Memorias eróticas
The Gangters
Ésta historia tiene su origen aquí.
Aviso de que el argumento de esta fantasía es un cliché cinematográfico más visto que el tebeo. Para justificar la humillación intelectual a la que pienso abandonarme, he de explicar que yo fui una chiquilla televisiva, educada emocionalmente en las pasiones holliwoodienses de series y películas que atiborraron mi mollera de estereotipos. Veneno lúbrico que se ha instalado en mi inconsciente y ejerce una influencia directa en mi libido. Pero ¿sabéis? … si es lo que me pone, bueno ¿y qué? Lo mejor que puedo hacer es ser consciente de mi tontería y sacarle tajada. Leer más »
Imaginad el guión: yo era la chica de la peli, la preciosa y pneumática amante de Richie. Richie se moría por mis huesos -y por mis carnes-, pero era un pajarraco de cuidado que se había metido en trapicheos sucios y le debía mucho dinero a Freddy “el Cubata”. El Cubata, popular mafioso, capo corrupto con un físico espectacular, era el que le había fiado la pasta, y le urgía recuperarla.
Mysterious Erotic Fantasy. Parte I
Solo gracias a las fantásticas experiencias positivas que voy teniendo con mis amantes, dispongo del coraje necesario como para poner en práctica nuevas fantasías. La última que me he currado, un poco más pretenciosa que las anteriores, es de la que me dispongo a hablar. Para llevarla a cabo, lo primero fue agenciarme a dos compañeros de escena. Esta cuestión es primordial. En ellos recaerá el soporte de la tensión sexual. El primero que me vino a la cabeza fue Richie, uno de mis íntimos. Le expliqué a grosso modo de qué iba la fiesta. Leer más »
- ¿qué? ¿hay huevos?, le pregunté.
Se precisa un maharajá. En su defecto, uno que de el pego.
Para la fantasía Primavera- Verano 2011 preciso un socio con unas características concretas que paso a especificar sin mayores explicaciones – ya luego él y yo redactaremos la letra pequeña del contrato-.
El candidato ha de dar en el papel de hombre lo suficientemente maduro, entendiendo por maduro aquel que ha dejado tras sí un pasado lleno de vivencias enriquecedoras, que le hayan ido endulzando, como el sol hace con la fruta. Que no haya permanecido recluido en un invernadero -erotómanamente hablando- , pero que tampoco se haya chamuscado en los fuegos de la lujuria, perdiendo por el camino la ilusión por nuevas caricias emocionantes.
Que no esté ni gordo ni flaco -transijo con unos kilitos de más si son óbice del gusto por los placeres sibaritas del paladar-. Mejor moreno que rubio, mejor con pelo que sin él, mejor ojos grandes que chicos, pero bueno. Es fundamental, eso sí, que haya adquirido un cierto nivel cultural, a poder ser con conocimientos en arte hinduista, música carnátida, historia de las Civilizaciones, etc. Un tipo viajado y leído que sepa reír a carcajadas y hablar de tonterías.
Para dar en el perfil de maharajá, estaría bien que luciese barba -cuidada-. Perilla también se acepta. Limpísimo extra pulcro. Elegante en su atuendo, con más gusto por los tejidos puros -algodón, seda, lana- que por el detalle de la firma en la etiqueta. Se valorarán idiomas, puntuándose muy favorablemente los conocimientos en hindi.
Se mirará con lupa la experiencia erótico-sentimental, que será rigurosamente documentada por el candidato y deberá cumplir los siguientes mínimos.
Con el fin de que haya tenido oportunidad de formarse en el conocimiento del alma -y del cuerpo- femeninos habrá convivido con una mujer en contrato indefinido de larga duración, siendo indiferente si en calidad de matrimonio o de pareja de hecho. Si posee el privilegio de tener varias esposas -y cumple con la obligación de satisfacerlas- mejor que mejor. (*) .
Deberá tener, además, experiencia en alguna relación de amante estable – entendemos por relación de amante estable, esa en la que se ha gozado de un conjunto abundante de envites sexuales, en los que se ha evitado hacer planes de futuro, limitándose al goce del aquí y ahora-.
Sería positivo que tuviera, además, cierta experiencia en algún encuentro fortuito -aquí te pillo, aquí te mato- y en algún juego de rol sexual.
Es condición si en qua non que a día de hoy su vida sentimental esté resuelta. Bien que haya sufrido las puñaladas del desamor en el pasado, pero el asunto ha de estar completamente superado. Que tenga una concepción limpia, sana, preciosa, de la mujer.
Bravo si es enamoradizo y apasionado, pero es fundamental que haya aprendido a lidiar con los sentimientos amorosos que desencadenan las caricias. Que sepa mantener – al dente- ese especial estado de bienestar que genera en la mente un excitante juego de a dos.
Que sea un erotista generoso con su tiempo -y recursos-, que sepa trasladarse a edenes de ilusión llevándose consigo a la mujer, a la que devolverá feliz a su vida, y dejará después tranquila, preñada de buenos recuerdos.
(*) Se aceptan cartas de recomendación de esposas y amantes.
(**) Para facilitar el proceso de selección, se ruega a los candidatos que no cumplan -punto por punto- las características requeridas, se abstengan de enviar currículum.
El alemán. Segunda parte.
A ver. Lo intenté. Os juro que resistí y por un momento me vi vencedora. Cuando se me acercó y con su voz germana dijo “¿Susana Moo?”, mi corazón dio un brinco, pero fue sólo porque nadie me llama Susana Moo en vivo. Cuando se agachó -es un gigante- para darme un par de besos y percibí el aroma de su cuello, mis glándulas papilares no se humedecieron más de lo habitual. Cuando apoyé mi mano en su hombro e intuí la fortaleza de sus bíceps, me mantuve en mis 13. “No sex interferetion”, y conseguí relacionarme con él de colega a colega. Ni me dejé impresionar por su interesante rostro viquingo, ni estuve pendiente de si el mío le hacía tilín o tilán.
Charlamos como verdaderos camaradas, muy en confianza, de nuestras comunes aficiones. Ciertamente el tema “sexo” fue el predominante, pero en plan natural, sin segundas lecturas. Daos cuenta de que el proyecto Erotómana requiere grandes dosis de curiosidad. He de indagar sobre asuntos tales como la frecuencia masturbatoria o los estímulos eróticos que afectan a un ciudadano de la U.E.
- Háblame de tu pene, me interesé.
La pregunta iba por cómo le funcionaba, si había sufrido algún episodio de impotencia, eyaculación precoz … pero él me hizo una minuciosa descripción digna de la famosa precisión germana, que me obligó a tragar saliva. Pero ni con esas. Mi autocontrol me satisfacía y me encontraba alegre.
Así fueron pasando las horas y yo ya me estaba poniendo medallas cuando le dejé un momento para ir al w.c. Entonces comenzó una lucha dialéctica interior entre mis yos.
- Anda que te estás luciendo, menuda ocasión para empezar a ser puritana, dijo mi yo más hedonista.
Odio la palabra puritana y me revolví.
-¡No es puritanismo!, argumentó mi yo epicureo, es una moderna concepción de las relaciones entre los sexos. Todo va bien, estoy manteniendo una estimulante conversación. No necesito más para que sea perfecto.
- Te auto engañas. Obsérvanos, nos estamos poniendo cluecas.
Efectivamente, hube de reconocer que la compañía había animado, gotita a gotita, la zona perineal de mi cuerpo.
- Lo que sucede es una reacción hormonal del organismo, dije estoicamente.
Pero la bicha, lejos de tirar la toalla, insistía:
- Nos morimos de ganas de hincarle el diente a este pollo.
Esta idea tan concreta consiguió aunar opiniones.
- Sí, tengo ganas de hincarle la muela al pavo, pero en cualquier caso no he sido yo la incitadora, él me está tentando. Se debe de pensar que ganar el jubileo transige ciertos preceptos carnales. Esto lo dijo, evidentemente, la más moralista, esa a la que todavía le pesan las tentaciones y los preceptos- ¿te crees que es casual ese modo de apoyar los antebrazos en la mesa? ¡ja!, ¡esas miraditas!
¡Ah! ¡cuánta ruindad! Con qué facilidad manipulamos nuestros principios con el fin de acercar la sardina propia al ascua más templada. Mis argumentos, ahora lo veo claro, poco distaban de los de un camionero de los que gustan decorar el parabrisas con churris.
Estos momentos de crisis existencial que las mujeres contemporáneas vivimos, nos llevan a oscilar entre filosofías divergentes. Defendemos dogmas de feministas radicales y adoptamos relajos de conejita play boy. Ora gana una, ora gana la otra. En aquellos momentos ambas mostraban su cara más frívola.
Me solté la melena. Comencé a mirar al alemán como un cacho de carne fresca. Yo ahí, observando los movimientos de su sensual boca, debatiéndome en un mar de dudas de si mascar o no mascar sus labios. Cuestionándome si de este políglota me atraía su gran cultura y agradable conversación o si realmente lo único que verdaderamente me interesaba era si sabría conducir debidamente a una mujer al orgasmo con la lengua.
Abreviando: hubo lío.
Bueno, realmente no. O al menos no del todo … digamos que no estrictamente … Buff, estos replanteamientos vitales me tienen muy descentrada. No sé. No sé si me vaya a animar a narrar el último capítulo de este episodio. Me da palo.
Soll ich ihn ficken? (El alemán. Primer parte)
Citarme personalmente con alguien que he conocido virtualmente me pone nerviosa siempre, pero si voy como Susana Moo me da un corte que no os hacéis idea. Es una situación que evito y todas las veces que me he animado a dar la cara me ha atacado la inseguridad, ya no solo porque resulta surrealista que alguien conozca mis fantasías al dedillo antes de saber sobre mí, sino porque me flagelo pensando que mi yo real va a desmerecer al personaje. Es mucho más confortable para mí ser la mujer que soy y dejar a Susana en el blog, pero a este “marinero” en cuestión me apetecía mucho conocerle porque admiro su actividad artística.
Resulta que es un músico noreuropeo, muy espiritual él, especialista además en literatura hispana, y que tiene el buen gusto de refrescar su español en Erotómana. Le dio por hacer el camino de Santiago y me invitó a acompañarle en su jubileo. Me apeteció y me dije:
- Venga mujer, aprovechate del “tirón Susana” para conocer gente interesante.
Y me animé, pero esta vez no quería lío, y se lo dije:
- Encantadísima de quedar contigo, pero ojo que no quiero lío.
- Ok, ok, dijo.
Os preguntareis porqué decidí eliminar el ligoteo del catálogo de posibilidades. Pues hay varias razones, pero la más importante es que me estoy trabajando para cambiar algunos matices de mi personalidad. Estoy en pleno proceso de renovación interior. Todo lo que leo y escribo, todo lo que comentamos aquí, no cae en saco roto. Después de aquella reflexión sobre la necesidad inconsciente que padecemos muchas mujeres de poner constantemente en la palestra nuestra capacidad de seducción, me siento con nuevas municiones sicológicas para enfrentare a un hombre sin la obligatoriedad auto impuesta de estimular su bragueta. Mi problema no radica en el abuso de una promiscuidad indeseada, si no en el coqueteo sin ton ni son que, de vez en cuando, me ha llevado a situaciones indeseadas, y a arrepentirme de mezclar ajos con cebollas. Y ya está, quiero ser consciente de mis deseos y no dejarme llevar por la vanidad que supone atraer a alguien sexualmente. Quiero ser capaz de establecer nuevas relaciones con los hombres.
Ésta era una oportunidad de oro para comenzar a practicar mi nueva política social, y allí me fui, con la firme voluntad de conseguir mantener una amistad a secas con un hombre, una amistad sin retintín.
Empecé por no arreglarme en exceso. “Arreglar algo”, supone que eso está estropeado, y ¡ahí!, ahí radica el eterno escollo. Que nos creemos las mujeres que nuestra feminidad natural necesita ser reparada con parches varios, a saber cosméticos, joyas …
Vistiéndome, me dí cuenta de que no me resultaba tan sencillo librarme de los estereotipos opresores a los que he estado expuesta durante tantos años, y me cambié de ropa por lo menos cinco veces. Al final cedí un poco y la interior me la puse preciosa -¡ay esa seguridad basada en el objeto!-, y la exterior corriente y moliente. Laqueé mis uñas de manos y pies sólo con brillo -¡ay esa seguridad basada en el fetiche!-. Y en el rostro me puse exclusivamente carmín -clarito-. Pelo recogido, y prometo que el tacón era bajísimo. Allá me fui, mentalizándome de que puedo resultar encantadora sin contar con mi sexualidad cascabelera como aditivo indispensable para interesar al sexo opuesto.
Por momentos me atacaban ideas castrantes, “ ¿qué ilusión se habrá hecho de Susana Moo? ¿esperará una mujer explosiva? ¿le decepcionaré?”, pero lograba neutralizar los ataques de la “quejumbrosa mujer antigua”, contraatacando con argumentos más acordes con mi moderna feminidad post-feminista. “Si no le gusto, a mí: plin. No voy a intentar seducirle. No tengo porqué seducirle. Mi interés no está en resultarle atractiva, ¿qué más me da si le parezco horrible mientras podamos charlar amistosamente de música y de literatura que es lo que a MI me apetece?”. Me lo decía en inglés, “Sex is not the only way”, me lo decía en alemán, “Sex is nicht die einzige wahl” y en gallego “Se non lle gusto, que mexe!”. Esa era mi letanía cuando le vi acercarse de lejos. No me preguntéis porqué supe que era él, pero lo supe. Entonces me dije ¡olalá! y luego, ¡aupa nena, tu puedes! …
…….
Y bien, ¿tenéis fe en mí? ¿fui capaz de resistir aquel impulso, de nombre vulgar?
Venga, os lo cuento en cuanto tenga un puñado decente de apuestas.
.
Mi querido amigo
La amistad es un don que nos engrandece y yo me vanaglorio de tener un amigo en el que confío y con el que siento gran empatía. Le cuento mis intríngulis, me quiere tal como soy y yo le quiero a él, toda su persona, con sus secretos.
Nos vemos poquísimo, nuestras respectivas circunstancias nos obligan a ello, pero no importa, él tiene su vida, yo tengo mi rutina. Mantenemos contacto intermitente a través de la Web. Es muy tierna nuestra amistad. Nos miramos de frente mi amigo y yo ¡cuán sanadora es esa confianza! No hay ilusiones recónditas, aspiraciones sentimentales que nublen nuestra bella relación, plena de sentido. No, no hay turbulencias que puedan enturbiar esta amistad relinda en la que derrochamos ternura, ternura hasta más allá de las estrellas.
Y no nos da la gana de renunciar a la materialización de la expresión sensual de nuestro afecto. Cuando nos vemos, lo convertimos en una fiesta de champán y cerezas, en una verbena de confidencias, sonrisas, besos y abrazos. No nos llegan las palmas de las manos para acariciarnos el pelo, los hombros, las mejillas. Nos besamos la boca mi amigo querido y yo, nos quitamos la palabra de la boca ¿cómo podría negarle mis labios?, ¿cómo podría reprimir la alegría que me supone abrir su camisa y arroparme en su torso masculino? Su abrazo me cobija y me sumerge en un mundo de paternal protección ¿a santo de qué habría de negarle yo a él la suavidad de mis senos? ¿podría yo mostrarme tan mezquina como para no acurrucarle entre ellos ? ¿acaso podría yo ser tan avara como para reservar mis pezones? que goce, que le alimente mi calor ¡que jueguen sus manos! ¡que retoce su mentón! qué disfrute como un niño chico, él, que es tan grande.
A veces se excita mi amigo, a veces yo también me excito. Los dos somos bastante apasionados y es una reacción lógica al hecho de estar tan a gustito. Su trempera no me resulta inoportuna ¿ habría de serlo? ¿qué mal puede haber en que desabroche su pantalón y acaricie su sexo? ¡su preciosa verga amiga! Es suya, es la de mi amigo querido y me agrada acariciarla, ¿debería sentirme culpable por lamer con todo mi cariño su pequeña cabeza calva? ¿por qué habríamos de rechazar el placer físico? ¿acaso es más turbio que el espiritual? ¿quién dicta que no podemos celebrar nuestra unión libre con el orgasmo? ¿por qué vetarnos ese brindis?
Agasajo a mi amigo con mi mejor sonrisa en la cara y le agasajo con mi resplandeciente sonrisa púbica. Así escribimos nosotros la letra pequeña de nuestra relación, y es algo que sólo a nosotros compete, a nosotros dos.
Mi pulsión creativa: una dieta rica y variada.
A veces me escriben admiradores que me felicitan por el blog. Una de las cosas que más suele llamarles la atención, es cómo me las apaño para generar tal profusión de historias. Yo les respondo sinceramente agradecida pero amablemente esquivo la pregunta. Me zafo porque si fuese sincera y contase la verdad daría pie a que pensasen que soy una pirada extravagante. Pero aquí, donde me siento tan querida, me voy a animar a responderla. Aun a riesgo de que me tomeis por una excéntrica, voy a contaros de dónde chupo la inspiración.
Efectivamente: la felación me inspira. Desconozco los motivos, quizá sea por el masaje que la frotación produce en el paladar – que está tan cerca del cerebro-, o puede que sea que las glándulas papilares estimuladas generen a saber qué hormonas creativas, o a lo mejor la explicación es que chupar nos regresa a estados mentales antiguos, o que el ejercicio de succión implementa un activo natural en las neuronas. Cabe la posibilidad de que mamar sea la versión porno no censurada del cuento de la lámpara de Aladino y que los penes frotados liberan al genio. Sea como fuere, el caso es que a mí me funciona.
Las bonanzas de una buena polla, entendiendo por buena polla una de esas que proporcionan una copiosa sucesión de ideas, no depende de su fisionomía, no hay que fiarse de las apariencias. Hay pollas-trampa que parecen muy salerosas y al final son sosísimas, hay otras a priori pluf, que van y resultan yeah. Las hay que no son capaces de ofrecer más que ordinarieces, y están las peores, esas que proporcionan contenidos tan tostones que no te queda más remedio que abrir un poco más la boca y bostezar disimuladamente. Y en cambio hay otras que son la repanocha, que poseen el don de inspirar historias tronchantes, hasta tal punto de verte forzada a echarlas a un lado para soltar la carcajada. Si la polla es de sobresaliente, las ideas surgen en catarata con tal profusión que no queda más remedio que solicitar al dueño del maná, si no es mucha molestia, que entre chupetón y chupetón se me permita tomar notas, para aprovechar bien todo.
Y bien, ese es mi secreto de erotómana creativa, es algo que va conmigo, no me puedo resistir a mirar a los hombres y tantear mentalmente, hacer mis cábalas ¿merecerá la pena hacerle una mamada a éste? o ¿supondrá una absoluta pérdida de tiempo?, ¿es posible que este señor tenga una de esas vergas capaces de iluminarme una buena novela?
Accidente. Parte II
Primera parte de esta historia
A mí me sucede que dudo y dudo, pero tiro palante. Es como si tuviera dos ángeles interiores, el uno, muy riquiño, alado, me anima a desabrochar braguetas. El otro, cornudo y maléfico, me da la vara: “¿te vas a tirar a este? ¡pero si es un pelele, si se ve a las leguas no ha oido hablar de Saramago en la vida!”
Con el come-come todavía en los sesos, pero sin perder el ritmo del improvisado fado, subí con el portugues al hotel y descorchamos el champán y ese momento fue muy bonito porque brindamos:
- Por ter-me tropeçado com uma mulher tão bela.
Y yo:
- Porque estamos vivos.
Y ya, me tomó las manos y las besó en la palma. Con ese breve gesto de ternura, entramos en materia.
No puedo decir que éste haya sido “the fuck of the century”, ni él estuvo estupendo, ni yo me esmeré demasiado. Ni siquiera su culo, una vez desnudo, era para tanto. Y no fui capaz de correrme. Podría inventarme otro final que os dejase a todos pasmados y/o muertos de envidia, pero no ha lugar. El luso cumplió, fue muy atento, la verdad, muy complaciente, digamos que su actitud era idéntica a cuando en la cafetería cubríamos los pepeles. Un buen tío, con su pene ahí, erecto a mi servicio, “Como você disponha”.
No estuvo mal, diréis, y no, no estuvo mal, de hecho ahora me vienen a la cabeza algunas imágenes de alto voltaje, como cuando por motu propio me volteó y se agachó y me regaló mil y una delicias desde allí atrás, sin verle yo la cara. Pero es curioso, me excita ahora más al recordarlo que in situ, que parecía como si estuviera viviendo todo en diferido, a cámara rápida.
Este accidente – con condón- me ha dejado meditabunda y tengo ganas de hablar de mí, de entenderme ¿qué pasa conmigo? ¿por qué soy como soy? ¿por qué actúo como actúo? ¿por qué quise ir a la habitación de hotel con este chaval que, seamos francos, ni me iba ni me venía?
Mañana trataré de explicar este mecanismo de acción sexual que nos incumbe a muchas mujeres, y quizá también a algunos hombres.
Dos accidentes. Parte I
Amigos, amigas, hoy estoy aquí de milagro. He tenido un accidente de tráfico aparatosísimo. Pero no os preocupéis, me encuentro perfectamente, un poco emocionada después de los acontecimientos tan intensos que me han tocado vivir ¡qué susto! Hoy estamos y mañana no y, de repente, valoro más que nunca encontrarme aquí, en compañía, en vez de ingresada en la planta de traumatismos o lo que sería peor, en la fría tumba de piedra, con todos esos difuntos alrededor. Uff, ¡meigas fóra!.
El crash fue en un cruce y la culpa la tuvo el otro, que se comió el semáforo en rojo y me embistió de lleno dándole un bocado inmenso al lateral derecho de mi coche. Me puse nerviosísima, me temblaban las piernas, las manos y mi cerebro estuvo unos diez minutos absolutamente atontado. El del otro coche resultó ser un portugués joven, que se puso tan flan como yo. Aceptó su culpa y me pidió disculpas. Sí, asumía toda la responsabilidad, pero no llevaba la documentación encima y se ofreció a darme su teléfono para enviarme los datos con posterioridad. Nanai del peluquín. Aun a pesar del atolondramiento general, aun a pesar de que el tipo parecía honesto, como buena gallega desconfiada, decidí que mejor le acompañaba a buscar su documentación para cubrir el parte amistoso hoy mismo, en caliente.
Debía dejar mi coche en algún sitio y le pedí que me siguiera con el suyo hasta mi taller habitual. Memoricé a toda velocidad su matrícula, por si se daba a la fuga, pero resultó ser un exceso de celo por mi parte. Allí fuimos, yo con mi coche destartalado a quince por hora y él detrás en el suyo, como un corderillo. Lloré un poco ahora que estaba sola y eso me tranquilizó bastante. Una vez mi coche en manos de mis mecánicos de confianza, me subí al suyo para ir hasta su casa donde decía tener el papeleo y donde podríamos cumplimentar el parte amistoso.
“¿Me estaré pasando de confianza?” me dije una vez sentada en el asiento de copiloto, observando de reojo al portugués -que tardó en ponerse el cinturón de seguridad-. A primera instancia no me había resultado atractivo, pero a medida que pasaban los minutos, y gracias a que se comportaba de forma tan amable, le fui viendo con mejores ojos.
Llegamos, aparcó, bajamos,
- Você fique na cafetería que eu venho agora com a documentação.
- Vale.
Vi como se alejaba y mira qué culo. Fuí al baño y con mi kit de urgencia recompuse mi rostro y mi pelo y, ya puesta, desabroché el botón superior de mi blusa, el que deja ver el comienzo del canalillo, que es una carta de presentación fantástica. Una nunca sabe detrás de qué puerta se esconde un buen polvo.
Volvió con su estuche y nos llevó un rato cubrir los apartados del parte. Hicimos el croquis de los hechos y él firmó su culpa, con que ya me distendí. Al haber visto todos sus datos supe que era dos años menor que yo, que era de Oporto y que trabaja aquí, en la construcción, charlamos un poco, me dijo que tenía un hijo adolescente – que debió de tener siendo jovencísimo- y charla que te charlarás me di cuenta de que le apetecía tanto como a mí abrazarnos, festejar la vida, espantar al meigallo.
- Muchas gracias por todo, le dije, así da gusto tener accidentes.
- ¿quer que a leve a algun lugar? Eu hoje já não trabalho.
- Pues no se me ocurre, yo tampoco pienso ir a trabajar.
Entonces entré al trapo, sin pensar en las consecuencias de mis palabras:
- Esto merecería … Imagínate que se me ocurre homenajearnos con una botella de champán e ir a algún sitio para celebrar que estamos vivos – a veces ni yo misma me creo lo bicha que puedo llegar a ser-.
Se puso serio, titubeó, “vamos, vamos”, y ya se levantaba corriendo. Pero yo:
- No hombre, ¡era broma!, dije, zorra hasta la muerte.
- Não, não, vamos comprar champanha, me cogía de la mano. Noté la aspereza de la suya.
Hala. Ya. Tenía lo que quería, ¿era realmente lo que quería? Allí estaba yo, en un supermercado comprando cava con este héroe del andamio y mira qué casualidad, allí enfrente hay un hotel, ¡anda sí!, ¿vamos? vamos.
Mientras los acontecimientos se precipitaban, en mi interior comenzaban a surgir dudas ¿estás segura de que te apetece, Susana? A ver, bonita, no tienes necesidad ninguna, piénsate lo que haces ¿no estás yendo en plan “poner una nueva muesca en la solapa”? ¿de veras te apetece este portugués?
Sumisión en rosa. Parte II
(viene de aquí)
Voy a detenerme contando detalladamente cómo iba vestida, porque la parafernalia es muy importante en este tipo de juegos, y voy a describir mi indumentaria de modo inversamente proporcional a como fue descubierta por Él. La primera capa de la cebolla engalanada en la que me había convertido era un corsé de raso color rosa fucsia, de esos que elevan los pechos hasta lugares imposibles y que llevan ligueros incorporados, los corchetes de las tiras sostenían unas medias transparentes vintage con corazoncitos en negro opaco. Por encima de las ligas, bragas de blonda a juego con el corsé, y después un pichi lila de seda con detalles en terciopelo rosa, el cuello mao, cremallera a la espalda. Por último un abrigo de entretiempo rosa palo de solapas con cinturón cruzado, botines violeta de tacón medio y pashmina rosa chicle. Como peinado, una simple cola de caballo bien alta, pendientes de bolita rosa pastel, anillo a juego, manicura y pedicura -esmalte rosa salmón-, el rostro levemente retocado: máscara de pestañas, carmín brillante, colorete rosa piel.
Bien cumplida la hora fijada para nuestra cita, allí me tuvo esperando un ratazo, sentada en un banco de fría piedra hasta que aterrizó con su super cochazo y, sin apagarlo, bajó demorándose, abrió la puerta trasera y me hizo un gesto con la cabeza para que me acercara. ¡Caramba! Venía de punta en blanco, entrajetado, engominado y serio como una patata.
Resultaba más atractivo en persona que en fotos, se había dejado bigote lo cual le daba un aire fascistoide muy propicio y llevaba el pelo repeinado con brillantina al más puro estilo capo mafioso.
No me besó de bienvenida, apenas permitió un leve roce de mis labios en su mejilla- olía genial-. Abrió la puerta trasera del coche y dijo:
- Quítate el abrigo y pasa.
Obedecí, me desprendí del abrigo y también del pañuelo. Me miraba insolentemente de arriba abajo con gesto hostil, casi enfurruñado. Semejante impertinencia en otras circunstancias me hubiera molestado mucho, pero esta vez entendí que así debían ser las cosas y entré en el coche alegremente. Me senté en el centro. Él se quitó la chaqueta del traje, se aflojó la corbata antes de arrancar. Después cogió el volante con ambas manos y pude fijarme bien en sus fuertes puños. Arrancó y todo parecía ir sobre ruedas … si no fuera por mi risa boba. La risa puede aguar una situación así. Por fantástico que sea reírse, por muy divertido que resulte carcajearse, no casa ni con cola con el juego planteado, de modo que hice esfuerzos por controlarla.
Observé cómo colocaba el espejo retrovisor para poder verme -la cara- y yo le miraba a sus ojos enmarcados en el espejo de frente y venga a escapárseme la risa tonta, la carcajadita nerviosa. Él sí lograba identificarse con el rol de amo cabrón; y su cara de reproche no tenía desperdicio, mi cachondeo le molestaba y me miraba censurando mi ligereza con ojos severos. Entonces dijo algo que dio en el clavo, frase fundamental que encaminó la fantasía por el sendero deseado.
-¡Baja la mirada!, ¡no me mires!, ¡Baja la mirada!
Mano de santo. Parece increíble lo muchísimo que una postura visual puede llevarnos a una determinada actitud.
Mirar al suelo, cabeza gacha, mientras ejecutaba los caprichos de Mi Señor, logró encaminarme adecuadamente a ser esa dichosa mujercilla a la que obligan a orgasmar una y otra vez para dar gusto a un sinvergüenza voyeur que disfruta mirando agazapado tras el espejo retrovisor, porque durante el trayecto en coche, mi Amo modificó en varias ocasiones la orientación del espejo para devorar con sus ojos, lascivamente fríos y penetrantes, los movimientos de mis manos, que él -con voz firme- iba dirigiendo.







RSS



