Judith, la puta filósofa.
Si afirmo que David es el mejor amante vivo no exagero. El mulato tiene unas cualidades físicas extraordinarias, pero lo que de verdad hace que se haya convertido en un jodedor créme de la crème es su exquisita formación en materia sexual, recibida de la mano de la bella Judith.
Judith, aquella bailarina jovencita venida del Este cargada de ilusiones, a la que la madre de David ayudó en sus comienzos es, hoy por hoy, una mujer hecha y derecha que no ha perdido un ápice de esa generosidad fácil característica de la gente humilde. Mantiene su sencillez, su pureza, aun a pesar de ser la puta más cotizada de Madrid. La mejor en términos económicos, la mejor a nivel de satisfacción de la clientela. Así lo demuestra su joyero rebosante de sartas de diamantes, ramas de perlas, broches de sangrantes rubíes, pero jamás su garganta, limpia para la caricia. No es meretriz al uso, recibe a sus clientes con la cara lavada, descalza de pies y con recatados vestidos de algodón. Su belleza radica en la dulzura, en la candidez de trato, en el gran dominio del placer físico y mental. Judith es una intelectual de la jodienda, una especie de puta filósofa de férreas convicciones morales.
- La cuestión clave para entender el intercambio sexual radica en el amor al prójimo, en dotar de significado a la caricia- le explica a David, que la escucha sin pestañear-. Rechazo la idea de que vender placer, sea de la índole que sea, albergue indignidad. Todos los seres son merecedores de abrazo sexual, no existe fealdad en cuerpo alguno, sólo las ideas pueden resultar repulsivas. Has de entender, David, que nuestro trabajo es un bien social que nos lleva a aportar al mundo una pizca de felicidad.
Así diserta Judith teóricamente mientras con su elástico cuerpo ofrece práxis educativa significativa. La maestra combina elocuencia dialéctica, propia de una profesora de la Complutense, con experiencia de sabia veterana de lupanar que jamás ha derramado lágrimas de arrepentimiento de las que se alimenta el cristianismo.
- Nuestra misión, querido David, es alumbrar orgasmos ajenos que traerán paz y prosperidad. Mira, con este giro de verga consigues frotar aquí, esta zona es importante porque es un centro de placer muy poco explotado, dice esta profesional que ha dotado al fornicio de todo el sentido del ser.
¡Cuánto empeño puso en la formación del pupilo! Durante meses maestra y alumno cabalgaron a la par en un ambiente de coherencia, autenticidad y empatía. Y el muchacho se empapaba como una esponja, dando de sí al máximo de sus posibilidades ¡qué delicia de educando! Sobresaliente en cunilingus, matrícula de honor en utilización de juguetes eróticos, cum laudem en dirigir, aumentar y prolongar los orgasmos femeninos con movimientos certeros de polla, de manos, de lengua.
David, que posee el don de la mirada terciopelo más amable, con la capacidad de metamorfosearse en la de un felino salvaje cuando la situación así lo requiere, salió triunfante al ruedo y su fama crece cada día. Ya se ha paseado por unos cuantos dormitorios selectos cuando recibe la llamada del viejo Gonzalo:
-No le llamo para mí. Es para mi mujer.

La foto "Four sisters" de Sara Sandkova me sirve para ilustrar la alegría de las mujeres cuando David realiza su famoso giro de verga.
Capítulo 64 de Crisol Púbico.
A quién no le tiemble el pulso en un trío, que levante el dedo.
Hoy es el día en que la camarera de Crisol, Carmen, sale de cuchipanda: dos apetitosos macizos le esperan para ofrecerse como banquete. Esta situación es excepcional en la biografía de Carmen y se siente inquieta. Hace tiempo que ha desistido de la ilusión del amor -al menos eso es lo que dice- pero se niega a abandonar los placeres asociados a tan digno sentimiento. Sí, Carmen está ilusionada, pero es conciente de que el “antes de” supera con relativa frecuencia, al “acto en sí” y hoy lleva todo el santo día tratando de relajarse, de disfrutar con los preparativos. La vida no es una orgía constante ¡tan cuesta arriba a veces!, pero de repente ofrece unos pasteles de requetechupete. Ni de broma se presentan todos los días dos manjares como Samuel e Ismael, tan guapos, tan amables.
A dos horas vista del encuentro, se mete en la bañera y masajea sus piernas con la esponja mientras piensa para sí que las tiene muy bonitas todavía. “Todavía”, esa palabra es la espada de Damocles porque ella sabe que el atractivo físico es perecedero, sabe que el tic-tac no se detiene y seguramente eso ayuda a que rebañe golosa estos momentos.
Para que su melena luzca más espesa: mascarilla de aceite de karetei, piedra pómez los pies, jabón negro marroquí como peeling corporal. Luego, ducha helada y ya sale, fresca como una rosa, se enrosca una toalla a la cabeza y se mira en el espejo desnuda.
“Ay, Carmen, ¡quién te ha visto y quien te ve!” se dice. Pero …¡no, no! esa no es la actitud, Carmen ha de obviar las incipientes arrugas entre los senos, y también la flaccidez de la parte baja de los muslos. La gimnasia mental adecuada es encauzar los pensamientos en positivo, no va a aguar un bello encuentro sexual por un puñado de imperfecciones, no, en eso era especialista a los veinte años, ahora se limita a dar las gracias a su dios ateo por estar fuerte, por sentirse animosa y por mantener su apetito, su alegría y esta ilusión madura por encarar un trío sexual con unos amigos, los vecinos remeros, esos chicos tan forzudos como sensibles, que aunque son una pareja estable de gays, se ve que echan en falta un poco de contacto femenino y ella, Carmen, se encargará con sumo gusto de paliar esa carencia.
Hidrata su piel -leche de almendras amargas- y se viste la exclusiva lencería – preciosas bragas de cachemir, súper escotadas por las nalgas y subidas de cintura, sujetador palabra de honor de abrochado delanero con botones de perla-. Ahora le toca al rostro: tónico vivificador, crema hidratante efecto anti estrés, antioxidante multiprotection nutritivo en el contorno de ojos y las bolitas de cera efecto flash luminoso. Ya el maquillaje causa invisible y por fin la máscara de pestañas, leve colorete en las mejillas, perfilador labial y carmín. Ese maremagnum de potingues le dan una asombrosa seguridad en sí misma. Ya se sonríe ante el espejo porque se ve bonita y su boca es bien linda. Todavía. Y esa alegre boca está muy bien mentalizada para hoy, fiesta de los sentidos, recibir doble de felación…
Entonces, cuando ya se cuelga el bolso para salir, suena el timbre…
- ¡Ding-dong!
¿quien será a estas horas?, piensa Carmen y su sorpresa no es pequeña cuando al abrir la puerta se encuentra con Gonzalo, el vejete cliente de Crisol, todo acaramelado con una mujer mucho más joven que él.
- Hola Carmen, ¿todavía tienes el apartamento en alquiler?
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Capítulo 60 de Crisol Púbico.
El médico eyacula en el cojín.
-Supongo que no es necesario que le explique las causas de su despido, dice el médico muy serio sin mirarle a la cara.
Por supuesto que no. Desde luego que no. Que una enfermera se beneficie a un paciente en el mismísimo hospital es causa justificada de despido inminente y ningún sindicato pondrá pega alguna.
El médico es un hombre tolerante, él hubiera perdonado un desliz del tipo confundir las tomas de medicamentos, olvidar la administración de un calmante, un informe erróneo. Hubiese sido condescendiente si se hubiera demorado en acudir a la llamada apurada de un enfermo o si hubiese tenido un pronto desairado con un familiar. Podría mostrar negligencia ante una falta de profesionalidad, ante una carencia de humanidad, ante la ausencia de sensibilidad para con el dolor ajeno ¡Pero eso! Eso bajo ningún concepto.
Alice lo sabe y no tiene nada que decir. Se levanta y sale del despacho con los ojos llenos de lágrimas y el mentón hundido por la vergüenza.
El médico se siente molesto, cabreado, incómodo. Menudo día lleva, menudo papelón le ha tocado hacer hoy, qué desfachatez la de esa enfermera, qué mal trago. El doctor se recuesta en su silla, está alterado, nervioso, ha de hacer algún ejercicio de respiración para calmarse un poco. ¡Menuda fulana! Al pobre médico no se le va de la cabeza la imagen de la enfermera abierta de piernas con el chorro del grifo en la vagina. Qué horror, piensa, bebe un sorbo de agua. “Una fresca, una libertina” Él nunca ha visto a su mujer en tan obscena postura. Sus relaciones maritales son regulares, acostados como norma general. Acometen tres, cuatro posturas, vamos, lo normal. Pero eso es lo de menos, aunque él y su esposa ejecutasen el listado completo del kamasutra, esa alegría de follar no se la darían las acrobacias. Lo que ellos desconocen, lo que para el médico es, hoy por hoy, inconcebible es esa insólita capacidad de despendole que ha presenciado y que está a años luz de su sexualidad patriarcal represiva ¡Si no es ni tan siquiera capaz de liberarse en solitario! En estos momentos, sin ir más lejos, está excitadísimo y no se quiere dar por enterado. Qué asquerosidad, se obstina en repetirse como si se estuviera aprendiendo la lección.
¡Menudo día llevo! dice para sí mientras con rictus de agotamiento nervioso toma el cojín que está allí al lado. Sin pensar realmente en lo que hace, lo pone en su regazo. Absolutamente inconsciente de lo que ese gesto significa, le da un buen azote al cojín. Ese golpe reverbera en sus genitales. A diferencia de sus limitaciones cerebrales, su aparato reproductor funciona como un reloj. Qué guarra, recuerda. Y otro azote. Esta puñetera erección le impide pensar con claridad, ¡qué puta!
¡Va, va! la fantasía quiere salir, viene y va, juega al escondite pero hoy parece que la lujuria va a conseguir escamotear la autocensura. Hoy su mente cabalga. Otra nalgada al cojín -reverberación en la polla- y ya se imagina con claridad el culo gordo de la enfermera en sus rodillas. Toma, dice. Lo dice muy bajito, en un susurro, casi no se escucha a sí mismo. ¡Toma! el culo redondo de la enfermera colocado en pompa en sus rodillas. ¡Toma, toma, toma! El médico musita cosas muy indecentes, su imaginación va desbocada. El médico, que si está con el pico cerrado es un hombre bastante atractivo, por primera vez en su vida da rienda suelta al fauno lascivo gracias al cojín. Toma, toma toma, culo de puta. Con sus propias manos abre las cachas a la enfermera y lo mira todo, lo hurga todo, lo profana todo, humillándola “y ¿esto? ¿ te gusta ésto? O ¿mejor por aquí? ¡Toma! Y ¡Toma! Y ¡Toma!”.
Sí, menudo día lleva el hombre.
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Capítulo 58 de Crisol Púbico.
El amiguito cabrón
El exmarido de Carmen está que se sale del tiesto por ir a Madrid y encontrarse con la flautista, con la que tanto ha soñado ¡con la que tantas veces, sólo recordando, se ha mojado! Desde que tiene este planazo en mente, se levanta temparanito lleno de vitalidad y se va a correr un par de kilómetros para recuperar su antigua forma física, después se ducha con agua fría y se enjabona la polla mirándola lleno de esperanza, desayuna una manzana y un yogur nomás y se va a trabajar canturreando.
Lo que él no sospecha -ni de lejos- es que la invitación que le hizo la flautista (joder, ¡qué bien la mamaba!) no es más que un montaje sibilino patrocinado por la actual pareja de la flautista, la prima lesbiana de Laura, contando con el incentivo económico de su cliente favorito, el pijolas.
El pijolas es un tipo meticuloso, canijo, feucho y millonario, heredero universal de la considerable fortuna de papá, un señorito que no ha pegado palo al agua en su vida, ni siquiera para seducir a alguna chica mona de su entorno. Su sexualidad se ha caracterizado por el autoabuso compulsivo -se mata a pajas- y por la compra de excéntricos favores sexuales a precio de oro, porque el tio, desde su tumbona, se busca lo mejorcito. En internet tiene su imperio de amigas ciber y ahora se ha hecho íntimo de la prima, a veinticinco eurazos la hora -con cam, en tetas-. La lesbiana le entretiene organizando perversiones asquerosas y lo hace con la profesionalidad y alegría con que otros organizan excursiones al campo. Son shows exclusivos que llevan a cabo después de una buena planificación ideológica y una interesante elección de candidatos. Eso sí, una vez llega el momento de representar la escena, el canijo millonetis se limita a observar porque es muy escrupuloso y le da asco introducir personalmente el pito. El pijolas es un tiquis-miquis cobarde y cabrón que no se atreve a soltar leche más que en las palmas de sus manos.
Ahora que se divierten organizando el encuentro con “el gallego”, están entusiasmados, encuentran muy divertido que el pringao esté tan encoñao, y se ríen de él anticipadamente con maldad infantil.
La idea que han elaborado, por otra parte, no es nada del otro jueves. La cosa consiste en que la flautista acoja al gallego muy melosamente y luego, cuando el pringao esté en el clímax de la felicidad eréctil, aparezca la novia calzada de arnés, látigo y toda su ficticia mala leche, mientras el pijo graba todo escondido en el cuarto de las escobas…, ya veis, para morirse de la risa.
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Este cuento es el número 38 de la colección de relatos hilados Crisol Púbico
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