Erotómana

SusanaMoo

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cuento erotico

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Celadores, héroes de Eros.

Publicado por SusanaMoo
4 junio, 2009

Este cuento lo he escrito originariamente en gallego, para los que gusteis leer en esta lengua, os recomiendo pincheis aquí.

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Mis celadores

Cuando te llevan a operar, los nervios afloran. Son momentos delicados en que todo pensamiento sexual debería estar fuera de lugar, pero no siempre ocurre así. De hecho, muchos de nosotros nos asimos al sexo como expresión máxima de la vida cuando la muerte asoma la guadaña: en los hospitales Tánatos está encrespado y los celadores, sanotes, se convierten en los héroes de Eros.

Cuando lo de mi apéndice, tuve la primera experiencia hospitalaria y le tenía un miedo irracional al bisturí, pero eso no impidió que cuando aquellos corpulentos especímenes me vinieron a buscar, mi femeneidad floreciera como vía de escape primigenia. Eran dos y llevaban camisola de hilo verde y pantalón combinado -pienso que por debajo nada vestían-. A uno se le veían los pelitos del pecho: alto, moreno, guapo de frente y de perfil. El otro, uno de esos tipos a los que les gusta hacer sopitas con el pan, si tenemos en cuenta la pancita rechoncha que se me antojó encantadora. Una pareja de hombres de brazos musculosos y trabajar diligente.

-Buenos días, venimos a buscarla para el quirófano.

Parecían altísimos, claro que yo estaba acostada, desnuda debajo del camisón de enferma, con mi pobre pubis rasurado a instancias de una enfermera que me lo rapó en seco sin mirarme siquiera a la cara.

Me llevaban, los dos amiguitos, por esos siniestros corredores y me di cuenta de que uno de ellos tenía una pulserita de cuero, y el otro un anillo de casado. Yo tenía miedo, mucho miedo y gruesas lágrimas resbalaron por mis mejillas, pero no era el canguelo ni el dolor lo que me hacía llorar. Era que esos dos jóvenes tan apetitosos me miraban con los ojos vacíos de deseo, me veían como quien mira a una enferma y no se percataban de que debajo de ese apéndice inflamado había una mujer con suficiente energía para resistir a los dos hercúleos celadores cuando estuviéramos, ellos fuera de servicio, y yo a pleno rendimiento.

"Hilda" or "the triunph of big women".

"Hilda" or "the triunph of big women".

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13

Relato erótico: los pechos de la peluquera

Publicado por SusanaMoo
28 mayo, 2009

Éste cuento lo he escrito en gallego, a los que les guste leer en esta lengua, les recomiendo que pinchen aquí y lo lean tal y como fue concebido. Para los que prefieren fantasías en castellano:

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Luísa, la peluquera bien organizada.

Bien sabido es que tan importante como el estilo al cortar el pelo, son los senos de las peluqueras. Queramos o no,  nos fijamos porque quedan a la altura de los ojos y ciegos no estamos.
Eso lo sabe bien mi amiga Luísa -¡qué lista que es!- que puso peluquería propia y el negocio le funciona de maravillas.
Luísa y sus empleadas visten cómodas en el trabajo: pantalón flojo de algodón negro, camiseta blanca ajustada -pero no ceñida-, zuecos en los pies. La camiseta lleva el logotipo de la empresa en el lateral izquierdo y escote redondo sin exageraciones.
A Luísa le gusta atender personalmente a los hombres que visitan su local y lo hace con amabilidad sucinta.
-    Buenas tardes. Pase por favor, acomódese para lavar el pelo.
Cada vez más varones acuden a la peluquería de Luísa por el masaje que ella ofrece al enjabonar: calmado, con las yemas de los dedos, un poco mas firme detrás de las orejas, con las palmas en la nuca.
Al terminar Luísa encara al cliente de pelo mojado:
-    Ya se puede levantar.

La peluquera -¡qué espabilada es!- cosió en su sostén dos pequeños bolsillitos a la altura de los pezones, y cuando termina de lavar la cabeza de los hombres, discretamente introduce en esos bolsillos dos garbancitos rechonchos: uno en el derecho, otro en el izquierdo. Dos protuberancias que no les pasan desapercibidas a los hombres cuando ella se situa frente a ellos después del relajante masaje.
-    ¿Me acompaña?, les invita.
Nimiedades a parte, Luísa hace su trabajo muy profesional cortando a tijera

Imágen de la película "El Marido de la Peluquera" de Patrice Leconte.

Imágen de la película "El Marido de la Peluquera" de Patrice Leconte.

o navaja y procura no entablar conversación. Luísa es seria: sonrisas, las justas, y nada de jugar a ojitos, nada que indique deseo sexual salvo esas ostentosas pelotitas que tienen delante de las narices los agradecidos clientes.
Luísa se concentra en la cabellera y los garbanzos hacen el trabajo de resultarle encantadora a los hombres, que marchan complacidos y por regla general siempre dejan buena propina (aunque hay de todo).

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13

Relato de la sensualidad del señor Edelmiro (y Manolito)

Publicado por SusanaMoo
21 mayo, 2009

(El relato que sigue lo he escrito en gallego. A los que gusten de leer en esta lengua les aconsejo que pinchen aquí y lo lean tal y como fue concebido).

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El señor Edelmiro.

A Edelmiro lo que más le gusta es el pescadito frito, la tortilla de patatas con chorizo, que gane el Dépor, y que el chochito de su mujer haga chof-chof.
Me explico: el pescado frito no le gusta todo por igual, muestra preferencia por la raya, por los rapantes de tamaño recortado y por los chinchos, que traga con espina, cabeza y todo.
La tortilla, bien hecha por fuera y cruda por dentro, con el huevo deshecho, igual a la textura que le chifla encontrar en la almeja de Mari Luz, que parece sequita, pero al explorar un poco con los dedos o con “Manolito” (Edelmiro bautizó a su pene como Manolito), siempre encuentra una pulpa jugosa que hace las delicias de Edelmiro y de Manolito.
Miro se siente afortunado con esa rosa calentita, esa fuente de miel que Dios le dió a su mujer y ella -¡Princesa!- le presta:

Nesuke

shunga-netsuke

- ¡Tienes el coñito más generoso del mundo!, dice Edelmiro, pese a que sólo conoció otro y de eso hace tantos años que ya no se acuerda.
¡Ay! Cómo le gusta a Miro escuchar el chof-chof que hace Manolito al entrar y salir del pozo líquido de su esposa. Se siente muy orgulloso, como si fuera mérito propio, exactamente igual que cuando gana el Dépor, que también lo vive como un triunfo personal, sobre todo cuando mete goles en casa y va carretera alante tocando la bocina, dando el coñazo a los que no somos tan futboleros.

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20

cita a ciegas

Publicado por SusanaMoo
1 mayo, 2009

La cosa empezó como de chiste, le conocí en facebook bajo mi pseudónimo habitual y me gustó su pinta y su planta; parecía pasional y me dejé engatusar. La verdad es que ya llevaba ganas de salpimentar mi vida erótica, así que le propuse un encuentro a ciegas en un hotel. Sin demasiados dimes y diretes.

Se entusiasmó pero no le hizo gracia lo de a ciegas, él quería ver mi linda carita antes de lanzarse a una cita sensual. Pero yo no estaba dispuesta a dejar pruebas gráficas de mi rostro, así que le envié foto de mis nalguitas y de alguna otra curva de mi fisonomía. Si quería chicha, tendría que arriesgar. Me gusta la gente osada y no se me ocurre mejor aventura que el encuentro íntimo con un cuerpo nuevo.

No dudé que arriesgaría y puse mi fantasía a funcionar, comencé a elaborar mi sueño como me gusta hacerlo, sin escatimar en imaginación e ilusión.

Me entusiasmé ante la idea de un encuentro con un extraño: dos desconocidos dedicados al hedonismo sin mayores intenciones que darse gusto y me apliqué laboriosamente a la organización, como a una masturbación lenta y pausada.

Primero busqué en mis libros imágenes eróticas para mostrarle, señalando con marcador las pinturas que hacen referencia a fantasías similares a la nuestra,  y seleccioné tres relatos sensuales para leerle y romper el hielo, derretirlo. Imaginé los distintos tempos que se alternarían y pinché música adecuada, esa que te lleva a alcanzar el estado mental de deshinibición y entrega.

¡Qué emoción! Me chifla el vino criado en roble.

Me compré un vestido precioso que se anuda a la nuca y deja los hombros al descubierto. Y una pulsera de tobillo plateada con cascabeles chiquitos. Conseguí un carmín color fresa idéntico a la laca de uñas con la que adornaría los dedos de mis pies y mis manos. Y caí en la tentación de pagar una brutalidad por unas braguitas culotte con lacitos en los bordes.

Mientras yo me entusiasmaba soñando que te soñarás, él insistía: que quería foto, que no era justo que yo conociera su rostro y él no,  y bla, bla, bla … Yo, por supuesto, terqueando: que no, que no y que no.

Pues se obcecó, el tipo se encabronó y no aceptaba mis condiciones, erre que erre con la obsesión de dar el visto bueno por anticipado y ya me empezó a parecer un pelma, un tostón falto de coraje. El muy tonto chafó el juego. Margaritas a los cerdos.

¿Sabeis? La próxima vez cobro, y muy caro. Debí darme cuenta antes.

La Rossie

La Rossie

Como hicieron las meretrices romanas, que se entregaban de forma amateur a los hombres, tendría que convertirme en prostituta y actuar entonces como está tacitamente pactado y aceptado en la sociedad.

Si le hubiese pedido un buen pico no hubiese desconfiado, pero una mujer que se entrega gratis sigue siendo sospechosa … o peligrosa …

La fantasía sigue virgen. Valoro candidaturas.

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7

Despertar en domingo

Publicado por SusanaMoo
27 abril, 2009

Cada día me despierta a lo loco el imbécil del despertador y me cuesta un mundo levantarme.

Los domingos, que podría descansar a pierna suelta, mi biología programada ejerce de “tocahuevos” y a las siete de la mañana me encuentro despejadísima. Antes maldecía esta situación y me enfuerecía conmigo misma. Ya no. Ahora lo disfruto, ahora disfruto de mi ser amodorrado y me deleito en mi voluptuosidad casi con misticismo.

Me huelo ¡Qué suerte disponer de olfato para gozar de este perfume a guarida de hembra entre las sábanas de hilo!

Qué delicia tener la piel delicada, suavita, sentir el roce de mi pelo despeinado en la espalda, en el cuello, por delante de mi cara.

Qué agradable acariciar mis senos mullidos, o aplastarlos abrazada a la almohada,… qué risa tener estos pezones que se empalman en micro erecciones y qué absoluta dicha tener mi raja tan jugosita, con la vulva dilatada y con su agradecida almendra.

Qué placer revolcarme en la soledad de mi lecho, perezosa, lujuriosa y disfrutarme entre sueño y sueño, sin prisas ni expectativas.

Qué rico desparramarme escuchando mi propia respiración.

Y allí fuera, lejanos, los movimientos del día que avanza y yo aquí tapadita, tan calentita.

The virgin. Gustav Klimt

The virgin. Gustav Klimt

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18

Historia erótica de Carmen, la de la peineta.

Publicado por SusanaMoo
6 abril, 2009

Carmen es de las de toda la vida en la cabecera de la procesión del Cristo, con su cirio en la mano, sus tacones firmes y el paso lento. Hay que quitarse el sombrero ante Carmen con su peineta y el mantón colgándole  desde el moño por la espalda, con su vestido de raso azabache, un pelín más embutido que años atrás, pero sin desmerecer en porte y clase.

Su esposo, don Julio, va detrás con los caballeros y el estandarte, de riguroso luto, con su corbata y su pañuelo bordado.  Les encanta este día de jueves santo, sobre todo por la dignidad del acto. A Julio, además, se le cae la baba mirando el regio caminar de Carmen y ella la goza luciéndose por el pueblo tan emperifollada, que hay que abrirle paso, la mejor dispuesta de las cinco damas que presiden la comitiva, porque cómo engordó la señora de Hernández, y lo vieja que se puso la de Henríquez. La viuda de Dieguez luce guapa también, pero la falda entubada del vestido no le marca las posaderas como a Carmen, ¡hay que ver cómo luce Carmen!

La sobriedad de la procesión, interminable, deja al matrimonio exhausto y en cuanto encierran al Cristo en la catedral, se van a casa, afortunadamente a solo treinta metros, en pleno centro.

Carmen se mira al espejo de la entrada y se encuentra soberbia, ¡hay que ver qué divina una mujer con peineta!, piensa Carmen, y añade: si se sabe llevar.

- Estoy muerta!, le dice a su esposo y se voltea frente a él para que le ayude a bajar la cremallera del vestido.

Don Julio, desciende esa cremallera sin decir palabra. Y Carmen se deshace de su vestido por abajo, todavía con la mantilla colgándole a la espalda porque siempre retrasa el momento de quitársela, que la da pena, con el trabajo que le supone ponerla, con el moño perfecto. Es una vez al año y alarga el momento todo lo que puede.

Su sostén es regio, de encaje y aros, que yerguen divinamente sus carnes de blandi-blú.

Las medias son de cintura, es una pena, lucían mejor los ligueros, pero el año que los llevó se le rozó toda la cara interna de los muslos por el sudor y ni hablar, lo primero es la comodidad.

- No puedo con los pies, dice Carmen, consciente de que en cuanto se quite los zapatos será imposible volver a calzarse, de lo hinchados que los tiene.

- Siéntate, yo te descalzo, dice don Julio, con la voz un poquito ronca.

Su esposa accede, se recuesta en la butaca y extiende los pies. Él, todavía con su traje de chaleco, su camisa almidonada y sus zapatos acharolados, se arrodilla y besa los pies de Carmen vestidos, luego le saca uno, despues el otro y lame con la puntita de la lengua por encima de las medias.

- ¡Ahh, qué encanto!, dice Carmen, levantándose un poco pesadamente y bajando las medias desde la cintura con sumo cuidado para no dañarlas. Su esposo arrodillado frente al taburete la mira desde abajo como en éxtasis religioso. Carmen lleva una braga- faja negra que le aprieta muchísimo y suspira al quitársela.

- ¡Qué bueno!, y se deja caer en la butaca, conservando el sujetador, ella sabe porqué.

Don Julio no cabe en sí de lo dichoso, quién les diera a otros hombres disponer de una mujer como Carmen. Julio besa los pies ahora desnudos de su mujer y ésta gimotea agradecida.

- Los tacones matan a una.

- Yo te curo, Carmencita, dice Julio, y masajea los doloridos tobillos de su esposa, y las plantas, un poquito sudadas, sube por las pantorrillas y se demomora en las rotondas rodillas. Carmen, con los ojos cerrados recibe el tributo. Don Julio asciende muslos arriba ahora con rapidez, con la ilusión de alcanzar el fruto maduro de su esposa.

- Ay, hijo, siempre buscas lo mismo, dice, pero ni se mueve, o mejor, abre imperceptiblemente la piernas para dejar paso.

Don Julio, antes de alcanzar la flor de sus amores, alza la cabeza:

- Es que tú, Camen, eres una santa, pero tienes cuerpo de María Magdalena.

Maja desnuda de Max Cantrell

Maja desnuda de Max Cantrell

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9

Erotismo de la mujer Deméter

Publicado por SusanaMoo
2 abril, 2009

Sara era eminentemente una madraza de belleza vacuna: pechazos grandes y lechosos, boca mansa, grupa anchota.

Pedro era eminentemente dependiente, con personalidad frágil y estructura corporal de cortas dimensiones.

Se gustaron y se casaron. El ansia de Sara por ser madre se  materializó pronto y el sexo prácticamente desapareció durante unos años. Sara se deleitaba mimando a sus bebés y Pedro se conformaba.

Los hijos fueron creciendo y regresó de golpe la sexualidad marital, repentinamente abrupta, con muchísima más vehemencia que antaño. Pedro y Sara comenzaron a pasarlo bomba, consiguieron aunar sus motivaciones en una sensualidad acorde con sus impulsos vitales.

Sus episodios amorosos seguían un patrón marcado y no admitían demasiadas variantes. Habían llegado a esas prácticas por puro instinto. Al principio les causaba pudor alcanzar el placer del modo que lo conseguían, pero ya no. Qué  va, entre ellos estaba claro y era fácil ¡Cuan hábiles y desprejuiciados actuaban los ya talluditos Sara y Pedro!

Cada noche Sara se recostaba en los almohadones de la cama con el camisón puesto, un escotado camisón de puntilla blanca anudado con lazos de raso al pecho. Él dormía con pijama de felpa bien abrigadito.

Pedro besaba en la mejilla a su esposa y ella le daba unas palmaditas en  la cara. Entonces sacaba a rebosar sus pechazos, dos ubres blancas símbolo vivo de la más absoluta abundancia. Pedro sonreía, timidamente agradecido. Se acomodaba para mamar, para chupar de las amplias areolas con forma de galleta maría, con esos grandes pezones enhiestos del tamaño de castañas que se le ofrecían.

Buscaban la comodidad y se tomaban su tiempo. Pedro se recostaba en el regazo de ella con los ojos cerrados y ella le miraba chupar con una dulce sonrisa de complacencia.

Mientras Pedro mamaba el pezón derecho, jugueteaba con el izquierdo entre sus dedos, avariciosamente feliz.

Con mucha dulzura, Sara alcanzaba el pene chiquito, aunque bien duro de su marido y lo masajeaba arriba abajo, muy cariñosamente.

A medida que Pedro se excitaba más y más, chupaba babando toda la mama y haciendo sonidos de chupón, revolviendo el pezón con la lengua, todo emocionado.

Sara parecía mantener la compostura con su cara de buenaza, hasta que de repente daba unos cuantos suspiros profundos que hacían que sus carnes rebotasen. Esos gemidos reprimidos significaban que su placer había llegado, entonces él se abandonaba también sin soltar de su boca los tetos saciadores de la hermosa Sara.

A ella le gustaba después limpiarle.

Anne Marie en "Beneath the Valley of the ultra vixens" de Russ Mayer. Toamdo de "The Big Book of Breast".

Anne Marie en "Beneath the Valley of the Ultra Vixens" de Russ Mayer. Tomado de "The Big Book of Breast".

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10

Al hombre

Publicado por SusanaMoo
22 marzo, 2009

Hoy llega temprano, todavía estoy pelando las patatas sentada frente a  la mesa de la cocina. Se acerca para darme un besito, suelto el cuchillo, dejo la patata y me  seco las manos.

Lleva pantalones de traje, de esos de faena que hacen tan señores a los caballeros, la hebilla del cinto está a la altura  de mis ojos. Son pantalones castos que en nada marcan el paquete.

Tiro del cinturón hacia mí guiñándole un ojo y desabrocho la hebilla, tiene también botón y cremallera, olvido el botón pero bajo la cremallera despacito. Cuelo mi manita dentro de la bragueta, así se llama esa abertura, por feo que suene se llama bragueta.

Introduzco mi mano desnuda de anillos o pulseras, mano de uñas cortas lacadas con brillo transparente. Encuentro un gusano vivo y lo asomo. Está blando pero  casi puedo escuchar la sangre entrando. Levanto mi mirada, tiene expresión bobalicona, esa que se le pone cuando le doy una sorpresa de este tipo. Le quiero mucho de modo que meto su polla en mi boca y rápidamente se muestra agradecida.

¡Qué carismático es este miembro de ellos! Tan enternecedor con su capucha puesta, tan voluble con el capullo expuesto, la cabecita calva, la boquita desdentada.

Es lindísimo el pene. Es precioso blando, es precioso duro y cada cual tiene su encanto.

Corner. Bryan Sanchez

Corner. Bryan Sanchez

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23

El primero que olió mi sexo

Publicado por SusanaMoo
2 marzo, 2009

Arturo fue el  primero que mojó sus dedos en mi poza.

Mi excitación era tan grande después de horas de besos y caricias en la esquina escondida de la playa que propicié la digitopuntura en mis carnes íntimas de terciopelo … Se nos hizo tan tarde, tan entretenidos estábamos, que salimos disparados para tomar un taxi.

Arturo, virgen a esos olores, se impresionó tanto que no había más que ver su cara en el taxi, llevándose los dedos a la nariz y aspirando como un papanatas. Los mantuvo ahí todo el camino. Levantaba y bajaba las cejas, exagerando su deleite, mirándome como si aquello fuese el objetivo olfativo de su vida.

- Cómo huele!

Más tarde, cuando me hubo despedido, Arturo, tan chavalín era y tan impresionado se encontraba, habló de ello con todos sus amigos, lo que desató primero mi ira,  y después un tremendo ataque de vergüenza.  Pasaron días sin querer verles, pero finalmente cedí y me presenté allí como si nada.

Los chicos me miraban de forma diferente ahora. Resultaba abrumador acercarse a una panda de muchachos sabiendo que todos están pensando que tu novio te mete los dedos. Y que tu coño huele a un fantástico elixir desconocido. Saber que todos sabían que el olor de mi sexo paralizó, noqueó a mi chico al descubrirlo, me embriagaba de pudor.

Tomado de Erotic Bibliography.

Tomado de The Erotica Bibliophile.

Hoy quizás me hubiese aprovechado de la situación, pero en aquel momento cerraba a cal y canto mis piernas, no se fuese a escapar un poco de ese perfume que todos aspiraban exhalar.

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9

Carnaval

Publicado por SusanaMoo
20 febrero, 2009

Con el disfraz de ninfa, de largas trenzas rubias y toda cubierta de flores, ligué tantísimo a diestro y siniestro, que finalmente dormí sola. No así el año que iba de espantapájaros, que me pasé con el licor café y terminé durmiendo entre un Hugo Chávez ebrio y un Berlusconi borracho.

Linda Benglis

Linda Benglis

Aquella otra vez que fui en comparsa de Minnie Mouse, otra Minnie con su Mickey me propusieron un trío que rechacé, pero las dos ratoncitas nos frotamos bien a gusto bailando, que era lo que nos apetecía hacer y lo que a Mickey le apetecía mirar. Luego estuvo el año aquel en que una amiga y yo fuimos de viejas con verrugas y pañoleta y nos la pasamos metiendo mano a toda máscara con pinta de varón, elaborando una particular estadística de durezas y blanduras, ¡cuántas risas! Y el de monja, que iba súper realista por fuera, con toca y rosario. En cambio por dentro ligas, encajes y puntillas, en este caso la juerga no fue tanto callejera como casera, de regreso con mi chico.

Me gusta el carnaval, el entroido gallego, con sus excesos dionisíacos. Una puede ser cualquier cosa estos días, despendolarse y liberarse. De modo que me voy de fiesta, me piro de parranda carnavalesca y no regresaré hasta el miércoles de ceniza…

Para los que me lean en gallego, dejo un párrafo de mi libro “Fantasías Eróticas para Paspallás” en el que juego con fetiches y estereotipos estupendos para juegos de rol íntimos y elaborados. En este caso es el musculado Tarzán mi pareja y yo soy la femenina Jane:

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