cuento erotico
Cambia de tetas, pero antes despídete de las antiguas.
Amar viene de mamar, que comparte la raíz con amma -madre-y mama -seno-, lo cual es un emocionante indicativo del ancestral reflujo de ternura que habita en nuestros pechos femeninos.
Pero Cristina, con sus mechas californianas, ni sabe ni le importa la evolución lingüística y está decidida a introducir prótesis en sus glándulas mamarias -amarias- sin cuestionarse la singularidad de pertenecer a una cultura que se ha enviciado en el corta y pega de estas delicadas formas femeninas, manás del alimento primigenio; antaño símbolos de bonanza, representados con hartura en las misteriosas figuritas de voluptuosas mamás paleolíticas.

Caben en la palma de la mano. Llegan a nosotros desde el paleolítico -hace unos 200.000 años-, y las encuentran a puñados en los yacimientos de toda Europa. Las llaman Venus prehistóricas, pero dicrepo con ese término. Las llamaré Mamás. Esta es Mamá Vestonicka
A la víspera de la intervención, mientras sus legítimas descansan en su pecho ajenas a la escabechina que les espera, mastica chicle y ve la tele sin plantearse por qué esos mullidos apéndices que, con geometría similar, resultaron óptimos para su madre, para sus 2 abuelas, sus 4 bisabuelas, sus 8 tatarabuelas, sus 16 tatatatarabuelas …, a ella no le valen.
Desde luego Cristina -tan mona, tan eficaz, tan urbanita- es el prototipo de lo que entendemos por mujer triunfadora en el patriarcado capitalista -aunque las feministas se empeñen en clasificarla como miserable víctima del sistema y por ende verduga de sí misma-. Pero ella pasa de política y, como tiene pasta, mañana estrenará tetamen californiano.
Y nada que objetar, genial que sea moderna y que se aproveche de los avances medico-estéticos y se silicone al último grito, pero no estaría de más que, al menos esta última noche, tuviese la deferencia de despedirse de sus viejas compañeras. No le vaya a pasar, como con frecuencia sucede, que empiece a valorar lo que tiene justo cuando lo pierde.
Que les dedique un rato, que se relaje a lo Maja desnuda frente al espejo y que converse unos minutos, que les informe de los motivos por los que se va a desentender de ellas definitivamente. Que les explique, si es el caso, que se avergüenza de ellas por fofas, fláccidas o reducidas , que les plantee, si es que su perversión fuese la envidia, que desea con toda su alma tenerlas más gordas que Menchu.
O que confiese su coqueta vanidad, que narre la gran ilusión que alberga en su seno por pasearse por la playa en topless y conseguir que a todos los padres de familia tumbados en la toalla boca abajo se les salgan las órbitas de los ojos y los glandes de los capullos.
Que les diga, a sus pechos, que los prefiere pneumáticos y firmes porque le encanta cabalgar frenéticamente y odia provocar el efecto histérico en el balancear desbocado. Que les diga a la cara que son una chapuza de la naturaleza, que ella las quiere redondas e idénticas como solo la ciencia sabe confeccionar.
O que les explique que es por amor, por amor a su hombre, al que quiere proteger a toda costa del humillante espectáculo de la fuerza de la gravedad; o les diga que le mueve el miedo a que él no soporte el decaimiento venidero y huya de su lado. O que es a sí misma a quien quiere ahorrar ese sinsabor.
Que asuman que se va a librar de ellas porque no va a aceptarlas tal cual son. El camino que la llevaría a la feliz resignación complaciente es un coñazo de reflexiones, regresiones, y cometarros que a Cristina le da pereza encarar. Mejor tomar el atajo y cortar por lo sano.
Vuelta por Navidad
Pedro, Juan y Manuel compadrean frente a sus espumosas jarras de cerveza apostados en la barra de su tasca favorita. Están de un humor excelente, son buenos colegas y hace tiempo que no disponían de la oportunidad de estar juntos porque Pedro, debido a su trabajo, viaja constantemente. Ahora, de regreso a casa por Navidad, trae mil historias que contar. Es un apuesto treintañero casi cuarentón, corpulento de mandíbula firme, voz grave y cabello crespo apretado en fornidas cerdas negras cortadas a cepillo. Él es, de los tres, el que más tablas tiene en la vida. Su liderazgo en el trío es evidente, es el que levanta la mano para pedir nueva ronda, el más rápido a la hora de desenfundar la billetera para pagarla. Juan y Manuel son más jóvenes, menos peludos y sin duda más pardillos.
- De todas las mujeres del Planeta, dice Pedro masticando una aceituna y dejando en vilo la frase hasta que escupe el hueso pelado- De todas, las más aplicadas en la cama son las gallegas.
Suelta el dato sin venir a cuento e inaugura con semejante sentencia El Tema, ese que todos estaban deseando y que es central en sus conversaciones desde hace 10 años, cuando Pedro decidió alquilar dos dormitorios de su piso y le cayeron estos estudiantes de física, que se sacaron curso por año y ahora sobreviven dando clases particulares en una academia.
- De todas: las mejores las gallegas.
Lo dice con tanta autoridad, tan lleno de razón, que a ver quién le contradice, pero lo cierto es que no hace falta estudiar la asignatura de estadística en la facultad de sociología para comprender que carece de rigor científico alguno. Cierto que Pedro ha ido acumulando una bonita cartera de amantes: una andaluza, dos francesas, una medio argentina medio japonesa, una madrileña de padres asturianos, la famosa rusa y luego cuatro o cinco gallegas que ganan por goleada por el mero hecho de que Pedro residió la mayor parte de su vida en La Coruña, y aquí lo que abundan son las gallegas. De modo que su afirmación peca de chauvinista. Pero Juan y Manuel la reciben con aplaudido entusiasmo porque también son gallegos y, aunque no se hayan comido demasiados roscos hasta la fecha, mola saberse entre las jodedoras más distinguidas.
Ya en la tercera jarra, la espuma de la cerveza deja un surco en el labio superior del apuesto Pedro y su efecto etílico le va soltando la lengua. A Pedro le gusta compartir entre machos los asuntos de faldas y qué cómodo está con estos colegas que le escuchan con tanta atención. El terreno está ganado, puede explayarse a gusto, no tiene porqué racionalizar sus estadísticas, ni evaluar sus peculiares generalizaciones:
- Eso sí, para mamarla ningunas como las rusas.
Vaya, lo de la rusa ya lo conocen. Lo contó el año pasado y, si no recuerdo mal, el antepasado también. Lo de la dichosa rusa, como el discurso de rey, empieza a formar parte del repertorio de clásicos navideños. Pedro rememora las embriagantes curvas de aquella rusa tetona que conoció en el hotel de Praga y sobretodo su voracidad. Aquel modo prusiano con que se lanzó a su bragueta, la agilidad con que se le merendó el jabugo a base de sonoros lametones y vigorosos chupetazos ¡cuánta verbigracia para describir una felación!, expresivo vocabulario acompañado de adecuados sonidos onomatopéyicos y gestos tan elocuentes como reveladores. Juan y Manuel podrían escuchar esa historia sin pestañear hasta un millón de veces. Quizá Pedro exagere un pelín, es posible que algún que otro detalle no se ciña fielmente a la realidad, posturas que son fruto de sus fantasías, o improvisaciones motivadas por el calor de la conversación. Pero, ¿qué más da? lo bien que lo pasan no tiene precio. Y además, ¿qué sería de nosotros sin un poquito de imaginación?
Otra moral es posible
Desde que tuve a los gemelos no soy mujer para Enrique. Mi sexualidad genital está bajo mínimos y paso de forzarme. Ya sé, porque lo he leído, porque me avisaron las veteranas, que es una fase normal de inapetencia. Y todas insisten en que no me preocupe, que disfrute ahora de mi estado maternal, que se pasa volando. Eso hago. A piñón fijo. Como una auténtica mamá gallina con los polluelos bajo el ala, centrada en sus hoyuelos y en sus gorgoritos.
Enrique es un padrazo, pero sé que me extraña físicamente y creo que se está empezando a desesperar. Ya van 7 meses desde el parto y, muy a su pesar, nuestra vida sexual continúa en stand by. Por mucho que sé que es una fase normal, tengo un run run que me taladra la cabeza y cuando el lunes me encontré a Alicia, la vecina del 2º, se lo comenté porque no sé qué tiene esa mujer que me inspira tanto para desahogarme:
- Sexualmente estamos a años luz Quique y yo en estos momentos.
Alicia entendió al vuelo la situación y, sin pensárselo 2 veces, se me ofreció toda contenta:
- ¡Que se pase por casa, mujer! Me encargo un poco de él, si quieres.
-Gracísimas Ali, yo estaría encantada pero no sé si él se animará, es muy suyo para estas cosas.
- Anímale. Mira, el sábado viene a casa una pareja de Madrid y tenemos fiesta de pijamas quitados.
- Pero ¿no supondrá un incordio para vosotros?
- Qué va, es gente majísima. Enrique encaja en el ambiente seguro.
- Se lo comentaré, la verdad, nos vendría bien. A él ir y a mí que vaya, a ver si se me va un poco la culpa por tenerle tan desatendido.
- Pues no se hable más.
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Amanda superchoni
Hoy vengo a hablaros de Amanda para que reflexionemos un poco sobre la habitual y desafortunada confusión entre ética y estética.
Aunque la veáis, a Amanda, con esas pintas de fulana calientapollas, es una santurrona. Si se viste con chupas de polipiel de solapas ostentosas, si carga en las orejas con pendientes lacados en dorado y al cuello con collares de venta al por mayor, si calza botas de tachuelas, se perfila los labios desde buena mañana, lleva las uñas de vampiresa y las faldas a ras -a ras del coño-, no es porque le guste provocar a la peña. En absoluto. Toda esa chuchería va dirigida a un solo fulano, flaco y esquinudo, por el que lleva empirolada casi una década y al que es absolutamente fiel.
Amanda, bonita gracias a sus ojos color verde esmeralda y fea por culpa de su narizota de patata, es dueña de una droguería de barrio bastante rentable. Atiende al público vestida de chochona, con el canalillo al fresco y la peseta depilada los 365, sólo por la peregrina posibilidad de que el delgaducho se presente.
Él se presenta cuando le sale de los huevos. Es un cabronazo que baraja en su trato para con ella elevadas dosis de impiedad, falta de respeto, ausencia de empatía y otras tantas máculas de la sociedad moderna -y de la clásica-.
Como una versión cutre de dandy canalla de zapatos brillantes y afeitado al punto, sólo utiliza la delicadeza, la cortesía o la dulzura en sus técnicas comerciales, jamás en las sexuales. El canijo se deja caer en la droguería porque es representante de una marca de champús, entonces vende el producto y de paso le echa un polvo en la trastienda a Amanda o, si cuadra, la lleva al motel.
Y la muy boba consiente y disculpa y a los que pone a parir es a los que la miran por la calle y le silban o chasquean o emplean cualquiera de esas expresiones primitivas de comunicación no verbal que usan los acosadores callejeros que se encuentran con derecho a opinar guturalmente cuando la mujer viste llamativa. Amanda se pica contra estos pobres diablos con el cerebro irritado o la próstata hipertrofiada y les insulta, les dice puercos, babosos, salidos o viejos verdes.
Y todo porque debajo de la purpurina multicolor que protege a Amanda, se esconde una frágil mental que no sabe gestionar ni su sexualidad, ni su afectividad, ni su dignidad. De modo que llamadla tonta, se lo merece por tener esa moral de comadre vieja mal disimulada con vestimenta de funky moderna. Llamadla gilipollas, se lo tiene merecido por bailarle las aguas a un mamarracho que por muy engominado que traiga el cabello, es un jodido pringao. Pero no le llameis calientapollas porque todo su afán está en calentar una, una que la usa como clinex para descargar sus asquerosas eyaculaciones agrias y putrefactas.
Confesión. Parte II
- Ilustrísima: he pecado contra el 6ª, dice don José, el párroco de Palacio, con aire compungido.
Como están entre profesionales, ya saben que cuando se hace referencia al sexto es que la cosa atañe a las faltas de impureza. Entonces, sin mayor circunloquio, pueden entrar directamente al trapo:
- La tentación ha sido poderosa, dice don José, mostrando una cierta indulgencia para consigo mismo.
El Obispo, un sesentón de aspecto cremoso con los cabellos relamidos, es un experto altamente cualificado en tentaciones mundanas, no en balde lleva 30 años escuchando penitentes. Él mismo, débil mortal al fin, sufrió en su juventud violentos episodios de onanismo, hoy superaros gracias a una canóniga flaccidez persistente y perentoria. Sabe pues, que los deseos son impermeables al dictado religioso, a las penalizaciones legales, a las presiones familiares e incluso al temor de Dios. Sabe que el pecador tiene necesidad de confesar al dedillo, matizando ad infinitum.
De modo que toma a don José del brazo y lo lleva a vicaría. Allí, frente a una botella de Cariñena darán buena cuenta de las terribles perversiones a las que don José ha sido expuesto.
El vino, símbolo de inmortalidad sanguínea, suelta la lengua y desanuda la vergüenza, y don José se explaya a gusto sobre las fantasías indecorosas de la infanta María Teresa ¡magnífico narrador don José! Qué bien escoge los vocablos adecuados para expresar todo aquello que imaginaba la infanta, y lo que él imaginó que ella hacía mientras imaginaba. Habla como si hubiese visto con sus ojos y no sólo escuchado con sus orejas, si no ¿cómo explicar que describa con tanta precisión la distribución del vello púbico del monte de Venus de la infanta? El relato está enriquecido, además, por los poderosos efectos que han causado esas lujurias en su propio cuerpo.
Tan viva descripción, como si de un virus contagioso se tratase, hace mella en Ilustrísima, que se sobresalta al sentir, después de tantos años de morbidez genital, una trempera tan laica como la que podría ostentar un ateo, un hereje o un masón. Entonces, se apresura a darle la absolución al cura, para poder examinar cuidadosamente la sorprendente resurrección y extraer, lo más rápido posible, el veneno que contamina su cuerpo. Ya luego irá adonde el Cardenal y le contará todo para que le recomiende la penitencia adecuada.
…
Y así, de boca a oreja y en sagrado secreto de confesión es como toda la curia eclesiástica estaba al tanto de las fantasías eróticas de la infanta doña María Teresa. De las de ella y de todas las demás damas de la Corte. Una red de espionaje sexual increíblemente eficaz. Y un desahogo erotolálico superado solamente hoy día, quizá, por el que puede abordar cualquier internauta si se dedica a rastrear la multitud de blogs íntimos que se dedican a la narración de fantasías eróticas.
Confesión. Parte I.
La jovencísima infanta María Teresa viene padeciendo desde hace cierto tiempo unos ensueños que le producen síntomas en forma de ardores vaginales y molestas, aunque agradables, palpitaciones. Teresita, educada en las bonanzas de la fe, ha aprendido que el placer es sospechoso en general y peligrosísimo si acontece en el nido de entre las piernas, zona tan apetitosa para las fechorías de Satanás. Hoy por fin ha decidido limpiar su espíritu confesando con don José.
Don José es párroco de Palacio y confesor de confianza de mamá, un sacerdote de cara larga y mandíbula cuadrada que le confieren el aspecto manso de un equino. Sin embargo es una fiera en lo de salvar almas. En él, el oficio es vocacional y corre raudo a la llamada de la infanta ¡Qué menos tratándose de doña Teresita! una nena tan mona, el corderito más dulce del rebaño.
- Ave María purísima, dice don José, encabezando con estas palabras el dialogo de obligado cumplimiento en el sacramento de la confesión.
- Sin pecado concebida, responde Teresita con la cabeza gacha.
La respuesta, clara referencia al inmaculado ejemplo de la madre del Señor, acongoja a la infanta, y ya el representante de Dios en la Tierra entiende por donde van los tiros ¡cuánta sabiduría bajo la sotana! En realidad, hace ya mucho tiempo que don José se estaba esperando una confesión de índole carnal, dado que María Teresa ha finalizado el proceso de madurez corporal y su cuerpo es el de una mujer.
El párroco, tan sensato y cariñoso como siempre, anima a Teresita a elaborar un meticuloso análisis de todas y cada una de las voluptuosidades en las que ha sucumbido.
- Para que tu alma vuelva a brillar, no has de callar nada, recuerda que para el Salvador no existen secretos.
Los pecados pueden ser de palabra, de obra e incluso de omisión, y la muchacha no debe omitir nada, cualquier despiste puede abocarla a los fuegos del infierno. Ella pone dócilmente su alma en manos del confesor, con la ayuda de él van saliendo todas las cochinadas, esas fantasías que tanto han enturbiado su paz. Le habla del sueño del león, que la rapta y le arranca la ropa a dentelladas.
- Y dime Teresita, ¿gozabas tú de la posesión?
La infanta, con las mejillas en grana, asiente avergonzada, pero ¡cuánto descanso poder descargarse de la culpa! Además don José no se enfada, se muestra comprensivo y la anima a continuar. Entonces ella explica el sueño con los soldados. Y el que más la trastorna: el de la criada.
Es muy misericordioso don José. Para consolarla toma sus blancas manos entre las suyas, y se las coloca sobre sus pechitos para que realice los rigurosos golpes de constricción. Mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa …
Cuando terminan, don José parece extenuado, está sudando y respira con dificultad. Deja marchar a la infanta no sin antes encomendarle la tarea de purgar sus pecados a golpe de rosario. En cuanto la muchacha desaparece, don José cae de bruces en el reclinatorio. Ahora es a él al que le toca suplicar clemencia porque toda la contención y solemnidad mostradas ante la infanta no han sido sino pamplinas. Mientras Teresita narraba con su boca de fresa, la dureza de la verga de don José delataba el verdadero estado de corrupción de su alma. La cara sobria y los genitales alterados de ese hombre no parecían ser de la misma persona, eso sin nombrar la profusa polución que le sobrevino al rozar -sin querer- los pechos de Teresita en el mea culpa.
A don José le urge ahora acudir a su confesor, el Ilustrísimo Obispo, para limpiar la mancha de su conciencia, no sin antes -eso sí- limpiar la de sus faldones.
Encuentra al Excelentísimo con sus plegarias pero, como buen pastor, pospone los beneficios de su alma para priorizar los del alma del párroco de Palacio.
- Ave María Purísima.
- Sin pecado concebida.
(continuará)
Anita, la de los pechos despampanantes.
Anita vino hoy al café furiosa contra Carlos, que si no tiene iniciativa, que si es un pasota, que si ya no lo aguanta… se despachó a gusto contra su marido. Al principio cabreadísima, pero el enfado fue cediendo paso a la tristeza y terminó su lamento bañada en lágrimas.
- Antes era un encanto de hombre ¡tan detallista! me miraba y me deseaba. Me deseaba a todas horas, de verdad. Ahora ni me ve ¡es que ni me mira!
Yo le escucho en silencio. Bastante tiene ella ya como para que le atosigue con mis consejos o reflexiones, pero lo cierto es que ¿qué esperaba?
Anita y Carlos llevan toda la vida juntos y es cierto que él flipaba con ella, sobre todo con sus pechos. Ana tenía -todavía conserva- un pechamen soberbio que encandiló a Carlos desde aquel primer momento, en el que debía limitarse a intuir las redondeces a través de la fastidiosa vestimenta. Luego vivió cada acercamiento a ellas como auténticos triunfos personales y el día que se le permitió un conocimiento táctil debajo de la blusa fue, posiblemente, el más feliz de su vida. Por no hablar del impacto que le causó verlas al desnudo, que no eran ni de lejos cómo se las había imaginado pero ¡qué simpáticas! la una apuntando al este, la otra al oeste, como dos gemelas incomodadas entre sí que no soportasen la una la presencia de la otra. Menudo hallazgo constatar que los pechos de Ana eran bizcos, o estrábicos. Pero no, no perdieron pizca de magnetismo por la peculiaridad de que el canalillo fuese más bien canal, o acueducto. Ni perdió Carlos interés por las hermosas protuberancias ya después de casados. En verdad que no se ha visto jamás marido más orgulloso de los pechos de su mujer.
Aquellos primeros años de miel se los pasó Carlos admirando su textura satinada, su prístina firmeza, la curvatura del pezón y la grandiosidad de la mama. Los gozó al natural y a través de los pliegues del camisón, los olfateó, los degustó e incluso disfrutó auditivamente del pom-pom coronario apoyando su cabeza en las carnes tibias y acogedoras. Como un chiquillo se divertía meciéndolas, acunándolas, meneándolas y balanceándolas ¡qué tiempos felices cuando en la playa Anita se animó con el topless y Carlos, con sus gafas de sol, vigilaba orgulloso las miradas de deseo, envidia o lujuria que provocaban las tetas de su Ana!
Luego, cuando embarazada, se le inflamaron como globos y Carlos se maravilló al verlos convertidos en cántaros alimenticios. Presenciaba respetuosamente cómo el nene succionaba, luego la nena y él mismo chupó, lamió y succionó una y mil veces con una dedicación asombrosa día tras día, mes tras mes, año tras año, hasta que imperceptiblemente y poco a poco se fueron convirtiendo en objetos cotidianos, confortables cojines. Y así sucedió que, de tan rutinarios, se le fueron haciendo transparentes y ahora ya casi no se acuerda de ellos, ya casi ni se acuerda de ellos cuando hacen el amor.
Por eso escucho a Ana y me solidarizo con su pena y me callo la boca porque no encuentro consuelo para su tristeza que es la amargura del romántico cuando se da de bruces con el extravío de la pasión.
Quítate las bragas, siéntate en mi picha y salta.
No me agradan las mujeres que tienen el vicio recurrente de despotricar contra los hombres generalizando e incurriendo en falacias estereotipadas, pero a Gloria se lo paso porque en su crítica mordaz despliega una finísima agudeza lingüística:
- Gestionando su polla, son todos una panda de ineptos, dice con su característica verbigracia.
Está empeñada en que los hombres de hoy en día no saben emplear los recursos de su pene. Y es que sucede que los amantes que Gloria ha ido acumulando consecutivamente a lo largo de sus 36 años, han actuado con un desgobierno fálico, un descontrol seminal y una anarquía eyaculativa inaceptables. Ella hace repaso y recuerda a aquel Eduardo que se vertió nomás colocar la minga en la entrada principal, rememora a Pedro que rebosó antes incluso de bajarse los pantalones, a Willy que no llegó a empinar ni con el efectivo agítese, ni con el socorrido bombéese, ni con el práctico masaje bucogenital. Evoca a Braulio, que ni empalmar ni verter, y a Fede, que empalmar y verter fue un 2 en 1.
Me pregunto si ese caos estará causado por el complejo que les produce a los hombres la fuerte personalidad de Gloria o si será debido al shock de su físico. Porque Gloria es guapísima, labios carnosos, ojazos enmarcados por espesas pestañas rizadas, melena divina y sonrosadas mejillas satinadas en puro raso. Luego por detrás un par de glúteos de dimensiones astronómicas, dos globos terráqueos imponentes, extraordinarios depósitos capaces de mantener nutrida a su dueña durante una prolongada hambruna. Todo un exceso cárnico alimentado a base de golosina fina, chocolates de importación y bollería local. Eso, unido a que el deporte le hace pupa, le confiere una estructura rechoncha en general y culona en particular.
Cuando la gente se la cruza, es matemático: no pueden evitar voltearse y admirarse de los monumentales gemelos y después pronunciar el archiconocido lamento ¡qué lástima! ¡con lo mona que sería si adelgazara! Pero ella no parece especialmente preocupada por su sobrepeso, más bien se la ve desesperada por echar un buen polvo. Y pese a su historial de intentos fallidos, no desiste en su cruzada de encontrar un machacante genitalmente competente. Claro que quizás sea ella la que, debido a algún mecanismo invisible de su subconsciente, allá en el fondo y pese a su aparente seguridad en sí, se castigue por cargar con el peso moral que supone ostentar día y noche y allá adonde vaya, tan bastos mofletes traseros.
Desde luego ella no asume responsabilidad alguna y es a ellos, a los hombres, a los que señala con el dedo e incrimina. Tiene el absoluto convencimiento de que su sobrepeso es un imán para los tipejos de empalme irregular, que la buscan con la esperanza de que, al ser gorda, será también tolerante con la torpe confusión de sus miembros viriles.
Y Gloria está harta.
- Yo lo que deseo, dice juntando las palmas de las manos como si entonase una plegaria, lo que de verdad deseo son 25 centímetros de tiesa y el tío que me diga “quítate esas bragas, siéntate en mi picha y ¡brinca!”.
Ni ella se lo guisa, ni él se lo come.
No hay quien entienda por qué Trini no coge mozo, con lo maja que es, lo agradable, tan buena gente, cooperante en no sé cuántas oenegés, activista en defensa de los océanos, en contra de los desahucios, en apoyo al comercio justo… y tiene muchos amigos, y canta genial, y prepara una quische riquísima. Pero de maromo que le baile el cuerpo, nada. No pilla cacho ni a la de tres y ya su hermana Paula le dice que, como no espabile, se le van a formar telarañas en el chichi. Pero que no tema Paula, eso no va a ocurrir porque Trini tiene un consolador-vibrador-ondulante que usa diariamente con tanto ímpetu que de formársele algo en el chichi, sería callo.
Y es que la pobre Trini está viviendo una situación de lo más esperpéntica que la trae sexualmente sobreexcitada. Resulta que cada noche duerme encima de Xurxo, el tipo del cual está colgadísima. Duerme encima de él pero a dos metros y medio de distancia, con un suelo-techo de por medio. Es decir, ella en el tercer piso y él en el segundo. Como sus respectivos apartamentos tienen idéntica distribución y el espacio no deja lugar a demasiada combinación mobiliaria, Trini sabe a ciencia cierta que cuando se acuesta en su cama, se está tendiendo encima de Xurxo y esta realidad, que se viene repitiendo desde septiembre, la está volviendo loca de deseo.
En Septiembre, procedente de una larga relación con final tortuoso, Xurxo se instaló en el apartamento inferior al de Trini y ella le echó el ojo inmediatamente. No es de extrañar, Xurxo es comestible de oreja a rabo, con esos ojazos azul intenso, la media melena reluciente y el trasero respingón. Lo malo es que anda en la inopia, perdido en su reconquistada soltería, todavía masticando el amargo trago de su fracaso sentimental. No, no está receptivo a las tentativas de acercamiento que Trini aborda tímidamente en el ascensor, en el portal o en el rellano. Y qué lástima porque cada noche, mientras Trini pulsa start en su dildo para saciar la sed de su vientre, Xurxo cliquea en el botón de play de la web de Princess Utahx, la mulata portuguesa que se pajea on line para el que guste mirar por el módico precio de quince euros la suscripción, cantidad que él aporta porque lo que más le pone en este mundo es ser testigo del placer femenino. ¿Intuye Trini la debilidad de Xurxo? consciente o inconscientemente exagera el tono de sus gemidos en un intento desesperado de atraer la atención de su vecino. Son, sus sensuales lamentos, llamadas de socorro de una hembra a un macho que obtendrían su consecuente respuesta si no fuera porque Xurxo acostumbra a ponerse los cascos para escuchar sin interrupciones a Princess Utahx. Qué jodida tragicomedia es la vida esta, carajo. En macabra sincronía Trini se consuela con su juguete para adultos mientras que Xurxo hace lo propio con contenido para adultos y los dos, por separado y tan cerca, se autopropinan placer.
¡Ay Xurxo de mi corazón! ¡cuánto más no gozarías tú con los rítmicos meneos pélvicos que sacuden armoniosamente los mullidos glúteos de tu ignorada vecina! ¡cuánto no disfrutarías con el fervoroso rostro de Trini en desorden conceptual!
Y cuánta emoción pierde Trini al no poder sentir el bíceps tenso del brazo derecho de Xurxo bombeando ese dicharachero miembro de tejidos esponjosos. Palidecería de deseo Trini si pudiese comprobar la velocidad con la que a Xurxo le fermenta el pan entre las ingles, deliraría si pudiese paladear ese suculento bocado que, ya edurecido y empinado, sacude arriba y abajo con su puño cerrado.
Pero no se ven. Ni el uno a la otra, ni la otra al uno, y ambos se corren y sus orgasmos son muy satisfactorios porque cabe resaltar que en la intensidad del éxtasis físico no puntúa ni la alegría que proporcionan las emociones, ni el bienestar de los afectos compartidos. Para alcanzar una corrida sin más, ciertamente la compañía es lo de menos.
2 dedos, 2 manos.
- Cariño-, le dice Montse a Pedro, y él piensa ¡uff!, porque cuando Montse empieza una conversación diciendo cariño con ese toniquete de reproche, no trae nada bueno detrás, - Cariño, ¿podrías explicarme porqué te gustan las mujeres vestidas de zorras?
Efectivamente, la conversación trae grandes dosis de mal rollo.
- Mujer, a mí…, balbucea Pedro. Pero ya Montse le ataja:
- No me vengas con que no: porque sí. Siempre te quedas con las que van en plan putón.
Acabáramos. Montse le ha pillado posando su mirada remolona en el potente trasero de la de la minifalda fucsia. Aun a pesar de su flagrante delito visual, Pedro arriesga y responde:
- Porque vestidas así estais salvajes.
- ¡salvajes!, Montse suelta una carcajada sonora, pero aunque haga tanto estruendo al reir se nota a las leguas que lo hace sin ganas- ¡Salvajes!, de verdad que me parto contigo Pedro. Salvaje es una mujer vestida de montañera, con botas con las que pueda dar un puntapié y no subida en picudos rescacielos; salvaje es la que calza deportivas y chandal para echar a correr o saltar; salvaje es llevar las tetas en su sitio y no empotradas en la garganta; salvaje es conservar el pubis velludo y no torturado a base de lacerantes depilaciones; salvaje es pasarse la lengua por los labios sin temor a que se corra el carmín; salvaje es poder zamparse un pollo con los dedos sin estar pendiente de estropear la manicura.
Montse va embalada, pero no deja de resultar sorprendente que despotrique contra las uñas lacadas cuando ella misma las lleva así, contra los tacones cuando ella lleva zapatos que, si bien no se pueden considerar rascacielos, sí se alzan unos cuantos pisos; contra el carmín cuando cada vez que visita los servicios no olvida perfilar su boca.
Podríamos excusarla argumentando que viste así por exigencias del guión profesional que desempeña, pero es que debajo de la ropa lleva el pubis a lo tiquet de metro. Será que como es abogada tiene la capacidad de argumentar conviencentemente desde cualquier punto de vista o que, como suele suceder, tiene un cierto desajuste entre sus ideas teóricas y su consecuente realización práctica.
De modo que Pedro opta por callar y aguantar el chaparrón. Ya escampará. Montse prosigue:
- De verdad, los hombres de ahora, mucho alardeais de que preferís mujeres libres, que si igualdad e inteligencia y luego premiais a las que han cambiado el refajo por la silicona, a las que siguen a pies juntillas los clichés estereotipados de la mierda de estética porno Manga ideada por y para japos subnormales.
¡Eh, eh, eh! Se está pasando Montse.
Y tira a dar porque sabe de la debilidad que siente Pedro por los comics Manga ¿qué pasa si comparte gustos con millones de pajilleros japoneses? y no solo con nipones; Pedro, universitario europeo con máster y dos idiomas, en lo que a estética sexual se referiere, sigue la misma pauta que un minero australiano, que un ejecutivo bonaerense, o que un yankee de obesidad medio-alta y clase social medio-baja. Todos los machos del mundo empinados al son monocorde de una globalización liderada por las conejitas play y las erololis Manga.
- ¡Si hasta los gestos íntimos del amor vienen orquestados por los palurdos del porno!- Montse continúa su speach, cada vez más indignada- Que quereis vernos reproduciendo esos aparatosos gemidos, esas incómodas posturas, y entérate Pedro, eso no es salvaje, eso es ser un mono de repetición ¿os creeis que nos masturbamos con dos deditos y con las piernas de par en par para dejar plano libre a cámara? No, hijito no, qué ignorantes sois. Cuando lo hacemos de verdad cerramos las piernas y a dos manos, que puede que no sea tan emocionante visualmente pero es mucho, ¡muchísimo más salvaje!
Pedro ya está más arrepentido que un Borbón de haber demorado su mirada en las cachas de la jamona de mini fucsia. No volverá a suceder. La próxima vez tendrá más cuidado. Ahora a ver si consigue poner punto en boca a la conversación porque la idea de Montse masturbándose a dos manos le ha sorprendido y le ha estimulado y le han entrado unas ganas considerables de echarle un polvo, y como la charla no cambie de tercio no va a tener posibilidad alguna.
- ¿cenamos pizza?
- No por Dios, con lo que engoda!, lo del engorde tampoco es un buen tema.
- ¿ensalada?
-… vale.









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