Crisol Púbico. Novela erótica en capítulos
A quién no le tiemble el pulso en un trío, que levante el dedo.
Hoy es el día en que la camarera de Crisol, Carmen, sale de cuchipanda: dos apetitosos macizos le esperan para ofrecerse como banquete. Esta situación es excepcional en la biografía de Carmen y se siente inquieta. Hace tiempo que ha desistido de la ilusión del amor -al menos eso es lo que dice- pero se niega a abandonar los placeres asociados a tan digno sentimiento. Sí, Carmen está ilusionada, pero es conciente de que el “antes de” supera con relativa frecuencia, al “acto en sí” y hoy lleva todo el santo día tratando de relajarse, de disfrutar con los preparativos. La vida no es una orgía constante ¡tan cuesta arriba a veces!, pero de repente ofrece unos pasteles de requetechupete. Ni de broma se presentan todos los días dos manjares como Samuel e Ismael, tan guapos, tan amables.
A dos horas vista del encuentro, se mete en la bañera y masajea sus piernas con la esponja mientras piensa para sí que las tiene muy bonitas todavía. “Todavía”, esa palabra es la espada de Damocles porque ella sabe que el atractivo físico es perecedero, sabe que el tic-tac no se detiene y seguramente eso ayuda a que rebañe golosa estos momentos.
Para que su melena luzca más espesa: mascarilla de aceite de karetei, piedra pómez los pies, jabón negro marroquí como peeling corporal. Luego, ducha helada y ya sale, fresca como una rosa, se enrosca una toalla a la cabeza y se mira en el espejo desnuda.
“Ay, Carmen, ¡quién te ha visto y quien te ve!” se dice. Pero …¡no, no! esa no es la actitud, Carmen ha de obviar las incipientes arrugas entre los senos, y también la flaccidez de la parte baja de los muslos. La gimnasia mental adecuada es encauzar los pensamientos en positivo, no va a aguar un bello encuentro sexual por un puñado de imperfecciones, no, en eso era especialista a los veinte años, ahora se limita a dar las gracias a su dios ateo por estar fuerte, por sentirse animosa y por mantener su apetito, su alegría y esta ilusión madura por encarar un trío sexual con unos amigos, los vecinos remeros, esos chicos tan forzudos como sensibles, que aunque son una pareja estable de gays, se ve que echan en falta un poco de contacto femenino y ella, Carmen, se encargará con sumo gusto de paliar esa carencia.
Hidrata su piel -leche de almendras amargas- y se viste la exclusiva lencería – preciosas bragas de cachemir, súper escotadas por las nalgas y subidas de cintura, sujetador palabra de honor de abrochado delanero con botones de perla-. Ahora le toca al rostro: tónico vivificador, crema hidratante efecto anti estrés, antioxidante multiprotection nutritivo en el contorno de ojos y las bolitas de cera efecto flash luminoso. Ya el maquillaje causa invisible y por fin la máscara de pestañas, leve colorete en las mejillas, perfilador labial y carmín. Ese maremagnum de potingues le dan una asombrosa seguridad en sí misma. Ya se sonríe ante el espejo porque se ve bonita y su boca es bien linda. Todavía. Y esa alegre boca está muy bien mentalizada para hoy, fiesta de los sentidos, recibir doble de felación…
Entonces, cuando ya se cuelga el bolso para salir, suena el timbre…
- ¡Ding-dong!
¿quien será a estas horas?, piensa Carmen y su sorpresa no es pequeña cuando al abrir la puerta se encuentra con Gonzalo, el vejete cliente de Crisol, todo acaramelado con una mujer mucho más joven que él.
- Hola Carmen, ¿todavía tienes el apartamento en alquiler?
………………..
Capítulo 60 de Crisol Púbico.
Las urgencias sexuales son malas consejeras.
Gonzalo espera a la enfermera en la puerta del hospital. Está vestido con traje de calle y con su maleta en la mano. La verdad es que hace días que está fuerte como un roble. Si se quejaba de agotamiento era unicamente con la finalidad de prolongar su estancia hospitalaria en la que tan feliz ha sido. Pero ahora ya no tiene sentido y ha decidido abandonar el hospital, eso y vivir, desde hoy mismo con Alice. Hasta el fin de sus días.
- Alice, ¿quieres ser mi mujer?
Alice le mira con tristeza.
- Pero si tú ya estás casado.
- Desde hoy, si aceptas serás mi mujer y te acompañaré en las alegrías y en las penas. Todo lo mío es tuyo.
- Anda, invítame a un cafecito y lo hablamos con calma.
Unos minutos más tarde Gonzalo toma las manos de Alice y le habla con mucho sentimiento:
- Te quiero, me muero por tí. Jamás he sentido algo así por una mujer. Pediré el divorcio. Lo tengo todo pensado, nos iremos a vivir juntos. Desde hoy mismo. Tengo una buena pensión, y varios locales que me rentan, la mitad será para mi esposa, pero el resto nos dará para vivir con soltura. Viajaremos, iremos a Venecia, a París, adonde tú quieras. Te compraré vestidos preciosos.
Gonzalo tiene gesto emocionado pero Alice sonríe un poquito escéptica. Ya ha escuchado palabras así muchas veces, claro que a éste se le ve más sincero que otros y a ella, dadas las circunstancias, le vendría de perlas tener un buen compañero. Porque el momento que vive Alice no es como para echar bombas. No sólo se acaba de quedar en el paro, es que además está metida en un feo asunto de cuernos.
Cuando el cabrón se largó, Alice se vio imposibilitada de pagar el alquiler y entonces una pareja colombiana, que recién habían tenido un bebé, la acogieron en su casa a cambio de una cuota modesta. Ella encajó allí de maravillas especialmente con la chica, Tati, de la que se hizo íntima. Pero hete ahí que Tati trabajaba los miércoles por la noche y ese día se quedaban a solas el apuesto marido y Alice. Él es un hombre pequeño y de cuerpo compacto que ronda los veinticinco y que no dudó en aprovechar su oportunidad los miércoles por la noche. Como cualquier joven siempre andaba dispuesto a ampliar su trayectoria sexual y se acercaba a Alice más de la cuenta, le propinaba arrumacos un poco impropios dado su estado civil. Ella, con su carácter juguetón, le seguía el cachondeo sin más. Sin imaginarse ni remotamente dar un paso en falso. Esto hasta que uno de esos miércoles de marras pasó lo inevitable. Alice estaba en la cocina faenando. Se acababa de duchar y había puesto su ropa interior, como era su costumbre, en la cesta de la ropa sucia. Pues cuál no sería su sorpresa, cuando lo ve apoyado en el canto de la puerta muy sonriente con sus braguitas -las que acababa de poner en el cesto- en la mano, delante de la nariz.
- Eres un payaso, le dice.
Él ni se inmuta, sigue aspirando el aroma y su sonrisa se va transformando en seriedad.
- Tú ya sabes que yo te tengo ganas, Alice.
- Anda, déjate. Que bien que estáis tú y Tati.
- Tati desde el bebé no es la misma, no se quiere dejar coger, dice que le duele.
Mientras le explicaba sus problemas maritales se le había acercado mucho y, todavía olisqueando sus bragas, había pegando la pinga a las nalgas de ella.
Ya vamos conociendo a Alice. Ya sabemos que no está hecha de hielo, que se templa con facilidad, pero esta vez todavía opuso un poco más de resistencia.
- Sepárate, por favor te lo pido.
Pero, ¡ay! La carne es débil y Alice lleva ya unos meses sin un consuelo. Ese bulto apretándose cada vez más fuerte en sus cachas, rozándose, frotándose, le enciende las carnes. Cuando la sangre se enciende no hay razonamiento moral que la apague. Y allí se dejó montar Alice por el marido de su amiga. Allí mismo, en la cocina. Sentía las empitonadas bravías y el cuerpo le vibraba todo, ¡qué gusto da virgen santísima!, ¡cómo agradece el organismo ese bombeo!, ¡qué maravilla sentir ese pulso primitivo! ¡sublime explosión de los sentidos!
La escena se repitió, con lógicas variantes, cada miércoles. Así desde hace dos meses. La situación empieza a ser insostenible. Ella, ahí, conviviendo con la pareja. Tati absolutamente confiada, intimando con ella, los tres jugando al dominó los domingos en la sobremesa con el remordimiento y el deseo alternándose en esquizofrenia. Esos polvos urgentes tiene la característica de dejar el cuerpo alegre y el espíritu triste y ¡cuánto desgastan!
De modo que Alice se siente en estos momentos una vaca sin cencerro, una oveja extraviada, una perra sin bozal y Gonzalo puede ser una magnífica vía de escape. No es que lo quiera por interés, o en cualquier caso su interés no es mayor que el que se suele encontrar en una relación amorosa cualquiera.
- Vamos a ir inmediatamente a hablar con Carmen, dice Gonzalo, el apartamento está para entrar. Viviremos allí mientras no encontramos algo mejor.
- ¿y quién es esa Carmen?
- La camarera de Crisol, el bar donde acostumbro a ir cada mañana a tomar el café.
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Capítulo 59 de Crisol Púbico.
El médico eyacula en el cojín.
-Supongo que no es necesario que le explique las causas de su despido, dice el médico muy serio sin mirarle a la cara.
Por supuesto que no. Desde luego que no. Que una enfermera se beneficie a un paciente en el mismísimo hospital es causa justificada de despido inminente y ningún sindicato pondrá pega alguna.
El médico es un hombre tolerante, él hubiera perdonado un desliz del tipo confundir las tomas de medicamentos, olvidar la administración de un calmante, un informe erróneo. Hubiese sido condescendiente si se hubiera demorado en acudir a la llamada apurada de un enfermo o si hubiese tenido un pronto desairado con un familiar. Podría mostrar negligencia ante una falta de profesionalidad, ante una carencia de humanidad, ante la ausencia de sensibilidad para con el dolor ajeno ¡Pero eso! Eso bajo ningún concepto.
Alice lo sabe y no tiene nada que decir. Se levanta y sale del despacho con los ojos llenos de lágrimas y el mentón hundido por la vergüenza.
El médico se siente molesto, cabreado, incómodo. Menudo día lleva, menudo papelón le ha tocado hacer hoy, qué desfachatez la de esa enfermera, qué mal trago. El doctor se recuesta en su silla, está alterado, nervioso, ha de hacer algún ejercicio de respiración para calmarse un poco. ¡Menuda fulana! Al pobre médico no se le va de la cabeza la imagen de la enfermera abierta de piernas con el chorro del grifo en la vagina. Qué horror, piensa, bebe un sorbo de agua. “Una fresca, una libertina” Él nunca ha visto a su mujer en tan obscena postura. Sus relaciones maritales son regulares, acostados como norma general. Acometen tres, cuatro posturas, vamos, lo normal. Pero eso es lo de menos, aunque él y su esposa ejecutasen el listado completo del kamasutra, esa alegría de follar no se la darían las acrobacias. Lo que ellos desconocen, lo que para el médico es, hoy por hoy, inconcebible es esa insólita capacidad de despendole que ha presenciado y que está a años luz de su sexualidad patriarcal represiva ¡Si no es ni tan siquiera capaz de liberarse en solitario! En estos momentos, sin ir más lejos, está excitadísimo y no se quiere dar por enterado. Qué asquerosidad, se obstina en repetirse como si se estuviera aprendiendo la lección.
¡Menudo día llevo! dice para sí mientras con rictus de agotamiento nervioso toma el cojín que está allí al lado. Sin pensar realmente en lo que hace, lo pone en su regazo. Absolutamente inconsciente de lo que ese gesto significa, le da un buen azote al cojín. Ese golpe reverbera en sus genitales. A diferencia de sus limitaciones cerebrales, su aparato reproductor funciona como un reloj. Qué guarra, recuerda. Y otro azote. Esta puñetera erección le impide pensar con claridad, ¡qué puta!
¡Va, va! la fantasía quiere salir, viene y va, juega al escondite pero hoy parece que la lujuria va a conseguir escamotear la autocensura. Hoy su mente cabalga. Otra nalgada al cojín -reverberación en la polla- y ya se imagina con claridad el culo gordo de la enfermera en sus rodillas. Toma, dice. Lo dice muy bajito, en un susurro, casi no se escucha a sí mismo. ¡Toma! el culo redondo de la enfermera colocado en pompa en sus rodillas. ¡Toma, toma, toma! El médico musita cosas muy indecentes, su imaginación va desbocada. El médico, que si está con el pico cerrado es un hombre bastante atractivo, por primera vez en su vida da rienda suelta al fauno lascivo gracias al cojín. Toma, toma toma, culo de puta. Con sus propias manos abre las cachas a la enfermera y lo mira todo, lo hurga todo, lo profana todo, humillándola “y ¿esto? ¿ te gusta ésto? O ¿mejor por aquí? ¡Toma! Y ¡Toma! Y ¡Toma!”.
Sí, menudo día lleva el hombre.
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Capítulo 58 de Crisol Púbico.
Alice y Gonzalo son pillados infraganti.
Se mueren de la risa. Eso es lo más característico de las relaciones sexuales entre la enfermera y el abuelete. Se parten, se tronchan, se mondan, se despiporran. Él se queda bobo con las carcajadas de ella y ríe a su vez como un niño. Le quita la ropa como si descubriera la perla en una almeja y la acaricia toda con las yemas de los dedos, con las palmas de las manos. Gonzalo no da crédito, no se lo cree, aplaude y cierra los ojos ¿estaré viendo visiones?
-Te voy a bañar, le dice.
-¡Ay, no! que nos pueden cazar.
-No, no nos pillan. A esta ahora todo el mundo duerme en el hospital.
El riesgo les excita, qué gamberros. Van al baño y llenan la pequeña bañera de agua, ji ji, ja ja, jeje
-Estás loco.
-Loco por ti.
-¡Loco de capirote!
-Eres mi chiquitina y te voy a bañar, uy, uy uy, qué niñita más desarrollada, mira qué tetas más ricas. Y a ver,… ¿qué hay por aquí? ¡pero si tiene pelos! ¡qué conejito más lindo!, ¡vamos a lavarlo bien!
Alice se mete en la bañera debajo del grifo y Gonzalo pone el tapón. Ella se queda de pie debajo del chorro, toda nerviosa, acalorada. Él le pasa la esponja por la espalda, por las nalgas y le cachetea el culo. Alice tiene muchísima celulitis en el culo, pero el papito ni la ve, y aun en caso de verla no decrecería su encantamiento.
- ¡Mala, mala mala!, le dice, con los cachetes consigue salpicarse todo.
- Ahora la nenita se va a tumbar que la voy a lavar bien lavadita.
Alice ya se ha olvidado de que está en su puesto de trabajo y obedece muy sonriente, muy obediente. Se recuesta en la bañera y se deja hacer.
- Una pierna aquí y otra acá, para que papi pueda lavar muy bien a la nena.
Un observador neutro que no conozca -o que se haya olvidado- de las tonterías del amor, pensaría que estos dos son un par de subnormales, hablándose como bebés, jugando a las mamás, haciendo pucheros. Pero de bebés nada. Una vez Alice está tumbada en la bañera, Gonzalo enfoca el chorro del grifo allí donde a ella le hace más cosquillas y ella se desparrama toda. Intercala la risa ahogada con suspiros y gemidos roncos, que trata de minimizar metiendo sus manos en la boca. Tiene el rímel todo corrido. El pelo mojado le gotea en mechones desordenados. Los pezones como piedras.
La pareja de amantes está tan entretenida que no se percata de que en la puerta, con cara de espanto, se encuentra el médico, atónito. Este señor de bata blanca y fonendoscopio es, además de una eminencia -relativa- en cardiopatías, el jefe de Alice. El doctor se está unos segundos mudo, estático, intentando procesar lo que mira. Pero pronto reacciona, gesticula espantado y carraspea, da una rídicula patada al suelo y un golpe ya menos tímido a la puerta, todo para hacerse notar. Pero ellos nada, a lo suyo, en su mundo de las mil maravillas.
- ¿A ver qué guarda el conejito aquí dentro?
Y entonces el aguafiestas, lleno de ira, gesto feroz, grita con voz estrepitosa:
-¡ENFERMERA! ¡Quiero verla inmediatamente en mi despacho!
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Capítulo 57 de Crisol Púbico.
Arrimando el ascua a mi sardina
El concurso ¿qué tengo entre las piernas? surgió a raiz de la entrevista que me hizo el xornal Certo preguntándome por qué la gente desconfiaba de si yo era un varón. De ahí me vino la curiosidad por saber si yo podría distinguir el sexo de un autor a partir de un relato erótico. Lo cierto es que este juego no tiene validez científica alguna, es evidente que no se basa en principios sólidos, pero creo que es un buen ejercicio para entender las diferencias -mentales- entre la sexualidad femenina y masculina y sobre todo para desmantelar tópicos.
Estoy encantada con la calidad de los textos recibidos y con la participación. Ahora me permitiréis que haga un paréntesis en el camino y aproveche el tirón que está teniendo el juego para promocionar mis propios escritos. Ahí va ésta (pero ¡seguid votando, eh!)
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La enfermera se corre por activa y por pasiva
La enfermera Alice se ha enamorado del señor Gonzalo, paciente ingresado por cardiopatía. Las mentes malpensantes sospecharán que va por la pasta, ¡semejante hembra salerosa con ese vejestorio! Pues no, lo cierto es que es una chalada y se ha entusiasmado con los mimos de él, que le dobla la edad, que ya no huele rico salvo que se ponga colonia y que de sus antiguos abdominales marcados ya no queda ni el recuerdo. Alice se ha enamorado del carcamal, ¡increíble pero cierto!
Hemos de entender que ella ha pasado lo suyo con los hombres. No tenemos más que recordar al último, aquel bestia, que sí, es cierto que follaba como un miura, ¡una potencia insólita!, que le metía semen hasta que se le salía por las orejas … disculpad la burda metáfora, pero es que la cosa era así talmente. Imaginaos cómo sería, que una vez, al principio de su relación, cuando todavía usaban condón, Alice vió claramente cómo se lo sacaba de la polla – ya medio flaccida- rebosante de esperma, lleno hasta los topes, a reventar. Pero ¿de qué le valía a ella eso, si al fin él era un sinvergüenza al que ella le importaba una mierda? ¿de qué sirve un superfalo talla XXL si corresponde a un imbécil que sólo mueve el culo por el interés de sus propios cojones?
Gonzalo, por contra, la adora. Le saltan chispas de felicidad cuando la ve. Alice, aunque parece tan alegre y dispuesta, tiene la autoestima por los suelos y depende muchísimo de la visión que refleja en los hombres. Ella no se cree bonita, pero lo cierto es que aun a pesar de pintarrajearse tanto resulta atractiva. Y sexi, eso seguro, el culo un poco gordo de más, las tetas un poco demasiado pequeñas, pero el resultado es divino para el que sabe mirar. Y Gonzalo se la come con los ojos.
No como aquel de testículos hiperproductivos, que la miraba sólo cuando la tenía tiesa, el muy cabrón, que se largó sin decir adiós quince minutos después de haberle metido la polla hasta la garganta. Con lo molesto que era que se corriera allí al fondo, que a Alice le daban arcadas y todo, y ¡anda que no se lo había advertido una y mil veces!, que le daba asco, que no empujase tanto cuando se corría en la boca, y él nada, a lo suyo, a su puta bola, y luego va y la deja así, de sopetón, todavía con el sabor agrio de semen en la lengua.
Alice no ha tenido hijos, el cabrón se corría como un buey y sin embargo no fue capaz de hacerle un hijo. Gonzalo tampoco se los dará, ya no tiene edad, su polla no responde, todo en él funciona salvo el pene, pero bueno, ¿tan grave es? Ni se empalma ni se corre, pero consigue con sus manos, con su lengua y sobre todo con su devoción, que Alice goce como nunca. Como nunca, resulta difícil de creer, pero os aseguro que Alice, que ha acogido a decenas de rabos entre sus piernas -el cabrón no ha sido el único, ni mucho menos- disfruta como una bandida y no recuerda correrse tanto y tan bien. Ya os contaré con detalles porque esto de verdad que es la bomba.
… … …
Esta historieta es el capítulo 56 de la colección de relatos hilados Crisol Púbico
El Ex se lo huele
Al Ex de Carmen algo le huele a chamusquina nada más entrar en el piso. Lo primero, le sorprende el lujo, ¡todo tan elegante!, no se lo esperaba así. Recordemos que cuando conoció a Rebeca era una bohemia que tocaba la flauta por las calles y ahora ¡esta mansión! Y luego ella tan solícita, tan tocona, tan dispuesta a follar ya, sin mediar palabra, allí mismo, en ese salón tan pretencioso. Le pide una cerveza, y no hay cerveza, sólo champán, y su instinto no se relaja. No olvidemos que este tipo es gallego y tiene como norma desconfiar, por si acaso, y ahora desconfía muchísimo y la observa y ve que la mirada de ella se dirige con frecuencia al espejo enorme de la pared y que titubea, parece que no quiere hablar, sólo joder y ¡joder!, él no es tan rápido, él hubiese preferido ir calentando motores poco a poco, dar un paseo, picar algo, … y ella erre que erre que no, que si tiene hambre le saca unas patatas fritas de bolsa.
El Ex cada vez está más mosca y estando mosca no hay polla que se empine, vamos que ni pa dios, por mucho que ella succione ya con tanto empeño, que parece un alma llevada por el diablo comiéndoselo todo, babándolo todo.
¡Esto no es lo que él esperaba! que no la recordaba así, tan ansiosa, ¡con la de veces que ha evocado aquellas chupadas lentas que Rebeca acostumbraba hacer! y ahora le sale con esta chapuza.
- Espera un poco, Rebeca, por favor.
Y ella en vez de mirarle a él, vuelve a girar sus ojos al espejo con cara de fastidio sin soltar la picha de entre los labios y él ya reacciona y se levanta de un salto y sale a grandes zancadas del salón. En un visto y no visto se planta en el porche, descubre la puerta que da a la sala del mirón y sin pensarlo la abre de un porrazo y se encuentra al pijo cabrón con cara de pánico mirándole acojonado.
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Sado fino para el que pague bien.
El Ex marido de Carmen viaja nervioso en el metro madrileño, sin perder de vista ni su plano ni su maleta. El pardillo enfila de tren en tren hacia la dirección que le ha señalado su adorada Rebeca. Todo confiado -pero sin detenerse a hablar con desconocidos- vuela ligero hacia el apartamento que él supone será su lecho de amor este fin de semana. El incauto ignora que va derecho a un nido de víboras.
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El pijo contrata en exclusiva a Marisol y Judith.
“Os quiero para mí solo”. Así rezaba la nota que recibieron las bailarinas en un inmenso ramo de gardenias. No hicieron caso porque estaban acostumbradas a propuestas de lo más variopintas, pero cuando al día siguiente volvieron a recibir otro ramo idéntico con la misma nota y esta vez incluía una cifra, ya les llamó la atención. No voy a concretar la cantidad porque aquí entra gente que se gana la vida en la cantera y no quisiera ofender, sólo apuntar que se trata de una cifra indecente a los ojos de los que trabajamos por cuenta ajena y que despertó el interés de las chicas ipso facto. “Habrá que ver qué quiere”.
Le hicieron llamar al camerino y ambas se desilusionaron íntimamente al verle, tan poca cosa. Este millonario lo que tiene de guapo buena falta le hace, pero su cartera puede compensar y lo que deseaba de ellas no era despreciable. El muy egoísta quería que bailaran en su apartamento para él solito y deseaba poder intervenir en la coreografía. Es decir, quería tener potestad para meter baza: “ahora saca la lengua”, “ahora quiero que os frotéis ahí”. No tenía interés en tocarlas, pero se acercaría a ellas y podría eyacular en sus cuerpos, si le placía. Y le plació, ¡vaya si le plació! hasta siete corridas se largó el canijo, porque los planes se llevaron felizmente a cabo y el tipo hizo sudar a las chicas.
Haz esto, haz lo otro, quiero veros así, quiero veros asá… Y él merodeando
por el medio, con la polla en ristre y eyaculando por doquier en las preciosas pieles de las bailarinas que terminaron extenuadas y salieron de allí a todo correr después de unas cinco horas de duro trabajo.
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“Noche negra y luna clara”, la danza de Judith y Marisol.
Nadie permanecía impasible al presenciar la danza de Marisol y Judith en el Estrella. La combinación de esas dos hembras suponía un explosivo cóctel de belleza, la una, negra voluptuosa rebosante de carnes, la otra toda huesitos con pequeñas cumbres sexys aquí y allá.
Los hombres que presenciaban la danza se transportaban a terrenales nirvanas
cuando las huríes hacían su aparición en el escenario ataviadas al estilo arabesco, con turbantes y velos translúcidos de colores que todo lo enseñaban, al tiempo que todo lo escondían.
A golpe de ritmos tribales comenzaban a bambolearse sensualmente, luciendo sus piernas elásticas y sus brazos ondulantes que se entrelazaban, cruzaban y giraban. Sus curvas tenían la facultad de hipnotizar cuando se meneaban al son de la música primitiva en brincos obscenos, rasgando los tules con la punta de los pezones erectos. Por momentos parecía que las dos se fundían en un solo cuerpo bicolor, se frotaban y se acariciaban entre las telas y las caderas se distendían liberando a las nalgas de su habitual oclusión.
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Tetas tutifruti.
El dueño del “Estrella” es un empresario digno de mención. No es tan fácil encontrar en el sector del ocio masculino una empresa tan limpia de trapicheos. Don Eduardo es un rara avis que trata a sus empleadas con justicia laboral y con ello consigue no sólo que las sonrisas de las señoritas sean francas, sino también que los clientes de buena fe no sientan un cierto remordimiento al acudir allí pensando en posibles tratas de blancas, vudús u otras aberraciones similares. Leer más »
El exclusivo club “Estrella” se caracteriza por ser un Templo al Seno femenino y el primer requisito que han de cumplir los senos es ser naturales. Don Eduardo le tiene tirria al bisturí y quieres tetas de verdad, eso dice, naturales y dispares. Esta ideología es un factor diferenciador de este club, él lo explica muy claro: “ los hombres estamos cansados de ver tetas clones, en el “Estrella” se pueden encontrar preciosos senos desde la talla 80 a la 120, con forma de pera y con forma de manzana, incluso alguno con forma de plátano” afirma don Eduardo en tono jocoso.






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