El que la tiene más grande.
Aquí dejo la historia de Príapo, podeis escucharla interpetada por Ananda:
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o leerla:
Príapo, hijo de la diosa del amor Afrodita y del dios Dionisos es un ser feísimo con la verga tremendamente inmensa. Cuando digo inmensa hablo de proporciones míticas: tres, cuatro, incluso cinco palmos de carne firme que a los griegos, y después a los romanos, se les antojaba un dechado de buena suerte, protector de los cultivos, de las huertas, de los rebaños de ovejas y de cabras, dios menor de la bonanza económica que presidía la entrada de algunas mansiones para traer abundancia a los moradores y para espantar a los ladrones, con frases intimidatorias del estilo:
“Te travesaré, muchacho, te lo advierto; a ti, muchacha, te follaré y al barbado ladrón la tercera pena es la que le espera” -con la tercera pena hace referencia al sexo oral, sin duda intimidatorio dadas las proporciones de que hablamos-.
También se utilizó la imagen de este ser en los campos haciendo las veces de espantapájaros luciendo su superlativa erección y asustando a los supersticiosos paisanos con letanías como:
“Para quien aquí cortase una violeta o una rosa, o robase alguna fruta u
hortaliza sin pagarla, pido que, sin tener mancebo ni mujer, reviente de una erección como la que en mí veis y tenga que golpeársela sin cesar en el ombligo”.
Fue un dios lascivo, de eyaculaciones abundantes y generosas en concordancia con el volumen de sus genitales y con frecuencia andaba salido, buscando dónde insertar su carne inflamada sin importarle demasiado si el receptor era varón o hembra. Se sentía orgulloso de su miembro viril y le gustaba ir diciendo por ahí que nadie le superaba en tamaño, de hecho le tenía bastante manía a los burros porque de alguna manera ese animal, también de falo generoso, le hacía la competencia.
En una ocasión Príapo, con su virilidad en ristre, quiso violar a la ninfa Lotis, que dormía profundamente después de una juerga olímpica, y cuando estaba a punto de poseerla, un burro dio un rebuzno que despertó a la ninfa. Ella, antes de verse ensartada por semejante monstruosidad, prefirió convertirse en un árbol de loto.
Desde esa ocasión en que la violación se vio frustrada, Príapo odió a los burros y de buena gana aceptaba que los sacrificasen en su honor, lo cual los mortales hacían de vez en cuando para tener al dios de las vacas gordas contento. La rivalidad con el burro creció cuando Dionisos, agradecido por un favor que el burro le había hecho, le concedió el don del habla. El poco astuto burro aprovechó para retar a Príapo, a ver cual de ellos la tenía más grande. Se efectuaron la oportunas mediciones y, por supuesto, el dios salió vencedor. Nadie la tiene tan fabulosa como él, otra cuestión es el uso que pueda darle.
…….
Wendy me envía otra imagen de Príapo que me ha resultado muy acorde con esto de las mediciones: 
Pasífae: ¿origen de la expresión “poner los cuernos”?
Pasífae andaba resentida debido a las repetidas infidelidades de su marido, el rey Minos, aficionado impenitente a las ninfas locales. Tan harta estaba que ensortijó su semen para que, en caso de que él eyaculara fuera de casa, disparara serpientes, escorpiones y ciempiés. Tal sortilegio espantaba, lógicamente, a las amantes, pero una de ellas consiguió invalidar el embrujamiento y Minos volvió a las andadas eyaculando aquí y allá, ya regularmente.
Entonces, la esposa despechada se encaprichó por un hermoso toro blanco de fortaleza admirable, ejemplo de virilidad y potencia, un macho espectacular que deslumbró a la reina y se empeñó en ser montada por él. Como la bestia prefería a las de su especie, Pasífae ordenó matar a todas las vacas del entorno. Celosa, envidiaba cuando el toro erecto se erguía en sus patas, hincaba a las cuadrúpedas y las gozaba a su manera animal con empitonadas que dilataban las entrañas de las vacas a la par que las de la reina.
Pero por mucha sangre vacuna que corrió, al toro no le motivaba el trasero sin cola de Pasífae, entonces ella, ingeniosa en su perverso deseo, confesó su secreto zoofílico al escultor Dédalo, el cual, comprensivo, le construyó la escultura de una vaca hueca donde ella podía burlar al toro colocando su vulva en el lugar adecuado para ser penetrada por el bicho. Me gusta imaginar a Dédalo construyendo, creativo, una vaca con finalidad tan inusual, me gusta imaginarle enseñándole a la reina a colocar las piernas de tal o cual modo:
- Un poquito más elevados los glúteos Señora, por favor.
Después de aleccionarla, Dédalo la dejó en el prado a su suerte para que se consumara el acto.
Lo consiguió: Pasífae se folló al miura agazapada en la falsa vaca de madera y pieles. Bien posicionada consiguió ser ensartada por la bestia y no resulta difícil imaginar sus gemidos, sus mugidos y ronquidos.
Esperemos que lo disfrutase, porque luego hubo de pagar las consecuencias de su monstruosa infidelidad: su hijo fue Minotauro, monstruo con cabeza de toro y cuerpo humano, lo cual evidenció su travesura ante su marido, que se enfadó muchísimo al ser considerado por todos el primer cornudo de la historia.
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(Con este relato comienzo aquí una serie de cuentos basados en los mitos de hambres carnales desmesuradas que tanto gustaban a los antiguos griegos y que conforman una metáfora lindísima de nuestros propios apetitos).


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