sentenció la matrona.
En cuanto su emocionada mamá le puso al pecho, el niño abrazó el opulento cántaro de leche con sus manitas de uñas diminutas y comenzó a succionar con el ansia y el ímpetu que siempre pondría en sus empeños. La naricilla perlada de sudor, las mejillas sonrosadas, ponían de manifiesto la rendición sin mácula con la que Víctor se rendiría al placer desde hoy hasta el futuro.
Treinta y pico años después, Víctor, acostado al lado de Laura, se carcajea, se relame, se frota una mano con la otra antes de alcanzarle un seno e introducir el pezón entre sus labios. Como si mascara uvas maduras con fruición golosa, saborea el delicioso, sensible fruto de mujer y se alimenta.
Laura le acoge, le acaricia maternalmente los cabellos. Está meditabunda. Desde que el mulato David la pretende, ya no sabe ni qué quiere ni a quién quiere. O mejor dicho, los quiere a los dos.
Víctor es un amorcillo ¡miradle nomás! Ahí succionando, con los ojos cerrados, tan tierno, tan cariñoso, tan afanado y concentrado. David es otro cuento, un pura sangre que consigue, tan sólo con su mirada azabache, combustionarle las entrañas.
- ¡Ah!, ¿por qué he de elegir? -reflexiona Laura- ¿Por qué no quedarme con los dos?.
Sus insensatos pensamientos se vuelven ahora libertinos. Le ciega la concupiscencia que supone dar de mamar al hombre adulto. Avariciosa, siente la ausencia de otros labios que lamieran ese otro seno que, solitario, espera turno para ser erizado con saliva.
……..
Este es el relato número 76 del culebrón erótico Crisol Púbico
Onírico
Queridos seguidores de Crisol Púbico, en agradecimiento a vuestra inestimable colaboración, hoy he escrito dos cuentos que festejan la resurrección de Gonzalo ( ya me diréis con cual os quedáis).
Onírico Meloso
Alice regresa a su casa después del entierro y no tiene ganas de nada, la casa se le cae encima, pero también la calle se le caía. Va al baño, se mira al espejo. Nunca se ha visto tan horrible, con las aletas de la nariz enrojecidas, los labios deformados, los ojos hinchados y esas espantosas ojeras. Se lava la cara con agua y llora inclinada en el lavabo. Va al cuarto, allí está la cama de matrimonio, fría, vacía, solitaria ¡cuánto ha querido a su viejito! ¡qué amada se ha sentido por él! Se desnuda despacio. Sin energía se quita los zapatos y los pantalones tan ceñidos, las bragas canijas, se mira las piernas, cada día más celulíticas. La ropa le ha dejado marcas por todas partes. Se desabrocha la camisa y se quita el sostén, sus pechos parecen consumidos, abatidos por la tristeza. Se encuentra vieja y fea y triste y sola. Se tumba en la cama y se abraza a la almohada.
En la esquina del cuarto, sentado en la silla, Gonzalo la observa. Ël nunca la ha visto tan hermosa, tan imperfectamente viva, tan palpitantemente humana, tan frágil y leve. Gonzalo ansía abrazarla, pero ha de esperar, solamente podrá tenerla una vez que el sueño se apodere de ella, entonces sí, entonces será el mejor amante que ha conocido mujer.
El alma de Gonzalo ha decidido quedarse con su amor, ha decidido convertirse en un íncubo. Los íncubos son seres que acompañan a las mujeres en sueños desde tiempos remotos.
Gonzalo se cuela por entre las sábanas con la ligereza que le da su estructura incorpórea y abraza a su ninfa adorada. Oh, Gonzalo ahora es joven, qué digo joven, es todopoderoso. El que sea un alma no le limita a hacer las funciones de un casto amante platónico, sino que será uno de esos alegres y viciosos, con permiso de ser amante desde el inconsciente onírico, donde el deseo y el placer son puros y perfectos. En esta nueva forma conseguirá orgasmos en pareado, orgasmos en estructura de soneto, ¡romances orgásmicos en el cuerpo dormido de la enfermera más linda!
Onírico Campechano
Qué polvo, señoras y señores, qué polvazo, el espíritu de Gonzalo, exultante, se remonta de los infiernos y se hace con el cuerpo de su pichurri con sobrehumano ímpetu. Fijaos en Alice durmiendo. Cómo se retuerce la bandida, con qué ausencia de glamour impulsa la pelvis y con qué lascivia su clítoris baila la danza de los siete velos. Ésto es pura lujuria, qué fornicio indecente, eso, damas y caballeros, es follar el pensamiento, orgasmo eterno en el mismo útero de placer, lascivia destilada a borbotones.
Imaginaos cómo es la escena que si los pelos del monte de Venus de Alice fueran espectadores de un concierto, encenderían los mecheros en símbolo de agradecimiento. Si tales pelillos fueran el público de un Madrid-Barca, la ovación sería de las de chuta, mete y goooool ¡golazo! ¡la ola le harían, una súper-ola súper-bien coordinada! Si la mata de pelusa rizada de la entrepiertna de Alice fueran los asistentes a la visita del papa, éste sería el momento banderita alzada. Si en vez de estar presenciando la jodienda mejor instrumentada de todos los tiempos, los rizados pelos del felpudillo de Alice fueran los asistentes a un mintin del BNG cantarían el himno gallego, puño en pecho.
Orejas, rabo, paseillo ¡Ole, ole y olé!
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Éste es el capítulo 75 de Crisol Púbico








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