Erotómana

SusanaMoo

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Erotómana » Memorias eróticas

Memorias eróticas

25

Nerviosa, excitada y preciosa.

Publicado por Susana Moo
17 agosto, 2012

Este cuento empezó aquí

Zulema me espera a las siete menos cinco de la mañana con la melena alborotada y esa deliciosa expresión de vulnerabilidad que tienen los que recién se han despegado de la almohada. Me hace gestos para que entre en el porche. Nos abrazamos, qué calentita está, blanda y mullida.

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26

Deberías compartir a tu chorbo.

Publicado por Susana Moo
12 agosto, 2012

- Deberías compartir a tu chorbo.

Dejo caer la idea como si nada. Las dos, Zulema y yo, apoltronadas en nuestras respectivas tumbonas, ataviadas con coloridos bikinis y enormes gafas de sol, nos embebemos del calor mientras observamos a su chorbo chapuzando en la piscina. Zulema no se digna a responderme hasta cinco minutos más tarde.

- ¿compartirlo?

Durante esos minutos el chorbito de Zulema ha estado practicando su salto con voltereta desde el trampolín, ha nadado y buceado y ahora hace estiramientos musculares porque siempre se queja de no sé qué contractura en la espalda, espalda que más que contracturada parece cincelada en piedra.

- Sí, compartirlo, le digo, compartir entre mujeres lo que a cada una nos ha sido otorgado.

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21

Ni polla en la olla, ni coño en el chollo.

Publicado por Susana Moo
2 febrero, 2012

En el curre han acogido de mil amores la ola tijeretazo y, entusiasmados, se han cargado unos cuantos puestos de trabajo de calidad e inmediatamente han contratando mano de obra barata. Para fastidio de mi rutina, me han endosado como aprendiz a uno de estos esclavos de la era moderna.

- Susana te lo enseñará todo, que es una veterana, le dijo Eustaquio al pobre pringao. Y el pringao, que curra la de cristo es dios, se ha convertido en mi sombra. Se muestra tremendamente receptivo a todo lo que le explico, el más rápido en responder al teléfono, el primero en llegar a la oficina, el último en salir, entusiasta de los informes jurídicos, y jamás muestra señales de fatiga … ¡ah, los tiempos! Parece que toca lamer culos para conseguir un puestecito. Conste que yo no permito que me lama:

- ¿Te subo un coffee Susan?

- No, gracias.

Se va a por su café a toda prisa para no perder ni un minuto extra, caminado veloz con sus glúteos apretados, sin olvidarse de saludar a todo el que se topa por el camino. Es mono Adrián, tiene veinte años. Ni diecinueve, ni veintiuno: veinte. Vaya por delante que yo siempre he preferido uno de cuarenta que dos de veinte, y que me la suda la exuberante juventud de Adrián … transpiración similar a la que debe sentir él por mi exuberante madurez. Me tiene por una veterana a la que complacer, como si yo tuviera algún cuchillo para cortar el bacalao de su futuro laboral, me trata con la amabilidad y docilidad con que trataría a la hermana soltera de su madre, esa que a veces se enrolla y suelta un billete de propina.

Le han puesto una mesa a mi lado y ahí le tengo, todo el santo día a la verita mía, erguido y diligente, que debe tener unos abdominales tope firmes para mantener la columna tiesa tantas horas. Es uno de esos chicos que se pueden permitir lucir cinturón, prenda que tanto excita la fantasía del desabrochado. Si procediésemos al desabrochado, apuesto que nos toparíamos con calzoncillos slip estrechos. Y debajo, un pubis velludo de los que la mata sube en forma triangular haciéndose el ángulo más y más agudo hasta llegar al finísimo vértice situado en el ombligo. Luego, ni rastro piloso en el tórax. Le pega tener mango generoso, pero ¿quién sabe? La verga de cada hombre, hasta que se manipula, es un misterio siempre. Lo que sí que debe ser es un fierecilla en la cama. No tenemos más que extrapolar a la jodienda la vitalidad que pone en el quehacer burocrático: personalidad hiperactiva tendente a la precocidad. Claro que, a su edad, se reirá él de la precocidad, eso debe ser sesión continua de up & down, una de esas pichas pitching ball que la tumbas pero no consigues dejar KO, rápidamente se reanima.

- ¿Me revisas este informe, Susan?, me pregunta Adrián dirigiendo su mirada hacia mí con cara de importancia. Qué manera de ignorar mi feminidad, para este tipo soy transparente, no tiene ni idea de las voluptuosidades.

¡Ay neniño! Cuán en la Inopia andas, cuántas cositas te podría enseñar yo y qué bien te vendrían para la vida. Pero qué va, qué va, aunque yo me haya explayado describiendo las presuntas delicias, los atributos de Adrián, no tengo intenciones aviesas para con él ¡ni hablar del peluquín! Y no es que tire la toalla, que mi manga todavía guarda un tesoro de recursos que podría emplear para incentivar el estimulante juego entre adultos. Pero dado el contexto hostil, dado su imperioso afán monodireccional por conseguir que le renueven el pseudocontrato temporal de aprendiz a becario, no procede. Y cuando no procede, hay que saber inhibirse. Tal y como vienen los tiempos, tal y como nos la van metiendo doblada, no nos podemos permitir mamoneos, ni devaneos.

Mènage á moi. George Pitts

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27

Todo polvo requiere un proceso de adaptación.

Publicado por Susana Moo
3 noviembre, 2011

coito 17 Fréderic Delangle

(Esta historia empezó aquí).

No sé si coincidís conmigo en que la acción sexual desvirtúa de tal modo las percepciones conscientes, que resulta harto complicado relatar la secuencia exacta de los acontecimientos. De mi  envite con Fausto recuerdo que desde el momento en que me dijo aquello de: Susana, ¿me permites llevarte a un lugar con cama?, pasamos por varias fases. Al principio estábamos un poco eufóricos, él tal cual como si le hubiese tocado la chochona en la feria, muy elocuente y divertido, pero pelín histriónico.

Luego, después de que ambos comprobamos el inventario de haberes en el cuerpo del otro, testificando las calidades, nos pusimos trascendentes. Él dominante en el sentido de que era el que tomaba iniciativas. Me besó, me mordisqueó, cosquilleó, frotó y masajeó y todo con mucha devoción, con una especie de veneración por mi femineidad que rayaba lo pedante, pero que consiguió mi entrega. También me besó los pies, pero eso fue anterior, cuando me tumbó en la cama y me sacó toda la ropa antes de descalzarme. La función estaba siendo intensa, excitante sí, pero ¡tan operística! Entonces fue cuando se me ocurrió lo del regalo.
- Te voy a hacer un regalito, para que tengas que contar a los colegas del parque, dije y recuerdo bien estas palabras porque yo ya había disfrutado de un orgasmo y me encontraba más cabal. Pero se ve que la idea del parque no le hizo pizca de gracia porque se revolvió como un potro espoleado y por fin dejó de tratarme como a una diosa neolítica para infringirme una penetración que ¡epa! ¡quieto toro!
Luego descansamos un rato -causa de la naturaleza masculina-. Llegamos incluso a dormir pero nos despertamos con renovadas inflamaciones.

- Ahora toca mi regalo, dije, y le quité su laureado reloj de jubilación. Me dediqué a pulular con él aquí y allá ¿te gusta así?, ¿te gusta aquí? Él asentía con un rictus muy masculino que no le había visto nunca antes. Finalmente coloqué el reloj en la base de su pene, idea que me pareció excelente y me inspiró mucho. Estaba dócil ahora, relajadito ahora, era por fin el Fausto que conozco. Me miraba sin perder ripio de mi quehacer, grabando en su mente cinéfila cada fotograma de mis afanosas andanzas.
No es elegante alardear, pero permitidme que diga -porque me siento muy orgullosa- que me salió de requetechupete, de las buenas, buenas. Una de esas en las que participan labios, lengua, garganta, paladar, mejillas, rodillas y estómago. La bordé, pero aquí he de confesaros un secreto, un secreto que Fausto no sabe, ni sabrá por mi boca nunca jamás. En aquellos instantes de inspiración oral, de alarde de poderío y experiencia, mi mente -siempre tendente a la dispersión- volaba por libre y aquel que se paseaba por mis fantasías, erecto y voluptuoso, era Bruno, el ex míster Lugo.

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33

La bon vivant apuesta sobre seguro.

Publicado por Susana Moo
1 noviembre, 2011

Esta historia empezó aquí

-Gracias Bruno, me acerca Fausto. Mi casa le cae de camino, mentí.
Esa fue mi decisión y no me arrepiento. Es cierto que nunca sabremos cómo hubiese resultado de haber tomado la opción Bruno, pero puedo asegurar y aseguro que atiné porque todo salió a pedir de boca.
Analizando mi decisión, que fue instintiva, me congratulo por mi buen tino, aplaudo a la libertina sibarita que aspiro a ser. Una mujer libertina no se puede permitir ir por ahí  ligando a lo tonto y a lo bobo con colegas del chollo, permitiendo que su identidad ande de boca en boca, dejándose llevar por un deseo tan instantáneo como el cola cao. Una mujer libertina que busca la excelencia debe apuntar bien antes de disparar y jamás desperdiciar cartuchos.
No minimicemos el poder del sexo, un polvo de mierda con alguien que no merece tus atenciones socava la moral, daña el auto concepto de una misma y puede devenir en asco por la intimidad promiscua. Elegir amantes es la tarea más importante de una mujer libertina.
Hay multitud de factores que pueden hacer de un encuentro sexual una chapuza. Para sortearlos hay que tener presente el sabor de boca posterior al coito, el sabor de boca después de forma parte del todo.

La libertina astuta ha de saber barajar las perspectivas propias y ajenas y ha de escapar del abuso. Conviene tener presente que el sexo crea lazos  que permanecen grabados en nuestra piel para siempre jamás. No todo el mundo entiende esto y lo respeta.
Elegí a Fausto y elegí de puta madre. Ya os contaré.

…

Continuación

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25

Encrucijadas de una aspirante a mujer bon vivant.

Publicado por Susana Moo
31 octubre, 2011

Fausto me ha demostrado que es un compañero noble con el que se puede contar, uno de esos exóticos ave fénix del mundo laboral para los que el trabajo hecho a conciencia es un valor en alza. A pesar de -o gracias a-  esta cualidad, no avasalla con su perfeccionismo y es el primero en echar un cable cuando se precisa y, para más inri, no viene dando consejos. Sin embargo me lo ha enseñado todo sobre los intríngulis empresariales ¡cómo se ha portado conmigo! decenas de fuegos ha extinguido en mi nombre.  No se puede decir que seamos amigos, pero es mi colega y mi pequeño reducto intelectual en la oficina, con nuestro trapicheo cinéfilo ¡la de pelis que tiene! ¡y lo que sabe de cine! Me troncho con sus opiniones disparatadas, pero lo que me conmueve es su paternalismo para conmigo. Se lo digo siempre:
- Fausto, tú eres como un padre para mí, y se enfada:
- No me hagas viejo, niña.
Y ahora se jubila Fausto, mi Fausto querido me abandona en esta insufrible jauría mortal de tiburones materialistas. Le voy a echar de menos más que mucho y me daba cien patadas tener que ir a su fiesta de despedida ¡esos eventos sociales! pero no podía fallarle a Fausto, al que tampoco le motivan los happenings sentimentaloides.
Ya de ir, hacerlo con la mejor cara. A tal tarea me dediqué por completo el sábado, con una puesta a punto extensiva desde el meñique del pie derecho al lóbulo de la oreja izquierda, esmerándome con exquisitas lociones milagrosas de  resultados objetivamente dudosos pero subjetivamente eficaces.
Cada vez salgo menos ¡cuánto tiempo hacía que no me arreglaba tanto!  Mi pompis no es, definitivamente, aquel que fue, pero bueno c’est la vie y, en fin, encontré el vestido perfecto, discreto pero astutamente sexi, sobre todo por detrás que consigue ensalzar la concavidad de mi cintura con lo convexo de mi cadera. Bouttines sabrina de tacón extremadamente femenino -casi ridículo-, pendientes de perlas magrebís azuladas, gargantilla a juego y aquella preciosa sortija que tan buenos recuerdos me trae. Me miro y veo reflejada a una burguesita fina tal cual, con mi bolso de mano y mi echarpe a la espalda. Le voy a encantar a Fausto, hoy soy mujer Fausto al cien por cien.

Partí bastante animada, preparada física y mentalmente para sonreír a diestro y siniestro, por igual a gerifaltes que a subalternos.
El restaurante estaba full, toda la plana mayor, aquello parecía una boda, 3 mesas largas rectangulares adornadas con flores, el podio para el pincha y la pequeña pista de baile amenazando con eternizar la velada. Fausto estaba impecable ¡con gemelos! Es un clásico, dentro de su estilo tiene clase y siempre, siempre, siempre huele genial.  Con los de la panda del café, corrimos  a coger posición para sentarnos juntos, con el poco tino de hacerlo todos en el mismo lateral de la mesa por este orden: Sergio, Estela, yo, Fausto y Bego, dejando torpemente el frente descubierto para que lo habitase cualquier petardo. Se vinieron los comerciales. El ex míster Lugo, Bruno, me tocó enfrente y las rubias -de bote- Marta Murillo y Bea Castellón flanqueándole.
Bruno, el ex míster, entró en la empresa hará unos 5 años y nunca le hice ni caso; no porque me desagradara, guapo es un rato largo, y sonriente, y sobresaliente, un joven con un futuro prometedor, con todas las cartas para comerse el mundo. Quizá por eso me inhibí, un bollo tan yeah! siempre custodiado por chicas más jóvenes, más bonitas que yo, y con mejor nómina. De modo que no me puse eufórica al ver que se me sentaba delante. Pero para hacer justicia diré que estuvo encantador en la cena y, junto con las rubias, nos hicieron el punto porque les adoptamos como orejas.  Les contamos todas y cada una de las batallitas que hemos vivido estos años y me reí hasta las lágrimas. Albariño va, langostino viene, anécdota al canto. Creo que estuve bastante elocuente, Fausto y Bruno se despiporraban.  A las rubias se las veía como con la sonrisa pintada de risa pero Bruno parecía francamente divertido y nos tiraba de la lengua, instándonos con su actitud a continuar con nuestro chistoso repertorio sinfín.
A los postres se le dio su reloj a Fausto y dijo unas palabritas que me emocionaron y me entró la melancolía. Sin Fausto esto no va a ser lo mismo.

Empezaba la música y la gente se levantaba socializándose en corrillos y yo me escabullí al baño con una angustiosa sensación nihilista que se me cortó de cuajo en cuanto me vi la pinta en el espejo ¡qué horror! Yo soy de las que, en el fragor de la conversación, me olvido de mí y estaba hecha unos zorros. Me compuse y salí, y así como salgo me encuentro con Fausto en la esquina, mirándome con los ojos nublados de emoción.
-Voy a echar de menos toda esta basura, Susana, me dice.
Me abracé fraternalmente con Fausto, un abrazo de esos que sientes el calor y compartes el sentimiento, que percibes la estructura corporal del otro y su estado anímico, y … ¿eso que puja es una erección?

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39

Tentando al diablo

Publicado por Susana Moo
26 octubre, 2011

Viajar a solas es una experiencia maravillosa que todo el mundo debiera disfrutar al menos una vez en la vida, proporciona una sensación de libertad fuera de serie, se viven las situaciones a tope de intensidad. Para una mujer puede resultar más peliagudo según qué lugares se visiten y es conveniente tomar una serie de precauciones. Por lo general, la única habilidad extra que hemos de desarrollar nosotras es la del arte de espantar moscones, dicho esto con todo el cariño para tales bichitos, que a veces animan un montón.
Ciertamente, en algunas culturas, una viajera solitaria es interpretada por los lugareños como una invitación andante a ligar, y ¡qué va! no tiene porqué ser así. Claro que a veces sí es así y precisamente esa era mi vaga ilusión aquella tarde en la que, sola en un precioso pueblo de la costa del Pacífico mexicano, salí a cenar con la inocente intención de tener una aventura. No es que fuera una necesidad imperiosa, pero me sentía abierta a las sorpresas del destino y me apetecía  un arrechuche azteca. Me arreglé un poco más de lo que acostumbro en los viajes, por si las moscas picaban. Me dirigí al malecón ¡qué atardecer! ¡qué alegres colores! ¡qué temperatura divina! ¡qué vidilla!
Para cenar cometí el error de entrar en un chiringuito bastante turístico y tuve que pasar por el bochornoso momentazo en el que una banda de mariachis rodeó mi mesa cantando “Ese lunar que tienes, cielito lindo …”, que consiguió que se me atragantaran los tacos.
Me largué de allí pitando y, después de otro breve paseo, – ¡qué agradable brisa marina!-  entré en un bar que tenía pinta de ser frecuentado por los lugareños, que es donde me gusta ir cuando viajo.
Me senté en la barra y pedí una Coronita. El camarero resultó ser bastante atractivo y la mar de amable, con tan buena suerte que esa era su noche libre y se había pasado por el bar para echar una manita nomás, conque se acodó frente a mí y nos pusimos de palique. Mantuvimos una charla muy simpática sobre su abuela mexicana y la mía gallega, que tenían un montón de manías comunes, e intercambiamos recetas, él me dio la de guacamole -que escribí en una servilleta que todavía conservo y uso- y yo a él la de tortilla de patatas, en la que parecía muy interesado. La cosa pintaba bien, podemos afirmar que iba ¡viento en popa a toda vela!
Tenía bigote Rubén Darío. Así se llamaba, como el poeta, detalle que me encantó. No tanto el bigote, no soy entusiasta de esa parcela de pelo, pero he de reconocer que no le quedaba mal. Moreno de pelo negrísimo no parecía muy alto, pero sí bastante musculoso y fardaba de brazos torneados con una camiseta sin mangas. Sonrisa enorme, dentadura impecable, uñas limpias. Sí, sí, Rubén Darío iba ganando puntos por momentos, con esa gracia mexico al hablar, con esos labios salchicheros y la risa facilona. Después de un rato ciertamente agradable le informé:
- Tengo que ir al baño.
- Allá,
me señaló.
Me alejé siendo consciente de que mi retaguardia iba a ser  escrutada minuciosamente. Exageré un poco el bamboleo de cadera. Parece que el trasero de las españolas tiene muy buena fama en el extranjero y ahí estaba yo, esforzándome por hacer honor patrio.
Vacié mi vejiga, me lavé las manos, me miré al espejo, me solté el pelo, volví a recogerlo. Me enjuagué la boca, examiné mis dientes, me mordisqueé los labios como recomiendan en Mujercitas para que se sonrojen sin carmín, respiré profundo ¡vamos allá! Me burbujeaba el estómago del modo en que me burbujea cuando me encuentro en la palestra de salida de a saber qué emocionante experiencia vital.
Cuando regresé, Rubén Darío se había venido a mi lado de la barra y me sonreía como si fuera el hombre más feliz del mundo. Había servido dos nuevas cervezas, una para mí, otra para él, que espumaban, llenas a rebosar, con su limón asomando por la boca del botellín. Agradecí el detalle, acerqué mi taburete al suyo, nuestras piernas se rozaron. Él, siempre con su sonrisa perenne levantó la botella para hacer un brindis.
- Chin chin.
Eché un trago a morro y … aluciné.
Ese tipejo había echado un chorreón de tequila a mi cerveza. Mi olfato no me engaña, y mi paladar tampoco. Le vi de frente, al muy imbécil. Dejé la botella en la barra, él continuaba con su sonrisa que, ahora me daba cuenta, era la de un perfecto gilipollas. Separé mi taburete, me levanté despacio, midiendo mis movimientos, controlándome. Me di la vuelta encarándome hacia la puerta de salida y me dirigí hacia ella, tratando de no contonear mis caderas porque al diablo… al diablo mejor no tentarlo.

Don Juanes tramposos hay en todas partes.

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42

Me da cosa.

Publicado por Susana Moo
19 septiembre, 2011

Con el corazón en la mano os digo que poquísimas veces me ha pasado que un tipo tan guapo se me haya puesto tan a güevo así, sin comerlo ni beberlo. Las cosas vinieron rodadas desde el principio. La coincidencia de ser los únicos del congreso alojados a las afueras de Donostia sumada a la conveniencia de compartir taxi para ir y venir, nos dio pie para confraternizar e hicimos piña. Después del cierre de jornada caía de cajón ir a tomar unos pintxos, y de los pintxos al patxarán, y todo nos iría llevando inexorablemente a una misma habitación si no fuera por ese defectillo de Rodrigo.
A Rodrigo, que es proporcionado de  extremidades inferiores y superiores, que tiene el rostro armonioso, el cabello limpio y brillante y está sabroso se mire por donde se mire, se le acumulan en cada uno de los vértices de sus labios un par de charquitos de baba cuando habla. Ese detalle no sería grave si no fuera porque excita mi escrúpulo. Ya se lo había notado esta mañana, pero ahora, frente a frente, no consigo ver más allá de ese fluido espumoso que me está hipnotizando, incomodando ¡pues anda que no tiene el gaucho rincones apetecibles donde deleitarnos! Miradle los ojos almendrados, vivos, expresivos. Miradle las manos, sólidas, elegantes. El pibe debe ser consciente de su antiestética profusión salivar porque de vez en cuando se limpia con el pañuelo y me sonríe pudoroso, como solicitando clemencia. De poco le vale, la baba, terca, insiste en rebrotar en pequeñas pompas blancuzcas.
Es demencial que semejante nimiedad pueda malograr un palo que prometía estelar ¿soy tonta o qué? Todas las bocas guardan saliva, incluso cuanto más jugosas, mejor que mejor. Pensándolo fríamente, hay poca diferencia entre encontrar la saliva dentro, o que asome para recibirme, ¿qué puede importar que unos cuantos mililitros se desplacen unos cuantos milímetros? No hay lógica que sustente una argumentación razonable para repudiar al encantador Rodrigo pero, por muchos argumentos racionales que esgrimo autoconvenciéndome, no hay tutía.

No me animo, pero tampoco me conformo. Mi yo princesa se inhibe mientras mi yo pirata pide caña. Ambos disputan en mi interior un tenso rifirrafe que me mantiene en una incómoda encrucijada.

- Antes muerta que besar eso, dice mi yo quisquilloso.

- Te comportas como una pipiola, -dice mi yo bravucón- echémosle agallas, derribemos esa pequeña muralla que nos llevará a la gloria.

- Uff, ¡me da repelús!, insiste la pipiola.

- Ni repelús ni repelín, tripas corazón y a por el guaje, ¡a conquistar terrenos ignotos! Imagínatelo haciéndote el cunni ¿a que ahí no nos repugna?

- No, ahí no nos repugna.

-Eculicuá ¿tiene algún sentido que de asco en los labios de arriba y no en los de abajo?

- Pero es de sentido empezar por los de arriba, y ¡me da cosa!

- ¡Cosa! Te da cosa ¡Valiente disculpa! Anda y que te operen,  ¡que te operen del coco niñata!

- No nos empecinemos, me da cosa y punto.

…

Ley Seca.

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27

Ligerita de cascos.

Publicado por Susana Moo
24 agosto, 2011

Cuando me lo presentaron, su apariencia no me inspiró nada, ni frío ni calor. Pero luego me enteré de que era ciclista profesional y recordé aquello que se comenta, que tienen un corazón de hierro y algunos llegan a marcar 40 pulsaciones por segundo. Me entró el morbillo coquetón. Comencé a darle conversación, a mostrarme interesada en sus contrarrelojes, a imaginármelo en maillot, ejecutando fibroso sus springs. Me lancé al rico vacilón. A veces se tienen días así, que se siente una como ligera de cascos.

Parecía un buen tío y a mí me gustan los tíos buenos. Saludable, pulcro, sin duda puntual, responsable y perseverante. Cero pelado de toque canalla, cero picardía en su mirada de ojillos con expresión de escapada que venía acrecentada por la nariz espigada y  por su amplia frente en expansión por mor de la incipiente calvicie.

La cosa terminó en la cama sin mayores aspavientos. Para ser justa diré que me regaló un misionerito fantástico. La postura del misionero, tan amorosa, mola mazo. Pareciera muy stándar y conyugal, pero mola.

El susto vino por la mañana ¡qué manera de tomarse a pecho un polvo! Que sí, que si pones buena intención, es normal cogerle cariño al compi, albergar hacia él -o ella- un aprecio especial, una complicidad maravillosa. Pero de ahí a presuponer que con un kiki queda instaurado un idilio hay un salto que el ciclista sobrepasó sin complejos. Dio por sentado que lo nuestro era el principio de todo un tema y me empezó a acojonar con sentencias del tipo “te voy a llevar a no sé dónde” ,“ya te enseñaré no sé qué”, “cuando conozcas a mi primo Mengano”…
Me entró el canguele y corté por lo sano con ausencia total de melindres.
-Oye, tú y yo de novios, nada.
Para colmo de impertinencia se me escapó un ¿eh?
-Oye, tú y yo de novios nada, ¿eh?
Se quedó patidifuso, pobre, y reaccionó del peor modo, al ataque, como los cobardes resentidos. En plan “¿tú de qué vas? ¿haces esto todos los días?”
Me echó una filípica con tintes moralistas que me estaba agobiando. Estuve a punto de dialogar con él, animarle a que se tomara esto como una pérdida en el tour con la ventaja de haber vestido la camiseta amarilla una jornada, pero al verlo tan mosqueado desistí y decidí evadirme mientras le daba tiempo a desahogarse. El tipo mezclaba en su soliloquio asuntos como libertinaje y responsabilidad y yo reflexionaba que claro, cuando alguien entrega su cuerpo al goce compartido se da en lo más íntimo, y si entregas lo más íntimo a una persona que no sabe -o no quiere- valorarlo, te sientes rechazado en una zona muy sensible del ser y puedes desarrollar complejo de tetrabrick no reciclable, o de condón de un solo uso. Y eso duele.
Mi ciclista estaba herido, pobrecillo. Pero ¡así es la vida colega!, y ya eres grande para cargar con tus frustraciones. Sin pataleta por favor.

Esta foto tomada de Jim Surabaya me sirve para visualizar la expresión gallega " Que mexe!"

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23

Bob Esponja y La Grandísima Chingada.

Publicado por Susana Moo
11 junio, 2011

Ésta historia, cuyo fin paso a narrar, ha constado de las siguientes partes:

. Introducción a la Fantasía.

. Fantasía en estado puro.

. Trámites mentales necesarios para abordar la fantasía

. Puesta en escena

Y vamos ya con el desenlace:

A Fred “El Cubata”  le resbalaban gotitas de sudor por las orejas, pero hemos de ser comprensivos. Yo misma me encontraba tensa, con la boca seca y cierta incomodidad corporal.
Como si me leyera el pensamiento, Richie dijo:
-  Sírvenos un whisky, muñeca.
Obedecí, me moví con los vasos y el hielo taconeando por aquí, contoneándome por allá, y con ello conseguí que Fred ¡por fin! girase sus ojos hacia mí.

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