Entendamos al viejo verde.
El viejo había sido un pajillero toda su vida. Uno de tantos que no había conseguido follar como hubiese deseado. Uno de los miles que siempre se quedó con apetito, de los millones que llegada su postrera hora lamentan lo poquito que han conseguido propagar su simiente. No es que hubiese deseado la continuidad de su estirpe por diversas canalizaciones femeninas, es que le hubiera encantado tener más calentones para recordar.
Se quedó con las ganas de hacerlo más y de hacerlo mejor con su mujer, tan antipática, tan tacaña. Se quedó con ganas con las putas, tan apuradas. El viejo sólo tuvo cancha libre de acción en su sexualidad solitaria y aquí sí que no había escatimado. De hecho iba a las prostitutas más por tantear carne que pusiera color a sus fantasías que por el polvo en sí. Al fin él lo pasaba mejor en el bar tomando copas con unas y con otras que en el cuarto con alguna, que lo exprimía en un plis plas.
“¡Me cago en San Dios!”, blasfemaba el que todavía no era tan viejo al comprobar que con su leche derramada la puta terminaba con él y allá se iban las cinco mil pesetillas, que era el pico que cobraban las lobas. De hecho él siempre sospechó que se metían algo en el chocho que le obligaba a correrse en un decir amén. Porque, de esto se acuerda bien el viejo, cuando tenía cuarenta y cinco años y empezó a visitar el club, todavía jodía – muy de vez en cuando- con su mujer y con ella tardaba por lo menos un cuarto de hora en irse, y sin embargo con las furcias ni tres minutos en venirse: era acercar la minga al conejo experto, y escapársele la eyaculación y con ella la erección, que no cundía el dinero.
Mejor partido le sacaba a las revistas, aunque resultaba peligroso tenerlas. Para que su mujer no las descubriera las escondía en el coche, en el lugar más seguro: entre los huecos de los tubos del motor. El viejo, cuando todavía no era viejo, tiraba al monte después de la jornada laboral y se hacía sus pajitas tranquilamente en el asiento del conductor pasando páginas como cualquier hijo de vecino. La misma revista le duraba un par de meses y no costaba ni quinientas pesetas, así que echad la cuenta.
Lo mismo que le salen rentables las clases de informática -aunque no aprenda nada- porque la profesora consigue que le vuelva a hervir la sangre, con las caderas y las tetas, con sus carnes jamonas.
Ya no se le pone dura al viejo, y mucho menos eyacula, pero se excita a su anciana manera espiando a la profesora voluptuosa, esa niña que él sabe que no tiene novio ni marido, esa chica de la que tiene la seguridad de que el coño le arde en soledad, de soledad.
No será, sin embargo, el viejo el que arranque la soledad de Laura a golpe de estocazo de verga: tal apasionante labor se la depara el destino a Víctor, el mecánico afortunado, ese simpático joven tan regalado por la vida.
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Este relato es el número 6 del conjunto de cuentos hilados: Crisol púbico
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