cuento erotico
Apetito sexual de Andrés, el cirujano
(Para ler este conto en galego pincha aquí)
Andrés es un buen tipo, médico cirujano de profesión. Serio en su consulta, cerebral y firme. Un doctor en cuyas manos dejas tu vientre enfermo con una cierta sensación de alivio, con la percepción de que detrás de esa mirada reconcentrada hay aplomo, sabiduría y buen hacer.
Agnóstico convicto, se enfrenta cada día a la muerte. Cada día disecciona tripas y vísceras y se maneja entre los sangrantes órganos tumorados y malformados intentando alejar de sí cualquier sentimiento de piedad o compasión: un profesional escéptico con una secreta válvula de escape: el sexo, gratuito o de pago, es lo mismo.
Es en la pasión erótica donde Andrés se resarce de todo ese dolor de hospital, es en el cuerpo sano de una mujer donde hace su canto a la vida. Disfruta de la cópula más que nadie, con la fruición del que sabe de la fatuidad. Andrés venera el cuerpo femenino y allí donde se crea la vida, en ese lugar de la hembra que la distingue del macho, allí donde está el origen del ser, Andrés se extasía, se deleita, se pierde y desfoga sus ansias de vividor de fondo. Abre su objeto de adoración, bien abierto, y observa el coño con todo su ser.
Como si de un ritual chamánico se tratase, el doctor aspira ese olor a principio de los tiempos, ese olor al fondo de los mares que Andrés se sumerge en la ambrosía, se emborracha todo loco. Ebrio de placer, lame, chupa, absorbe y se siente renacer.
Es impresionante la entrega en la monta de Andrés, con seriedad mística y fiereza incontenida, gimiendo, rechinando los dientes y retorciéndose, emitiendo alaridos guturales más propios de un primate que de un cirujano portentoso y estudiado…
Cana al aire, pelillos a la mar.
La madre de Fito. (A nai de Fito aquí)
Hace unos tres años que mi hijo Fito vive en Londres y siempre insistiendo en que fuéramos allí, pero a mi marido no hay quien lo saque de casa. El no quiso ir, pero yo sí.
Los dos primeros días Fito pidió vacaciones y me enseñó Buckingham Palace y el Big Ben. Incluso fuimos a un pub a tomar cerveza. Pero el resto de los días él trabajaba y yo me las apañé. La suerte llegó porque encontré un supermercado de un hindú que chapurreaba portugués y aún pudimos tener conversación.
¡Qué buen mozo el hindú Shuri! Atento en demasía, tan educado… y tan buenas migas hicimos que cuando yo entraba en la tienda sólo le faltaba ponerme la alfombra a los pies. Masculino a rabiar, al principio hasta me daba apuro mirarle a los ojos, de tan grandes y oscuros, con las cejas erguidas y ese pelazo negro; un hombretón con la sonrisa de niño. ¡Y ese modo de mirar! Un indiscreto, que se fijaba de aquella manera en mi cuerpo, tan ostentosamente que me ponía nerviosa. A Shuri le entré por los ojos, vete tú a saber por qué. Dicen que hay hombres a los que les gustan maduras y él debe ser de ésos. Y eso que podría tener la mujer que quisiera, oliendo siempre limpito, con la camisa recién planchada, que no tenía necesidad ninguna de fijarse en mí, que vete tú a saber si no le doblaré en edad.
Yo de coquetear no soy. No digo que después ya me pintaba y compré los aros dorados con piedrecitas y las sansalias amarillas… Me arreglaba porque me hacían chiste las carantoñas del hindú y las risas que nos echábamos, pero mi intención no iba más allá. Pero el demonio de Shuri iba entablando confianzas y yo no le paraba los pies porque allí en Londres todo me parecía distinto.
Yo imaginaba que jugaba porque era cliente nueva, pero fui cayendo de la burra cuando me sostenía la mano al darme el cambio y me palpaba bien la cintura cuando me enseñaba sus productos. Y ya todo se desencadenó cuando hizo como quien se le cae el paquete de tabaco y quedó allí en el suelo mirándome a las rodillas.
Lo que no me explico es mi reacción, que me lancé al hombre como si tuviera hambre atrasada, que me entró una calentura loca, loca. Fuera de control: a sacarle la ropa y a lamerle el cuerpo allí en el pasillo y él arrastrándome a la trastienda.
-¡Pasa, pasa que aquí nos pueden ver!
No me pregunteis cómo, pero allí me encontré desnuda, acostada en una cama del cuarto al fondo de la tienda, con
Shuri tan apasionado con su sonrisa y sus palabras:
-Española bonita.
Yo no sé cómo fue pero con el follón ni condón pusimos. A pelo. Lo hicimos a pelo. ¡Jesús!
Guay
El relato que sigue lo escribí en gallego, si quieres leerlo en versión original, pincha aquí
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GUAY
Antía estudió Empresariales pero tal y como está la cosa aún no encontró trabajo. A veces se desespera aunque ella es de natural optimista y, siempre que le preguntas, ella responde: “guay”.
-¿Qué tal la entrevista?
-¡Guay!
-¿Cómo te fue el viaje?
-¡Guay!
-¿Qué tal la última de Almodóvar?
-¡Bastante guay!
La ropa que le gusta le queda “guay”; sus amigos son “guays” y, si hace sol, ese día es un día “guay”.
Pero cuando Antía repite, triplica y multiplica su muletilla verbal es cuando su novio le obsequia con placer oral.
Resulta impresionante escucharla con esa expresividad lingüística sucinta, combinando la palabrita de marras con diferentes gestos y diversos niveles de volumen. Antía con las piernas abiertas y los ojos cerrados, reconcentrada en las sensaciones de su coñito vocaliza:
-¡Guay!… ¡GUAYYYYYYY!!! -Ggggg UUU AAA YYY -gggg uaaa yyyy
Cuando por fin Antía calla, el novio levanta la cabeza entre sus rodillas -los labios goteando- y pregunta:
-¿Qué tal, cómo fue?
Ella, invariablamente, responde:
-¡Guay!
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La imágen que adorna el relato la he puesto porque no encontré una donde fuera el hombre el que proporciona este tipo de placer a la mujer y a ella se le viera tan expresiva exclamando algo que bien puede ser la traducción de la palabra guay.
Esta escultura está en éste interesante parque temático.
Uno de mis relatos eróticos encuentra novia
¡Ay! Qué contenta me pone encontrar una imágen adecuada para alguno de mis cuentos.
Ayer encontré una que casa como anillo al dedo con mi “Bolita”. Desgraciadamente desconozco la autoría del pintor, pero es fantástico que alguien pincelara mis palabras sin haberlas leido, quizá antes de haber yo nacido. He cambiado la imagen que tenía por esta nueva, mirad: Bolita
Si alguien sabe de quien se trata, por favor, compartidlo.
Cita a ciegas, esta vez sí
Dicen las buenas costumbres que el hombre ha de cederle el paso a la mujer en todas las situaciones salvo en una: al subir escaleras, porque si ella lleva un par de peldaños de adelanto, las posaderas femeninas quedan a la altura de la mirada indiscreta de él y esto puede abochornar a la señora. Pues bien, él me cedió el paso escaleras arriba y yo no me sentí abochornada ni siquiera cuando las yemas de sus dedos rozaron mi pierna falda arriba. El cosquilleo nervioso que erizó mi piel me aseguró que la química funcionaba y ya mi cuerpo respondía ¡Ay qué dicha! Mi cuerpo se encendía con vivas llamaradas. Y el de él.
No me voy a enrollar explicándoos como se sucedieron las entradas y salidas
que acometimos, las humedades y las posturas; la anatomía humana es la que es y todos conocemos ya la mecánica de la cópula, pero sí diré que su pene resultó ser muy inquieto y ergonómico, que el señor se soltó con soltura, con desparpajo en mi piel y que el encuentro fue chupado: una naturalidad pasmosa, teniendo en cuenta que nos habíamos visto las caras por vez primera hacía no más de diez minutos y que esto era una extravagante fantasía cosida con letras e ideas.
Me regaló fuegos artificiales y yo se los regalé a él. No me resultó difícil abrir mis piernas, frotar mi pubis con el suyo, entregarle mis senos, ofrecer mi lengua, pero … mi mirada permaneció tímida, el contacto ojo con ojo es el más íntimo de los contactos: mi alma me la reservo.
Disfruté de la compañía, me lo pasé bomba y aunque la cita fue a ciegas, casi me quedo bizca.
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(Aquí os conté un intento fallido)
Yo, Silvia. Cuento erótico feminista al más puro estilo machista.
(La fantasía que sigue ha sido elaborada para exorcizar a la anterior).
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Silvia
Soy Silvia, emperatriz adorada por mis súbditos y temida por mis enemigos. Veinte años hace que cumplí cincuenta, pero mi juventud está salvaguardada bajo gracia divina -que inspira desde las alturas a mi equipo de imágen y estética-.
Combino mis funciones de mandataria presidencial con un ocio exquisito en el que sólo caben el lujo y la belleza. Me gusta rodearme de jóvenes hermosos y simpáticos, adonis que alegran mi vista y a veces también mi tacto. Bambinos de cuerpos esculpidos que se entusiasman ante mi presencia, me sonríen, adulan y cortejan. Ellos saben que soy generosa y complaciente con los que me son fieles y aquellos que me caen en gracia llegarán a ser ministros, o directores de judicatura y tendrán el privilegio de sentar sus culitos en mi regazo.
A mis amigas, poderosas hembras maduras, las agasajo en mi palacio.
En mis jardines de piscinas y varoniles cuerpos bronceados. Es muy placentero observar cómo se divierten, aquí son, como yo, diosas y ejercen sus derechos. Afuera queda la pesadez de esforzarse por ser apetitosos pastelitos. Si les place mostrar su pubis peludo, selvático y chorreante, sea. Aquí el postre lo sirvo yo y ellas tienen potestad para degustar cuanto deseen.
No han de preocuparse en complacencias: ellos siempre son amables. Ellos siempre, siempre, siempre sonríen.
Eva, su manzana y el pecado.
No me extraña nada, pero nada, que Eva le ofreciese la fruta prohibida a Adán: es una visión magnífica observar cómo un hombre atractivo se zampa una manzana roja con toda su voluntad y entrega.
Le costó caro a la pobre Eva, presenciar el espectáculo de Adán – sin la hoja de parra todavía, sin vergüenza todavía, erecto sin duda – dándole bocados jugosos al fruto del árbol vedado. Abriendo la mandíbula y arrancando la pulpa con recién estrenado poder y arrogancia, traspasando, altivo, las difusas fronteras entre el bien y el mal.
Sí: morbosa Eva, con ese afán voyeur de incitar al hombre a saciar su hambre en acto de desobediencia, con gula obscena, acometiendo el pecado mordisco a mordisco, con las comisuras de la boca jugosas, con el paladar salivando de placer.
Tuvo que pagar un precio la traviesa Eva por desear que su hombre fuera sabio y perverso, rebelde y lascivo. Sin embargo, la defiendo: yo haría lo mismo, aunque haya que parir con dolor, aunque nos largaran del paraíso, yo también querría que mi hombre fuera libre.
Celadores, héroes de Eros.
Este cuento lo he escrito originariamente en gallego, para los que gusteis leer en esta lengua, os recomiendo pincheis aquí.
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Mis celadores
Cuando te llevan a operar, los nervios afloran. Son momentos delicados en que todo pensamiento sexual debería estar fuera de lugar, pero no siempre ocurre así. De hecho, muchos de nosotros nos asimos al sexo como expresión máxima de la vida cuando la muerte asoma la guadaña: en los hospitales Tánatos está encrespado y los celadores, sanotes, se convierten en los héroes de Eros.
Cuando lo de mi apéndice, tuve la primera experiencia hospitalaria y le tenía un miedo irracional al bisturí, pero eso no impidió que cuando aquellos corpulentos especímenes me vinieron a buscar, mi femeneidad floreciera como vía de escape primigenia. Eran dos y llevaban camisola de hilo verde y pantalón combinado -pienso que por debajo nada vestían-. A uno se le veían los pelitos del pecho: alto, moreno, guapo de frente y de perfil. El otro, uno de esos tipos a los que les gusta hacer sopitas con el pan, si tenemos en cuenta la pancita rechoncha que se me antojó encantadora. Una pareja de hombres de brazos musculosos y trabajar diligente.
-Buenos días, venimos a buscarla para el quirófano.
Parecían altísimos, claro que yo estaba acostada, desnuda debajo del camisón de enferma, con mi pobre pubis rasurado a instancias de una enfermera que me lo rapó en seco sin mirarme siquiera a la cara.
Me llevaban, los dos amiguitos, por esos siniestros corredores y me di cuenta de que uno de ellos tenía una pulserita de cuero, y el otro un anillo de casado. Yo tenía miedo, mucho miedo y gruesas lágrimas resbalaron por mis mejillas, pero no era el canguelo ni el dolor lo que me hacía llorar. Era que esos dos jóvenes tan apetitosos me miraban con los ojos vacíos de deseo, me veían como quien mira a una enferma y no se percataban de que debajo de ese apéndice inflamado había una mujer con suficiente energía para resistir a los dos hercúleos celadores cuando estuviéramos, ellos fuera de servicio, y yo a pleno rendimiento.
Relato erótico: los pechos de la peluquera
Éste cuento lo he escrito en gallego, a los que les guste leer en esta lengua, les recomiendo que pinchen aquí y lo lean tal y como fue concebido. Para los que prefieren fantasías en castellano:
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Luísa, la peluquera bien organizada.
Bien sabido es que tan importante como el estilo al cortar el pelo, son los senos de las peluqueras. Queramos o no, nos fijamos porque quedan a la altura de los ojos y ciegos no estamos.
Eso lo sabe bien mi amiga Luísa -¡qué lista que es!- que puso peluquería propia y el negocio le funciona de maravillas.
Luísa y sus empleadas visten cómodas en el trabajo: pantalón flojo de algodón negro, camiseta blanca ajustada -pero no ceñida-, zuecos en los pies. La camiseta lleva el logotipo de la empresa en el lateral izquierdo y escote redondo sin exageraciones.
A Luísa le gusta atender personalmente a los hombres que visitan su local y lo hace con amabilidad sucinta.
- Buenas tardes. Pase por favor, acomódese para lavar el pelo.
Cada vez más varones acuden a la peluquería de Luísa por el masaje que ella ofrece al enjabonar: calmado, con las yemas de los dedos, un poco mas firme detrás de las orejas, con las palmas en la nuca.
Al terminar Luísa encara al cliente de pelo mojado:
- Ya se puede levantar.
La peluquera -¡qué espabilada es!- cosió en su sostén dos pequeños bolsillitos a la altura de los pezones, y cuando termina de lavar la cabeza de los hombres, discretamente introduce en esos bolsillos dos garbancitos rechonchos: uno en el derecho, otro en el izquierdo. Dos protuberancias que no les pasan desapercibidas a los hombres cuando ella se situa frente a ellos después del relajante masaje.
- ¿Me acompaña?, les invita.
Nimiedades a parte, Luísa hace su trabajo muy profesional cortando a tijera
o navaja y procura no entablar conversación. Luísa es seria: sonrisas, las justas, y nada de jugar a ojitos, nada que indique deseo sexual salvo esas ostentosas pelotitas que tienen delante de las narices los agradecidos clientes.
Luísa se concentra en la cabellera y los garbanzos hacen el trabajo de resultarle encantadora a los hombres, que marchan complacidos y por regla general siempre dejan buena propina (aunque hay de todo).
Relato de la sensualidad del señor Edelmiro (y Manolito)
(El relato que sigue lo he escrito en gallego. A los que gusten de leer en esta lengua les aconsejo que pinchen aquí y lo lean tal y como fue concebido).
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El señor Edelmiro.
A Edelmiro lo que más le gusta es el pescadito frito, la tortilla de patatas con chorizo, que gane el Dépor, y que el chochito de su mujer haga chof-chof.
Me explico: el pescado frito no le gusta todo por igual, muestra preferencia por la raya, por los rapantes de tamaño recortado y por los chinchos, que traga con espina, cabeza y todo.
La tortilla, bien hecha por fuera y cruda por dentro, con el huevo deshecho, igual a la textura que le chifla encontrar en la almeja de Mari Luz, que parece sequita, pero al explorar un poco con los dedos o con “Manolito” (Edelmiro bautizó a su pene como Manolito), siempre encuentra una pulpa jugosa que hace las delicias de Edelmiro y de Manolito.
Miro se siente afortunado con esa rosa calentita, esa fuente de miel que Dios le dió a su mujer y ella -¡Princesa!- le presta:
- ¡Tienes el coñito más generoso del mundo!, dice Edelmiro, pese a que sólo conoció otro y de eso hace tantos años que ya no se acuerda.
¡Ay! Cómo le gusta a Miro escuchar el chof-chof que hace Manolito al entrar y salir del pozo líquido de su esposa. Se siente muy orgulloso, como si fuera mérito propio, exactamente igual que cuando gana el Dépor, que también lo vive como un triunfo personal, sobre todo cuando mete goles en casa y va carretera alante tocando la bocina, dando el coñazo a los que no somos tan futboleros.










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