San Valentín, el santo de la cachondería.
A algunos machotes arcaicos (también a algunas machorras postmodernas), cuando se les habla de mimitos, su virilidad se pone chuchurría ¡tremenda mariconada los mimitos! Pasan, a duras penas, por semejante sensiblería en los primeros estadios de conquista y luego ya. Sin embargo, la fase mimitos es tremendamente efectiva para que un encuentro sexual mediocre devenga en un polvo cojonudo. La cosa consiste en realizar un conjunto de buenas tareas que nos arrastren hacia el frenesí, uno de esos puteríos locos en los que de repente nos vemos envueltos sin saber muy bien a santo de qué. Desenmascaremos hoy a ese santo.
Resulta que nuestro cuerpo está capacitado para generar sustancias químicas con poder de estimular las funciones sexuales. La dinámica de estimulación es muy simple, pura biofísica mecánica de distensión emocional. Las zalamerías engatusan al sistema nervioso parasimpático y con ese relajo comienza a desprender potasio, iones OH, adrenalina, noradrealina y testosterona. Si aprovechamos la avalancha química y nos lo curramos bonito con palabras y caricias, el sistema nervioso autónomo comienza a chorrear una molécula orgánica llamada feniletilamina y con ella entramos en un estado propenso a sensaciones embriagadoras, erotizadas con compuestos neurotrasmisores tales como dopamina y vasopresina.
Con esa bomba hormonal el body se extasía, la presión sanguínea disminuye, el corazón bombea lento y contundente, las glándulas lacrimales se humedecen, también las salivares y cómo no, las genitales. La dilatación de las arterias produce rubor en el rostro, los tejidos blandos se esponjan, se inflaman y así se van desencadenando una a una todas las inequívocas expresiones fragantes de la cachondería para que ya, con un superempalme de tres pares de narices el machote penetre como zepelin y los amantes agiten su trasero en acción-reacción motivados inconscientemente por una suculenta base de oxitocina batida.

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