Sin
SIDA
Las prácticas sexuales contemporáneas están marcada por el SIDA, que es una de las primeras palabras que escuchan los chavales cuando se les habla de sexo. De hecho, creo que existe un vacío a la hora de ofrecer una educación sexual completa, y que ésta se ha sustituido por otra higienista. Padres, educadores y administraciones se fuerzan para ofrecer una serie de instrucciones profilácticas preventivas, obviando los beneficios de una sexualidad sana e insistiendo en sus peligros. Esto hace que en la mente se una la idea del sexo con la idea de contagio y genera miedo a la intimidad.
El SIDA, supuso un frenazo en seco, con marcha atrás, para los avances liberales de los años 60 y 70, donde había habido una apertura sexual sin precedentes, al menos sin precedentes en EEUU, que fue uno de los primeros paises donde la enfermedad atacó con fuerza.
Cuántas bonanzas trajeron aquellas décadas en las que las mujeres rasgaron sus sostenes y vieron el cielo abierto gracias a la píldora contraceptiva. Tiempos de sueños idealistas con el movimiento hippy proclamando el no a la guerra y el sí al amor, al amor libre con su lógica manifestación sexual. Toda una brillante corriente filosófica con una visión optimista de la sexualidad y un empeño serio por entenderla, mejorarla y disfrutarla -véase, por ejemplo, Master y Jonhson-.
Fueron épocas de frenesí copulativo en las que comenzaron a proliferar clubs nudistas, respetuosos con el medio ambiente y con los propios genitales. La gente se planteaba modos de vida alternativos, donde el matrimonio o el celibato no eran las únicas opciones. La sociedad se cuestionaba reflexiones impensables en las décadas anteriores, tales como el libre albedrío, el derecho al goce carnal y sus bonanzas para el sistema que, con gente de jodienda feliz, sería más justo y compasivo.
Toda aquella animada ola se fue ampliando y había llegado a los gays, anteriormente tan machacados, que habían sido considerados enfermos pervertidos y ahora daban sus primeros pasitos rompiendo tabúes,
con Freddy Mercury como abanderado que, orgulloso de sus apetitos, presumía de haber tenido más amantes masculinos que Ava Gardner y cantaba vestido de maruja “I want to break free” con su bigote.
Y entonces llegó el SIDA y el péndulo se balanceó de nuevo, esta vez hacia el conservadurismo más represor, a cuyos secuaces más radicales se les llenaba la boca hablando de castigo divino.
Cayeron homosexuales como fichas de dominó, otra vez repudiados, reforzadamente denostados por esa enfermedad con aurea de maldición que el gobierno norteamericano, encabezado por Ronald Reagan, ignoró hasta que el número de muertos se contaba por miles.
Cayeron maricones, drogadictos, prostitutas también, cayeron promiscuos y no tan promiscuos. Cayeron mujeres y hombres de todo el mundo, con mayor vehemencia, si cabe, en paises pobres y con otras culturas, donde el sexo no era tan tabú y no necesitaban de tanta filosofía para echar un polvo cuando les da la gana. Como las flores.
Parece que no hay datos para que podamos afirmar que el SIDA fue un invento maquiavélico ideado por ultramoralistas para cortar de cuajo tal efusión orgásmica, pero tiene toda la pinta, ¿no os parece? ¿soy muy mal pensada?

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