14º Relato erótico presentado al juego “¿Qué tengo entre las piernas?
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Programa antiestrés.
Llegué al balneario de Arnoia con la firme intención de desconectar del trabajo, de los amigos, de los malos amantes, del mundo. No es algo que me resulte fácil, me paso la vida conectada al trabajo, a los problemas que surgen diariamente, a un sinfín de pensamientos que se cruzan en mi cabeza y que relegan el placer, cualquier tipo de placer a un segundo lugar.
Las viñas que se veían por doquier me hicieron pensar en dejar todo en la habitación y bajar al embarcadero a tomar una copa de vino. Al rato me encontraba sentada en la terraza del chiringuito frente al río con una copa en la mano y repasando todo lo que me esperaba en la oficina al volver… Cené algo ligero y me fui a dormir.
Al momento de entrar en la piscina termal del balneario a la mañana siguiente, me di cuenta que mi biquini “micro brasil” no era lo más adecuado. Durante un rato nadando y después en el jacuzzi, por primera vez pude desconectar un poco.
A media mañana vino un chico tipo armario, como yo los llamo, a buscarme para el masaje. Grandes y de espalda ancha, con una musculatura definida de forma natural, sin excesos. Las extremidades proporcionadas y unas manos grandes que darían hasta miedo si no fuese por la sonrisa dulce con la que se aproxima. Me conduce hasta una sala en una zona contigua a las piscinas con unas puertas batientes y me pide que me quite la parte superior y que me tumbe boca abajo en la camilla.
Al cabo de un rato sus manos, que podían ser acero en un momento y mantequilla al otro, manejaban mi cuerpo a su antojo. Sentía sus manos bajar por mi espalda hasta mis glúteos y recorrerla de nuevo hasta mi cuello, lentamente y con suavidad a veces y firme y más rápidamente otras. Me habían dado muchos masajes en mi vida, pero nunca llegué a excitarme con ninguno. Sentí vergüenza y más excitación a la vez el pensar en ello. ¿Sería él capaz de notarlo? De repente detuvo sus manos y me pidió que me pusiese boca arriba y en ese momento deseé que se diese cuenta, que pusiese sus manos por todo el resto de mi cuerpo y que me quitase el estrés de verdad. Me quedé mirando a sus ojos de color castaño mientras se acercaba por el lateral de la camilla a la altura de mis pechos desnudos… Tomó la toalla que me cubría parcialmente y me tapó con ella para mi decepción. Siguió masajeando los hombros y las cervicales como si nada. ¡Definitivamente este chico no era muy intuitivo! Pensé que al menos si había conseguido desconectar y hasta dejar un hueco para el placer. Algo es algo.
FIN.
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6º Relato erótico presentado al juego “¿Qué tengo entre las piernas?
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REMINISCENCIAS
Un camisón de raso negro de tirantes finos sobre su piel. Isabel se gira sobre las sábanas blancas entre sueños, sonríe. Un tirante cae por su hombro levemente y lo acaricia, las primeras luces entran por la ventana, se sobresalta con el sonido del despertador. No, él no está con ella. Medio dormida, se levanta, sonríe, acaba de recordar su sueño . Hace calor, su piel esta abrasando. Frente al espejo retira los tirantes del camisón y lo deja caer al suelo, sonríe de nuevo, se recoge el pelo con una pinza mientras se mira y piensa que todavía es atractiva, abre el grifo de la ducha, y espera que salga templada, notando en sus dedos la temperatura, bajo la ducha siente el tacto cálido del agua que recorre su piel rozándola, trayendo a su memoria el tacto de unas manos, de unos besos. Dibuja su piel con las manos llenas de gel. El aroma fresco le recuerda sus noches de pasión, rodando sobre la cama, resbalando en la otra piel, confundiéndose, los alientos en un mismo aliento, con el pelo alborotado cayendo sobre su rostro. Deja escapar un suspiro, casi un gemido, sale de la ducha, se cepilla el pelo, cierra los ojos y puede sentir sus dedos enredando con su pelo.
Un suspiro mas. Prepara la cafetera, se viste frente al espejo… una traje azul, medias de seda, zapatos de tacón, un medallón que cae entre sus pechos realzándolos. Se pinta levemente, lo justo para iluminar su cara, un toque en los labios de color suave, mientras pasa el lápiz de labios siente como si un beso le acariciara la boca. Humm! el aroma del café recién hecho. Se oye la cafetera, se apresura a retirarla del fuego, se sienta junto a la ventana retira un poco la cortina. Ya se ha hecho de día, se acabaron los sueños. Sobre el tejado antiguo crece una planta. Las antenas de su niñez, los pájaros… recuerda cuando trepaba a los tejados para verlo todo desde lo alto. Los tejados antiguos tienen algo especial.
Prepara sus papeles y su bolso y se va. Sus pasos firmes y ligeros se escuchan en el silencio de la mañana, es temprano todavía, cada paso siente el movimiento suave de sus caderas. Otro día con miles de cosas por hacer, otro día de rutinas. Coge el coche y pone la radio, escucha las noticias, otro día de calor intenso. Su pensamiento se pierde otra vez entre las sábanas, en las caricias, en los besos… Sueña, siente, imagina sus manos buscando su piel bajo la ropa y se le eriza el vello, siente el roce de la ropa en cada rincón de su cuerpo. Sus pupilas brillan y su corazón palpita mas fuerte. ¡Si su piel pudiera contar como arde el fuego en su boca! No, no quiere que le roben la sed, no quiere que le toque la nada, quiere arder mientras quede brasa porque el agua no puede ser plata sin su ardiente calidez.
Isabel busca el borde exacto de sus recuerdos, inquietantes, impenetrables, que devoran un corazón hecho de escombros; busca los espacios de luz que cubrir con un manto de ilusión en profundas noches de piel.
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