Memorias eróticas
Delirios orgásmicos
A veces temo un poquito por mi salud psíquica y me asusta que me pueda pasar como a don Quijote y pierda la razón con tanta lectura voluptuosa que me inflama las molleras. Quizá exagere, pero debéis saber que soy de condición romanticoide, lo cual unido a una sensualidad cascabelera y a una cabeza un poco destornillada, hacen que mi imaginación se dispare loca y soy proclive caer víctima de delirios orgásmicos. De vez en cuando he de echar el freno si no quiero despeñarme.
No soy la única, por supuesto, y mi siglo tendría que haber sido el XII aquí en Europa. Si yo hubiera nacido en esa época del medievo, allí donde el amor era cortés, hubiese sido carne de convento porque estos sentimientos que me invaden son una especie de neurosis de amor y deseo que bien se pueden confundir con fervorosa fe religiosa. En el siglo XII, en los conventos, las monjitas se dedicaban exclusivamente a recrearse en esas pasiones -a veces muy morbosamente- y las chicas más románticas y apasionadas eran víctimas fáciles de caer en la tentación de ingresar en clausura para abandonarse de por vida a alimentar ese éxtasis místico.
Debía ser tan común, que mirad una carta modelo de la época, que escribió un anónimo de aquellos tiempos tratando de disuadir a una mujer, para que no tome los hábitos:
El canto de la tórtola, o más bien del cuco, se ha extendido por toda la región. Proclama que, renunciando a los encantos del mundo, os proponéis tomar los hábitos y vivir enclaustrada entre mujeres jorobadas, cojas, bizcas y de corva nariz. ¿qué honor os quedará cuando tengais que encender los cirios, hacer sonar las campanas, consultar los libros y cantar en voz alta el aleluya? En efecto, veréis a numerosas jóvenes que nunca podrán rivalizar con vos en belleza, engalanadas de caros ropajes, cantar al son de tamboriles y haciendo coro con caballeros, eso de “palmero nacido en el Paraíso y ceñido de flores”, y mientras tanto, vos, con vuestros negro hábitos, cantareis un requiem eternam cloqueando entre monjas viejas. Así que renunciad a un destino semejante, porque yo estoy listo para tomaros por esposa en cuanto deseéis.
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El texto lo he copiado del libro “Palabras de Amor” de Jose Antonio Marina, del cual he realizado una referencia para Masquepalabras ( podéis leerla pinchando el enlace).
Primero de mayo. Las más jodidas.
Una vez tuve la curiosidad de contratar una prostituta para
conocer de primera mano el mecanismo de los placeres mercantilistas.
Desde luego yo buscaba una meretriz libre, es decir, un mujer que ejerciera el oficio sin un chulo detrás y mucho menos una mafia. No tenía claro qué es lo que me gustaría hacer con ella pero, honestamente, no descartaba el intercambio de caricias.
Busqué en el periódico local de mi ciudad en la página de contactos donde hay un montón de anuncios por palabras de mujeres. Descarté varios porque me olían a chamusquina: el tufillo a cutrerío y explotación rezumaba incluso en aquellos escuetos anuncios.
Finalmente me decidí a telefonear a uno y para mi fastidio era una agencia. Me respondió una mujer brasileña que aparentemente no se sorprendió de que yo fuese mujer y actuó con toda naturalidad.
-¿Serás tú la que venga?, le pregunté.
-No mi amor, pero aquí todas somos muy expertas.
-¿Puedo hablar con la chica que vendría?
-Bueno… nosotros no funcionamos así… pero te va a gustar, es muy guapa…
No, no, así no. Llamé a otra:
-¿Diga?
-Hola, llamo por el anuncio del periódico.
Colgó. Repito llamada y lo mismo. Esto me sucedió con tres números diferentes.
Al final conseguí hablar con una chica, que se mostró reservadísima, monosilábica y tirando a sosita. No me templó na de ná: ni gracia, ni conversación ni hizo el mínimo esfuerzo por ganarse a su posible clienta.
Yo quería dar con una profesional como la copa de un pino, que ofreciera un servicio eficaz en el que se incluyeran ingredientes fundamentales en el sexo como la alegría, la complicidad y el deseo en el menú de ejercicios sexuales. Yo deseaba una mujer preparada y entrenada en los placeres de Afrodita. Pues nada, no encontré y hube de desistir. Y no me extraña. Están jodidísimas.
Ya sabemos cómo está el sector. Ya sabemos, también, que no tiene porqué ser así, que hubo épocas y culturas -pocas, me temo- en que las prostitutas ostentaban dignidad, disfrutaban de buena posición social e incluso prestigio, eran mujeres cualificadas que ayudaban a hombres y mujeres a alcanzar placer físico y/o afectivo ¿no debería ser ésta una profesión bien bonita? ¿no sería magnífico para todos nosotros?
Hoy, día del trabajador, reivindico la dignidad de esta profesión ¡que coticen a la Seguridad Social!, hay que sacarlas de una vez de ese cutrerío ignorante y esclavista.
La selección de imágenes que adorna este texto son todas de Toulousse Loutrec, artista que, por culpa de su fealdad física, por culpa de su minusvalía, no encontró cariño más que en las putas, a las que hizo estos magníficos homenajes, llenos de sensibilidad.
Encuentro erótico en los servicios de señora
(Os resumo escuetamente de qué va ésto: Estoy en una librería, llevo días deseando encontrarme a un profesor, al que sospecho le gustan las nalgadas porque me ha introducido en el género mediante los libros: Confesiones de Rousseau y El vicio Inglés de Ian Gibson). Después de mucha espera, por fin le veo.
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¡Ahí está! ¡es él!, es el profesor y me mira, me mira fijamente, con su barba y sus gafas. Se me antoja más apuesto que en nuestro primer encuentro, más alto, más corpulento ¡claro! hoy no va vestido de intelectual progre, hoy lleva traje de señor, con la corbata y todo. Está elegantísimo, cualquiera diría que va a dar una conferencia. Le sonrío y me responde con un leve gesto de cabeza que me señala los aseos. Entiendo muy bien que me está invitando a pasar a los baños, pero tengo dudas, al fin no le conozco de nada y me impone su presencia hoy, tan formal, y también su rictus, tan serio. Sin embargo, pese a la sobriedad de su cara, sus ojos muestran calidez, es una mirada amable en un rostro inexpresivo y esa combinación me resulta bastante irresistible. Repite el movimiento de cabeza, ahora más explícito, y ya, me decido. Me voy a animar a seguirle el juego.
Paso al baño de señoras. Una vez dentro no sé qué hacer, me miro al espejo, estoy toda colorada, pienso en refrescarme las mejillas pero no me da tiempo, él entra, esboza una breve sonrisa, me toma de la mano, entramos en uno de los aseos y cierra con pestillo. Por un momento se me ocurre que no es la primera vez que ejecuta este ritual. Allí estamos, frente a frente, en un cubículo tan pequeño. Se me acerca y yo cierro los ojos, entreabro los labios, para recibir el consabido beso pero no lo recibo, en vez de eso me gira ciento ochenta grados y levanta mi falda.
El corazón me va a mil por hora, una especie de nerviosismo me invade y me tiemblan un poco las piernas, apoyo mis manos en la pared.
Levanta mi falda, hoy mis bragas son de florecitas rosas, ¿le gustarán? Estoy de espaldas a él y no sé muy bien qué hace, supongo que me está observando. Entonces resuena el taconeo de una mujer que entra en el aseo contiguo y podemos escuchar cómo revuelve en su ropa y como cae el chorrito, sonido que mi acompañante aprovecha para zoscarme una fuerte palmada que me coge de sorpresa y a duras penas ahogo un “ay” . El profe se me acerca, siempre desde atrás: “¡chsss!” dice, y besa mi cuello con los labios húmedos, su barba cosquillea mi fina piel.
La del baño contiguo taconea yéndose y el profesor me susurra “¡sujétala!” Se refiere a mi falda, quiere que la mantenga subida hasta la cintura. Obedezco y él baja mis bragas. Lo hace muy cuidadosamente y las deja a la altura de las rodillas, entonces acaricia mis nalgas con suma delicadeza, repasa mis formas con las yemas de sus dedos. Su brazo izquierdo ciñe mi vientre y, con modales paternalistas, me insta a curvarme hacia adelante de modo que mis nalgas queden bien expuestas. De repente parece que le entrara apuro: plas-plas-plas-plas, azota con la palma de su mano mi desconsolado culo. Lo hace vigorosamente sin que medie medio segundo entre cachete y cachete, sin que me de tiempo a reaccionar. Me propina por lo menos diez palmadas sonoras. El dolor me obliga a rebelarme, pero me tiene bien amarrada con su brazo izquierdo y la capacidad de movimientos es mínima en un espacio tan pequeño.
No han sido más que unos segundos y ya cede, estoy un poco enfadada porque me ha hecho daño, casi me dan ganas de llorar pero, como si lo intuyera, vuelve a acariciar dulcemente mis nalgas, ahora muy calientes y sonrosadas. Quiero voltearme y me lo permite, le miro bastante avergonzada pero orgullosa, de frente, entonces, siempre mirándome, alcanza mi vulva con los dedos de su mano derecha. Mi humedad es evidente y ello me pone contenta pero a él más todavía, se le escapa un delicioso gesto masculino de satisfacción. Se ve que le encanta mi excitación y supongo que la achacará a la paliza, pero lo cierto es que esa calentura ya la traía yo puesta y se debe más a la situación en general que a los cachetes en sí. Trato de meter mano a su bragueta para corresponder a tan gratas caricias, pero me lo impide aun a pesar de que él no se priva de hurgar entre mis muslos. Intento que separe su mano, no es plan abandonarme aquí, pienso, pero él ignora mis remilgos y continúa, continúa y continúa hasta que no me queda más remedio que ceder al placer. Siento que mi orgasmo se expande entre sus dedos.
Entonces me besa, “dame tu lengua” dice, me la chupa, luego se agacha para quitarme las bragas, que están por los tobillos. Me levanta un pié, luego el otro. El profesor acaricia con sus manos la suave tela como si fuera un trofeo y, como si allí nada hubiera pasado, impecable todavía en su traje, se va con mis bragas metidas en el bolsillo.
Donde menos se espera, salta la liebre (El gusto por la nalgada I)
La anécdota que os voy a narrar no es, posiblemente, tan espectacular como pueden llegar a serlo mis cuentos. Pero es que en este caso me ceñiré a los acontecimientos tal y como sucedieron y no le añadiré azúcar a la historia, de por sí un tanto extraña. Os cuento.
Cuando dispongo de unas horitas libres, me chifla ir a una librería grande, de esas con cafetería incorporada, a pasar el tiempo buscando y rebuscando lecturas de mi interés. Como la sección (mini) de libros eróticos ya la tengo más trillada que qué, el día de marras me fuí a la sección de filosofía. Allí, entre montones de tochos infumables, merodeaba un tipo. Tras echarle una rápida visual por el rabillo del ojo, me hice idea de su perfil: típico profe de instituto, estilo progre, que casaría como anillo al dedo dando clases de filosofía o de historia, con sus gafitas y la barba recortada, el bolso cruzado y la figura del que pasa mucho tiempo ejercitando exclusivamente los músculos del cerebro.
El filósofo tenía muchas papeletas para resultar un plasta en toda regla, pero ¿quién sabe? A veces con alguno de estos intelectuales te mondas de la risa. Desde luego, a razón de los manuales que ojeaba con concentración numismática debía ser listísimo, y eso puntúa.
Sin embargo, el profe empollón perdió esa concentración sesuda cuando, como quien no quiere la cosa, buscando libros allí justo donde los buscaba él, me acercaba a su cuerpo un poquito más de la cuenta, un pelín más pegada de lo que marca el protocolo, con la intención de poner en la palestra -una vez más- mi capacidad de seducción y cerciorarme de que permanece activa y de que funciona como un reloj. Funcionaba a buena fe y ya me animé:
-¿Me recomiendas uno?, le dije sin pensarlo demasiado.
Casi se asusta el pobre, y tartamudeó un poco.
- ¿Uno? Pero ¿qué buscas?
Le sonreí y me tomé mi tiempo para contestar.
- No sé …, uno que hable de la vida con sencillez (no era plan explicarle que me gustaría encontrar un texto que trate la cosa sexual desde alguna visión filosófica sorprendente).
Paseó su vista por los estantes y fue derecho a uno:
- ¿Conoces “Las Confesiones” de Rousseau?
- No… ¡con ese título tiene buena pinta! voy a echarle un ojo en la cafetería antes de decidirme a comprarlo. Gracias.
- De nada.
Me di la vuelta con la seguridad de que el filósofo escrutaba mi retaguardia – con concentración numismática- y me aposté a mí misma que antes de diez minutos él estaría acompañándome en el café (¡Cuánta vanidad!).
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Os preguntareis qué diantres tiene que ver esto con la flagelomanía, esperad y vereis. Si hay algún listo (o lista) por ahí que se haya dado cuenta de por donde voy a ir, que me haga un guiño y se esté calladito, no me vaya a destripar el cuento.
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Continua con Las Confesiones de Rousseau
Infidelidad moderada II. Un casado en cama ajena
(Si quieres leer la primera parte: Por qué es preferible un casado)
El caballero en cuestión me enamoró por su simpatía, por su amabilidad y buen criterio. Es un hombre atractivo, moreno equilibrado. Me buscó él a mí en el sentido en que me escribía y me enviaba canciones o melodías que terminaron por llamar mi atención y se entabló un diálogo mediante email del que a los que nos gusta leer -y escribir- somos tan aficionados.
Lleva toda la vida con su mujer, a la que quiere y con la que está muy unido según sus palabras. No parecía que le remordiera la conciencia al tirarme los tejos virtualmente cada vez con más alegría, y poco a poco, casi sin querer, fue creciendo la curiosidad y se fue acotando una fantasía y con ella el deseo.
Finalmente me decidí a coger ese tren que me llevaba a un pueblo intermedio a nuestros lugares de residencia y donde hay un motel precioso al que fuimos derechitos en su coche, sonrientes y muy contentos, ¡el contacto visual funcionaba!
Entonces nos pedimos una paella a la habitación -eran las dos de la tarde- y un rioja rico que tomamos en la mesa camilla al lado de la ventana y charlamos amigablemente hasta los postres. Ya entonces yo había colocado mis pies en sus rodillas para que los masajease. Mis piernas, vestidas con medias color vino con encaje en la altura de los muslos llevaban un rato con ganas de abrirse. Me acerqué a su boca y nos besamos con gran gusto y nos palpamos con gran deleite y me desnudó, empeñado en que yo alcanzara mi placer anticipándolo al suyo.
Este hombre, que hacía tanto que no cataba mujer que no fuera su esposa,

"El virtuoso" Sara Sandkova
gozó largo y tendido con mis esencias y rocíos, con la textura de mi piel, con mis formas femeninas, pero no consiguió que su pene aumentase de tamaño, ni cobrase rigidez. Su miembro se negó a estimularse. Supo hacerme gozar – ¡menudo abanico de recursos!-, y de llevarme una y otra vez allí donde les encanta llevarnos y nos chifla que nos lleven. ¡Vive dios que gocé de su cuerpo! varón sabroso, hombre viril. Lo pasamos de vicio, entre risas y caricias. No disponíamos más que de cuatro horitas que se esfumaron volando aunque, por otro lado, ese lápsus, intermedio extraordinario en nuestra rutina, nos cundió de lo lindo.
Pese a la alta dosis de excitación y a nuestra dócil sumisión al carpe diem, su falo persistió en una terquedad blanda. En la próxima entrega os hablaré de lo que considero han sido las causas de esta impotencia circunstancial que no es ni la primera ni la segunda vez que me encuentro, si no al contrario, es hecho habitual en encuentros fortuitos con exceso de excitación y está estudiado y analizado por un montón de licenciados expertos.
(Para leer el desenlace: Desarreglos sexuales de los casados infieles)
Infidelidad moderada I: porqué es preferible un casado
Para aventuras esporádicas soy muy aficionada a los hombres casados que se encuentran bien en su matrimonio. Es un hobbie que aparenta fatal moralmente hablando, pero sopesando pros y contras considero que ganan los primeros con creces. Escuchad:
A estas alturas ya sabéis que no escatimo ni tiempo ni energía a la hora de abordar un evento sexual, perlas de mi erotomanía, y que procuro ser sibarita y apuntar al centro de la diana de mis intereses y ésta me lleva directamente a señores lo más discretos posibles. Los bien casados conforman una garantía de secretismo por la cuenta que les trae, pero traen consigo ventajas añadidas.
No voy a entrar a analizar si el hombre, o la mujer, somos monógamos por naturaleza o si es algo impuesto por la sociedad, mandato tácito que los individuos acatamos con mayor o menor sumisión. En cualquier caso mis amantes favoritos son aquellos que sufren con esta situación y que, sin embargo, han cumplido con el protocolo justo hasta el momento de conocerles, y me gusta porque esa aventura será un encuentro único con elevado grado de emoción. Son magníficos egoístamente hablando, pero también hay altruismo en mis intenciones.
Estas personas, mal que les pese, después de años de pseudocastidad matrimonial son candidatos vulnerables a caer en brazos de alguna pasión loca, víctimas de un amor atolondrado por el que podrían ser capaces de tirar la casa por la ventana y causar un dolor tremendo alrededor, ¿quién no ha visto derrumbarse de ese modo a alguna muralla que parecía infranqueable?
En mis manos los maridos están completamente a salvo. Sus mujeres -en caso de estar al día, lo cual no es nada común- con toda tranquilidad podrían dejarles venir, creo poseer cierta destreza para encauzar la pasión sentimental que suele conllevar el roce genital. Creo que tengo la suerte de beber en la ilusión erótica, y administrarla en dosis pequeñitas para que ni desborde ni se vacíe el frasco del elixir de las delicias. Digamos que doy cobertura a una necesidad de desfogue que determinados individuos anhelan, sin consentir que se sature la línea con los peligros de una implicación desnortada. La idea es gozar de un paréntesis que signifique una bocanada de aire fresco sin el peligro de un resfriado.
Pareciera que soy fría y calculadora y, la verdad, un poquito sí. Es para mí, sin embargo, importante apasionarme y que se apasionen conmigo; casi nunca me interesan las relaciones exclusivamente sexuales, alimento sobre todo el deseo y procuro entregarme a lo bestia, pero al tiempo que me baño, guardo la ropa y tomo una serie de precauciones anticipadas -también a posteriori- con las que no os voy a aburrir.
De modo que una vez que he escogido al ¿afortunado? que, como yo, quiere chispa pero no fuego, pasamos a la elaboración de un encuentro que será sumamente especial, por inusual, excitante y único.
Hace unos días he vivido en mis carnes una aventura de este tipo y me
apetece mucho contárosla.
En la próxima entrega: Un casado en cama ajena
Jubileo caliente
Me chiflan las nuevas relaciones que se crean en la red. Lógicamente, como en la vida real, no son tantas las amistades que prosperan. Pero en algunos casos la complicidad, incluso el afecto, va cobrando cotas cada vez mayores y llega un momento en que apetece muchísimo dar el salto y encontrarse frente a frente.
Con estas amistades tan peculiares, sean femeninas o masculinas, hablo de sexo y a veces lo practico virtualmente. Supongo que también lo haceis muchos de vosotros, pero en mi caso está doblemente justificado: ya que he emprendido los estudios de “erotomanía”, he de alimentar mis conocimientos y los que prefiero son aquellos que proporciona la investigación de campo. Soy bastante perfeccionista en este asunto y mimo mis relaciones virtuales tanto como las reales. Dar el salto es todo un reto porque se arriesga la relación, puede pasar que se desvanezca el encanto, por ello sólo doy el paso cuando tengo bastante claro que la atracción va a seguir funcionando con los canales de comunicación sexual tradicionales. He de felicitarme por mi buen ojo porque todavía no he vivido un fiasco.
Pese a que comparta muchas cosas, para salvaguardar mi anonimato me mantengo firme en mi propósito de no enviar imágenes explícitas de mi persona y ello aumenta el que vaya a esos encuentros como un flan, me invade la inseguridad. Es factible que mi físico defraude: la fantasía suele superar a la realidad y yo me he labrado a punta de teclado una fantasía que a mucha gente le resulta interesante y me creen un bombón. Pero hete ahí que detrás de la supersusana, starfoot y reina del erotismo, se esconde una mujer corriente y moliente, sencilla de pies a cabeza. Soy consciente de que en el desvelo de mi imagen va a haber un momento de shock en que ajustarán la ilusión con la realidad. Aunque me incomoda ese momento me mentalizo mucho para disfrutarlo.
El último de estos encuentros a ciegas lo hice con una pareja muy bien avenida y el lugar que decidimos para encontrarnos fue la catedral de Santiago, que es un lugar sumamente mágico y está siempre lleno de vida, con peregrinos de aquí y allá, hombres y mujeres que por distintas motivaciones acuden al templo donde descansan los restos del apóstol matamoros. Los motivos de la divertida pareja y los míos eran, a todas luces, diferentes a los de la mayoría. Nosotros queríamos ponerle un puntito morboso a un encuentro largamente deseado, salpimentar la puesta en escena de una amistad cincelada con palabras e ideas. El juego consistía en reconocernos paseando por los pasillos del sacro mausoleo, lo cual provocaría mucho misterio a la cita. Yo, en vez de acudir arreglada con la indumentaria que se supone para una cita seductora, me disfracé de peregina. Las ganas de jugar vencieron a mi natural coquetería, descarté el vestidito y los taconazos para ponerme unas deportivas desgastadas y vaqueros de media pierna, de esos que no favorecen precisamente. Camiseta de algodón, jersey de lana. Bastón y mochila completaban mi atuendo, el pelo recogido en una coleta y las tetas sin sostén. A diferencia de otros peregrinos yo olía limpita y perfumada, mi melena brillaba y la piel lucía perfectamente hidratada.
En cuanto entré en la catedral por la puerta lateral, les distinguí a lo lejos, supe que eran ellos y entonces me dediqué a camuflarme y a hacerme la despistada. Con la mirada inquieta paseaban cogidos de las manos, ella, morena poderosa, realzaba sus caderas con pantalones ceñidos que prometían unas nalgas de negra en carnes blancas. Para mi redoblado regocijo, también los pantalones de él dejaban adivinar sorpresas mullidas en forma de glúteos masculinos.
Me arrodillé en un reclinatorio como quien ora en silencio espiando a la atractiva pareja que son mis amigos y que tienen inquietudes sexuales muy similares a las mías. Me cosquilleaba el vientre. Ellos, se me antojaba ahora, podrían haber sido los mismísimos Adán y Eva, aquellos que se paseaban por el Edén ajenos a toda culpa, Adán tranquilo antes de morder la manzana, Eva relajada antes de tentar con su manzana.
Me miraron, pero me descartaron. Hasta tres veces me descartaron, entonces me levanté y con mi bastón comencé a seguirles. Disfruté muchísimo del paseo voyeur. Teneis que pensar que yo conozco muy bien las intimidades de esa pareja tan bien parecida, que yo había visto sus cuerpos desnudos en imágenes exhibicionistas, teneis que pensar que les deseaba de antemano, habíamos mantenido excelentes conversaciones excitantes y ahora sus andares, sus traseros concretamente, provocaban mi sonrisa, y ya ellos comenzaron a sospechar de mí. Entonces, como pavitos, se lucían, paraban delante de las imágenes de los santos y las miraban con seriedad artística girando levemente la cabeza para asegurarse de que yo les perseguía, de que yo les miraba, de que yo era yo.
Les observo y recuerdo sus secretos, sé, por ejemplo, que él es un pedazo de pan y que además dispone de tremenda barra doradita. Y sé que le gusta ofrecerla completamente desnudo, acuclillado sobre sus talones en el borde de la cama, apoyadas las manos a los lados de los pies, reclinado el cuerpo hacia atrás, de modo que la baguette se dispara hacia delante, con los sacos colgando. Es dadivoso con sus dones para que ella, bollito de crema, de rodillas en el suelo meriende el bocadillo con toda comodidad. Juegos de pareja que me habían narrado, costumbres adquiridas que entretienen a este par de pimpollos que caminan delante de mí como si nada. Sé que a ella, en cambio, le gusta alimentar a su chico sentada a horcajadas encima de la cabeza del panadero. Que pobre cabeza, pienso, porque en las fotos que yo había recibido estaban muy bien disimuladas las cachas de la jamona ¡Menuda hartura, muchacho!
A Eva, sin duda la más inquieta de los dos, se le escapa una risa nerviosa sintiéndose observada y sus andares son ahora un poco exagerados -tremendamente voluptuosos- hasta que decide repentinamente darse la vuelta para que ser ellos los que me siguen a mí, de forma que yo también me giro y me dejo mirar
Si lo que vieron les gustó o no les gustó, tendrían que decirlo ellos, pero, a razón de los acontecimientos posteriores, creo que no les desagradó mi paseo respetuoso de peregrina devota que, toda ilusionada, está a punto de ganar el jubileo.
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(Para los no conocedores de la regalía que supone el jubileo, diré que proporciona ni más ni menos que indulgencia plenaria, es decir, es un acto que tiene la gracia de borrar todos los pecados cometidos hasta entonces, dejando el alma dispuesta para entrar inmediatamente en el cielo).
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Qué feo es ser calientapollas y cuánto me gusta
Algunas mujeres, por influjo de nuestro subconsciente, tenemos la insistente tendencia de poner cachondos a los hombres en general. Esta obsesión es independiente de que tengamos ganas de ellos, de que nos gusten o no. A algunas “Evas” nos encanta ofrecer alegremente el fruto prohibido para luego retirarlo, drásticamente o por medio de melindres.
No es un motivo para sentirnos orgullosas y alimentarlo en exceso suele tener un coste negativo para nuestra salud psicológica. Resulta casi humillante esa necesidad de sentirnos deseadas. Una enfermiza necesidad de probar nuestro poder erótico femenino. Puede deberse, este hambre, a la endiablada dependencia emocional causada por carencias afectivas antiguas, a una autoestima dañada que busca de continuo la aceptación, unida a la voluptuosidad que nos es inherente. Sufrimos sumisión al parecer de los demás, especialmente al masculino. Somos mujeres inmersas en un sistema patriarcal y la figura arquetípica del hombre se acerca con frecuencia a la de “padre-jefe” al cual tendemos irremisiblemente a agradar para sentirnos protegidas de nuestro miedo. Es un juego, el de la seducción por la seducción, que no sólo nos divierte, nos alegra el alma.
Claro que después, cuando el fruto ha crecido y madurado, el objetivo está cumplido. Conscientes repentinamente de que nos estamos metiendo en camisas de once varas, nos urge coger las de Villa Diego.
Ya sabemos que es una actitud moralmente reprochable y que no es justo para esos amables señores que se quedan tan frustrados con la miel a unos milímetros de sus labios. Por lo general son respetuosos con tu decisión final, tragan bilis y recogen velas dignamente aunque interiormente echen pestes. El sector femenino nos tiene especial tirria. Nosotras mismas, cuando no estamos ejerciendo de “calentadores” y son otras las que actúan de tal insano modo torcemos el morro acusadoramente.
Personalmente, alguna vez he sentido cierto pesar por esos maravillosos caballeros a los que he calentado algo más que la cabeza, y no he tenido el gusto de enfriarla mediante el desahogo perineal. En alguna ocasión he sentido una vaga lástima por esos hombres a los que he visto hervir, calentados por el fogón de mis carnes, de mis palabras, de mis gestos, deseándome con esa fuerza increíblemente atractiva de macho endurecido que resulta sumamente balsámica para mi ego.
Podría pedir perdón, pero es que no me arrepiento ni siquiera un poquito. Y vive dios que cuando surja, reincidiré en mi falta.
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…………….
Aires ilustra este texto:
Final, o principio.
Suelo hacer a final de temporada balance y resumen de mis trabajos expuestos. Hoy, haciendo repaso de los meses de verano, de lo que me apetece hablaros no es tanto de los relatos eróticos que he colgado, de las confesiones íntimas que he narrado o de mis lecturas estimulantes, como de un puñado de nuevos proyectos que he estado elaborando y que tengo guardaditos, listos para ser estrenados y que os iré desvelando a lo largo de septiembre.
Mañana comenzaré con el primero, que colgaré en exclusiva a las ocho de la mañana y que, ya os voy avisando, precisará de un adecuado sonido ambiente. Como sé que sois muchos y muchas los que me leeis en el trabajo os recomiendo utiliceis auriculares.
¿Alguna vez sentísteis eso de que se hace insoportable tener que esperar a mañana, de tantas ganas de que llegue el día? Así me siento.
¿Cómo se le chupa a un negro?
Imaginad un negrazo de dos metros y pico, todo rapado de pies a cabeza, todo azabache con el brillo de la dentadura blanca y el brillo de los ojos húmedos. Ved al negro desnudo y empalmado, erectamente sentado en un sillón, pelín recostado con las piernas abiertas, la mano negra sujetando la negra verga. Un negrazo con belleza temeraria que intimidaría si no fuera por su mirada entrañablemente calentita: ojos sonrientes de macho sano para con hembra asertiva.
Me arrodillo, no como símbolo de humillación – mucho menos de oración-, sólo pretendo tener al miembro de frente para tratarle de tú. Me arrodillo pues, me acerco y mantengo los ojos bien abiertos. Le gustará que pase mi húmeda lengua rosa desde las brevas negras hasta la sabrosa bola de chocolate siguiendo la ruta de la robusta unitaria. Y le encantará que separe los labios de mi boca e introduzca el jabugo entre moflete y moflete, paladeando la carne caliente. Y le chiflará que ejercite elasticamente mi lengua al tiempo que balanceo ritmicamente el cuello y succiono con fluidez, incrementando progresivamente en velocidad y humedad.
Realmente yo no sé si a ese garañón afro le gustará todo esto. No son más que especulaciones: yo no puedo certificar que a ese tipazo opaco sentado en su sillón, pelado de arriba a abajo, erecto como un sático y con agradecida sonrisa de angelote le gustaría mi ofrenda porque yo nunca se la he mamado. Nunca se la he mamado a un negro.









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