La voz del narrador en el erotismo literario.
Creo que en la literatura erótica funciona muy bien el narrador en primera persona. Es un lujo que un escritor, o escritora, tenga el gusto de cuchichearnos en un libro cómo es o ha sido su vida sexual. Es un flipe siempre, incluso cuando esas confidencias no son más que pura ficción.
Personalmente, cuantos más datos dispongo para cerciorarme de que las historias son reales, más me gustan. A continuación va una lista de los libros erótico-confidenciales con los que más he gozado, de todos ellos he seleccionado un párrafo:
Memorias de una cantante alemana. Shroeder-Deurient
Elogio de la azotaina Jacques Serguine
El sabor de la miel. Salwa Al Neimi
Los diarios. Anais Nin
Miedo a volar. Erika Jong
En Brazos de la mujer madura. Vizinczey
Manual de Sensualidad para Jóvenes casaderos. Jorge Rueda
La Vida Sexual de Catherin M. Catherin Millet
El postporno era eso. María Llopis
Confesiones. Rousseau
Conste que los falsos diarios también me hacen gracia aunque sepa de antemano que no son más que un montaje, una paja mental de un autor que se hace pasar por una mujer facilona -caso de Fanny Hill o de Theresa, filósofa-, de un hombre que se inventa a sí mismo follando a troche y moche -por ej. el victoriano de Mi vida secreta-. O cuando es una mujer la que tira de fantasía, como la periodista mosquita muerta autora de La historia de O
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Y aquí en Erotómana creo que sucede igual, que os gusta más cuando narro en en primera persona que cuando disfrazo mis fantasías en otros protagonistas, ¿acierto?
Erotismo mítico
Resulta extraña la fe esa que asegura que el Dios creador, que nos ha proporcionado unos órganos sexuales mágicos, y una imaginación excelsa para usarlos, nos pida castidad. Que se sienta satisfecho cuando el don que nos ofrece se guarde entre trapos.
Ya resulta sorprendente que un ser todopoderoso tenga su mirada puesta en nuestras partes íntimas, vigilante de que no hagamos uso de ellas, pero más todavía que tenga a bien semejante desperdicio de nuestros talentos. En todo caso, estaría atento de que le demos buen trato, de que gocemos de su regalo.
No todas las religiones tienen esta visión pecaminosa del sexo, muy especialmente las orientales. Hay algunas que consideran la sexualidad sagrada y por lo tanto, un hermoso modo de acercarse a la divinidad ( las tigresas blancas por ejemplo), filosofías que enseñan o dirigen a sus adeptos para sus relaciones íntimas.
En estos momentos dedico mi tiempo a estudiar a los voluptuosos dioses griegos y su forma tremenda de vivir el sexo.
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Como os comenté aquí, colaboro para la revista mensual Sensuality con un relato basado en estos mitos a los que ya voy teniendo franco cariño. El número 3 debe andar ya por los quioscos y en él podreis encontrar un cuento mío basado en la lluvia dorada que fecundó a Dánae, mito tan bellamente representado por Klimt:
Además, para este mismo ejemplar de Sensuality, he escrito un relato sobre una de las fantasías estrella de hombres y mujeres: la de disfrutar de un encuentro sexual con alguien desconocido. La planificación y desarrollo de un momento íntimo con alguien al que ni conoces ni te conoce es una práctica sexual tremendamente excitante que está muy de moda ahora, con las Redes de comunicación.
Recordad: Sensuality.
“Lolita” y “Alicia en el lado oscuro”
Todavía hoy me abruma recordar la cantidad de exhibicionistas que me topaba cuando tenía trece, catorce, quince años. Por suerte, nada serio, nada que pudiera haber deteriorado seriamente el desarrollo de mi sexualidad. Estudiaba en un colegio de ésos en los que debía vestir uniforme de falda plisada y calcetines. Mis formas, casi de mujer, eran un reclamo para el ramillete de señores que se agazapaban en el coche para ver pasar a las niñas. Leer más »
* .- Me comería tu coño de desayuno, me dijo uno de bigote, camuflado tras la ventanilla.
Victoria y el Fumador. Alberto Castellón
Victoria y el Fumador, novela editada por Irreventes, cuenta la historia de un hombre que se encuentra, veinte años después, con una de las musas de las revistas porno que gastaba en su juventud, una juventud vivida en los años de la transición española. Agustín, el protagonista, reconoce a la mujer que le había excitado tanto y se obsesiona pensando en ella, regodeándose en la imágen de esa hembra una y otra vez, buscándola por los mercados y por las calles, llegando a descuidar la relación con su esposa Marigracia, una mujer bastante histérica que no sale muy bien parada en el libro y que sin embargo me encantó como personaje. La pobre, con ese marido tan infantiloide, cachondeándose enamoradiscado de una imágen de papel cuché. Al final pasa lo que tiene que pasar y no lo cuento para no destripar una historia que está muy bien llevaba y que hace constantes referencias al pasado de “el fumador” en un toma y daca con el presente. Copio un párrafo donde Agustín, estimulado por el recuerdo de la modelo pornográfica todavía busca estímulo en el cuerpo de su esposa:
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El sabor de la miel. Salwa Al Neimi.
Hace tiempo que me pregunto cómo viven su sexualidad las mujeres árabes, bajo su velo. Salwa Al Neimi pone luz a esa curiosidad de un modo muy bello, casi poético en su libro “El sabor de la miel”, convocando a los grandes escritores y escritoras de la cultura erótica islámica, castrada en el siglo XVII. La autora narra en primera persona sus experiencias, sus sentimientos y los de algunas de sus amigas, además de hacer un repaso a los autores eróticos del mundo islam, tan desconocidos en Occidente. Salwa, según cuenta, era gran aficionada a la literatura erótica -como yo- y lo llevó en secreto -como yo- durante muchos años, hasta que pierde el miedo y se decide valientemente a publicar este libro firmado con su auténtico nombre – a diferencia de mí- , que está prohibido en varios paises árabes.
¡Al fin son las mujeres del chador tan parecidas a nosotras! También aquí escondemos en gran medida nuestra sexualidad verdadera, por mucho que se teorice y se parlotee en la red, por mucho porno que circule.
Me encantó esta historia breve pero jugosa que anda ahora por las librerías editada por Emecé. Copio un párrafo que llamó mi atención porque me siento muy identificada con la idea que expone:
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