El mono desnudo. Desmond Morris
“El Mono Desnudo” es un estudio antropológico sobre nuestra especie. Un análisis del comportamiento y de la evolución genética del mono al sápiens. Explica por qué nos quedamos sin pelo, por qué los pechos de las mujeres han crecido tanto, por qué las mucosas de nuestros labios se han dado vuelta y la respuesta es que todas estas mutaciones se produjeron por y para el sexo. El humano -y la humana- somos el animal más sexual con una gran diferencia cuantitativa y cualitativa.
Morris, zoólogo, asegura que nos fuimos haciendo lascivos por necesidad de adaptación: cuando el mono se hizo cazador se vio en la necesidad de actuar en grupo, debía cooperar y desterrar la rivalidad que suponía la existencia un macho dominante, jodedor de todas las hembras. Para favorecer esta cooperación de machos, nada más efectivo que el que cada uno dispusiese de su hembra: un modo de evitar líos. Para que esta relación se mantuviese más allá de la época de celo y cría comenzaron a copular cara a cara y con ello apareció el enamoramiento, y el gran lazo afectivo que nos une a nuestra pareja.
Que seamos tan sensuales, además de enlazarnos a nuestro cónyuge mediante el deseo, nos puede llevar, como de hecho nos lleva, a desear a otros individuos. Para evitar una promiscuidad no favorecedora de la familia como empresa de cría y control social, el mono pelado ideó formas morales represoras de esa sexualidad bulliciosa.
Me interesó mucho este análisis antropológico sobre nuestra sexualidad. Mi resumen es cojo y escueto, pero el libro es de lectura sencilla al tiempo que esclarecedora.
Londres y el arte erótico
He ido de viaje a Londres, y una de mis ilusiones allí, fue recopilar nuevos conocimientos para mi divertida afición: las manifestaciones artísticas sobre la sexualidad humana.
Llevaba mucha ilusión por conocer Amora, un museo erótico interactivo ideado por médicos y psicólogos donde se podía, por ejemplo, meter los dedos en el ano de un maniquí masculino y rebuscar hasta encontrar el punto g: al alcanzarlo vibraba. El museo ha cerrado y me llevé un chasco morrocotudo en Covent Street, de arriba abajo sin hallar aquel estupendo parque erótico -ni el punto g del maniquí-.
No sucumbí al desánimo y me zambullí en las masas de gente ajertreada en ese metro que tanto impresiona a una pueblerina de aldea hermosa, y me fui al “British Museum“. Este enorme y completísimo museo es posiblemente el lugar donde se juntan más manifestaciones antropológicas del mundo, donadas o expoliadas en la tradición colonial inglesa. Manifestaciones artísticas desde la china Ming a la Isla de Pascua. Pues bien: cero representaciones del amor carnal, nada de erotismo explícito, ausencia total de la coyuntura humana o animal.
Ésto ya no es que fuera un chasco: es un fiasco.
¿acaso pretenden hacernos creer que todas las sociedades han tenido esta visión nuestra, obscena, de la cópula?
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¿no tiene derecho el ciudadano inglés y los turistas visitantes a conocer la verdad completa de aquellas gentes de culturas lejanas?
Mi empeño no cesó y entonces fui a por literatura erótica a la “Wellcome Library“, un lugar fantástico para los amantes de los libros, allí sí había tomos interesantes en los archivos, pero en la tienda no vendían ni uno, de modo que me quedé con las ganas: no soy tan friky como para irme de viajecito a Londres y encerrarme en una biblioteca a leer.
Pregunté al bibliotecario si existía en Londres alguna librería especializada: No, pero me envió a: “Soho Original Book Store“.
Allá me fuí, corriendo corriendo -para no perder el ritmo londinense- y encontré una estantería completa de libros: mucha foto y poca letra pero bueno, me compré cinco libros estupendos editados por Taschen a un buen precio.
Algo es algo, pero me esperaba más: al fin, internet es la gran mina, si no, mirad esta página, por ejemplo, sobre arte precolombino.



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