El Vicio Inglés. (Gusto por la nalgada III)
Continúa desde Gusto por la nalgada II
Salgo pitando de la librería por ver si encuentro al que me ha dejado el regalo, ni rastro de él por la derecha, ni rastro de él por la izquierda. Entonces abro apresuradamente el paquete y, efectivamente, es un libro, su título me deja alucinada: ¡El Vicio Inglés de Ian Gibson! Se trata de un excelente estudio sobre la flagelomanía obsesiva de los británicos, un análisis intenso sobre la flagelación como costumbre, como placer y como vicio que abundó en Inglaterra en la época victoriana – tremendamente puritana y moralista-, y se extendió en el tiempo y en el espacio dando pie a la disciplina inglesa, toda una subcultura en el erotismo.
Imaginad cómo me siento, ¿por qué me ha regalado este libro? pareciera que me ha leido el pensamiento ¿es que llevo la erotomanía pintada en la cara? y ¿por qué se ha esfumado? El libro ni está firmado, ni trae una dirección o un teléfono. Me dispongo a estudiarlo, se supone que es eso lo que quiere de mí el misterioso profe.
Os copio un párrafo:
A mi juicio, ninguna discusión sobre la sexualidad británica a partir de
la época victoriana es posible sin tener en cuenta el sistema de azotes que, originándose en las public schools, se extendió a todas partes. Impotentes sin recurrir a los azotes, real o imaginariamente, las innumerables víctimas del sistema no sólo se vieron abocadas a una vida de deseos avergonzados e inconfesables, que hacía difícil, si no imposible, una relación matrimonial satisfactoria, sino que su condición dio origen a un auténtico océano de pornografía en la cual se recreaban ad-infinitum las añoradas escenas juveniles y sus ramificaciones …
La explicación de Gibson es sólida y congruente, interesantísimo análisis sociológico. Claro que no solamente excitan las nalgadas a los británicos, no solamente a los que han recibido azotes siendo niños … Esa expresión de dominación-sumisión está muy arraigada en el imaginario colectivo, desde palmadas cariñosas -o azuzadoras-, a latigazos que hacen sangre y legiones de adepos aseguran que no hay buen polvo que se precie de tal, que no tenga su “momento nalgada”.
Ansiosa por conocer las intenciones del presunto profesor al regalarme “El vicio inglés”, me personé en la librería al día siguiente -misma hora-, pero él no apareció. Lejos de desilusionarme, su ausencia no hizo más que incentivar mi curiosidad, y continué asistiendo puntual a mi cita solitaria los días sucesivos con la esperanza creciente de encontrármelo, pero nada. Si yo creyera en meigas -¡habelas hailas!- diría que fui enmeigada y que todo fue una alucinación.
Esos ratos de espera vagabundeando entre libros me han llevado a despotricar contra lo poquísimo que miman las editoriales el género erótico ¡tan beneficioso! y me desgañité por encontrar nuevos títulos que alimenten mi gusto y engrosen mi colección, pregunté inutilmente por un montón de libros que están descatalogados, desaparecidos y se me niegan como lujos inalcanzables: “Historia del erotismo” de Gregorio Morales, o su “Antología de la literatura erótica”, “Un Kamasutra Español”, de Luce López-Baralt, o “L`amour” de Stendhal…
Me encuentro en un callejón sin salida, no quiero tirar la toalla, ¡quiero volver a ver al profe cara a cara! Lo cierto es que apenas recuerdo ya su rostro, pero por momentos me resulta más y más atractivo y os juro que me siento infantilmente enamorada de un fantasma, me planteo que quizá sea más conveniente irme a casa e imaginarme el final del cuento con mi dildo color violeta cuando, allí, en la zona de libros de viajes le veo ¡Ahí está! Es él, es el profesor y me mira, me mira fijamente, con su barba y sus gafas. Se me antoja más apuesto que en nuestro primer encuentro, más alto, más corpulento. Le sonrío y me responde con un leve gesto de cabeza inequívoco que me señala los aseos. Entiendo muy bien. Sin mediar palabra enfilamos a los preciosos y espaciosos baños de la librería.
Si quieres leer la continuación pincha:
Encuentro erótico en los baños de señoras de una librería.
Los dos remeros
Hay un tipo de macho galaico, bastante desconocido fuera de nuestras fronteras, que resulta absolutamente espectacular a la vista y no menos al tacto; me refiero los piragüistas, o a los traineros. Son deportistas que, trabajando su cuerpo a golpe de remo, convierten sus figuras en esculturas de pecho, espalda y brazos graníticos, sin llegar a la grosería de los culturistas. No sólo están musculados de cintura para arriba, también sus piernas ostentan muslos garridos. Son tipos por lo general serios y voluntariosos porque es un ejercicio que requiere concentración y perseverancia.
Carmen tiene la gran suerte de tener a dos monumentos de éstos todos los dias a la hora del desayuno en su cafetería. La pareja de forzudos, ambos rapados y vestidos con ropas de algodón, toman cada mañana zumo de naranja natural, leche con colacao, pan untado con aceite de oliva y miel en mesa, cada uno con su periódico. Uno se llama Samuel y el otro Ismael. Aunque a grosso modo se parecen, Samuel es más moreno, más alto, más cachas y de belleza menos fina. Ismael, por contra, es un encanto de facciones proporcionadas y personalidad afable. Se lleva de maravillas con la camarera.
Samuel, al que de chaval llamaban Kinki (no porque fuera un golfo, si no como diminutivo de king-kon) es, a todas luces, menos inteligente que Ismael pero muchísimo más fuerte, sólo con sus remazos hace como cinco forzudos, siendo un espectáculo verle remar, concentrando toda su energía en el horizonte marítimo, con su traje de neopreno, los músculos voluptuosamente tensos. Samuel, alias Kinki, era una bestia a los dieciseis años, de esos que se masturban nueve veces al día sin que sus erecciones pierdan importancia, un chaval sin aspiraciones que vivía de botellón en botellón buscando dónde meter. Hasta que Ismael se cruzó en su camino y con él la vida de remero. Ahí se centró. Ahora su ímpetu vital está muy bien encaminado. Desde que conoció al que es su compañero de competición ya no tiene interés por andar perreando por ahí. Sus energías están canalizadas en la vida deportista y conyugal que Ismael ha organizado para ambos.
Ismael, dos años mayor, le mima en exceso, le cumple todos los caprichos y “kinki” es un tipo agradecido, fiel como un niño. Carmen se da perfecta cuenta de que Ismael es gay-gay, pero que “kinki” es bi, eso una mujer lo sabe, no hay más que ver cómo la mira a ella, o a Laura o a cualquier otra chica que entra en la cafetería, las mira de reojo con culpa, con la culpa de un bisexual enamorado de un homosexual.
Además de clientes son sus vecinos del piso de arriba y algunas noches le dan la serenata porque cuando hacen el amor deben ser muy apasionados a razón del follón que montan. Carmen disfruta horrores con los gemidos de pasión de esos dos cachimanes. Que qué harán, madre mía, que a veces parece dolor lo que sienten, con esos aullidos, con esos suspiros gritados, cómo se lo montarán esos dos, a veces pareciera que arrastran muebles, y cuando siguen un ritmo constante de zambombazos hacen retumbar el techo, las paredes y, exagerando un poco, los mismísimos cimientos de la casa. Cuando Carmen comienza a escuchar la cantinela de placer de los remeros, deja al instante lo que está haciendo, se sirve un chupito de licor de melocotón y se sienta a escuchar. A veces se acaricia imaginando a los dos hombretones en sus juegos de amor. El capítulo sonoro de los hercúleos homosexuales dura diez, quince, con suerte veinte minutos. Carmen supone que antes de los gemidos han tenido su dosis de caricias y de palabras de amor, pero desgraciadamente a esa introducción no tiene la suerte de asistir ni siquiera en modo audio, pero es fácil de imaginar conociendo lo tierno que es Ismael, lo cariñoso que es Samuel. A carmen no le da tiempo de sincronizarse con el placer de ellos, pues le llevan ventaja y disfrutan del climax cuando ella todavía comienza con los prolegómenos – Carmen jamás comete la torpeza de masturbarse a todo correr-. Cuando ya sólo puede escuchar el grifo de la ducha en el piso de arriba (invariablemente los chicos se duchan después del escándalo) es cuando ella va alcanzando su propio placer, mucho más silencioso, mucho menos aparatoso, pero no por ello menos gratificante.
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Este cuento es el número 18 de la colección de relatos hilados Crisol púbico
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Qué feo es ser calientapollas y cuánto me gusta
Algunas mujeres, por influjo de nuestro subconsciente, tenemos la insistente tendencia de poner cachondos a los hombres en general. Esta obsesión es independiente de que tengamos ganas de ellos, de que nos gusten o no. A algunas “Evas” nos encanta ofrecer alegremente el fruto prohibido para luego retirarlo, drásticamente o por medio de melindres.
No es un motivo para sentirnos orgullosas y alimentarlo en exceso suele tener un coste negativo para nuestra salud psicológica. Resulta casi humillante esa necesidad de sentirnos deseadas. Una enfermiza necesidad de probar nuestro poder erótico femenino. Puede deberse, este hambre, a la endiablada dependencia emocional causada por carencias afectivas antiguas, a una autoestima dañada que busca de continuo la aceptación, unida a la voluptuosidad que nos es inherente. Sufrimos sumisión al parecer de los demás, especialmente al masculino. Somos mujeres inmersas en un sistema patriarcal y la figura arquetípica del hombre se acerca con frecuencia a la de “padre-jefe” al cual tendemos irremisiblemente a agradar para sentirnos protegidas de nuestro miedo. Es un juego, el de la seducción por la seducción, que no sólo nos divierte, nos alegra el alma.
Claro que después, cuando el fruto ha crecido y madurado, el objetivo está cumplido. Conscientes repentinamente de que nos estamos metiendo en camisas de once varas, nos urge coger las de Villa Diego.
Ya sabemos que es una actitud moralmente reprochable y que no es justo para esos amables señores que se quedan tan frustrados con la miel a unos milímetros de sus labios. Por lo general son respetuosos con tu decisión final, tragan bilis y recogen velas dignamente aunque interiormente echen pestes. El sector femenino nos tiene especial tirria. Nosotras mismas, cuando no estamos ejerciendo de “calentadores” y son otras las que actúan de tal insano modo torcemos el morro acusadoramente.
Personalmente, alguna vez he sentido cierto pesar por esos maravillosos caballeros a los que he calentado algo más que la cabeza, y no he tenido el gusto de enfriarla mediante el desahogo perineal. En alguna ocasión he sentido una vaga lástima por esos hombres a los que he visto hervir, calentados por el fogón de mis carnes, de mis palabras, de mis gestos, deseándome con esa fuerza increíblemente atractiva de macho endurecido que resulta sumamente balsámica para mi ego.
Podría pedir perdón, pero es que no me arrepiento ni siquiera un poquito. Y vive dios que cuando surja, reincidiré en mi falta.
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Aires ilustra este texto:
Desvirgar a una mujer no siempre es sencillo.
Como sabemos, el viejo no tuvo suerte ni en el amor ni en el sexo. Su mujer, diligente esposa y madre amantísima, es amable con todo el mundo menos con su marido, al que odia íntimamente y desprecia explícitamente. El desprecio le viene al viejo de rebote, ya que no ha hecho nada por merecerlo más que estar en el lugar equivocado en mal momento.
La mujer del viejo -que de joven había sido bastante bonita, esbelta como maíz verde- con dieciseis años estaba loca por un vecino. El vecino era un muchachote robusto y hermoso, un chaval con buen futuro profesional gracias a ser el único hijo del carnicero con mejor reputación del pueblo. La mujer del viejo, suspiraba por el aprendiz a carnicero en secreto, sin haber confesado sus sentimientos a nadie, ni siquiera a su hermana mayor con la que tenía gran rivalidad. La jovencísima mujer del viejo tenía todas las esperanzas puestas en las fiestas patronales donde coincidiría con el chico en las verbenas, y quizá, quizá, le declarase su amor. Pero las cosas se torcieron por culpa de su hermana, que se pasó la tarde haciéndole ojitos al vecino y al final éste se decidió por sacar a bailar a la mayor y no a ella. No se soltaron durante todo el baile y por la noche, en la cena familiar, la hermana dio la noticia de su noviazgo con el heredero de la carnicería, noticia que fue aplaudida por todos. La chica que con el tiempo llegaría a ser mujer del viejo, por entonces adolescente apasionada, lloró toda la noche en silencio, pero de madrugada enjugó sus lágrimas con un pañuelo bordado de orgullo y ese mismo día se comprometió con el viejo, que era un rapaz larguirucho que la rondaba con ojos de enamorado. Comenzó a hablar con el viejo por puro despecho de amor y desde entonces se dedicó a hacerle la vida imposible. Lo conquistó con artimañas femeninas al estilo: te prometo y no te doy, me entrego un poquito, para luego negarme, etc. lo cual vuelve loco a cualquier hombre, pero mucho más a un chaval inexperto en la vida como lo era por aquel entonces el viejo. Se casaron rapidísimo. Una cosa fue llevando a otra, él porque estaba desesperado por echar un polvo, ella porque ansiaba casarse antes que su hermana.
Hay que recordar que de aquella el matrimonio era la única vía sensata de acceder a las delicias de la carne. Ninguno de ambos sabía donde se metía cuando decidieron casarse, pero ya a los tres meses era evidente que aquello había sido un fiasco. Esos meses fueron una pesadilla diaria y una tortura nocturna, noventa y un dias que tardó el joven esposo en desvirgar a la novia. Rasgar el virgo a su esposa fue la tarea más traumática que vivió el viejo en su larga vida. Ella le esperaba tumbada, con su camisón puesto. Tapada por las sábanas esperaba a que él se acostara a su lado para apagar la luz y entregarse a los besos de mala gana. Al principio él entraba al lecho nervioso, pero después de semanas de embestidas contra el muro irrompible, llegaba ya acongojado. A oscuras, tanteando lo desconocido, él trataba de romper, acribillar la membrana que, como macho, debía ser capaz de traspasar y parecía labrada a hierro fundido. Él, que sabía poco más de las relaciones íntimas que lo que le había visto hacer al toro con la vaca, tenía que conseguir forzar aquello que no tenía rastro alguno de disponer de un agujero. Por supuesto, la colaboración de ella era nula, como se espera de una mujer decente.
Lo intentó un dia tras otro durante quince, veinte minutos hasta que su hombría se revelaba y vertía su leche en la concha cerrada, lo cual le hacía sentirse bastante miserable, sobre todo porque resultaba evidente que a ella ese flujo espeso y caliente goteando en sus zonas privadas le daba un asco tremendo y en cuanto él se vaciaba ella corría al baño a limpiarse en el bidé.
Imaginaos el punto de desesperación al que se vio sometido el viejo que tragándose la vergüenza consultó su incapacidad a un amigo, un tipejo que se las daba de experto. Después de pitorrearse un rato, el colega recomendó untar con aceite de oliva la punta del nabo.
El joven esposo, a solas en el baño, tensaba su miembro, lo rebozaba bien de aceite e iba a la cama con el aparato en ristre. Accedía presuroso entre las piernas de la esposa, antes de que la erección decayese puesto que su miembro se estaba volviendo perezoso y comenzaba a fallarle, revelándose con blanduras que hacían todavía más difícil consumar la viril misión. Ella, con gran resignación, abría las piernas y recibía las acometidas sin decir ni mu.
Una y otra vez, una y otra vez, hasta que por fin un buen dia aquello cedió lo justo como para introducir el capullo. Al sentir tanta presión alrededor de la sensible bola su eyaculación vino sin avisar, una eyaculación anorgásmica que le dejó desconcertado, pero por fin esa noche durmió con la tranquilidad del que ha hecho los deberes.
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Este cuento es el número 13 de la colección de relatos hilados Crisol púbico
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Victor se masturba
Es normal que un hombre vigoroso como Víctor practique el onanismo de vez en cuando. No sería un hecho relevante si no fuese porque el espectáculo del mecánico cascándosela es una obra de arte en cuya descripción me recrearé a gusto para solaz deleite de mis lectoras heterosexuales, mis lectores homosexuales y para los bisexuales de ambos sexos.
A Víctor, que actúa en la vida con el instinto de los hombres inteligentemente emocionales, que sabe -aunque no lo exprese con palabras- que hoy estamos vivitos y coleando y mañana fríos en el cajón de difuntos, le gusta disfrutar de su desnudez. Cuando la situación lo permite y la temperatura acompaña se desprende de camiseta y pantalón, de calzoncillos, zapatos y calcetines. Desnudo le gusta cocinar, ver la tele, navegar por la Red, dormir y, por supuesto, hacerse la paja.
Al tener lo que le cuelga al fresco se le va la mano allí, acude a esas zonas sensibles como impulso primitivo irrefrenable. Es costumbre de todos los hombres equilibrados psicológicamente, un hábito que procede de nuestro antepasado mono y que no es exclusivo del atractivo Víctor. Ese tic calificado de vulgar por mentes puritanas cobra dimensiones mayores al estar el hombre en pelota picada. Es habitual, por ejemplo, que Víctor tenga su mano derecha en el ratón y la otra jugueteando con su miembro, ese apéndice precioso. No estoy insinuando con ello que en su cabeza albergue pensamientos sexuales: se manosea la polla inconscientemente, como los niños en la playa.
Claro que por la propia mecánica del funcionamiento del órgano sexual masculino aquello se espoja, crece e inflama y entonces sí, entonces lo blando se convierte en firme y ya la cabeza de Víctor se va llenando de imágenes lúbricas. Esas visiones que le trae su mente no son especialmente originales, para qué disfrazar lo simple, Víctor piensa en coños, culos y tetas por ese orden de prioridades. Fantasea con el coño pelirrojo de Ana, con el culo de Carmen, con los pechos abultados de Juani o en el chochito de Celtia, con las pechugas de Jimena, o con las prominentes nalgas de Laura… Sí, últimamente la imagen de los glúteos redondos de Laura tal y como los imagina -todavía no los ha visto mal que le pese-, han entrado a saco en sus fantasías y toman protagonismo.
Víctor se relaja con su verga erecta, sostiene ese noble instrumento con su diestra rodeándola con firmeza con los cinco dedos de su manos. Sujeta la carne robusta y masajea arriba abajo. Los músculos de su brazo se tensan, Víctor observa su miembro, luego inclina la cabeza hacia atrás y cierra los ojos. Progresivamente agita el falo, primero lento, luego más fuerte, más rápido, las venas de su cuello sobresalen, el pecho potente se expande, el cutis color grana, la nariz sonrojada, parpadeo leve, los ojos giran cerrados, velocidad y tensión. El chico disfruta solito, dale dale dale y … zas!: el rictus. Ese irresistible rictus de placer en el rostro.
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Este cuento es el número 11 de la colección de relatos hilados Crisol púbico
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Episodio de Laura con su prima lesbiana
En aquella ocasión que Laura cayó presa del descontrol histérico por culpa de la dichosa camiseta desteñida, su madre se asustó e, incapaz de calmarla, llamó a la prima para ver si conseguía tranquilizarla. Cuando la prima llegó, Laura estaba a oscuras, ya relajada, sollozando en su cuarto. Fue fácil consolarla, con caricias de prima melosa, cepillándole la cabellera, contándole chistes y gracias. Siempre se llevaron bien: la prima es un encanto de espabile, lista como un ajo, rápida como una ardilla. No bisexual: sólo lesbiana se considera. Aunque es muy jovencita, lo tiene claro y por aquellas épocas de las primeras manifestaciones del histerismo de Laura, andaba enamoradiscada de ella.
Cuando aquella noche se ofreció a quedarse a dormir para hacerle compañía, interiormente albergaba esperanzas lúbricas. Promiscua a tope, tenía tres o cuatro amantes femeninas y un orgullo gay poco común a su edad. Con dieciseis primaveras cumplidas había probado veintitrés coños, según contabilizaba la libretita a modo de diario que la sáfica escribía puntualmente, sin perder la cuenta.
Lejos estaba Laura de sospechar las intenciones de su prima cuando accedió a que se quedara a dormir con ella, ni siquiera cuando sacó la petaca de whisky con la disculpa de calmar los nervios de ambas. La emborrachó. La intención de la prima no era solamente conseguir un nuevo coñito para su libreta: le gustaba el cuerpo de su prima, concretamente le tenía ganas a sus tetas, tan gordas.
Laura no tenía costumbre de beber y cogió una cogorza monumental que, todo sea dicho, le sentaba de perlas al rostro. Afuera quedaba, con el whisky, el corsé auto impuesto. Toda risas ahora, despatarrada en la cama, inocente y feliz cuando la viciosa prima sin venir a cuento le sostiene las tetas con ambas manos. Como Laura da un brinco por lo inesperado del contacto, la prima sonríe y dice en una carcajada:
- ¡Qué grandes las tienes!, ¡qué envidia!, mira:
Se saca la camiseta enseñando sus puntiagudos botoncitos, y se posiciona de rodillas vestida sólo con su braguita en color azul, las caderas de muchacho. Los morbosos triángulos enfocando a Laura.
- Déjame ver las tuyas.
Como la borrachita dudaba, se lanzó a desnudarla haciéndole cosquillas, una pelea de cachorritos con superioridad de la cachorra lesbiana, pues la otra se tambaleaba borracha y torpe. Consiguió quitarle el camisón. Laura trataba de tapar sus opulentas carnes con los brazos.
- Joder, estás buenísima.
Le falló la paciencia a la prima que se lanzó apresuradamente, comiendo aquí y bebiendo allá. Laura se dejaba, bloqueada, incapaz de poner freno a esa impetuosa violación. La prima se corrió por fin, frotando la vulva en la pierna de Laura y un minuto después ambas se hicieron las dormidas.
No volvieron a nombrar el asunto.
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Este relato es el número 8 del conjunto de cuentos hilados: Crisol púbico
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Juani escoje el álbum “contorsionistas” de Alvaro Pemper, autor que yo no conocía y me encantó.
Raquel encontró una imagen adecuada en una edición reciente del libro de Pierre Louÿs “Chansons de Bilitis”:
Fernando Lobato:
Ana:
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Porquiño:
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Eric Marváz envía esta imagen. Eric es participante del Colectivo Morvoz, un grupo de artistas con la estupenda intención de reevaluar la actividad humana del sexo, y en el cual me encantaría participar… si me dejan.
Crisol púbico V. La histeria de Laura.
Pincha para leer los capítulos precedentes.
Laura no es una pieza fácil de cazar -de fornicar- a pesar de la desesperación de su cuerpo por ser poseído. Ella actúa ajena a esas necesidades. Su cerrazón va en aumento, haciéndose lógicamente cada vez más patológica. Se está convirtiendo en una mujer replegada en su insatisfacción.
A los diecisiete tuvo su primera manifestación de histeria por causa de una lavadora mal puesta que le había estropeado su camiseta favorita. Lloró, gritó, blasfemó y rasgó la camiseta, se arañó la cara con las manos. Con la melena alborotada y los labios brillantes Laura semeja una loca hermosa. Con el camisón flojo, las carnes de Laura rebotan con la ira, arden sus mejillas y su aspecto es el de hiena herida. La pobre chica es reprimida sin aparente motivo ni razón.
Podemos filosofar para intentar entender la ancestral castración de la sexualidad del género femenino, materializada en una mujer de clase media, profesora de informática, que se avergüenza de tener el pubis voluminoso con un coño que se humedece y huele, que rechaza su generoso cuerpo sano escondido tras una mente dañada por el perfeccionismo del ideal de un tipo liso y austero.
Tanto se reprime, que su sexualidad se reduce a lo onírico. Sus sueños han sido tan escandalosos que conforman el más oscuro de sus secretos. El primer orgasmo vino de la mano de un león, un león macho que la forzaba a disfrutar de su lengua poderosa de carnívoro hambriento, que la obligaba a abrir sus piernas y lamía su vulva parsimonioso con la lengua caliente. Todavía hoy Laura puede recordar el efecto de ese apéndice gigante que repasa su raja desde el ano al ombligo y la lleva a un placer en cascada.
Una y otra vez la repetición de una secuencia erótica con pequeñas variantes, casi todos los dias, sin darle tregua, hasta que el sueño remite y cede paso a otro, igual o más indecente. Esta vez, el león se transformó en gorila, un gorila con mala leche –aunque tierno en el fondo- que se excita viéndola orinar y debe hacerlo allí, delante de las narices del kinkón cachondo que observa su vulva en proceso de micción, babeando con los jugos. A Laura esta humillación la lleva de nuevo al éxtasis involuntario, al vergonzoso abandono indeseado frente al simio fauno.
Más tarde semi-personificó a su amante y vino la serie de sueños del médico que le insta a enseñarle los pechos. El doctor, que curiosamente tiene cabeza de toro -y rabo, también rabo de toro- le dice sin mirarla que se saque camisa y sostén, a lo que ella obedece. Él, al principio muy profesional pero cada vez más obsceno, le toca en evidente excitación, parándose insistentemente en los pezones, jugando con ellos entre las yemas de sus dedos, advirtiéndole de que con esos pechos debe calentar a muchos hombres, a más y más hombres. Se embala el médico, que es una vaca, dice el toro, una ternera, … En los sueños de Laura las palabras soeces -que ella jamás emplea despierta- son el pan de cada noche. El orgasmo le llega a la inocente bella durmiente, cuando el médico no puede resistirse y se mete un pezón entre los labios para succionar como si tuviera mucha sed.
… Y así toda su vida, que por temporadas hasta llora al despertar, o reza. Claro que otras veces su naturaleza voluptuosa vence y entonces no puede evitar apretar fuerte las piernas y balancear las caderas ligeramente, abrazada a la almohada, hundida la cabeza. Ni acaricia su clítoris ni mete objeto alguno dentro de su caverna inexplorada, tan sólo a veces, las menos, cae en la tentación de acariciar sus senos, harto sensibles, pensando en el doctor…
El cuerpo de Laura, sabroso de por sí, está encarcelado por un mar de complejos y su inconsciente se cobra esa pequeña cota de placer. Lo más curioso es que la primera vez que Laura soñó con una persona de carne y hueso, fue con el viejo, el viejo baboso que la mira como si estuviera siempre desnuda.
En cambio con Víctor no sueña. Y eso que, muy disimuladamente, le mira en la cafetería Crisol, mira su cuerpo de hombre bien hecho y su simpatía con unos y con otros, tan amable con Carmen la camarera, incluso con el viejo se muestra encantador. A ella siempre le sonríe. Ultimamente incluso le dice:
-Buenos dias preciosa.
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Crisol Púbico IV. Víctor, experto jodedor anal.
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Víctor no sueña con mujeres viejas, ni jóvenes, asegura no recordar sus sueños y si alguna vez se despierta después de haber eyaculado no lo achaca a lo onírico, si no a su excesivo ímpetu fálico y no le da más vueltas al asunto.
No sueña con viejas pero es aficionado a las mujeres de una cierta edad –también-. Varias le acogieron cuando se encontraba sin lugar donde pasar la noche, y algunas le adoptaron durante una semana, un mes, … sobre todo Carmen, la camarera de la cafetería Crisol, la de al lado del taller de Víctor y de enfrente de la academia de Laura.
- Llévame a dormir contigo, Carmen-, le hacía ojitos Víctor, ojitos de borracho cariñoso.
Ir a dormir con Carmen suponía un placer porque todo lo tenía limpito y ordenado y porque Carmen es una mujer acogedora y complaciente siempre de estupendo buen humor, pero muy especialmente después de haberle follado el culo, dado que ahí radica el placer de Carmen. Como hay tan poquitos hombres que sepan hacerlo bien sin que le duela a una, ella valora esa virtud en Víctor y le agasaja como príncipe: chorizos fritos de desayuno, pan fresco, café del bueno, …
- Déjame coger tu culito otra vez.
Víctor sabe ser agradecido y se toma su tiempo en lubricar y favorecer el placer de Carmen, ¡tan buena persona Carmen!, de las que la gente abusa, pero no Víctor que le introduce la gruesa verga en el ano moreno con la lujuria justa y la delicadeza exacta. Le sostiene a manos llenas las pistoleras, esas protuberancias a ambos lados de las caderas de Carmen, que ella aborrece pero que a Víctor le hacen chiste porque le dan mucho juego y aprovecha en su beneficio para realizar el coito anal: agarra una con cada mano y se menea en la abundancia con gusto. ¡Qué bien que lo hace! Pura mantequilla es Carmen, mantequilla salada.
Tuvo que girar mucho el mundo, llover y hacer sol hasta que Víctor consiguió joder con Laura de esa aviesa manera, ya que por aquel entonces Laura apenas si se tocaba al masturbarse, con apretar fuertemente las piernas, al parecer tenía bastante.
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Crisol Púbico III. La rutina de Laura.
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Laura trabaja en una academia dando clases de informática básica. Es la única empleada y solamente coincide con su jefa por las tardes que es cuando más bulliciosa está la academia, llena de niños.
Laura no soporta su trabajo con los rapaces, tan ruidosos, y sin embargo disfruta de las mañanas porque los alumnos son adultos, mujeres o jubilados. Personas amables con las que ha de tener paciencia pero que no le exigen demasiado… salvo aquel vejete de la clase de las diez, que va de graciosillo y no sólo le boicotea las explicaciones con chistes tontos, si no que la solicita todo el tiempo para que le explique en su pantalla y se le acerca rozándola, alargando la mano. El impertinente hace sonrojar a Laura, tan torpe siempre en estas situaciones, y pese a que es el que más tiempo lleva matriculado no se da de baja de las clases y eso que la informática le interesa un pepino.
Siempre tuvo un gancho especial para los viejos verdes, pero lo peor es que éste se ha colado en sus sueños. Con el asco que le tiene y justo va a tener pesadillas cochinas con ese señor. Además … ¡menudos sueños!, que a Laura sólo de recordarlos se le hace un nudo en la tripa: ella bajándole el pantalón desaforada y tomando su polla, que no parece de un viejo ahora si no la verga turgente y saludable de un jovencito. Durmiendo Laura, desordenadas las sábanas, sudorosa la frente, toma en sueños el falo y se lo pasa por entre los senos, los roza con sus pezones. Los pezones de la durmiente se ponen como piedras. Restriega el miembro viril por su vientre y luego excita con él su vulva – sin introducirlo-. A pesar de la repulsión que le causan los empujes y las muecas lascivas del anciano, Laura orgasmea enérgicamente y se despierta acalorada. Es un sueño repetitivo que martiriza su consciencia y hace que odie todavía más los lunes, sabiendo que ha de enfrentarse a la mirada del viejo en clase, con esa sonrisilla como de saber, como si él tuviera idénticas fantasías. Casi es odio lo que siente Laura por el corruptor que desata en ella una lujuria sin sentido. Le odia y sin embargo fue gracias al viejo que Víctor se fijó en ella: el viejo descubrió un dia que Laura tomaba el desayuno a las once en la cafetería Crisol, que está enfrente de la academia. Comenzó a ir también y se sentaba en la barra con su solsombra, justo en el taburete contiguo en el que acostumbra a sentarse Víctor – que a las once deja el chollo para tomar la tortilla en Crisol, que está al lado del taller. Como el viejo es un indiscreto y miraba insistentemente a Laura, Víctor siguió la mirada del viejo y se encontró con la de Laura, sentada en la mesa del fondo. Un segundo se cruzaron sus miradas, luego Laura la esquivó.
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Crisol Púbico II. Víctor, picha feliz.
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Víctor ahora ya está un poco más asentado pero dio siempre muchos quebraderos de cabeza a su familia en lo que parecía una eterna adolescencia rebelde y por supuesto a sus novias y amantes porque es un tarambana al que le pierden el vino y las mujeres, los amigotes y la parranda.
Terminó secundaria a trancas y barrancas y se buscó la vida porque aunque no es muy constante, es trabajador y cuando algo le apasiona puede ser tremendamente diligente. La velocidad, concretamente las motos, le vuelven loco. Desde que regenta el taller parece que su rumbo profesional está asentado y después de tantos años de tener los bolsillos vacíos, y emborracharse a costa de invitaciones, ahora gana más que suficiente aunque lo funde todo, espléndido y generoso. Con treinta y tres cumplidos Víctor es un soltero de oro más listo que el hambre y con el don de seducir a las mujeres naturalmente, con alegría y desenfado.
Objetivamente no es tan atractivo, con los rasgos de la cara imperfectos, su encanto radica en manifestaciones difusas: la mirada, la sonrisa, el gesto. Ellas, la manada de mujeres que se han rendido a sus pies, siempre nombran además la mata de rizos, la carcajada franca y sobre todo la boca, una sensual boca melocotonosa muy gesticulante que comunica por sí misma sentimientos: alegría en amplia sonrisa de comisuras dilatas, enfado en voluminosa mueca torcida y lo mejor: el rictus obsceno de lujuria en aquellos momentos. Desnudo gana muchísimo. De piel y cabello dorado aceituna, su verga es oscura casi negra, de proporciones absolutamente perfectas. Un cilindro bello cuando reposa fláccido, y tonel sabroso cuando muestra su erección. Es tan llamativo su miembro moreno, tan rabiosamente masculina su polla generosa que una vez que una mujer la ha sostenido con sus manos, la tenido cerca de sus pupilas -no digamos entre sus labios- no la olvida jamás, permanece en la retina hasta el fin de los días como paradigma de tótem fecundador.
Víctor está tan seguro de su polla sabia que se permite actuar con humildad y jamás alardea de sus cabalgadas, jamás farda de su astucia para conducir a las mujeres al placer, al abandono erótico. Nunca fanfarronea de cómo se le abren y se le entregan, pero lo lleva escrito en la cara, por ello Laura le tenía especial miedo y le evitaba más que a ningún otro.
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