Infidelidad moderada I: porqué es preferible un casado
Para aventuras esporádicas soy muy aficionada a los hombres casados que se encuentran bien en su matrimonio. Es un hobbie que aparenta fatal moralmente hablando, pero sopesando pros y contras considero que ganan los primeros con creces. Escuchad:
A estas alturas ya sabéis que no escatimo ni tiempo ni energía a la hora de abordar un evento sexual, perlas de mi erotomanía, y que procuro ser sibarita y apuntar al centro de la diana de mis intereses y ésta me lleva directamente a señores lo más discretos posibles. Los bien casados conforman una garantía de secretismo por la cuenta que les trae, pero traen consigo ventajas añadidas.
No voy a entrar a analizar si el hombre, o la mujer, somos monógamos por naturaleza o si es algo impuesto por la sociedad, mandato tácito que los individuos acatamos con mayor o menor sumisión. En cualquier caso mis amantes favoritos son aquellos que sufren con esta situación y que, sin embargo, han cumplido con el protocolo justo hasta el momento de conocerles, y me gusta porque esa aventura será un encuentro único con elevado grado de emoción. Son magníficos egoístamente hablando, pero también hay altruismo en mis intenciones.
Estas personas, mal que les pese, después de años de pseudocastidad matrimonial son candidatos vulnerables a caer en brazos de alguna pasión loca, víctimas de un amor atolondrado por el que podrían ser capaces de tirar la casa por la ventana y causar un dolor tremendo alrededor, ¿quién no ha visto derrumbarse de ese modo a alguna muralla que parecía infranqueable?
En mis manos los maridos están completamente a salvo. Sus mujeres -en caso de estar al día, lo cual no es nada común- con toda tranquilidad podrían dejarles venir, creo poseer cierta destreza para encauzar la pasión sentimental que suele conllevar el roce genital. Creo que tengo la suerte de beber en la ilusión erótica, y administrarla en dosis pequeñitas para que ni desborde ni se vacíe el frasco del elixir de las delicias. Digamos que doy cobertura a una necesidad de desfogue que determinados individuos anhelan, sin consentir que se sature la línea con los peligros de una implicación desnortada. La idea es gozar de un paréntesis que signifique una bocanada de aire fresco sin el peligro de un resfriado.
Pareciera que soy fría y calculadora y, la verdad, un poquito sí. Es para mí, sin embargo, importante apasionarme y que se apasionen conmigo; casi nunca me interesan las relaciones exclusivamente sexuales, alimento sobre todo el deseo y procuro entregarme a lo bestia, pero al tiempo que me baño, guardo la ropa y tomo una serie de precauciones anticipadas -también a posteriori- con las que no os voy a aburrir.
De modo que una vez que he escogido al ¿afortunado? que, como yo, quiere chispa pero no fuego, pasamos a la elaboración de un encuentro que será sumamente especial, por inusual, excitante y único.
Hace unos días he vivido en mis carnes una aventura de este tipo y me
apetece mucho contárosla.
En la próxima entrega: Un casado en cama ajena
Mrs. Robinson
A consecuencia del escándalo causado por la política puritana Mrs. Robinson (primera dama del Ulster, que hizo amante suyo a un joven cuarenta años menor y que, además, le montó un bar en Belfast con fondos públicos) he vuelto a ver la película “El Graduado”, film del 67 donde la protagonista es, curiosamente, otra Mrs. Robinson, también madura y también casada, que seduce a un jovencito.
¡Cuánto he disfrutado con ambas historias! En relación a la irlandesa me

Iris Robinson con su esposo.
alegro muchísimo de que se haya destapado su pastel. Entendedme: siento cierta compasión por la beata mujer, que debió pasarlo fatal reconcomiéndose en las contradicciones de un cuerpo folclórico y una fe represora. Pero al mismo tiempo, le tengo bastante tirria a lo que representaba: abanderada de un moralismo victoriano, de esas que se les llena el pecho de razón apelando a un dios mezquino y ostentando como símbolo de toda razón una inmensa cruz de oro entre los senos, que pareciera les otorga potestad para censurar la alegre sexualidad ajena -Mrs. Robinson es, o era, homofóbica y se permitió criticar a Hilary Clinton por perdonarle a su esposo el desliz con la Levinsky-.

Anne Bancroft interpretando a Mrs. Robinson
De “El Graduado” me encantó la primera parte donde un inexperto “chico bien” norteamericano – interpretado por un jovencísimo Dustin Hofman- es seducido por una experta mujer, amiga de sus padres -Anne Bancroft-.
Son muchas las secuencias eróticas en “El Graduado” sin que se vea, ni de lejos, sexo explícito, con hermosos enfoques del joven en la piscina, pero sobre todo de la señora luciendo lencería refinada, y piernas con medias de liga que se viste y desviste con sensulidad exquisita. Sin embargo resulta un poco trasnochado que en cuanto se va a producir el encuentro íntimo, muy castamente el chico apaga la luz, a pesar de la relación meramente sexual entre ambos.
Ya el desarrollo de la historia pierde a mis ojos porque el amorío termina en debacle, como era de esperar en una película holliwodiense, donde los amores fuera del matrimonio reciben, de una u otra manera, un castigo ejemplar.
Así que a las dos Mrs. Robinson les sale el tiro por la culata y pagan un elevado precio de deshonor – y escarnio público- por la debilidad de su carne. Pero no creo que siempre deba suceder así, estoy convencida de que hay encuentros de este tipo a porrillo y que la mayoría son relaciones dulces y sanas donde ambos participantes salen favorecidos y fortalecidos. Eso, al menos, es lo que me gusta pensar.
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Hace un tiempo escribí un cuento recreándome en una situación similar:
Cana al aire, pelillos a la mar.
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