Más sobre erección nocturna
Si me despierto desvelada a altas horas de la noche, me acurruco en él con la seguridad de que su calor me reconfortará. Siempre me pone contenta despertarme y que esté aquí.
Si en el paseo adormilado de mis manos sobre su cuerpo cálido me topo con una erección, sin querer, mi desvelo es mayor. Es sobrecogedor encontrarme con el miembro vivo, erguido en su cuerpo transpuesto, la respiración profunda, los músculos entregados al descanso. Como un regalo, esa inesperada tensión. Es una deliciosa contradicción que me intriga y reconforta… ¿qué sueños, qué fantasías llevarán a mi hombre a estas pulsaciones nocturnas?
Él ronca habitualmente, pero ahora deja de hacerlo justo en el instante que poso mi mano en su pene firme. Está de costado, dándome la espalda, de modo que accedo a su miembro desde atrás, pegando mi cuerpo desnudo al suyo, como si de papel de pared se tratase.
Se juntan nuestras pieles, mi pecho aplastado a su espalda, mi vientre buscando el calor de su grupa. Coloco una pierna por entre las suyas, entrelazándolas, anudándolas. Él se deja hacer. Lo acaricio suave, pues no deseo despertarle.
No puedo dejar de acariciarlo. Ese miembro orgulloso, terso y caliente está tan hinchado, tan a rebosar, que pasando las yemas de los dedos con mimo, se nota cada vena, inflamadas todas tras una piel traslúcida de fina y suave. Sigilosamente, acaricio su base, gruesa y robusta, como un tronco añoso, un roble bien enraizado que se levanta altivo, poderoso en su aparente inactividad. Algo debe sentir el amo de semejante porra, pues se gira recostándose de espaldas, accediendo sin rechistar a mis caricias, y luciendo, orgulloso en su dormir, esa enorme asta.
El tamaño importa
El tamaño importa, claro que importa. El miembro viril es un fetiche por excelencia, una forma adorada desde la antigüedad.
El grosor, la longitud, dureza, tersura y arrogancia, importan a la pareja, sea ésta hombre o mujer pero no necesariamente el falo más valorado es aquel más enorme.
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ronroneo masturbatorio
Es una fantasía absurda, una fantasía que jamás cumpliré, pero me encantaría. Consiste en ser una preciosa gatita mimosa, una linda gatita hogareña residente en la cabaña de siete fornidos leñadores.
Como todo esto es un sueño ridículo, me los imagino a ellos de diferentes razas: un negrazo de piel alabastro, un morito de ojos verdes, un chino de angulosidad exquisita, un gitano de melenas y duende, un germano de hombros cuadrados, un latino de belleza griega y un arapahoe de pómulos cincelados, todos bellezas despampanantes de esas básicas, es decir, manos grandes y fibrosas, piernas musculosas, pechos acorazados, culos como guantes de boxeo, bíceps torneados y antebrazos trabajados por el duro oficio de cortar gruesos troncos a golpe de hacha.
Para colmo de deleite son tipos calladitos y sonrientes, que siempre están de buen humor y se ríen a grandes risotadas. Durante el día trabajan en el campo, dejándome tranquilita en mis reflexiones. Llegado el anochecer, regresan y se duchan. Como soy una gata me cuelo en el baño y veo el proceso íntimo desde la esquina, veo a todos y cada uno.
No redundaré en lo gozoso que es observar a esos tiarrones ducharse como su madre los trajo al mundo, frotándose aquí y allá. Alguno se masturba, casi todos lo hacen de hecho, porque están tan sanotes que rebosan energía. Otros se duchan juntos porque son liberales y se consuelan de que no haya hembra de su especie a mano. Yo los observo y me deleito, lamo mi pelo y me deleito con mis ojos de gata abiertos de par en par.
Pero lo mejor de mi día de musimú doméstica es el anochecer. Todos esos maromos limpitos se reparten en los sofás para ver una película de cine clásico (no verían fútbol mis muchachos) y yo danzo cariñosa de regazo en regazo. ¡Ah! Cómo disfrutamos, ellos y yo. Sé dónde sentarme y cómo colocarme para transmitir el calor suficiente en la parte debida. Sé como hacer para inflamar a todos esos chicarrones y que se expanda el olor de falo erecto por el cuarto.
Sé como conseguir que todas esas manazas curtidas me acaricien con absoluta pasión desesperada…



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