Sado fino para el que pague bien.
El Ex marido de Carmen viaja nervioso en el metro madrileño, sin perder de vista ni su plano ni su maleta. El pardillo enfila de tren en tren hacia la dirección que le ha señalado su adorada Rebeca. Todo confiado -pero sin detenerse a hablar con desconocidos- vuela ligero hacia el apartamento que él supone será su lecho de amor este fin de semana. El incauto ignora que va derecho a un nido de víboras.
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El pijo contrata en exclusiva a Marisol y Judith.
“Os quiero para mí solo”. Así rezaba la nota que recibieron las bailarinas en un inmenso ramo de gardenias. No hicieron caso porque estaban acostumbradas a propuestas de lo más variopintas, pero cuando al día siguiente volvieron a recibir otro ramo idéntico con la misma nota y esta vez incluía una cifra, ya les llamó la atención. No voy a concretar la cantidad porque aquí entra gente que se gana la vida en la cantera y no quisiera ofender, sólo apuntar que se trata de una cifra indecente a los ojos de los que trabajamos por cuenta ajena y que despertó el interés de las chicas ipso facto. “Habrá que ver qué quiere”.
Le hicieron llamar al camerino y ambas se desilusionaron íntimamente al verle, tan poca cosa. Este millonario lo que tiene de guapo buena falta le hace, pero su cartera puede compensar y lo que deseaba de ellas no era despreciable. El muy egoísta quería que bailaran en su apartamento para él solito y deseaba poder intervenir en la coreografía. Es decir, quería tener potestad para meter baza: “ahora saca la lengua”, “ahora quiero que os frotéis ahí”. No tenía interés en tocarlas, pero se acercaría a ellas y podría eyacular en sus cuerpos, si le placía. Y le plació, ¡vaya si le plació! hasta siete corridas se largó el canijo, porque los planes se llevaron felizmente a cabo y el tipo hizo sudar a las chicas.
Haz esto, haz lo otro, quiero veros así, quiero veros asá… Y él merodeando
por el medio, con la polla en ristre y eyaculando por doquier en las preciosas pieles de las bailarinas que terminaron extenuadas y salieron de allí a todo correr después de unas cinco horas de duro trabajo.
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Tetas tutifruti.
El dueño del “Estrella” es un empresario digno de mención. No es tan fácil encontrar en el sector del ocio masculino una empresa tan limpia de trapicheos. Don Eduardo es un rara avis que trata a sus empleadas con justicia laboral y con ello consigue no sólo que las sonrisas de las señoritas sean francas, sino también que los clientes de buena fe no sientan un cierto remordimiento al acudir allí pensando en posibles tratas de blancas, vudús u otras aberraciones similares. Leer más »
El exclusivo club “Estrella” se caracteriza por ser un Templo al Seno femenino y el primer requisito que han de cumplir los senos es ser naturales. Don Eduardo le tiene tirria al bisturí y quieres tetas de verdad, eso dice, naturales y dispares. Esta ideología es un factor diferenciador de este club, él lo explica muy claro: “ los hombres estamos cansados de ver tetas clones, en el “Estrella” se pueden encontrar preciosos senos desde la talla 80 a la 120, con forma de pera y con forma de manzana, incluso alguno con forma de plátano” afirma don Eduardo en tono jocoso.
¿Qué llevó a Marisol a desear que David sea un gigoló?
Sin la ayuda de Rhett la zapatería de Marisol se fue al garete y ella se vio en la obligación de buscarse la vida estando todavía embarazada. Hizo de todo un poco, trabajó en un restaurante de comida mexicana, en una cafetería, de cajera en un supermercado y quién sabe si no se buscaría la vida en otros asuntos menos decentes. Así unos cinco años hasta que la contrataron a tiempo completo -con Seguridad Social – en el distinguido disco-pub “Estrella” donde las chicas atendían prácticamente en top-less, con tan sólo una estrella dorada – símbolo del club- cubriendo los pezones y allí Marisol se hizo muy popular con sus preciosas tetas firmes y sensuales, a las que les quedaban de perlas los detalles dorados.
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Rhett y la negra del conejo cachas (parte primera)
A pesar de que Rhett se las daba de ser un fetichista podófilo de gustos sofisticados, y a pesar de que Marisol, la negra venezolana, lucía unos pies de espanto -palmípedos de ave antediluviana- cuando la conoció, su pene hizo tilín y lo hizo merced a las bonanzas de las tetazas chocolate noire. Hay que reconocer que los pechos de Marisol eran magníficos, algo fuera de serie. Gordas, tiesas, jamonas y todo sin haber mediado bisturí, pura naturaleza exuberante la de Marisol, que además las lucía generosamente sabedora de su black power pectoral.
Trabajaba en una zapatería de caballeros donde era explotada laboralmente tanto en horario como en sueldo y ella, joven emprendedora, tenía aspiraciones y conocía sus posibilidades. Por lo demás, era una muchacha de costumbres dudosas tirando a licenciosas. . Daba mucho que hablar a las vecinas del barrio, ¡es una desvergonzada!, cuchicheaban unas, ¡exhibicionista! apuntaban otras, y los compadres del bar ya ni os cuento el cachondeo que se traían con la negra, que la miraban pasar dándose codazos como adolescentes, “¡esa vaca pide ordeñe!”, decía uno que se las daba de simpático, “¡nodriza de marineros!” decía otro compitiendo en elocuencia con el primero. Y Marisol estaba hasta las mismísimas de lo pueblerinos que eran los gallegos y estaba deseando que la suerte llamara a su puerta y un hombre rico se la llevara a Madrid o a Barcelona. Las tácticas que seguía para conseguirlo eran un tanto invasoras, ella creía conocer sus armas y las que consideraba más potentes eran sus afrodíticos pechos, que meneaba estratégicamente cuando buscaba conquista y se los acercaba a los señores hasta la intimidación. No perdía oportunidad de rozar con ellas la cara de los clientes mientras se probaban el calzado y con Rhett ya se pasó, con Rhett intuyó triunfos y se jugó el todo por el nada poniéndoselas de florero en la bragueta, ¡en la mismísima bragueta se las enchufó bien enchufadas!
Marisol, con veinte años de vida era toda una mujer y sabía la mitra, ya se había merendado lo menos tres docenas de pollas y su especialidad eran las “cubanas”, también llamadas “perritos calientes”, y lo cierto es que a Rhett lo dejó cao con su método infalible cuando lo arrastró con jijís y jajás a la trastienda de la zapatería ¡Pobre Rhett! No dio pie con bola, se puso nerviosísimo con una chavala tan despampanante ¡y tan activa!
Ella solita se quitó la blusa – no usaba sostén ¿para qué lo habría de
necesitar?-, y ya con mucha disposición le desabrochó la bragueta y le sacó la polla fuera – que estaba pirulí-, y se calzó el cuerno entre teta y teta y las rocanroleó tan certeramente que a él se le escapó la leche – ¡qué hermosa la lefa blanca en la piel negra!- al primer bamboleo, cuestión de segundos. Y él, que llevaba unos años de sexo soporífero con la escrupulosa Carolina, se quedó prendado, se entusiasmó como un niño de teta y comenzó a visitar a la nodriza día sí, día también.
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Este cuento es el relato número 43 de Crisol Púbico.
Aquí podéis leer todos los relatos eróticos que componen esta novela erótico-costumbrista.
Una polla en cada mano
Puede que os parezca infantil la actitud de Carmen, pero ella está ilusionadísima con los planes de acostarse con sus amigos gays, la idea le ronda y no se le va de la cabeza. Ya de buena mañana se le escapa una sonrisita complaciente ¡Cómo se divierte imaginando!
Puede que os parezca inmadura Carmen, a su edad y todavía con esas frivolidades. Pero no es tonta, ella sabe que esta locura es flor de camelia y se deja llevar por la alegría de un acontecimiento que sin duda será memorable en su biografía. Al fin, ¿qué sabe si volverá el amor con mayúsculas a llamar a sus puertas? Recuerda alarmada que la última vez que se enamoró fue hace un pico de doce años.
No, no se prodigan tanto esas pasiones y Carmen se conforma con ligeros sucedáneos, con estos amores chiquitos que le hacen ver la vida en rosa mientras seca y coloca la pila de vasos, mientras retalla las patatas para la tortilla.
Se recrea pensando en lo muchísimo que le apetece tener dos pollas en las manos, dos al mismo tiempo, ¡qué cosa! la menopausia a la puerta y ella con estos nervios en el vientre, con burbujitas de excitación imaginándose a sí misma con el dúo de potentes falos palpitando entre sus dedos, al unísono ambos, en sagrada comunión los dos. Parejita de vergas que se aman, que se abrazarán la
una a la otra ante sus ojos, la polla de Kinki frotándose con la polla de Ismael, sabrosos bananos perpendiculares a los cuerpos de los dos remeros. ¡Olalá! ¿se lamerán, lenguas mojadas, sin pudor ante ella?, ¿será posible que Carmen asista a esa lucha masculina de apretados músculos tantas veces soñada? ¿tendrá la posibilidad de colarse entre ambos pubis y localizar sendas sierpes, manojito de nabos verdes? ¡ay!
Lo cierto es que la buena de Carmen se está haciendo con muchos boletos para conseguir libar de esa bi-fuente vivificadora, festín de fuegos artificiales ¡multiplicados por dos!
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Este cuento es el número 36 de la colección de relatos hilados Crisol Púbico
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Para entender la ilusión de Carmen podeis ir al cuento en el que os narro cómo Carmen se masturba pensando en sus dos vecinos, relato para el cual Tiberio realizó el montaje que adorna este texto (si a alguien se le ocurre alguna otra imagen que anime este relato, será bienvenida)
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Mira las que me envían:
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La enfermera de las bragas chiquititas.
Alice cada mañana sorprende a sus pacientes con bragas diferentes. Descubrir cómo las trae hoy es el aliciente más apasionante del día a día hospitalario de Gonzalo. Fijándose bien, casi todas se transparentan un poquitín a través de la bata, y se puede intuir el color -sobre todo si es oscuro-, y la forma -por los pliegues que forma la carme donde oprimen las costuras-. Averiguar cuales se habrá puesto hoy es tope emocionante.
Las tiene lilas, rosas, verdes, azules, blancas, con lacitos, con puntillas, de lunares, de florecillas, de encaje liso, de encaje con volantes, unas rojas brillantes, otras negras de raso, otras de cuadros escoceses y algunas de estampado abstracto, las escotadas de algodón, las que imitan tanga pero no, las de camuflaje selvático, las ribeteadas, las de chorreras, las de pedrería falsa, las de lentejuelas doradas, las que son tiras nomás, etc., etc., etc.,
Sobra decir que es muy coqueta con sus bragas y le chifla estrenar, si vieseis su armario atiborrado de bragas creeríais que se deja el sueldo íntegro en lencería, pero qué va, qué va, es muy apañada y las consigue de a tres por un euro en el chino de la esquina. Cada vez que pasa, no se puede resistir y compra un lote. Pero insisto, Alice no es ninguna manirrota, más bien es austera y vicios los justitos, ni anda de cafeterías, ni fuma, ni bebe -salvo cuando la invitan- ni gasta en joyas, pero esas tangas y las culottes, ¡ay, la pierden! Cierto que no son de gran calidad, cierto también que dan el pego que no veas, el diseño está conseguidísimo, puede que la mayoría le queden algo canijas y que se le mira mucha nalga para tan poca braga, pero qué importa, la verdad es que el pompis siempre lo lleva monísimo.
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Este cuento es el número 34 de la colección de relatos hilados Crisol Púbico
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Para los padres buenos.
Hoy, en el Xornal Certo, sale una traducción de un cuento que me encantó cuando lo escribí en gallego, y me gusta también su traducción al castellano. Está dedicado a los padres.
O pai mariñeiro (para os pais galegos),
El padre marinero (para los otros).
Culo de hombre.
(Continuación de “El vicio Inglés”)
A veces, en la batalla íntima de los amantes, se producen escenas tan inauditas que sonroja revivir; secretos de alcoba opuestos al habitual decoro que causan un pudor tremendo al ser nombrados y que colindan el abandono absoluto. Sacar a la bestia es un acto de profunda confianza y en el secretismo tácito entre sus protagonistas reside el elixir mismo de la libertad.
Si me decidiese por narrar aquellos gestos entre en profesor filósofo y yo, si repitiese aquellas palabras, cometería un pecado grosero y no seré yo la que comadree frívolamente acerca de lo que aconteció en los amplios e impolutos baños de señoras de la librería. Lo que allí hicimos (¡ay lo que hicimos!) lo que allí nos dijimos en gemidos susurrados (¡Ay lo que él me dijo! ¡Ay lo que le dije yo a él!) he de reservármelo.
Sin embargo,
se me hace difícil callar momentos tan catárticos que han movilizado zonas en mí antes dormidas. He de desahogarme y me permitiréis que lo haga sublimando aquellas sensaciones que me invadieron con el filósofo. Me desfogaré narrándoos una fantasía con Víctor -el protagonista imaginario de Crisol Púbico-. Me desfoguaré por escrito como lo hice en la realidad con el profesor que me adentró en el gusto por la nalgada, la nalgada cabalgada.
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Leed:
“El culo de Víctor”, número 33, de la novela capitulada Crisol púbico.
El culo de Víctor es precioso, diríamos perfecto en forma, tamaño, densidad y frescura. No es sólo a Laura a la que le abruma ese trasero, cualquier mujer mínimamente sensual se acalora al visualizarlo. Son músculos que contraídos parecen rocas graníticas, relajados flan de huevo, golosina que tienta lamer. Piel tan engatusadora, que una se rebela ante tamaña perfección, que una no puede reprimir determinados pensamientos impuros.
Bonito es, con exceso, apetecible con derroche, ¡esa combinación entre dureza y elasticidad! ¡esa textura neumática! pero lo que de veras nos trastorna no es tanto su belleza como la indecencia que provoca, la obscenidad en la que nos envuelve aun a pesar de nuestra voluntad.
Para intentar explicar las locuras que desata la presencia cercana de ese culo viril, diré que una debe agarrar una mano a la otra para no alargarla y meter mano a esos glúteos calientacoños que invitan a ser pellizcados, cacheteados, rasgados con las uñas y mordidos con los dientes. Al principio nos sentimos confusas ante tal reacción de nuestro organismo, pero después de los primeros momentos se desencadena un derroche de lujuria absolutamente irremediable. Ese culo delante de las narices provoca un deseo tan violento que se nos llevan los demonios y una especie de fiebre nos invade, los ojos brillan lascivos, el paladar salivea, los labios de la boca se mojan y todas esas combustiones internas provocan que nos arda la concha, que chorree y se dilate.
Cualquier cosa puede pasar ¡Dios!, que nos encendemos con esas cachas, ¡joder!, que nos inflamamos, coño, que dan ganas de abrirlas, hostias, palmearlas con la mano abierta, la puta, escupirles, cojones, que qué mierda no tener una polla entre las piernas, joder, una polla de caballo para hincársela a este cabrón, joder, y follarme su culo con empitonadas que se claven en su alma.
Otras veces que me he desahogado en Víctor:
El Vicio Inglés. (Gusto por la nalgada III)
Continúa desde Gusto por la nalgada II
Salgo pitando de la librería por ver si encuentro al que me ha dejado el regalo, ni rastro de él por la derecha, ni rastro de él por la izquierda. Entonces abro apresuradamente el paquete y, efectivamente, es un libro, su título me deja alucinada: ¡El Vicio Inglés de Ian Gibson! Se trata de un excelente estudio sobre la flagelomanía obsesiva de los británicos, un análisis intenso sobre la flagelación como costumbre, como placer y como vicio que abundó en Inglaterra en la época victoriana – tremendamente puritana y moralista-, y se extendió en el tiempo y en el espacio dando pie a la disciplina inglesa, toda una subcultura en el erotismo.
Imaginad cómo me siento, ¿por qué me ha regalado este libro? pareciera que me ha leido el pensamiento ¿es que llevo la erotomanía pintada en la cara? y ¿por qué se ha esfumado? El libro ni está firmado, ni trae una dirección o un teléfono. Me dispongo a estudiarlo, se supone que es eso lo que quiere de mí el misterioso profe.
Os copio un párrafo:
A mi juicio, ninguna discusión sobre la sexualidad británica a partir de
la época victoriana es posible sin tener en cuenta el sistema de azotes que, originándose en las public schools, se extendió a todas partes. Impotentes sin recurrir a los azotes, real o imaginariamente, las innumerables víctimas del sistema no sólo se vieron abocadas a una vida de deseos avergonzados e inconfesables, que hacía difícil, si no imposible, una relación matrimonial satisfactoria, sino que su condición dio origen a un auténtico océano de pornografía en la cual se recreaban ad-infinitum las añoradas escenas juveniles y sus ramificaciones …
La explicación de Gibson es sólida y congruente, interesantísimo análisis sociológico. Claro que no solamente excitan las nalgadas a los británicos, no solamente a los que han recibido azotes siendo niños … Esa expresión de dominación-sumisión está muy arraigada en el imaginario colectivo, desde palmadas cariñosas -o azuzadoras-, a latigazos que hacen sangre y legiones de adepos aseguran que no hay buen polvo que se precie de tal, que no tenga su “momento nalgada”.
Ansiosa por conocer las intenciones del presunto profesor al regalarme “El vicio inglés”, me personé en la librería al día siguiente -misma hora-, pero él no apareció. Lejos de desilusionarme, su ausencia no hizo más que incentivar mi curiosidad, y continué asistiendo puntual a mi cita solitaria los días sucesivos con la esperanza creciente de encontrármelo, pero nada. Si yo creyera en meigas -¡habelas hailas!- diría que fui enmeigada y que todo fue una alucinación.
Esos ratos de espera vagabundeando entre libros me han llevado a despotricar contra lo poquísimo que miman las editoriales el género erótico ¡tan beneficioso! y me desgañité por encontrar nuevos títulos que alimenten mi gusto y engrosen mi colección, pregunté inutilmente por un montón de libros que están descatalogados, desaparecidos y se me niegan como lujos inalcanzables: “Historia del erotismo” de Gregorio Morales, o su “Antología de la literatura erótica”, “Un Kamasutra Español”, de Luce López-Baralt, o “L`amour” de Stendhal…
Me encuentro en un callejón sin salida, no quiero tirar la toalla, ¡quiero volver a ver al profe cara a cara! Lo cierto es que apenas recuerdo ya su rostro, pero por momentos me resulta más y más atractivo y os juro que me siento infantilmente enamorada de un fantasma, me planteo que quizá sea más conveniente irme a casa e imaginarme el final del cuento con mi dildo color violeta cuando, allí, en la zona de libros de viajes le veo ¡Ahí está! Es él, es el profesor y me mira, me mira fijamente, con su barba y sus gafas. Se me antoja más apuesto que en nuestro primer encuentro, más alto, más corpulento. Le sonrío y me responde con un leve gesto de cabeza inequívoco que me señala los aseos. Entiendo muy bien. Sin mediar palabra enfilamos a los preciosos y espaciosos baños de la librería.
Si quieres leer la continuación pincha:
Encuentro erótico en los baños de señoras de una librería.






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