Y Dios creó a la mujer
Dios la creó y el director, Roger Vadin, se recrea de lo lindo en ella. La Bardot, ya de por sí un bombón, está que se sale con toda esa exposición erótica a la que es sometida, un verdadero empacho de voluptuosidades destacando uno a uno todos sus atributos. A saber, sus pies
-se calza, se descalza, camina sin zapatos, pisa la cara de un hombre con ellos manchados de arena -, las piernas -lleva faldas que se suben, que se abren, que se desabrochan-, el trasero -monta en bici con el culito respingón, lo menea danzando, se mueve de aquí allá con él empinadol- , los pechos -con escotes, con botones traviesos y el típico estriptís botón a botón en que no se le ve nada pero se le intuye todo-. Se la ve bailando con otra chica, se la ve tirada en la orilla del mar con el vestido empapado, …
En fin, que si eres hombre te puede suceder como les pasó a una generación y pico de franceses que resultaron incapacitados para masturbarse pensando en otra que no fuera ella, que no fuera Briggitte Bardot -a la que yo encuentro pelín sobre actuada- y si eres mujer mejor tragar saliva, obviar la envidia que produce tanta perfección ajena y tratar de identificarte con la prota para ser durante ese rato una bomba sexual sin precedentes.
(si seguís leyendo habéis de saber que voy a contar el desenlace de “Y Dios creó a la mujer”)
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Unas cuantas noticias, todas buenas.
La primera, que el señor Gregorio Morales ha escrito una crítica sobre “Eva, su manzana y el pecado”, y me ha hecho una ilusión que no os hacéis idea porque este granadino es erotómano consagrado, un experto de los de con mayúsculas. Por cierto, qué gracia me ha hecho la visión que tiene de mi sexualidad literaria.
Y ello me recuerda que os diga que ya he enviado los libritos a los que orgasmasteis en Erotómana, y que deberían llegaros en estos días (algunos ya me habéis dado el acuse de recibo).
Y más. Esta semana en Certo podéis leer los cuentos:
Y en la revista Sensuality -de venta en quioscos- de este mes saldrá un relato mitológico, y otro narrado en primera persona sobre un trío con dos gemelos relativamente apetecibles.
Y que me comentéis, joé. Que me hace ilusión, coño, que aquí cada vez entra más gente mudita, que se abstiene de hacerme cosquillas.
La sexualidad de la mujer embarazada
Ella siempre había creído que al estar con la barriga tan gorda perdería los impulsos sexuales, pero eso no ha sucedido ¡qué va! y la verdad, no sabe muy bien cómo tomárselo. Siempre había pensado que a las embarazadas les puede el instinto maternal y que sus deseos van más hacia comprar patuquitos y ordenar la ropa del futuro bebé. Quizás sea que ella no tiene tanto de matriusca, o quizás es normal, lo que es seguro es que sigue sintiéndose tan mujer como siempre y que sus apetitos de antaño se mantienen vigentes. Sin embargo ahora rechaza a su marido con más frecuencia. Conste que él no le hace ascos y todo indica que se lo pasa bomba cuando ella se anima a acomodar su inmenso cuerpo encima de él o cuando se le ofrece desde atrás, pero la verdad es que ella no se siente tan a gusto como antes y ahora le da bastante vergüenza mostrar su excitación. Ultimamente esconde sus deseos y se complace a hurtadillas, cuando no hay nadie en casa y puede relajarse a gusto.
Tiene las tetas preciosas ahora, redondas y bien gordas, con los pezones más oscurecidos. Además nunca antes estuvieron tan sensibles: no necesita más que soplarles para que se pongan en punta y estupendos. Se saca el sostén y las acaricia con suma delicadeza, recreándose en esa abundancia e intentando eliminar de su cabeza que la función de sus mamas será ahora hacer de biberones. Cuando por fin consigue centrarse en sus fantasías, coloca un cojín entre los muslos y se frota hasta alcanzar el clímax en apenas unos minutos de fugaces frotamientos, sin darle muchas vueltas al tema, casi disimulando ante sí misma.
Cuando termina respira hondo y se siente más relajada, pero le inundan las dudas y también surge algún arrepentimiento. “¿Qué clase de madre seré?” Esta embarazada, pobrecilla, vive su embarazo y su sexualidad en contradicción, cargadita de culpabilidad, pero bueno, por lo menos la vive.
Este cuento es una traducción de este otro en gallego, a ver si esta vez os convence más la traducción.
Resumen de la novela erótica capitulada Crisol Púbico.
De qué va Crisol Púbico:
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Encuentro erótico en los servicios de señora
(Os resumo escuetamente de qué va ésto: Estoy en una librería, llevo días deseando encontrarme a un profesor, al que sospecho le gustan las nalgadas porque me ha introducido en el género mediante los libros: Confesiones de Rousseau y El vicio Inglés de Ian Gibson). Después de mucha espera, por fin le veo.
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¡Ahí está! ¡es él!, es el profesor y me mira, me mira fijamente, con su barba y sus gafas. Se me antoja más apuesto que en nuestro primer encuentro, más alto, más corpulento ¡claro! hoy no va vestido de intelectual progre, hoy lleva traje de señor, con la corbata y todo. Está elegantísimo, cualquiera diría que va a dar una conferencia. Le sonrío y me responde con un leve gesto de cabeza que me señala los aseos. Entiendo muy bien que me está invitando a pasar a los baños, pero tengo dudas, al fin no le conozco de nada y me impone su presencia hoy, tan formal, y también su rictus, tan serio. Sin embargo, pese a la sobriedad de su cara, sus ojos muestran calidez, es una mirada amable en un rostro inexpresivo y esa combinación me resulta bastante irresistible. Repite el movimiento de cabeza, ahora más explícito, y ya, me decido. Me voy a animar a seguirle el juego.
Paso al baño de señoras. Una vez dentro no sé qué hacer, me miro al espejo, estoy toda colorada, pienso en refrescarme las mejillas pero no me da tiempo, él entra, esboza una breve sonrisa, me toma de la mano, entramos en uno de los aseos y cierra con pestillo. Por un momento se me ocurre que no es la primera vez que ejecuta este ritual. Allí estamos, frente a frente, en un cubículo tan pequeño. Se me acerca y yo cierro los ojos, entreabro los labios, para recibir el consabido beso pero no lo recibo, en vez de eso me gira ciento ochenta grados y levanta mi falda.
El corazón me va a mil por hora, una especie de nerviosismo me invade y me tiemblan un poco las piernas, apoyo mis manos en la pared.
Levanta mi falda, hoy mis bragas son de florecitas rosas, ¿le gustarán? Estoy de espaldas a él y no sé muy bien qué hace, supongo que me está observando. Entonces resuena el taconeo de una mujer que entra en el aseo contiguo y podemos escuchar cómo revuelve en su ropa y como cae el chorrito, sonido que mi acompañante aprovecha para zoscarme una fuerte palmada que me coge de sorpresa y a duras penas ahogo un “ay” . El profe se me acerca, siempre desde atrás: “¡chsss!” dice, y besa mi cuello con los labios húmedos, su barba cosquillea mi fina piel.
La del baño contiguo taconea yéndose y el profesor me susurra “¡sujétala!” Se refiere a mi falda, quiere que la mantenga subida hasta la cintura. Obedezco y él baja mis bragas. Lo hace muy cuidadosamente y las deja a la altura de las rodillas, entonces acaricia mis nalgas con suma delicadeza, repasa mis formas con las yemas de sus dedos. Su brazo izquierdo ciñe mi vientre y, con modales paternalistas, me insta a curvarme hacia adelante de modo que mis nalgas queden bien expuestas. De repente parece que le entrara apuro: plas-plas-plas-plas, azota con la palma de su mano mi desconsolado culo. Lo hace vigorosamente sin que medie medio segundo entre cachete y cachete, sin que me de tiempo a reaccionar. Me propina por lo menos diez palmadas sonoras. El dolor me obliga a rebelarme, pero me tiene bien amarrada con su brazo izquierdo y la capacidad de movimientos es mínima en un espacio tan pequeño.
No han sido más que unos segundos y ya cede, estoy un poco enfadada porque me ha hecho daño, casi me dan ganas de llorar pero, como si lo intuyera, vuelve a acariciar dulcemente mis nalgas, ahora muy calientes y sonrosadas. Quiero voltearme y me lo permite, le miro bastante avergonzada pero orgullosa, de frente, entonces, siempre mirándome, alcanza mi vulva con los dedos de su mano derecha. Mi humedad es evidente y ello me pone contenta pero a él más todavía, se le escapa un delicioso gesto masculino de satisfacción. Se ve que le encanta mi excitación y supongo que la achacará a la paliza, pero lo cierto es que esa calentura ya la traía yo puesta y se debe más a la situación en general que a los cachetes en sí. Trato de meter mano a su bragueta para corresponder a tan gratas caricias, pero me lo impide aun a pesar de que él no se priva de hurgar entre mis muslos. Intento que separe su mano, no es plan abandonarme aquí, pienso, pero él ignora mis remilgos y continúa, continúa y continúa hasta que no me queda más remedio que ceder al placer. Siento que mi orgasmo se expande entre sus dedos.
Entonces me besa, “dame tu lengua” dice, me la chupa, luego se agacha para quitarme las bragas, que están por los tobillos. Me levanta un pié, luego el otro. El profesor acaricia con sus manos la suave tela como si fuera un trofeo y, como si allí nada hubiera pasado, impecable todavía en su traje, se va con mis bragas metidas en el bolsillo.
Culo de hombre.
(Continuación de “El vicio Inglés”)
A veces, en la batalla íntima de los amantes, se producen escenas tan inauditas que sonroja revivir; secretos de alcoba opuestos al habitual decoro que causan un pudor tremendo al ser nombrados y que colindan el abandono absoluto. Sacar a la bestia es un acto de profunda confianza y en el secretismo tácito entre sus protagonistas reside el elixir mismo de la libertad.
Si me decidiese por narrar aquellos gestos entre en profesor filósofo y yo, si repitiese aquellas palabras, cometería un pecado grosero y no seré yo la que comadree frívolamente acerca de lo que aconteció en los amplios e impolutos baños de señoras de la librería. Lo que allí hicimos (¡ay lo que hicimos!) lo que allí nos dijimos en gemidos susurrados (¡Ay lo que él me dijo! ¡Ay lo que le dije yo a él!) he de reservármelo.
Sin embargo,
se me hace difícil callar momentos tan catárticos que han movilizado zonas en mí antes dormidas. He de desahogarme y me permitiréis que lo haga sublimando aquellas sensaciones que me invadieron con el filósofo. Me desfogaré narrándoos una fantasía con Víctor -el protagonista imaginario de Crisol Púbico-. Me desfoguaré por escrito como lo hice en la realidad con el profesor que me adentró en el gusto por la nalgada, la nalgada cabalgada.
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Leed:
“El culo de Víctor”, número 33, de la novela capitulada Crisol púbico.
El culo de Víctor es precioso, diríamos perfecto en forma, tamaño, densidad y frescura. No es sólo a Laura a la que le abruma ese trasero, cualquier mujer mínimamente sensual se acalora al visualizarlo. Son músculos que contraídos parecen rocas graníticas, relajados flan de huevo, golosina que tienta lamer. Piel tan engatusadora, que una se rebela ante tamaña perfección, que una no puede reprimir determinados pensamientos impuros.
Bonito es, con exceso, apetecible con derroche, ¡esa combinación entre dureza y elasticidad! ¡esa textura neumática! pero lo que de veras nos trastorna no es tanto su belleza como la indecencia que provoca, la obscenidad en la que nos envuelve aun a pesar de nuestra voluntad.
Para intentar explicar las locuras que desata la presencia cercana de ese culo viril, diré que una debe agarrar una mano a la otra para no alargarla y meter mano a esos glúteos calientacoños que invitan a ser pellizcados, cacheteados, rasgados con las uñas y mordidos con los dientes. Al principio nos sentimos confusas ante tal reacción de nuestro organismo, pero después de los primeros momentos se desencadena un derroche de lujuria absolutamente irremediable. Ese culo delante de las narices provoca un deseo tan violento que se nos llevan los demonios y una especie de fiebre nos invade, los ojos brillan lascivos, el paladar salivea, los labios de la boca se mojan y todas esas combustiones internas provocan que nos arda la concha, que chorree y se dilate.
Cualquier cosa puede pasar ¡Dios!, que nos encendemos con esas cachas, ¡joder!, que nos inflamamos, coño, que dan ganas de abrirlas, hostias, palmearlas con la mano abierta, la puta, escupirles, cojones, que qué mierda no tener una polla entre las piernas, joder, una polla de caballo para hincársela a este cabrón, joder, y follarme su culo con empitonadas que se claven en su alma.
Otras veces que me he desahogado en Víctor:
Cotilleo -padrísimo- (El gusto por la nalgada II)
(continúa desde “Donde menos se espera, salta la liebre“)
En la cafetería de la librería hay alguna gente, personas desconocidas que por algún motivo me resultan familiares. Me siento, miro la portada, leo la contraportada: “Rousseau es autor de escritos políticos capitales y de tratados filosóficos sobre la bondad natural del hombre … , bla, bla, bla”, abro el libraco -de unas mil páginas- paso del prólogo y voy directa a esas “Confesiones” de Rousseau, que comienza en su infancia. Llevo unas diez páginas del libro y después de avisar de que tratará de ser sincero en sus confesiones, suelta una tremenda campanada que llama poderosamente mi atención:
De igual modo que M. Lambercier sentía por nosotros el cariño de una madre, también tenía su autoridad, y la llevaba a veces hasta el punto de infligirnos el castigo de los niños cuando lo habíamos merecido… , ese castigo me encariñó todavía más con quien me lo había impuesto … porque en el dolor y en la vergüenza misma había encontrado yo una mezcla de sensualidad… ¿quién creería que ese castigo de chiquillo recibido por mano de una mujer fue lo que determinó mis gustos, mis deseos, mis pasiones, para el resto de mi vida?
Pero, ¿qué es esto que nos cuenta Jean-Jaques Rousseau? ¡su placer sensual pasa por ser cacheteado! Dios santo, nunca lo hubiera imaginado, ¿cómo es que no enseñan estas cosas en las clases de filosofía? me revuelvo en la silla, me acuerdo de vosotros: “¡Espera que se lo cuente a los tertulianos de Erotómana!”, levanto la vista del libro para frotarme los ojos por si lo que leo son alucinaciones y allí me encuentro al profe, dudando sobre dónde ha de sentarse, le saludo con una sonrisa pero no le doy pie a acompañarme, en este momento lo que leo me ha enganchado muchísimo y no deseo interrupciones. Sigo mi lectura:
…
En lugar de desvanecerse, mi antiguo gusto de niño se unió de tal modo
al otro que nunca pude apartarlo de los deseos que mis sentidos encendían … Así he pasado mi vida codiciando y callándome junto a las personas que más he querido. Al no atreverme nunca a declarar mi afición, la alimentaba al menos con relaciones que me permitían mantener su idea. Estar a los pies de una amada imperiosa, obedecer sus órdenes y tener que pedirle perdón eran para mí goces dulcísimos … por tanto, he poseído muy poco, aunque no he dejado de gozar mucho a mi manera, es decir, con la imaginación.
Flipo. Recordad que sigo hablando del influyente filósofo suizo, escritor de libros tales como “El Contrato Social” o “El Discurso sobre la Desigualdad de los Hombres”. Qué valiente ¿no? Bravo por él, después de toda su vida silenciando su placer, va y lo canta a los cuatro vientos para la posteridad ¡me conmueve tanto que haya limitado su goce a su imaginación!…
Leyendo tamañas intimidades de Rousseau, me he olvidado de mi entorno, de repente recuerdo al tipo que me ha recomendado el libro, lo busco con la mirada, ¡Oooh! Se ha ido. Lástima, me hubiera encantado agradecerle enfáticamente su recomendación. Rousseau me ha dejado meditabunda: ¿por qué resultan tan excitantes las nalgadas? ¿por qué se une tan alegremente el deseo a esa forma de sumisión en el caso de los azotados, a ese modo de dominación en el caso de los azotadores? Me dirijo a la caja, dispuesta a comprarme el libro, y cuando voy a pagar me dice la cajera:
- El chico que acaba de salir me ha dicho que si usted compraba “Las confesiones”, que le diera esto, la cajera me ofrecía un paquete con papel de su propia casa, es decir, el envoltorio de libro.
.
. Continuación: El vicio Ingles
Orgasmos de procedencia.
Todos, absolutamente todos, procedemos de una unión genital con orgasmo. Generación tras generación los hombres eyaculan con placer para procrear. Gozó el antepasado relamido cuyo retrato guardamos en el cajón y también el otro que era un borrachín y murió pisoteado por un caballo, todos ellos crearon historia descorchando con burbujas.
Es, sin embargo, una lástima no poder asegurar que devenimos del
éxtasis palpitante de todos los participantes.
De ellas, de las tatarabuelas, no podemos saber.
Espero que sí.
Yo creo que sí.
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.
Infidelidad moderada II. Un casado en cama ajena
(Si quieres leer la primera parte: Por qué es preferible un casado)
El caballero en cuestión me enamoró por su simpatía, por su amabilidad y buen criterio. Es un hombre atractivo, moreno equilibrado. Me buscó él a mí en el sentido en que me escribía y me enviaba canciones o melodías que terminaron por llamar mi atención y se entabló un diálogo mediante email del que a los que nos gusta leer -y escribir- somos tan aficionados.
Lleva toda la vida con su mujer, a la que quiere y con la que está muy unido según sus palabras. No parecía que le remordiera la conciencia al tirarme los tejos virtualmente cada vez con más alegría, y poco a poco, casi sin querer, fue creciendo la curiosidad y se fue acotando una fantasía y con ella el deseo.
Finalmente me decidí a coger ese tren que me llevaba a un pueblo intermedio a nuestros lugares de residencia y donde hay un motel precioso al que fuimos derechitos en su coche, sonrientes y muy contentos, ¡el contacto visual funcionaba!
Entonces nos pedimos una paella a la habitación -eran las dos de la tarde- y un rioja rico que tomamos en la mesa camilla al lado de la ventana y charlamos amigablemente hasta los postres. Ya entonces yo había colocado mis pies en sus rodillas para que los masajease. Mis piernas, vestidas con medias color vino con encaje en la altura de los muslos llevaban un rato con ganas de abrirse. Me acerqué a su boca y nos besamos con gran gusto y nos palpamos con gran deleite y me desnudó, empeñado en que yo alcanzara mi placer anticipándolo al suyo.
Este hombre, que hacía tanto que no cataba mujer que no fuera su esposa,

"El virtuoso" Sara Sandkova
gozó largo y tendido con mis esencias y rocíos, con la textura de mi piel, con mis formas femeninas, pero no consiguió que su pene aumentase de tamaño, ni cobrase rigidez. Su miembro se negó a estimularse. Supo hacerme gozar – ¡menudo abanico de recursos!-, y de llevarme una y otra vez allí donde les encanta llevarnos y nos chifla que nos lleven. ¡Vive dios que gocé de su cuerpo! varón sabroso, hombre viril. Lo pasamos de vicio, entre risas y caricias. No disponíamos más que de cuatro horitas que se esfumaron volando aunque, por otro lado, ese lápsus, intermedio extraordinario en nuestra rutina, nos cundió de lo lindo.
Pese a la alta dosis de excitación y a nuestra dócil sumisión al carpe diem, su falo persistió en una terquedad blanda. En la próxima entrega os hablaré de lo que considero han sido las causas de esta impotencia circunstancial que no es ni la primera ni la segunda vez que me encuentro, si no al contrario, es hecho habitual en encuentros fortuitos con exceso de excitación y está estudiado y analizado por un montón de licenciados expertos.
(Para leer el desenlace: Desarreglos sexuales de los casados infieles)
La tragicomedia en el sexo.
Otra entrada está siendo víctima de un ataque de spam (cialis, viagra, cialis, viagra, ¡qué pelmas!). La elimino y vuelvo a colgarla. Esta historia fue meneada en su día y me trajo muchísimas visitas. Aquí queda:
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La tragicomedia es un género poco común en el entorno de la literatura erótica, y sin embargo… ¡Tan habitual en la vida erótica de cada cual!
¿Acaso no es un drama que un hombre eyacule a borbotones en cuanto su capullo asoma en la vagina de la mujer? Es trágico, pero ¡qué gracioso ese hombre abandonándose todo del gustito que le da el acercamiento a vulva calentita!
¿Acaso no es una tragedia que alguna mujer insista en fingir sus orgasmos? Dramático, pero ¡qué enternecedoramente simpática con sus suspiros ensayados, con sus gestos forzados!
El video que sigue ha conseguido que me ria a carcajadas, pero también me conmueve este tortuguito cachondo, con sus gemiditos.



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