Chéri. Colette
Chéri es una novela de Gabrielle-Sidonie Colette (1873-1954) que introduce lo erótico desde un ángulo tremendamente femenino, con gran sutileza y elegancia. Aborda una sensualidad fina enfocada desde la mirada de Léa, una mujer experta en las emociones de la carne.
El argumento de la trama es la pasión de una Léa madura con un joven de diecinueve años, Chéri. Ella es una dama rica, que ha hecho fortuna gracias a su admirada belleza como cortesana en París, en esas épocas en que las cortesanas eran respetadas socialmente. Con cincuenta años se permite mantener y mimar a un hombre joven y hermoso que la ama, olvidándose de las convenciones. El argumento implícito es el deterioro estético del físico de una mujer para la que su aspecto ha sido su modus vivendi. Ella, que es treinta años mayor que Chéri, tendrá que aceptar las duras reglas del tiempo que no perdona ni a las más bellas cortesanas. El dolor que supone envejecer para alguien que ha tenido gran poder gracias a su atractivo se multiplica al enfrentarse con el esplendor de la belleza de Chéri, del cual se enamora. Con una crudeza psicológica impresionante, Colette nos introduce en la mente de la mujer, inteligente y consciente del devenir, y en la de Chéri, madurando como hombre en una sociedad frivola e hipócrita, en decadencia moral.
Colette me encanta como escritora, sus palabras tienen voluptuosidad y sensualidad libremente expresadas, pero también casi escondidas. Fue una mujer que escandalizó en su momento, considerada por muchos indecente al tener una vida sexual bastante libre, la novela Chéri es, al parecer, autobiográfica. Ella reivindica en su escritura los derechos de la carne sobre el espíritu y los de la mujer sobre el hombre. Si pinchais en “El Obstáculo” podeis leer el texto que seleccioné en su momento para esa otra novela de la autora que habló de erotismo femenino cuando era realmente innovador hacerlo. En los años veinte, especialmente en Francia, el erotismo escrito vivió una época dorada, se escribieron obras de gran calidad erótica y literaria, algunas de ellas, de algunos de mis autores eróticos favoritos: Henry miller D.H.Lawrence, Anais Nin, …
La paloma se adoba
Cuando voy a tener un encuentro sexual importante, procuro prepararme física y psicológicamente con cuidado. Se para el reloj. Empiezo con un baño, me gusta el aroma a sándalo y canela. Cubierta por las aguas tibias, froto mi piel con esponja de crin, elimina todas las células muertas dicen, me lo creo y purifico. Aprovecho para poner una mascarilla en el pelo, para que luzca sedoso y brillante. Me relajo y pienso en mi cuerpo y en el del amante al que me voy a entregar pero no con demasiada lascivia, pues ello me alteraría, sino con dulzura y alegría.
Después me seco y pincho música relajante de la que lleva a bambolear las caderas y me dedico a mis pies.
Limo las uñas meticulosamente y las pinto del color que me inspire la situación. En ocasiones es el rojo cereza, otras el morado viejo, o quizás tan sólo delicado brillo. Los masajeo e hidrato más de la cuenta ¡cuánta vanidad!
Continuo con mis piernas, esmerándome en las rodillas y en los muslos. Si mi pubis necesita algunos retoques, ese es el momento. Es una zona de mi fisonomía importante pues con seguridad va a ser observada minuciosamente. No me agrada que se vean pelitos en las zonas internas, de modo que los elimino.
Mi vientre es elástico. Lo masajeo contundentemente para que la loción penetre en profundidad. Lo mismo sucede con brazos y espalda y cuello. A los pechos les doy un tratamiento especial, girándolos, juntándolos, imaginando cómo le gustará verlos a mi amante. Pongo un poco de carmín en los pezones para que luzcan más brillantes.
Peinarme lleva su tiempo, prefiero hacerlo yo misma a pasar horas en un salón de belleza. He de reconocer que casi nunca quedo conforme con el resultado, de modo que lo vuelvo a mojar y empiezo de nuevo el proceso. Procuro dar a mi rostro un aspecto natural, pero ello no significa que no le dedique un montón de potingues, sombras, carmines, máscaras y demás joyas de cosmética que guardo en mi neceser como tesoros. Realzo mi boca especialmente. También mi mirada. Éste es el momento en que visto la ropa interior. La verdad es que me gusta estrenar.
Me dedico a mis manos. Normalmente escojo la misma laca de uñas que en los pies, pero no es norma fija. Me gusta mi manicura perfecta. Mientras secan, observo los resultados en el espejo de cuerpo entero.
Procuro centrarme en las partes bonitas de mi fisonomía y obviar las que no son del todo de mi agrado. Si me obsesiono con aquello que no me gusta puedo echar a perder mi ratito. De modo que sonrío ante el espejo y ejecuto poses seductoras que me favorezcan. Es importante sentirme bella.
Me gusta llevar joyas que, cuando esté desnudándome, hagan sonidos agradables, pulseras que al chocar unas con otras tintineen. Suelo lucir aro en el tobillo, pendientes, sortija o collar que ensalce mi cuello y escote. Alhajas imperceptibles vestida, pero llamativas cuando se convierten en mi única indumentaria.
Todos estos preparativos son sumamente hedonistas y podeis tildarme de presumida: así es. Huyo de la coquetería vana, de los arreglos vacuos para comidas familiares, para reuniones de empresa o para encuentros con amistades, pero despliego el culto al cuerpo ante un encuentro sexual. Son arreglos minuciosos y relajantes, casi masturbatorios, que llevan a un estado físico de esplendor, son la adoración de la propia naturaleza ante el amor. Me siento una paloma acicalando las plumas con el pico, una a una.
Cualquiera dirá que no es un polvo lo que busco, que es el cielo en la tierra: pues sí. Sé como conseguirlo, en esto me siento segura, mi cuerpo es más sabio que mi cabeza, miles de generaciones de mujeres habitan en mis formas, mis abuelas y mis tatarabuelas han vivido para momentos así: soy de esa clase de estirpe.


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