Alice, mujer de cristal.
Víctor ha limpiado meticulosamente las uñas de sus manos con un mondadientes, Laura ha alisado la larga melena de su cuero cabelludo y ha retocado con primor el vello rizado de su monte de Venus.
Alice, la enfermera de las bragas chiquitas, les recibe:
- Lo siento, sólo puede pasar uno a ver al señor Gonzalo, advierte.
- ¿No podemos entrar juntos?, protesta Víctor.
- ¡Uy, no! las reglas son estrictísimas- responde Alice con dicción melosa y sonrisa radiante –, que pase la chica primero.
- Vale voy, se apresura a responder Laura, acostumbrada a no cuestionarse las reglas.
En cuanto Alice se queda a solas con Víctor, comienza su ritual de seducción. La enfermera es una de esas mujeres para las que su identidad ha de pasar por la aprobación genital masculina. Es una de esas muchachas, o damas, siervas del beneplácito del hombre, mujeres incapaces de desear salvo actuando como espejos. Frágiles maniquís de cristal, vulnerables al paso del tiempo y los estragos que él hace con la belleza superficial, muñecas preciosas que aman por ser amadas, que gustan por ser gustadas y se rompen en mil pedacitos el día que ellos, los hombres, les niegan la mirada. De ahí el esfuerzo inconsciente, infinito, de Alice por ser linda y caliente, simpática y deliciosa, permanentemente adobada por si él, uno de ellos, cualquiera de ellos, quiere tomar el aperitivo. Siempre está a punto de caramelo y ahora exhibe todo un repertorio de gestos -innatos o adquiridos- para llamar la atención de Víctor.
Si un antropólogo pudiese verla, tomaría nota de cuanto movimiento y rito efectúa la hembra humana para dirigir al macho hacia la monta: caminares de punta tacón, contoneo sensual de cadera, mohín mimoso combinado con sonrisa cariñosa, inclinación de cintura, elevación de glúteos, lucimiento de volumen pectoral, giro de ojos, elevación de cejas, pestañeo de abanico. Prueba todas y cada una de esas carantoñas, mas ninguna provoca -aparentemente- el mínimo efecto en Víctor, que la mira contenido.
Hace unos días hubiese tenido mucha más suerte con su exhibición, pero hoy no. Hoy Víctor tiene enfocada su atención en un objetivo concreto y no se dispersa. No sigue el juego de la enfermera a pesar de que no le resulta fácil, su naturaleza está diseñada para esparcir su esperma y con él sus genes, y es complicado luchar contra esa ley biológica. Sin embargo el mecánico se mantiene firme y se siente aliviado cuando por fin llega Laura y le mira sin hacer filigranas. No, ella no hace cabriolas espectaculares con sus párpados pero, si se sabe leer en su mirada, esas pupilas gritan sin hablar, es la mirada ansiosa de una mujer que enviaría su alma a los infiernos a cambio de un abrazo de amor.
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Este es el cuento 32 del conjunto de relatos hilados de Crisol Púbico.
Víctor va a por Laura
Víctor no sabe que Laura ha pedido el día libre. Se encontraba tan angustiada después de la visita de su prima que siente que no dispone de las fuerzas necesarias para soportar todo ese día dando clases, se encierra en el baño y solloza. Laura, la hermosa y virgen Laura sale del aseo con los ojos enrojecidos, va al aula donde está su jefa, llama a la puerta, se acerca y le susurra que se encuentra indispuesta, que ha de irse a su casa. Sale cabizbaja, camina a paso ligero, no mira a los lados, huye del café y del taller, escapa para esconderse en su guarida. Abre el portal y cierra tras sí, entra en su piso y clausura con doble pestillo, corre al baño, abre el botiquín, se toma una pastilla para el dolor de cabeza y dos para dormir. Se desnuda. La belleza de Laura desnuda no puede dejar a nadie impasible, la esencia de la feminidad en su piel, la ternura en sus pechos llenos, el misterio de la vida en su vientre fértil, la plenitud de la luna en la curva de sus caderas.
Se viste un pijama de algodón blanco y se acuesta. Se abraza a la almohada, tapa con la sábana hasta su cabeza y se dispone a olvidar, olvidar a su prima, su soledad, su soledad infinita y … a Víctor. Un escalofrío recorre su columna vertebral al recordar su nombre.
Ella no sabe, no puede sospechar que él ha estado tieso para ella todo el día, no se puede imaginar que a las ocho en punto él la espera con su camisa limpia en la puerta de la academia, no sabe que no va a rendirse cuando la jefa le diga que Laura se ha marchado a su casa.
- ¿Podría darme su dirección?- le sonríe Víctor- Tengo que darle un recado urgente.
No hay quien resista al encanto de Víctor y la jefa, atusándose el pelo, le da lo que le pide, encantada de poder hacerle un favor al joven.
La bella durmiente, mientras tanto, con su melena alborotada, los pechos sueltos, yace triste e inocente, desconocedora de que el príncipe, montado en el invisible caballo alado que transporta al macho erecto, vuela para encenderle los labios. Como si su pene fuese una flecha lanzada en dirección al nido de Laura, camina ligero con la determinación y la vitalidad del hombre encoñado por una mujer.
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Este cuento es el número 26 de la colección de relatos hilados Crisol Púbico
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No pido imagen hoy porque mañana mismo cuelgo la continuación de esta historia. En vez de eso, os envío a aquel primer capítulo de Crisol, cuando os presenté a Laura y me devolvisteis la idea en forma de imágenes:
La belleza de Laura no deja impasible
Víctor encoñado.
Cuando Víctor sale del café Crisol, después del espectáculo de las lesbianas, está que arde de cintura para abajo y que hierve de cintura para arriba. Pero a él la que se la ha puesto como la de un buey galaico es la profesora. Lleva todo el día intentando controlar unas erecciones tremendísimas y en cuanto se entera de que al viejo le dio el jamacuco, no se lo piensa: ya tiene disculpa para ir a hablar con Laura. Así como termine la jornada laboral, irá a buscarla. El mecánico tiene trabajo hoy, está tumbado en el suelo del taller, intentando averiguar qué cojones le pasa al motor de una Harley de los cincuenta, una preciosidad a la que no consigue arrancar ni su puta madre. Acostado sobre su espalda, con los pantalones manchados y la camiseta vieja, su cuerpo se ve perfecto bajo las ropas sucias, proporciones áureas en las esbeltas piernas, en los brazos torneados, en su cuello de nuez, en el vientre liso. Su mente va disparada. Es impresionante con qué realismo planea. Es alucinante la seguridad que tiene este hombre en sí mismo para con las mujeres, ni por asomo se plantea la posibilidad de que Laura le pueda rechazar, ni le amenazan temores de no dar la talla o no mantener la altura. Se recrea imaginándose a sí mismo acercándosele a ella. Se ve estrechándole la cintura, atrayéndola hacia sí, consiguiendo que incline la cabeza hacia atrás para tomarle el cuello. Apretará las caderas femeninas contra su pelvis y la sorprenderá con la pistola cargada, Víctor sabe que cualquier mujer sensata recibe este gesto como una adulación. Tiene especial ilusión por descubrir sus pezones. Las cumbres de los senos de las chicas son siempre una sorpresa. Te los puedes encontrar sonrosados en morenazas y negritos en blanquitas, nunca puedes aventurarte de antemano, se puede hallar un botón diminuto en pechos enormes y se pueden descubrir tetas que todas ellas son pezón nomás… Y luego varía la respuesta, hay tías que sólo con rozárselos se vuelven caramelo cuajado y otras que se derriten con lametazos de chupete. Y las mejores: las que se los acarician a sí mismas, agocéntricas golosas…¡Oh sí! El mecánico se relame ¡él sabrá cómo encender el cuerpo de Laura con palabras y gestos! La inflamará y la gozará gozándose. No duda que esta noche Laura se agitará abierta para él. ¡Cómo flambea el chico con esos prolegómenos! Ese nodo entusiasta promete film oscarizado y es que Víctor está pillado, no lo sabe, pero está pillado. No piensa más que en ella, Laura desnudándose, Laura ya desnuda, la grupa de Laura. Víctor, ahí tirado, compone una preciosa estampa digna de póster del cuarto de adolescente enamoradiza. Su pantalón vaquero está un poco más desgastado por entre los muslos y en la bragueta, no hace falta ser adivinos para intuir el falo inmenso que esconde ese bulto potente. Por supuesto, su miembro ha respondido como se le supone ante tan estimulantes pensamientos y él, a cada paso, separa una de sus manos del tozudo motor para colocarla allí, en el paquete. Entonces aprieta con la palma abierta, frota allí como si le picase, rasca por encima del pantalón, recoloca la sierpe, ajusta la dureza, y vuelve al chollo. Supongo que lo hará, el tocarse, para incentivar la firmeza. Ha de sentirse muy a gusto con ese estado físico que provoca el estado mental del deseo. Hasta en dos ocasiones se plantea ir al baño y hacerse un mano a mano rapidito, más que nada para ver si se concentra y arranca la jodida Harley. Podría hacerlo, podría aliviar la tensión en cinco minutos y a otra cosa mariposa, pero no lo hace, ¡qué va! No se conforma hoy. Hoy su leche aspira a ser endulzada, enriquecida y especiada con miel de mujer.
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Este cuento es el número 23 de la colección de relatos hilados Crisol Púbico ……………………………………….
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El viejo va al cielo.
No deja de sorprender el modo en que la vida teje sus circunstancias. Durante meses, durante años, la rutina llena nuestros días, uno tras otro, todos parecidos, casi iguales. Pero el tiempo pasa lento e inexorable hasta que, de repente, todo cambia y lo que ayer era, ya no es y unas alas de mariposa que aletean provocan un huracán en los sentimientos y ya nada vuelve a ser lo mismo.
Nada volvió a ser lo mismo para Laura, ni para Víctor, ni para Carmen, tampoco para los remeros Kinki e Ismael y mucho menos para el viejo desde la visita de la prima de Laura y la flautista, cuando, presumiendo de sexualidad liberal, removieron la conciencia erótica de los asiduos al café-bar Crisol.
Cuando todos se despidieron para acudir a sus respectivas actividades, el viejo permaneció, ahora taciturno, acodado en la barra, sentado pesadamente en su taburete. Carmen se le acerca y como si pudiera leerle el pensamiento, le susurra:
-A ti ya no se te pone ¿verdad abuelo?, la pregunta, dicha desde los labios femeninos de Carmen es como una lanza para Gonzalo, el viejo. La mira, mira a la camarera como si estuviera muy lejos. Poco a poco sus ojos toman forma de gorriones heridos. En su rostro está la pena del león vencido, la tristeza del oso herido de muerte. El viejo traga saliva.
-No, Carmen, ya no se me pone, dice y acto seguido cae en redondo estrepitosamente al suelo.
Gonzalo, el viejo, despierta en una habitación blanca de hospital y no recuerda qué es lo que le ha sucedido para estar ahí. Se gira y ve una mujer de espaldas con formas de reloj de arena, parece una enfermera vestida con bata blanca, la cintura de avispa que contrasta con las poderosas caderas. Parece atareada ordenando algo en una mesa camilla delante de la ventana por la que entra el sol limpio de invierno. El viejo escucha que canturrea aquel bolero antiguo. Él la mira y la imagen le parece onírica, por un momento se le pasa por la cabeza que quizá esté ya en el cielo. Pero entonces ella se voltea, le mira y sonríe:
-¡Ay que ya se despertó mi viejito! – dice la rubia oxigenada con el dulce acento de las sudamericanas- ha dormido mucho, ¿eh? Soy Alice, su enfermera- la chica vocaliza chillando un poco, como se les habla a los duros de oído, y le planta un par de besos en la cara.
A Gonzalo se le antoja que es una preciosidad aunque realmente no es para tanto, va exageradamente pintada con su sonrisa perfilada de carmín rosa, los grandes ojos oscuros sombreados de azul mar y pestañas tan negras y largas que parecen abanicos azabache centrando un rostro multicolor. Su batita ajustada deja ver el comienzo del escote. Alice parece una parodia viva de la enfermera típica de la ficción porno y no cede en su charla:
- Le trajeron aquí porque se desmayó usted, el médico dice que no tiene nada, pero que ha de reposar y yo soy la encargada de cuidarle. Un susto que le dio su corazón. Pero no se preocupe, volverá a estar fuerte como un toro, le voy a dar unas sopas de pollo que levantan a los muertos -la chica se persigna-. Después, si quiere, podemos jugar, ¿le gusta el dominó? yo soy loca del dominó, mi papá me enseñó cuando era niña chica. Ha sido usted muy previsor al haber cotizado un buen seguro de enfermedad, ahora me tiene sólo para usted y eso ayuda porque a veces, fíjese, que me tengo que encargar hasta de cinco enfermos y no es lo mismo. Es que la gente no piensa en cuando sea vieja, pero ¡ay! no me ponga esa cara, ya sé que usted no es tan viejo, que luce muy atractivo, que debe ser usted un señor muy interesante. Ya verá en cuanto le de un baño y le afeite. No es porque yo lo diga, pero los viejitos reviven con mis cuidados, lo mío es que es vocacional, desde que me vine a España llevo atendiendo, doce años ya y le puedo decir que tengo las mejores cartas de recomendación, las familias se quedan encantadas y es que hay que tener mano. Yo para otra cosa no, que limpiar casas siempre me ha parecido muy trabajoso, pero atender a señores como usted es como si fuera mi hobby. En esta clínica llevo poco, pero estoy feliz, es fantástica, fíjese, todo tan limpio, mire las cortinas, cada semana se lavan. El doctor es muy serio, muy profesional, muy suyo. Entre usted y yo: un poco sosainas, pero hay que reconocerle que hace bien su trabajo y paga puntualito, que eso es de agradecer. Claro que de mí no puede tener quejas, que me paso aquí todo el día y las noches si hace falta, conmigo sabe que puede contar y que trato a los pacientes como trataría a mi papá. Los enfermos necesitan dulzura y cariño, si es que el que está pachucho quiere amor, no hay más que animarle un poco y resucita, se lo digo yo.
Alice, mientras habla, acaricia maternalmente las sienes de Gonzalo, gesticula y sonríe con hoyitos. Su escote moreno juega al escondite entre los botones de la bata y Gonzalo piensa que a lo mejor tiene unos de esos senos pequeños que aumenta con sujetador de relleno, consiguiendo juntar los dos pechos formando corazón de carne entre ellos. El viejo se encuentra tan a gustito con los mimos de la amable enfermera que, casi inconscientemente, alarga su mano y la introduce entre los botones de la bata con toda naturalidad, con la sana intención de acariciar uno de esos tentadores volúmenes. La reacción de la chica es de gran carcajada:
- Jajaja ¡Mira el viejito! ¡Qué pillín! Nos vamos a llevar muy bien usted y yo, sí sí, muy bien, que a mí no me gustan esos señores ñoños, que había uno que hasta me reñía por enseñar las piernas, y digo yo, lo que se van a comer los gusanos, ¡que lo disfruten los cristianos!, digo, pero no se pase, ¿eh? Que si viene el médico y nos ve así se enfada, que es un señor muy serio, muy de su casa, que tendría que ver a su mujer, que parece una monja y él un obispo como mínimo, que no sé yo como habrán hecho los dos hijos que hicieron. ¡Eh! ¡No se pase! Qué gamberro…
Ahora el viejo ¡bingo! ha podido comprobar que no erró en su pronóstico. Efectivamente, la enfermera las tiene pequeñas, comprimidas en el escote por el sostén de aros y espuma. Satisfecho se autofelicita por su buen ojo, mientras el deshinibido pezón se dispara impetuoso con el contacto de sus dedos.
- ¡Qué tocón es usted! Mire que yo tengo la sangre caliente de las sureñas. Escúcheme con las manitas quietas, que ya sé yo lo que piensan ustedes aquí de nosotras, las sudaméricanas, pero es que, sin ofender, las españolas son muy desaborías, que parece que hay que hacer una instancia para que abran las piernas, ¡ni que tuvieran la joya de la corona ahí en medio! Y luego piensan mal de una porque disfruta de lo que Dios le dio, porque, digo yo que a Nuestro Señor no debe molestarle que gocemos a ratitos. Y no vaya usted a pensar, que yo soy muy religiosa, voy a misa los domingos y todo, pero no estoy a favor de lo que dice el papa, ¡que es pecado usar preservativos! y luego todos esos africanos muriendo de sida.
El viejo inspecciona ahora los muslos rechonchos de la enfermera, incrédulo de que esté hecha de huesos y carne, se alegra mucho al comprobar que no lleva medias, y se apena un poco al cerciorarse de que sí lleva bragas. Puede cerciorarse a conciencia sin que ella ponga excesiva resistencia, la justa para hacer del juego algo realmente divertido, pero ya cuando llega al fruto pulposo ella se levanta recolocándose la ropa:
- ¡Stop caballero!, que es usted un sinvergüenzón, que debió ser usted terrible con las mujeres, ¿eh? ¿Ha roto muchos corazones? Mire que a mí ya me lo han partido unas cuantas veces, y ya me conozco el percal de los hombres, que vais todos a lo que vais y luego si te he visto no me acuerdo. Ahora va a ser usted buenecito, le voy a preparar un baño con mucha espuma y le voy a enjabonar bien esa espalda para que cuando venga el doctor le encuentre bien limpito, y usted chitón ¿eh? No le vaya a contar que me ha tocado las piernas que es muy remilgado para estas cosas.
- No se preocupe, Alice, soy una tumba.
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Este cuento es el número 22 de la colección de relatos hilados Crisol púbico
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¿Montas?
Estad atentos.
Uno de estos días voy a continuar mi alegre viajecito por la novela erótica capitulada Crisol Púbico. Mi ilusión es contar de nuevo con vuestro apoyo en forma de imágenes, música, videos o comentarios que adornen y alegren los textos.
Yo creo que en los capítulos precedentes resultó muy divertido -e interesante- y, aunque me da un montón de trabajo estar pendiente de lo que me enviais, renovando a cada paso, creo que merece la pena. ¿Qué decís? ¿Arrancamos?
Por si os apetece recuperar el hilo, -o leerlo de nuevas-; os dejo aquí lo publicado hasta ahora en Pdf. Todo de corrido:
Primera Parte de Crisol Púbico
Para animar los preámbulos como corresponde a los erotómanos que aquí nos reunimos, Lipa Benet ha tenido la amabilidad de realizar un audio-spot promocional del evento. Escuchad:
Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.
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El vello de los protagonistas de Crisol Púbico
Llegados a este punto de Crisol Púbico, os he presentado a los personajes principales de este novelón pornográfico y me dispongo a entrar de lleno en el meollo del argumento. Hoy hago un repaso para situar a los personajes y lo hago mediante la visualización de sus pubis. Bajaré las bragas a las chicas, liberaré de los calzoncillos a los señores y os mostraré esa zona que rodea sus genitales, los aledaños del sexo, que en la mujer lleva el hermoso nombre “monte de Venus”. Es un lugar ignoto, misterioso, del que poco sabemos del de nuestros parientes, que desconocemos de nuestros amigos y por supuesto de los vecinos o compañeros de trabajo. Es un sospechoso escondrijo que sigue considerándose transgresor mostrar libremente. Es una parte de nuestro cuerpo que pasa la mayor parte del tiempo escondida, un recoveco que protegemos del mundo exterior dada su vital imporancia, una zona altamente censurada en nuestro subconsciente colectivo que destapamos, casi exclusivamente, ante el amante como acto de entrega.
Desnudo pues, para todos ustedes, en absoluta primicia y con sumo placer, los genitales de mis protagonistas y lo hago porque me gusta hacerlo.
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El pecado de Laura
Como sabemos Laura toma el café de las once en la cafetería Crisol que está situada al lado del taller de Víctor y que regenta Carmen, a la que Víctor todavía le hace el culo de vez en cuando.
Laura acude sola, se sienta en la mesa más apartada y rápidamente Carmen le sirve el descafeinado de máquina con leche desnatada, sacarina y un cruasán a la plancha con mantequilla y doble de mermelada de fresa.
En cuanto el viejo supo de la costumbre diaria de su maestra, también él visita el café y toma su sol-sombra en la barra con el periódico delante pero mirando de reojo a Laura, deleitándose en el placer que produce en la chica el desayuno. El viejo sospecha que a Laura le molesta que la observe mientras goza, pero no puede resistirse, del gusto que le da verla.
¡Con qué delicadeza unta la niña el cruasán en mantequilla! Manos hábiles, blancas como la luna. ¡Cómo esparce la mermelada! Se le hace la boca agua a Laura concentrada en su pastel, se le hace la boca agua al viejo, concentrado en los labios brillantes de ella. Nada tiene que envidiar la jugosa boca de Laura a las famosas bocas de piñón. Sus labios se dilatan levemente, las comisuras en leve sonrisa. Laura se contiene, ella podría devorar el dulce en dos bocados de lo apetecible que le resulta, pero no lo hace. Con los ojos líquidos, con cuchillo y tenedor, Laura saborea con su boquita dulzona a pequeños bocados. Boquita de rosa que ahora sabe a fresa. Mastica muy refinada la profesora con los labios cerrados. Sólo cuando ya ha tragado los abre para introducir un nuevo bocado. Con cada mordisco pestañea levemente. Se le suben los colores a Laura, virgen todavía, pasados los treinta y con aquellos ardores. La chica sublima los placeres genitales en el paladar.
El viejo fantasea con acariciar esos labios, repasar sus dientes y jugar con la lengua, el viejo fantasea sin escrúpulos con introducir sus dedos hasta la garganta de Laura propórcionándole placer oral de tal modo porque, pobrecillo, ya no está en condiciones de introducir ningún otro apéndice en hueco alguno.
El cuerpo de la golosita va notando los efectos de su gula y cada año que transcurre está un pelín más lleno, con la relativa suerte de que esos quilos se le administran bien, en las partes de su cuerpo más voluminosas y son esas carnes sobrantes las que llaman la atención de Víctor. Víctor no se fija en su elegancia al comer, al fin y al cabo él disfruta viendo a Carmen zampándose el desayuno, cogiendo el bollo con las manos y mojándolo en el café con la frescura de la mujer desacomplejada. A veces a Carmen hasta se manchan los dedos y luego se los mete en la boca y los chupa uno a uno sin mostrar el menor reparo.
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Este cuento es el número 12 de la colección de relatos hilados Crisol púbico
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Mira las que me envían:
Tiberio dice que él dieta y lujuria. La gula la deja para otros.
Arturo Espada:
Un hombre, que no quiere que desvele su nombre y que asegura vehementemente que es fetichista de los pies:
Matheo nos da dos imágenes sorprendentemente parecidas:
Fernando Lobato nos regala dos también:
En Facebook, para introducir el relato de “El Pecado le Laura” planteé la siguiente pregunta: “¿Es mayor pecado la lujuria o la gula?”. Junior dice que le gusta la combinación de ambas, y para ilustrar su idea envía la siguiente imagen:
Carmen, apuntes sobre su biografía
Carmen es una profesional como la copa de un pino, camarera desde los quince que sabe su oficio al dedillo. Atiende a la clientela con la eficacia que caracteriza a la hostelería española y con la educación que caracteriza a la hostelería portuguesa. Conoce los nombres de los clientes habituales y cómo servirles el café, si largo de agua, si cortadito corto, etc. Es agradable por naturaleza pero no tuvo demasiada suerte en el amor si entendemos “suerte” como el conseguir una pareja estable para hacer nido. Se casó a los diecinueve y su matrimonio duró ocho años de convivencia irregular y polvos conyugales – al final ya aburridísimos pero al principio follaban muy bien-. Hay que pensar que de aquella no había pornografía masiva y los novios llegaban al matrimonio sin tener mucha idea, pero no contra-informados. Si se dejaban llevar por su instinto, podían hacer bien las cosas. Ese fue el caso del ex marido de Carmen y su espléndida manera de acariciar las zonas más íntimas de su mujer en aquellos primeros tiempos. Consideraba que la vagina era una zona tremendamente delicada y no se atrevía a restregar o a frotar enérgicamente, sino que pincelaba con las yemas deliciosamente, tanto, que pone los pelos de punta sólo de pensarlo. Como además no había visto un coño en su vida, se deleitaba largo y tendido a repasar los recovecos, mirando con mucha atención y sin perder ripio. Después, sin más, dejó de hacerlo así y fué una tremenda lástima. Ya sabía el camino y cogía el atajo. Carmen llegaba al clímax, sí, pero aquel hermoso sendero era ahora una autopista funcional y sosa. Fue un matrimonio tonto, el de ellos, y no me refiero solamente a que él perdió el don de acariciar divinamente, es que además no le hizo el culo, ni manifestó siquiera el menor interés.
El ex de Carmen era una especie de hippy que flipaba con el “haz el amor y no la guerra”, el Che, la marihuana y las chicas de dieciocho con pelos largos despeinados y pulseras de cuero superpuestas. Entendamos que no estaba preparado para la vida matrimonial en la que se embarcó alegremente. La convivencia fué cayendo progresivamente en picado y se dejaron por fín después de una noche en la que él salió de marcha y no apareció por casa en una semana. Pese a los desplantes, Carmen no guarda rencor y mantienen una cierta amistad, o más bien acuden el uno al otro cuando están de bajón. Cada vez son más frecuentes los bajones de su ex, puesto que él, fiel a sí mismo, sigue gustando de las de dieciocho de piercings, pero cada vez casa menos con ellas, que ya es un poco el hazmereir en las fiestas de solsticio de verano, con el mismo cansino rollo guay de siempre. Ahora el ex de Carmen es una caricatura del progre moderno que fué, pero es buen tipo, amigo de sus amigos y fiel en términos generales.
La culpa de la ausencia de sexo anal en el matrimonio la compartieron ambos. Carmen nunca declaró sus fantasías a su esposo, y a él ni se le pasó por la cabeza; ella por escrúpulos, él por falta de intuición, el trasero de Carmen seguía sin tener actividad alguna además de la evidente. Las vergüenzas son telarañas de hierro cuando se tienen veinte pero si la evolución personal es consecuente, a los cuarenta están rotas y Carmen desde luego había espabilado. Ahora ya no se anda con pamplinas cuando duerme acompañada; con educación y estilo Carmen ofrece sus preferencias y la mayoría se sienten afortunados. Claro que algunos son pura torpeza, que creen que allí es igual que acá.
Por eso le tiene tanto cariño a Víctor, que con su magnífica intuición se la metió contra natura sin siquiera ella insinuarlo. Repasando con las manos y la lengua, afinando el cuerpo de viola de su amante, Victor presintió los placeres, evitó los chirridos, sintonizó la melodía y supo ofrecer concierto de barítono en los jardines de Sodoma.
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Este cuento es el número 9 de la colección de relatos hilados Crisol púbico
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Me envían:
Faune envía una foto que sacó él mismo en su viaje por Florencia y tituló “El plaer sublim de Sodoma”
Fernando Lobato:
Ana:
Crisol púbico V. La histeria de Laura.
Pincha para leer los capítulos precedentes.
Laura no es una pieza fácil de cazar -de fornicar- a pesar de la desesperación de su cuerpo por ser poseído. Ella actúa ajena a esas necesidades. Su cerrazón va en aumento, haciéndose lógicamente cada vez más patológica. Se está convirtiendo en una mujer replegada en su insatisfacción.
A los diecisiete tuvo su primera manifestación de histeria por causa de una lavadora mal puesta que le había estropeado su camiseta favorita. Lloró, gritó, blasfemó y rasgó la camiseta, se arañó la cara con las manos. Con la melena alborotada y los labios brillantes Laura semeja una loca hermosa. Con el camisón flojo, las carnes de Laura rebotan con la ira, arden sus mejillas y su aspecto es el de hiena herida. La pobre chica es reprimida sin aparente motivo ni razón.
Podemos filosofar para intentar entender la ancestral castración de la sexualidad del género femenino, materializada en una mujer de clase media, profesora de informática, que se avergüenza de tener el pubis voluminoso con un coño que se humedece y huele, que rechaza su generoso cuerpo sano escondido tras una mente dañada por el perfeccionismo del ideal de un tipo liso y austero.
Tanto se reprime, que su sexualidad se reduce a lo onírico. Sus sueños han sido tan escandalosos que conforman el más oscuro de sus secretos. El primer orgasmo vino de la mano de un león, un león macho que la forzaba a disfrutar de su lengua poderosa de carnívoro hambriento, que la obligaba a abrir sus piernas y lamía su vulva parsimonioso con la lengua caliente. Todavía hoy Laura puede recordar el efecto de ese apéndice gigante que repasa su raja desde el ano al ombligo y la lleva a un placer en cascada.
Una y otra vez la repetición de una secuencia erótica con pequeñas variantes, casi todos los dias, sin darle tregua, hasta que el sueño remite y cede paso a otro, igual o más indecente. Esta vez, el león se transformó en gorila, un gorila con mala leche –aunque tierno en el fondo- que se excita viéndola orinar y debe hacerlo allí, delante de las narices del kinkón cachondo que observa su vulva en proceso de micción, babeando con los jugos. A Laura esta humillación la lleva de nuevo al éxtasis involuntario, al vergonzoso abandono indeseado frente al simio fauno.
Más tarde semi-personificó a su amante y vino la serie de sueños del médico que le insta a enseñarle los pechos. El doctor, que curiosamente tiene cabeza de toro -y rabo, también rabo de toro- le dice sin mirarla que se saque camisa y sostén, a lo que ella obedece. Él, al principio muy profesional pero cada vez más obsceno, le toca en evidente excitación, parándose insistentemente en los pezones, jugando con ellos entre las yemas de sus dedos, advirtiéndole de que con esos pechos debe calentar a muchos hombres, a más y más hombres. Se embala el médico, que es una vaca, dice el toro, una ternera, … En los sueños de Laura las palabras soeces -que ella jamás emplea despierta- son el pan de cada noche. El orgasmo le llega a la inocente bella durmiente, cuando el médico no puede resistirse y se mete un pezón entre los labios para succionar como si tuviera mucha sed.
… Y así toda su vida, que por temporadas hasta llora al despertar, o reza. Claro que otras veces su naturaleza voluptuosa vence y entonces no puede evitar apretar fuerte las piernas y balancear las caderas ligeramente, abrazada a la almohada, hundida la cabeza. Ni acaricia su clítoris ni mete objeto alguno dentro de su caverna inexplorada, tan sólo a veces, las menos, cae en la tentación de acariciar sus senos, harto sensibles, pensando en el doctor…
El cuerpo de Laura, sabroso de por sí, está encarcelado por un mar de complejos y su inconsciente se cobra esa pequeña cota de placer. Lo más curioso es que la primera vez que Laura soñó con una persona de carne y hueso, fue con el viejo, el viejo baboso que la mira como si estuviera siempre desnuda.
En cambio con Víctor no sueña. Y eso que, muy disimuladamente, le mira en la cafetería Crisol, mira su cuerpo de hombre bien hecho y su simpatía con unos y con otros, tan amable con Carmen la camarera, incluso con el viejo se muestra encantador. A ella siempre le sonríe. Ultimamente incluso le dice:
-Buenos dias preciosa.
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Crisol Púbico IV. Víctor, experto jodedor anal.
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Víctor no sueña con mujeres viejas, ni jóvenes, asegura no recordar sus sueños y si alguna vez se despierta después de haber eyaculado no lo achaca a lo onírico, si no a su excesivo ímpetu fálico y no le da más vueltas al asunto.
No sueña con viejas pero es aficionado a las mujeres de una cierta edad –también-. Varias le acogieron cuando se encontraba sin lugar donde pasar la noche, y algunas le adoptaron durante una semana, un mes, … sobre todo Carmen, la camarera de la cafetería Crisol, la de al lado del taller de Víctor y de enfrente de la academia de Laura.
- Llévame a dormir contigo, Carmen-, le hacía ojitos Víctor, ojitos de borracho cariñoso.
Ir a dormir con Carmen suponía un placer porque todo lo tenía limpito y ordenado y porque Carmen es una mujer acogedora y complaciente siempre de estupendo buen humor, pero muy especialmente después de haberle follado el culo, dado que ahí radica el placer de Carmen. Como hay tan poquitos hombres que sepan hacerlo bien sin que le duela a una, ella valora esa virtud en Víctor y le agasaja como príncipe: chorizos fritos de desayuno, pan fresco, café del bueno, …
- Déjame coger tu culito otra vez.
Víctor sabe ser agradecido y se toma su tiempo en lubricar y favorecer el placer de Carmen, ¡tan buena persona Carmen!, de las que la gente abusa, pero no Víctor que le introduce la gruesa verga en el ano moreno con la lujuria justa y la delicadeza exacta. Le sostiene a manos llenas las pistoleras, esas protuberancias a ambos lados de las caderas de Carmen, que ella aborrece pero que a Víctor le hacen chiste porque le dan mucho juego y aprovecha en su beneficio para realizar el coito anal: agarra una con cada mano y se menea en la abundancia con gusto. ¡Qué bien que lo hace! Pura mantequilla es Carmen, mantequilla salada.
Tuvo que girar mucho el mundo, llover y hacer sol hasta que Víctor consiguió joder con Laura de esa aviesa manera, ya que por aquel entonces Laura apenas si se tocaba al masturbarse, con apretar fuertemente las piernas, al parecer tenía bastante.
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