Romanticismo a cucharones.
Mi hombre
perezoso en su despertar
amodorrado y erecto
es un menú degustación
¡delicioso alimento!
Manjar para hacer sopitas.
Orgasmo rocanrolero
Me han publicado un micro en El País Semanal. Plantearon la pregunta “¿Cuál ha sido tu orgasmo más memorable?”. Mi respuesta:
Compostela, 1999, los Stones en directo. Soy una pulga en medio del mogollón. No consigo ver a Jagger hasta que mi colega gigante me sube en sus hombros ¡wau! bailo, me meneo, me rozo y me excito. Justo cuando tocan “I Can Get No” yo alcanzo la ¡¡satisfactiooon!!
.
Realmente es una nueva versión de este otro que escribí en gallego, (a música música muda, pero o conceto non varía).
Orgasmos de procedencia.
Todos, absolutamente todos, procedemos de una unión genital con orgasmo. Generación tras generación los hombres eyaculan con placer para procrear. Gozó el antepasado relamido cuyo retrato guardamos en el cajón y también el otro que era un borrachín y murió pisoteado por un caballo, todos ellos crearon historia descorchando con burbujas.
Es, sin embargo, una lástima no poder asegurar que devenimos del
éxtasis palpitante de todos los participantes.
De ellas, de las tatarabuelas, no podemos saber.
Espero que sí.
Yo creo que sí.
.
.
Sigamos el ejemplo de las plantas: seamos promiscuos.
Los árboles y las plantas son un buen ejemplo a seguir: dan lo mejor de sí para copular. Obscenamente expulsan al aire su semen en forma de polen y abren al viento sus órganos sexuales para ser fecundados. Todo ésto lo hacen con exhibicionismo barroco, para deleite de todos los que observamos.
Imaginemos una planta, un rosal por ejemplo, un rosal que decide reservarse y no florecer, un rosal estúpido que opta por inhibirse ante la primavera y rechazar el despertar estival. Una planta que bajo un extraño pretexto de pureza no da flor, retiene su polen, no abre sus capullos. Un ridículo rosal que se avergonzase de sus órganos sexuales. No nos temblaría la mano para arrancar esa infructuosa, tacaña, miserable planta de nuestro jardín.
De bajón sexual.
Algunos días estoy tristona, alicaída, melancólica. Esos días no tengo ganas de penetraciones, ni cabalgadas ni fornicaciones de esas donde una debe invertir tanta energía.
Algunos días sólo me consuela el osito de peluche mimosón:
ese pimpollo tieso que abrazo con mis manos y al cual doy un beso de labios mullidos, lamo su hociquito o lo ciño entre mis senos, pero ha de estarse quietecito. Hoy es mi muñeco, si se pone bravucón y pide jarana me enfado y le echo fuera.
¡No, no, y no! Hoy no deseo tus estocazos, hoy sólo mimitos suavitos de Teddy Bear.
Conto erótico do mirón e as marisqueiras
O home, cos pantalóns abertos, abanea o seu pene, firme, duro.
¡Como lle gusta miralas dende aquí, agochado na praia!
Elas non se decatan da presenza del, están a traballar e teñen ben que facer.Mellor, riríanse del. Así pode contemplalas a pracer mentres masaxea amodiño esa bomba a piques de estoupar.
Son unhas trinta e todas locen os seus fermosos, redondos traseiros. Dobradas pola cintura, coas pernas un pouco abertas, rabuñan na area cu en pompa.
As marisqueiras, na beira do mar, apañan ameixas pintas..
.
.
Este foi un dos micro relatos que presentei hai un ano ao concurso Ferve a rede, unha foliada literaria caralluda coa que o pasei de medo escribindo e lendo, ainda non tiña o blog de meu, e foi a miña “saída do armario”, o primeiro que deixei ler despois de tanto tempo a escribir na penumba. Daquela, tanta emoción tiña, presentei contiños pequerrechiños a esgalla: “Lambe!” e “ A papuxa na caluga, “Xeado quente” , “Bifálico”, entre outros. Gañei o segundo premio, supoño que o premio á perseverancia, que me deu para facer unha festa de moito santísimo. Conto a parranda aquí.
Repiten o concurso nesta nova primaveira, anímovos a participar e pór por escrito, moi reducidas, vosas fantasías sexuais. Cantos mais sexamos, máis troula.
O señor cura
O señor cura non baila
porque ten unha coroa.
Baile señor cura baile!
que Dios todo llo perdoa.
Este cura galego non debía de ser porque os de aquí non tiñan por costume pórlle reparos ao baile, eles xa sabían que Dios perdoa… e logo non había de perdoar?
Vexan e comparen…
Xeado quente
Cando era nena, lambía no xeado con paixón…pero tamén con desacougo porque aquilo minguaba con cada lambida. Agora atopei un doce quentiño que canto mais lambes, mais medra e medra…

El meo de los mamíferos
Dicen que la orina de los mamíferos macho tiene una sustancia que excita sexualmente a la hembra.
Dicen que induce el celo o la hace más receptiva a la monta. Yo no he notado esa atracción jamás. Cuando paso por delante de un túnel urbano, donde cientos de machos de raza humana han dejado el aroma procedente de sus vejigas no me excito. Para nada.
En absoluto esos efluvios me llevan a la cosa sexual. Sin embargo, me encanta oír cómo mean en la taza; cuando ese chorro es firme y potente, ése que cae derechito al centro del agua con puntería excepcional, ése que ni salpica por todas partes ni deja todo perdido.
La cosquillosa
A él le gustaba viajar por el cuerpo de ella, saborear detenidamente los cambios de tonalidad, experimentar la suavidad de su epidermis, la concentración de pelillos aquí y allá… pero ella invariablemente se retorcía de la risa. “Me haces cosquillas”, chillaba a carcajadas.
No le dejaba hacer a gusto. Era una pesada. Nada que le hiciese, se despiporraba. Un día él se cansó y decidió amarrarla, se hizo con unas firmes correas de raso y como quien va quien viene, consiguió fijarla en la cama, brazos separados, atados por las muñecas al cabezal, piernas bien abiertas anudadas por los tobillos a las patas. Para evitar desconcentrarse con la risilla histérica de la hermosa mujer, tapó su boca con un pañuelo de seda. Entonces procedió a ejecutar su amorosa tortura: no dejó región sin inspeccionar, sin hurgar o repasar con sus dedos curiosos. La rascó con sus uñas, la examinó con sus ojos miopes, la lamió con su lengua resbalosa. Utilizó material altamente cosquilloso: pluma de ave en las axilas, castaña de pinchitos en la planta del pie, cepillo de peinar para el vello del pubis… No sabemos si ella reía o se lamentaba debajo de su pañuelo, pero lo que resulta evidente es que su vulva chorreaba rocío.








RSS



