Erotismo en la mitología griega
Eros se desarrolla con la presencia de Anteros
Afrodita tuvo como hijo un rechoncho querubín encargado de incendiar deseo a discreción con sus antojadizas flechas. Se llamaba Eros y su mamá estaba encantada con este precioso muchachito de piel delicada y bucles dorados, todo él dulzura y alegría. Se lo comía a besos ¡qué pancita rica! lo tomaba en sus brazos y se regalaban mil caricias, cien mil carantoñas. Él, divertido y juguetón, se enredaba en su pelo y le arañaba con sus uñas que ella recortaba con sus dientes, metiendo los deditos entre sus labios. Y así vivían felices la diosa del amor con su pequeño Cupido hasta que un buen día Afrodita empezó a preocuparse:
-Este chiquillo no me crece.
Y buscó remedio. Le recomendaron darle un hermano y de este modo llegó Anteros a la familia. Con la compañía de Anteros, Eros comenzó a crecer. Anteros personifica la pasión correspondida, vengador también de los amoríos no resueltos, ejecutor de los desdenes y las tensiones típicas de los enamorados, imprescindibles al parecer, para que el amor crezca y supere su estadio edípico e infantil. ¡uy cómo se peleaban los hermanos! Riñas y jaleos que mira tú, ayudaron a madurar al alocado Eros.
Eros crece pues con la influencia de Anteros y ¡olalá! Si de chiquirritín era una cucada, no os quiero contar como se puso el guaje, con todos sus miembros bien desarrollados, preparado ya para un amor de palabras mayores, para realizar ese tipo de acto destinado exclusivamente a público adulto.
¡Arde Troya!
Helena de Troya pasó a la historia como una mujer de seducción letal que provocó una de las guerras más sonadas de la historia, la de Troya.
Era la legítima esposa del rey griego Menelao y un buen día se fugó con el troyano Paris. Troya y Grecia eran paises rivales y generó una especie de conflicto internacional. Pero no pequemos de simpleza demonizando a la enamoradiza. Ella no fue más que una de tantas princesas casada a la fuerza con un hombre que no le hacía ni fu ni fa. Posiblemente sus días transcurrían aburridos en su trono, lánguidos en su lecho. Cuando el hermosísimo Paris se presentó ante ella, cayó presa de un amor loco-loco y lo arriesgó todo, su estatus, su honor, el buen nombre de su familia… Huyó con el amante para vivir su historia de amor.
El rey Meleao, humillado, se cabreó ¡su honra pisoteada! Con él, toda Grecia enfurecida. Se propusieron aniquilar a los troyanos invadiendo Troya. Helena, una mera excusa. Siento meter el dedo en la llaga de los señores, pero he de decir que las guerras han sido provocadas por machitos en su 99`99 % de las veces. La de Troya no fue diferente en esto.
La guerra duró décadas, las que Helena y Paris disfrutaron de su mutua compañía, con un cierto desasosiego debido al follón de alrededor.
Todos estos intríngulis palaciegos los conocemos porque Homero nos lo contó en la Iliada con pelos y señales, sin olvidar incluir la activa participación de los dioses, que se posicionaron unos a favor, otros en contra. Afrodita (off course) no dudó en ponerse en el bando de los amantes, mientras que Hera, la esposa de Zeus y defensora a ultranza del patriarcado, tomó partido por el matrimonio. Y así, los más conservadores con los griegos, los más liberales con los troyanos. Aquellos dioses del Olimpo estaban muy pendientes de los quehaceres humanos y aventuro que nos tenían una cierta envidia porque para nosotros ¡ay! cada momento es irrepetible, escaso y fugaz, y por ello, muchísimo más valioso.
Al final ganaron los griegos con una artimaña deleznable. Construyeron un caballo de madera inmenso y todos los guerreros se metieron dentro. Lo dejaron a las puertas de la muralla como un regalo envenenado que los ingenuos troyanos aceptaron y depositaron en la playa Mayor llenos de júbilo, pensando que la guerra por fin había terminado. Los griegos esperaron agazapados la llegada de la noche, y entonces salieron en tropel y acometieron la épica barbarie de incendiar Troya como vulgares pirómanos… ¡Arde Troya!
Helena, símbolo de la victoria, hubo de regresar, orejas gachas, con su marido, aquel al que no amaba, del que había huido. Sabe Dios cómo fue tratada. Pa mí que de puta p`arriba.
La sexualidad de la Diosa.
Las religiones modernas monoteístas nos robaron a las diosas. El catolicismo nos ofrece a la Virgen María, y vale, está bien, es una faceta hermosa de la mujer, la de madre entregada, sufridora, pero ¿por qué no ha parido? ¿cómo se come eso de que haya concebido al inmaculado modo? La Afrodita griega -después la Venus romana, anteriormente posiblemente la Ishtat o la Astarté orientales-, es una diosa hembra, la diosa del amor, de la atracción sexual, de los placeres carnales, y también madre. Madre y amante, una mujer completa, con sentimientos apasionados e impetuosos, cruel a veces, celosa otras, generosa también. Afrodita tiene mucho que enseñarnos sobre nuestra naturaleza sexual. Durante muchos siglos el culto a esta diosa fue respetable y conveniente. Adorémosla hoy aquí un poquito (porsi)
Cuenta la tradición antiquísima que Afrodita surge del mar alzada en una concha, desnuda y preciosa, con sabor a mar y biología marina. Su función es la de provocar el deseo, de que nos gustemos tanto hombres y mujeres, de que hacer el amor sea un deleite sensual delicioso, de que nos enamoremos. No le interesan ni el matrimonio ni el amor eterno, ella busca que gocemos, miradas enlazadas, pelvis agitadas.
En su vida olímpica no fue muy promiscua, tampoco casta. Tuvo a su marido, Hefesto, y a su amante oficial, Ares. Solo de vez en cuando se encaprichó de humanos inferiores a ella (p.e. Anquises).
Me sorprende la elección de sus parejas ¿no es extraño que la belleza y encanto personificados escogiera como esposo a uno de los dioses más feos? Hefesto era un hijo repudiado por sus padres, Zeus y Hera, que se avergonzaban de haber concebido un hijo tullido. Debido a esta falta de amor paternal y a la crueldad generalizada de los dioses -que se choteaban de su minusvalía- Hefestos se fue haciendo un ser huraño y resentido, replegado en sí mismo. Sin embargo – o quizá por ello- era un artista de la forja y realizaba joyas e inventos maravillosos de oro y bronce con cualidades mágicas ¿le compensaban a Afrodita los regalos preciosos que su marido le obsequiaba? o ¿ era que su vanidad se veía fortalecida al resaltarse su belleza al lado de un esposo tan poco agraciado?, ¿le inspiraba compasión? ¿le aportaba seguridad? …
Desde luego le fue infiel reiteradamente, y su amante recurrente fue Ares. Ares tampoco me parece un dechado de virtudes. Es el dios de la guerra, un tipo sanguinario, cruel y agresivo, una especie de matón divino que a Afrodita le excitaba muchísimo – era muy guapo eso sí, tenía un culo precioso, duro, mullido, carnoso …-.
En cierta ocasión Hefestos se hartó. Celoso y enfadado decidió vengarse de los amantes y para ello construyó una red mágica. Cuando los infieles estaban en pleno acto sexual, les lanzó la red y quedaron atrapados, expuestos a la mirada de todos los dioses. La idea de Hefestos era avergonzarles públicamente ante todos en el Olimpo. Pero sucedió que la grandiosidad de esos dos cuerpos acoplados en la pasión, la armonía de sus formas, el deseo que emanaban, impresionó gratamente a los dioses y estallaron en una ovación de aplausos. Al final, el que resultó humillado, una vez más, fue el marido, Hefesto, del que todos se desternillaron.
Esos hombres que nos derriten, o el mito de Adonis.
Hay hombres que poseen el don natural de fascinar a las mujeres. Tienen un no-sé-qué que nos engatusa, un encanto que nos conmueve el corazón al tiempo que nos agua el vientre. Son hombres peligrosos de amar porque, aunque son los amantes más tiernos y consiguen hacer del encuentro sexual una experiencia trascendente, tienen una tendencia incontinente a dejarse querer … no en exclusiva.
Como tantas veces, en la mitología griega encontramos una caso ejemplar. Ésta tipología masculina está muy bien representada en Adonis.
Adonis tuvo una infancia complicada. Su madre, Mirra, no había sabido cultivar a Afrodita -la sexualidad- y recibió el castigo de sufrir deseo incestuoso por su propio padre, Tías. Cierto día Mirra no se resiste y se cuela en la cama de Tías. Duermen juntos doce noches en las que copulan con la luz apagada, sin que Tías sospeche de quien se trata. Cuando descubre que es su hija, horrorizado quiere matarla. Ella huye despavorida y suplica a los dioses que le aparten de los vivos y de los muertos, y éstos la transforman en un árbol de mirra, que vierte sin cesar lágrimas resinosas.
Adonis nace, pues, de la presencia-ausencia de una madre-hija que dedica su existencia al lamento perenne.
El niño Adonis fue creciendo y, cuando llega al apogeo de su juventud se convierte en un hombre bellísimo y lleno de encanto que derrite a las mujeres. En el caso del Adonis mítico las que se enamoran de él son ni más ni menos que Perséfone y Afrodita. Ambas lo reclaman para sí.
Antes de seguir adelante con la historia conviene interpretar a estas diosas, que representan dos estilos muy diferentes de mujer, o dos estados, dos maneras de enfrentarse a la vida.
Perséfone es la princesa de las tinieblas, muchacha delicada y hermosa, muy unida a su madre dominante (Demeter). No siente tanta inclinación por los placeres carnales como por su mundo hogareño e interior. Afrodita, por contra, es la reina del amor y el sexo, hembra voluptuosa, inspiradora de arte y generosa para con los placeres sensuales.
Adonis parece que adoleciera de capacidad de decisión, se limita a “estar” y no se esfuerza por decantarse por una o por otra. Son ellas las que se lo disputan. La riña de las diosas llega a oídos de Zeus, que determina que Adonis ha de compartir su tiempo con ambas: un tercio del año lo pasará con Afrodita, otro tercio con Perséfone, y el otro tercio estará a solas, porque él también necesita de su soledad.
Los primeros tiempos se cumple el pacto, pero llega un momento en el que él prefiere, en sus meses de libertad, permanecer con Afrodita y ésta le acompaña tratando de protegerle, porque una característica de la personalidad de Adonis es que tiende a ser temerario y autodestructivo. Le gusta la aventura, la caza y Afrodita le advierte:
-Mira que tu juventud y belleza no te protegen de los peligros.
Pero él continúa traspasando el límite y un día, llevado por su exceso de entusiasmo se arriesga más de la cuenta y es embestido por un jabalí, que le hiere mortalmente en la ingle. Adonis se desangra y Afrodita sufre gran dolor por la pérdida.
El mito cuenta que allí donde se vertió la sangre de Adonis, nació una rosa roja y que allí donde se derramaron las lágrimas de Afrodita floreció una anémona. Este final tan poético nos ofrece una bella interpretación de los ciclos de la vida y sus conversiones. Adonis muere joven, pero se trata solamente de una muerte simbólica porque deviene en flor. De alguna manera, los adonis han de reinventarse en la madurez, han de desprenderse del joven adorable e intrépido y, si saben dar el paso, resucitarán en hombres rosa roja maravillosos.
Adonis fue muy adorado en la la isla de Lesbos entorno a la poetisa sáfica Safo. Se trataba de un culto exclusivamente femenino. Las mujeres plantaban flores en macetas escasas de tierra, de modo que florecían y rápidamente se marchitaban. Entonces las mujeres salían a las puertas de sus casas a plañir su dolor. Creo que este precioso rito de exteriorización de la pena representa el congojo del tempus fugit, y la melancolía por la pérdida de aquellos amores púberes, idealizados y perfectos.
Mujeres de armas tomar.
Os voy a contar el cuento de las mujeres de Lemnos y los argonautas, historia que nos avisa de las consecuencias terribles a las que lleva despreciar el culto por el erotismo.Visitando Erotómana con regularidad, la diosa quedará satisfecha pues éste es su templo virtual -uno de tantos-.
……
Las mujeres de Lemnos cometieron un error nefasto al olvidar entre sus sacrificios el culto a la sensualidad. Despreciaron la adoración a la diosa Afrodita y ésta les castigó infligiéndoles un olor corporal repulsivo. Era un hedor tan asqueroso que sus maridos se espantaron y las sustituyeron en el lecho por cautivas esclavas de Tracia. Las mujeres lemnias, con sus sobacos pestilentes, se enfurecieron por la afrenta y comadrearon para matar a sus hombres ¡y lo hicieron! Se los cargaron. Degollaron a todos menos al rey, que se salvó por los pelos gracias a que su hija Hipsípila lo metió en un bote y lo lanzó al mar a su suerte.
No muy lejos de allí, en Grecia, mientras las asesinas se deshacían de los cuerpos de sus difuntos, se preparaba una expedición. Los mejores remeros se entrenaban para abordar la misión de recuperar el vellocino de oro para las arcas de la república. Dirigidos por Jasón, constaba de los más valientes, los más forzudos, los más cualificados, a ver: el gran copulador Heracles, el guapo Anceo, el atlético Tifis, el escultural Idmón, y así hasta cincuenta aventureros machotes que se embarcaron en la nave Argos, partieron en expedición, y pasaron a la historia con el nombre de Los Argonautas.
Se dio la casualidad de que su primera parada fue en la isla de Lemnos, donde las viudas asesinas les recibieron bien armadas ¡menudas eran! Pero una vez convencidas de que los marinos traían intenciones pacíficas, se reunieron en una junta y se replantearon las bonanzas que les podría suponer recobrar varones, los beneficios que éstos pueden aportar si se portan bien.
Por unanimidad decidieron invitarles a sus hogares, a lo que ellos accedieron encantados – se ve que Afrodita les había perdonado y ya no apestaban-. Los argonautas creían que en ese pueblo había solo hembras porque los hombres estaban en la guerra. No dudaron en cubrir las necesidades de las solitarias señoras ¡uy! los griegos resultaron de grandísima utilidad para las mujeres lemnias. La reina Hipsípila, por ejemplo, obtuvo un par de vástagos de Jasón, e igual le sucedió a las otras damas de la corte y también del pueblo llano.
Así, procreando alegremente, convivían felices hasta que Heracles -que misteriosamente no había querido participar de la hospitalidad lemnia-, perdió la paciencia y urgió a sus compañeros a partir allende los mares hacia su misión primera: recuperar el dichoso vellocino de oro.
….
Me pregunto porqué Heracles no quiso participar del festín, su historia personal nos dice que era un gran amador., ¿recordáis?
El lobo feroz en el Olimpo
Podemos entender al dios Pan como un ancestro del lobo feroz de los cuentos de hadas, un ser que nos sobrecoge a las hembras porque intuimos el peligro que supone su descontrolado deseo sexual.
Es un ser monstruoso. La mitad superior de su cuerpo es la de un hombre rudo, la inferior la de un macho cabrío, con patas peludas y pezuñas afiladas. Pero lo realmente impactante son sus tremendos órganos sexuales, gigantescamente obscenos e insaciables. Pan es un dios poco social, irascible, al que le molesta especialmente que le despierten de sus siestas, un ser antipático que, a diferencia de los otros dioses, no es eterno.
Comparte con los sátiros su afición a las ninfas, pero a él no le gusta andar en pandilla, le gusta estar solo, es un tipo rústico que pastorea ovejas y anda a su bola en el campo, toca la flauta y se toca espiando a las bellezas que rondan los prados del Olimpo.
Por supuesto, intenta copular con ellas -por las buenas o por las malas-
pero sus aspiraciones se frustran porque le rehuyen, espantadas por esa descomunal libido. Pan, ciego de lujuria, no se conforma.
Cuando se encaprichó con la dulce Siringe, la persiguió hasta que ella, corriendo asustada a través de un pantano se perdió para siempre entre las cañas. El mismo protocolo de acción siguió con la voluptuosa Pitis, pero ésta, cuando iba a ser cazada, se convirtió en pino para librarse de las garras del violador.
Con la delicada Eco fue especialmente cruel. Cuando supo que ella había preferido a un sátiro antes que a él, se enfureció tanto, que envió a una tropa de pastores enloquecidos, que la golpearon hasta desmembrarla. De la pobre Eco sólo sobrevivió su lánguida voz.
Para cualquier ninfa supone un peligro que Pan la desee y ni una se le entrega por las buenas. Bueno, una vez tuvo suerte, consiguió seducir a Selene con melindres, engatusándola envuelto en el precioso vellón de una oveja, blanco como la nieve.
- ¡Mira que suavecito! ¿Lo quieres? Te lo regalo, acércate …
Selene se le acercó, él se la benefició, ella se quedó con el vellón y ahí se terminó la suerte amorosa de Pan, que un buen día la palmó.
…
¿Es posible que el hecho de que Pan sea el único dios del Olimpo no eterno signifique que este tipo de fulanos que cogen a las mujeres por la fuerza -y las aniquilan si no lo consiguen- esté en vías de extinción?
…
Importante no confundir al dios Pan con Príapo, otro también con genitales desmesurados, pero menos malvado.
…..
¿quieres escuchar este relato en viva voz?
Ananda lo interpreta:
Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.
Dañinos celos de mujer casada
La diosa Hera fue la esposa legítima de Zeus, el gran jefe de los dioses de Olimpo.
De joven era muy bonita, casta y tranquila. Zeus se encaprichó por ella, o quizá se enamoró. Pero era una muchacha difícil, de las que no se dejan llevar al huerto con facilidad y le rechazó repetidas veces. Entonces Zeus elaboró un plan para hacerla suya. Primero ordenó que estallara una tormenta terrible de rayos y truenos, luego se convirtió en un cuco chiquirritín. Todo mojado llegó volando al regazo de Hera. Ella se compadeció del indefenso animalillo, que temblaba asustado, y lo metió en su escote, abrigándolo entre sus senos. Zeus, al verse allí, tan a gusto entre las amorosas carnes, creció y creció hasta recuperar su forma más viril y entonces se dispuso a tomarla, a lo que ella se resistió. Él le prometió que se casaría y entonces sí, entonces cedió, porque el deseo de Hera, su vocación primera, era ser una buena esposa. Zeus tardó 3oo años en cumplir su palabra, tiempo en el que convivieron felizmente, disfrutando el uno del otro las mieles de los enamorados recluidos en una cueva.
Después de la boda todo se fue al traste debido a las repetidas infidelidades del marido, constantes, lacerantes y además vox-populi – Zeus se tiró a un montón de diosas, ninfas, humanas demostrando un incombustible deseo por carne de mujer-.
Hera sufría, sufría muchísimo de celos. Se volvía absolutamente irracional. Los cabreos y discusiones de la pareja eran monumentales. Él, con disculpas y más disculpas, se las ingeniaba para que siempre le perdonase. La verdad es que no le quedaba otra, no tenía poder suficiente contra él y además su condición natural era la de ser fiel. También es cierto que no lo tendría fácil en caso de echar una cana al aire dado el renombre de su marido, Dios de dioses con un genio de mil demonios. No había quien osase acercársele con intenciones sexuales. Hubo uno, un tal Ixion que le tiró los tejos. Ella, alagada en el fondo, pero ofendida en la forma, se chivó a su marido y el pobre Ixión bajó a los infiernos de cabeza.
Hera se fue convirtiendo en una mujer odiosa, muy frustrada y vengativa, y lo curioso es que canalizaba toda su ira contra ellas. Volcaba su crueldad y su mala uva contra las mujeres seducidas por su marido -aunque muchas de ellas habían sido forzadas por él, caso de Dánae- y muy especialmente cargaba contra las que dejaba embarazadas -casi todas- y también contra los inocentes hijos ilegítimos. No le temblaba la mano al ordenar tremendos castigos de obscena crueldad, o asesinatos, demostrando así su poder de papel de fumar.
Fijáos qué poco sensata con Tiresías
Y qué pretendió hacer con Herácles.
En la próxima entrada, como muestra de hasta qué punto estos estereotipos mitológicos dan cuenta de situaciones reales, voy a hablaros de una mujer que podemos identificar con Hera. No es muy conocida, como corresponde a la esposa de un buen Zeus. El famoso es él. Podéis echar los dados.
Heracles, el portentoso.
El vida mitológica de Heracles es espectacular, y comenzó siéndolo desde el mismo momento de su concepción.
Resulta que el guerrero Anfitrión llevaba un montón de años en la guerra. Con sus tropas regresaba por fin en campamento y no es difícil imaginar las ganas que tenía de ver a su esposa Alcmena, que a su vez le esperaba ilusionada, ansiosa por abrazar al marido ausente.
Pero Zeus, dios todopoderoso, decidió que esas mieles de mujer deseosa eran para sí y se disfrazó de Anfitrión para beneficiarse de ellas. Así fué, ¡con cuánta pasión se entregó Alcmena a Zeus creyéndolo su marido! El oportunista dios, para aprovecharse a gusto, triplicó en el tiempo esa noche de frenesí continuo. Luego Zeus desapareció y llegó el verdadero marido que, fogoso, se metió en el lecho de Alcmena. Ella flipaba con la potencia de su esposo, que creía el mismo de antes y se entregó de nuevo, sí, pero ya un poco cansada de tantos bríos.
El caso es que entre tanto tejemaneje entre marido y presunto marido, Alcmena concibió dos niños, uno fruto de su unión con Zeus, el otro de Anfitrión.
A los diez meses de haber nacido los mellizos, se supo que Heracles era el hijo de Zeus porque Hera, la esposa engañada del dios, conspiró para matarle. Ella odiaba a los hijos ilegítimos de su esposo, y envió a la cuna de los bebés dos violentas serpientes venenosas. El Heracles chiquitín, con sus manitas rechonchas, las estranguló como si tal cosa.
De modo que Heracles creció fuerte como corresponde a un hijo Zeus y al cumplir dieciocho años fue llamado por el rey Tespio para que se enfrentara a un león terrible que merodeaba por la cadena montañosa de Citerón y tenía al pueblo atemorizado. El rey Tespio, anonadado ante la fortaleza del bravío joven, se empeñó en que sus hijas fornicaran con él y de ese modo disponer de nietos fortachones que mejoraran su estirpe.
Lo curioso del asunto es que Tespio disponía de cincuenta hijas y Heracles copuló con todas y cada una de ellas, en el tiempo récord de siete días -con sus correspondientes noches- ¿imagináis el follón de entradas y salidas que habría en su lecho?- Se las tiró, además, haciéndose el longuis, como si no se enterara de los cambios, actuando como si todas fueran la misma. Lógicamente, entre tantas hija, las había bellísimas y también algún adefesio, desde la escuálida a la obesa, unas cálidas y sensuales, otras frías como cubitos de hielo. Con todas cumplió el machote. Pero es que además Heracles no daba puntada sin hilo y todas quedaron preñadas - la mayor y la menor de gemelos- para orgullo de su abuelo oportunista.
Por supuesto Heracles también mató al león y una vez realizada su encomienda, marchó con la piel de la bestia como capa dejando un mogollón de progenie en camino.
…..
Ananda ha puesto voz, música y ha hecho una interpretación libre de este cuento:
Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.
Afrodita y el pastor Anquises.
Escucha este relato narrado por Ananda:
Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.
o léelo:
Mi queridísima diosa del amor, Afrodita, es enamoradiza por natualeza. Aun a pesar de tener un marido celoso, no se acobarda y tiene amoríos de vez en cuando, tanto con sus compañeros del Olimpo como con guapos mortales inferiores a ella. Como ejemplo, la ocasión en que se encapricha por el guapo pastor Anquises por el cual le entra un deseo desenfrenado y organiza sibilinamente los preparativos para tirárselo. Visita a las cárites, diosas del encanto, la creatividad y la fertilidad para que la engalanen, se baña con ellas. Con delicadas esponjas, esencias de flores, afeites y perfumes la miman bajo chorros de agua en cascada ¡Cómo luce al terminar su sesión e belleza! Afrodita, que ya ostenta la corona a la más hermosa, luce soberbia ahora, disfrazada de princesa frigia ¡Imaginaos la expresión del humilde pastor cuando se le aparece en el campo tal beldad con apariencia humana! Ella, sin perder tiempo -no vaya a ser que la pillen-, con su mejor sonrisa en los labios, le habla al estupefacto Anquises:
-El dios Hermes me envía para que me conviertas en tu esposa – y continúa, la mentirosa- hemos de consumar nuestra unión inmediatamente.
Él, todo ilusionado, la toma de la mano, le ciñe la cintura y la dirige a su cabaña. La cama del pastor es un precioso lecho viril compuesto por pieles de oso y león, animales que él mismo ha cazado. Entre esas suavidades se cuelan los amantes, la epidermis de la diosa rivaliza en tersura con los mantos cálidos. Hacen el amor, se deleitan en los goces de la carne, consuman y repiten, se agotan y toman nuevos bríos, hasta que él cae rendido en un sueño profundo. Cuando despierta, loco de amor y pasión, ella le confiesa su verdadera identidad y él se desespera. Las habladurías dicen que aquel que copula con una diosa queda manso o impotente y esa idea acongoja al joven con toda razón. Pero ella le tranquiliza.

"Salmacis" de Burne Jones ( la historia del deseo de Salmacis también tiene tela y nos vale para ilustrar este relato)
-Nada te pasará, siempre que seas discreto y jamás hables de ésto.
La diosa tiene especial interés en que él se esté calladito dado que es mujer casada. Anquises calla durante un tiempo, no sin dificultades, es demasiado tentador para su vanidad masculina abstenerse de cacarear que se ha beneficiado a la mismísima diosa del amor. Hasta que un día, borracho, se explaya narrando su aventura, explica con pelos y señales lo que ella le hizo, lo que él llegó a hacerle, las palabras que se dijeron, los besos y las posturas, describe las formas de la diosa, sus gestos, el sonido de sus gemidos y el sabor de sus suspiros. Imprudente presume, y al hacerlo provoca la ira divina.
Anquises recibe un rayo del cielo que le deja tullido de por vida. Ya si fue Zeus -al que le sentaba como un tiro que sus dioses del Olimpo bajasen a fornicar con los mortales- o si fue Afrodita, enfurecida por su indiscreción, no se sabe a ciencia cierta, pero el caso es que Anquises quedó impotente de por vida, impedido para realizar el coito por siempre jamás.
Tiresías, experto hermafrodita.
Escucha este cuento interpretado por Ananda:
Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.
o léelo:
Zeus, dios de dioses, y su esposa Hera charlan después de su coito divino sobre cual de los dos ha gozado más, disertan sobre el grado de disfrute de los hombres y de las mujeres. Ella, que es la diosa guardiana de las buenas costumbres matrimoniales y adalid de la respetable esposa, opina que son ellos los que se lo pasan mejor jugando al sexo y en cambio Zeus cree que son ellas.
Deciden llamar a Tiresías que era un tipo sumamente peculiar: nacido varón, la fortuna le llevó a presenciar la cópula de dos serpientes, contra las que cargó a golpes y como consecuencia se transformó en mujer durante siete años en los que disfrutó de ser hembra sin privarse de los placeres propios de la vulva. Cuando presenció de nuevo a las serpientes apareándose recuperó sus formas de varón.
Él, por propia experiencia dará una respuesta veraz y, una vez ante los dioses no vacila en contestar:
-Es la mujer la que se beneficia mayormente en la coyunda, asegura, si dividimos el placer en diez partes a repartir entre los amantes, nueve de esas partes las goza la hembra mientras que al varón le resta sólo una.
La respuesta enfurece a Hera cuyo rostro enrojece de rabia, le resulta tremendamente indecente, ¡asqueroso!, que las mujeres se lo pasen tan bien fornicando ¡Y con semejante diferencia de grado! ni más ni menos que nueve contra uno. Sin embargo Zeus se sonríe, le encanta la idea de que la mujer poseída esté tan llena de gracia. Esa expresión de complacencia de su esposo saca de quicio a Hera que carga, como es su costumbre, contra el que tiene delante, en este caso Tiresías y se venga volviéndole ciego.
Zeus, todavía encantado con la respuesta, fantaseando con la imagen de alguna de sus amantes corriéndose una y nueve veces, se apiada de Tiresías y le compensa del daño que su mujer le ha causado otorgándole poderes proféticos y una larga vida. Hasta siete generaciones vivió Tiresías convirtiéndose en el mediador por excelencia: gracias a sus dotes proféticas, media entre los dioses y los hombres; por su condición andrógina, lo hace entre hombres y mujeres; y por la excepcional duración de su vida, entre los vivos y los muertos.
Y a lo largo de esas siete generaciones que vivió, se divirtió de lo lindo cambiando de sexo a antojo, haciendo realidad el sueño de muchos de nosotros.












RSS




