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El Vicio Inglés. (Gusto por la nalgada III)
Continúa desde Gusto por la nalgada II
Salgo pitando de la librería por ver si encuentro al que me ha dejado el regalo, ni rastro de él por la derecha, ni rastro de él por la izquierda. Entonces abro apresuradamente el paquete y, efectivamente, es un libro, su título me deja alucinada: ¡El Vicio Inglés de Ian Gibson! Se trata de un excelente estudio sobre la flagelomanía obsesiva de los británicos, un análisis intenso sobre la flagelación como costumbre, como placer y como vicio que abundó en Inglaterra en la época victoriana – tremendamente puritana y moralista-, y se extendió en el tiempo y en el espacio dando pie a la disciplina inglesa, toda una subcultura en el erotismo.
Imaginad cómo me siento, ¿por qué me ha regalado este libro? pareciera que me ha leido el pensamiento ¿es que llevo la erotomanía pintada en la cara? y ¿por qué se ha esfumado? El libro ni está firmado, ni trae una dirección o un teléfono. Me dispongo a estudiarlo, se supone que es eso lo que quiere de mí el misterioso profe.
Os copio un párrafo:
A mi juicio, ninguna discusión sobre la sexualidad británica a partir de
la época victoriana es posible sin tener en cuenta el sistema de azotes que, originándose en las public schools, se extendió a todas partes. Impotentes sin recurrir a los azotes, real o imaginariamente, las innumerables víctimas del sistema no sólo se vieron abocadas a una vida de deseos avergonzados e inconfesables, que hacía difícil, si no imposible, una relación matrimonial satisfactoria, sino que su condición dio origen a un auténtico océano de pornografía en la cual se recreaban ad-infinitum las añoradas escenas juveniles y sus ramificaciones …
La explicación de Gibson es sólida y congruente, interesantísimo análisis sociológico. Claro que no solamente excitan las nalgadas a los británicos, no solamente a los que han recibido azotes siendo niños … Esa expresión de dominación-sumisión está muy arraigada en el imaginario colectivo, desde palmadas cariñosas -o azuzadoras-, a latigazos que hacen sangre y legiones de adepos aseguran que no hay buen polvo que se precie de tal, que no tenga su “momento nalgada”.
Ansiosa por conocer las intenciones del presunto profesor al regalarme “El vicio inglés”, me personé en la librería al día siguiente -misma hora-, pero él no apareció. Lejos de desilusionarme, su ausencia no hizo más que incentivar mi curiosidad, y continué asistiendo puntual a mi cita solitaria los días sucesivos con la esperanza creciente de encontrármelo, pero nada. Si yo creyera en meigas -¡habelas hailas!- diría que fui enmeigada y que todo fue una alucinación.
Esos ratos de espera vagabundeando entre libros me han llevado a despotricar contra lo poquísimo que miman las editoriales el género erótico ¡tan beneficioso! y me desgañité por encontrar nuevos títulos que alimenten mi gusto y engrosen mi colección, pregunté inutilmente por un montón de libros que están descatalogados, desaparecidos y se me niegan como lujos inalcanzables: “Historia del erotismo” de Gregorio Morales, o su “Antología de la literatura erótica”, “Un Kamasutra Español”, de Luce López-Baralt, o “L`amour” de Stendhal…
Me encuentro en un callejón sin salida, no quiero tirar la toalla, ¡quiero volver a ver al profe cara a cara! Lo cierto es que apenas recuerdo ya su rostro, pero por momentos me resulta más y más atractivo y os juro que me siento infantilmente enamorada de un fantasma, me planteo que quizá sea más conveniente irme a casa e imaginarme el final del cuento con mi dildo color violeta cuando, allí, en la zona de libros de viajes le veo ¡Ahí está! Es él, es el profesor y me mira, me mira fijamente, con su barba y sus gafas. Se me antoja más apuesto que en nuestro primer encuentro, más alto, más corpulento. Le sonrío y me responde con un leve gesto de cabeza inequívoco que me señala los aseos. Entiendo muy bien. Sin mediar palabra enfilamos a los preciosos y espaciosos baños de la librería.
Continuará.
Cotilleo -padrísimo- (El gusto por la nalgada II)
(continúa desde “Donde menos se espera, salta la liebre“)
En la cafetería de la librería hay alguna gente, personas desconocidas que por algún motivo me resultan familiares. Me siento, miro la portada, leo la contraportada: “Rousseau es autor de escritos políticos capitales y de tratados filosóficos sobre la bondad natural del hombre … , bla, bla, bla”, abro el libraco -de unas mil páginas- paso del prólogo y voy directa a esas “Confesiones” de Rousseau, que comienza en su infancia. Llevo unas diez páginas del libro y después de avisar de que tratará de ser sincero en sus confesiones, suelta una tremenda campanada que llama poderosamente mi atención:
De igual modo que M. Lambercier sentía por nosotros el cariño de una madre, también tenía su autoridad, y la llevaba a veces hasta el punto de infligirnos el castigo de los niños cuando lo habíamos merecido… , ese castigo me encariñó todavía más con quien me lo había impuesto … porque en el dolor y en la vergüenza misma había encontrado yo una mezcla de sensualidad… ¿quién creería que ese castigo de chiquillo recibido por mano de una mujer fue lo que determinó mis gustos, mis deseos, mis pasiones, para el resto de mi vida?
Pero, ¿qué es esto que nos cuenta Jean-Jaques Rousseau? ¡su placer sensual pasa por ser cacheteado! Dios santo, nunca lo hubiera imaginado, ¿cómo es que no enseñan estas cosas en las clases de filosofía? me revuelvo en la silla, me acuerdo de vosotros: “¡Espera que se lo cuente a los tertulianos de Erotómana!”, levanto la vista del libro para frotarme los ojos por si lo que leo son alucinaciones y allí me encuentro al profe, dudando sobre dónde ha de sentarse, le saludo con una sonrisa pero no le doy pie a acompañarme, en este momento lo que leo me ha enganchado muchísimo y no deseo interrupciones. Sigo mi lectura:
…
En lugar de desvanecerse, mi antiguo gusto de niño se unió de tal modo
al otro que nunca pude apartarlo de los deseos que mis sentidos encendían … Así he pasado mi vida codiciando y callándome junto a las personas que más he querido. Al no atreverme nunca a declarar mi afición, la alimentaba al menos con relaciones que me permitían mantener su idea. Estar a los pies de una amada imperiosa, obedecer sus órdenes y tener que pedirle perdón eran para mí goces dulcísimos … por tanto, he poseído muy poco, aunque no he dejado de gozar mucho a mi manera, es decir, con la imaginación.
Flipo. Recordad que sigo hablando del influyente filósofo suizo, escritor de libros tales como “El Contrato Social” o “El Discurso sobre la Desigualdad de los Hombres”. Qué valiente ¿no? Bravo por él, después de toda su vida silenciando su placer, va y lo canta a los cuatro vientos para la posteridad ¡me conmueve tanto que haya limitado su goce a su imaginación!…
Leyendo tamañas intimidades de Rousseau, me he olvidado de mi entorno, de repente recuerdo al tipo que me ha recomendado el libro, lo busco con la mirada, ¡Oooh! Se ha ido. Lástima, me hubiera encantado agradecerle enfáticamente su recomendación. Rousseau me ha dejado meditabunda: ¿por qué resultan tan excitantes las nalgadas? ¿por qué se une tan alegremente el deseo a esa forma de sumisión en el caso de los azotados, a ese modo de dominación en el caso de los azotadores? Me dirijo a la caja, dispuesta a comprarme el libro, y cuando voy a pagar me dice la cajera:
- El chico que acaba de salir me ha dicho que si usted compraba “Las confesiones”, que le diera esto, la cajera me ofrecía un paquete con papel de su propia casa, es decir, el envoltorio de libro.
Donde menos se espera, salta la liebre (El gusto por la nalgada I)
La anécdota que os voy a narrar no es, posiblemente, tan espectacular como pueden llegar a serlo mis cuentos. Pero es que en este caso me ceñiré a los acontecimientos tal y como sucedieron y no le añadiré azúcar a la historia, de por sí un tanto extraña. Os cuento.
Cuando dispongo de unas horitas libres, me chifla ir a una librería grande, de esas con cafetería incorporada, a pasar el tiempo buscando y rebuscando lecturas de mi interés. Como la sección (mini) de libros eróticos ya la tengo más trillada que qué, el día de marras me fuí a la sección de filosofía. Allí, entre montones de tochos infumables, merodeaba un tipo. Tras echarle una rápida visual por el rabillo del ojo, me hice idea de su perfil: típico profe de instituto, estilo progre, que casaría como anillo al dedo dando clases de filosofía o de historia, con sus gafitas y la barba recortada, el bolso cruzado y la figura del que pasa mucho tiempo ejercitando exclusivamente los músculos del cerebro.
El filósofo tenía muchas papeletas para resultar un plasta en toda regla, pero ¿quién sabe? A veces con alguno de estos intelectuales te mondas de la risa. Desde luego, a razón de los manuales que ojeaba con concentración numismática debía ser listísimo, y eso puntúa.
Sin embargo, el profe empollón perdió esa concentración sesuda cuando, como quien no quiere la cosa, buscando libros allí justo donde los buscaba él, me acercaba a su cuerpo un poquito más de la cuenta, un pelín más pegada de lo que marca el protocolo, con la intención de poner en la palestra -una vez más- mi capacidad de seducción y cerciorarme de que permanece activa y de que funciona como un reloj. Funcionaba a buena fe y ya me animé:
-¿Me recomiendas uno?, le dije sin pensarlo demasiado.
Casi se asusta el pobre, y tartamudeó un poco.
- ¿Uno? Pero ¿qué buscas?
Le sonreí y me tomé mi tiempo para contestar.
- No sé …, uno que hable de la vida con sencillez (no era plan explicarle que me gustaría encontrar un texto que trate la cosa sexual desde alguna visión filosófica sorprendente).
Paseó su vista por los estantes y fue derecho a uno:
- ¿Conoces “Las Confesiones” de Rousseau?
- No… ¡con ese título tiene buena pinta! voy a echarle un ojo en la cafetería antes de decidirme a comprarlo. Gracias.
- De nada.
Me di la vuelta con la seguridad de que el filósofo escrutaba mi retaguardia – con concentración numismática- y me aposté a mí misma que antes de diez minutos él estaría acompañándome en el café (¡Cuánta vanidad!).
……………….
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Os preguntareis qué diantres tiene que ver esto con la flagelomanía, esperad y vereis. Si hay algún listo (o lista) por ahí que se haya dado cuenta de por donde voy a ir, que me haga un guiño y se esté calladito, no me vaya a destripar el cuento.
Susana Moo ¿existe?
Ser Susana Moo tiene implicación cero en mi entorno amistoso, familiar o profesional. Aquí soy la que conoceis, esta especie de Scheherezade vocacional – a veces pareciera que el Sultán me decapitará si no voy a cuento por día-, escritora erótica de amplia presencia en la Red, con seguidores a porrillo e incluso algún fan, pero en mi pueblo nada de eso, ahí fuera no me re-conoce ni mi madre.
Llevo el asunto discretísimamente y jamás hablo de Erotómana, incluso sello mi boca con siete candados cuando en las tertulias de café surge el tema sexual (no se me vaya a ver el plumero), pero como comprendereis, albergo la ilusión de que alguna gente que aprecio conozca mi trabajo. Para conseguirlo, como quien no quiere la cosa, últimamente saco el tema del “interesante fenómeno blog en Internet” y entonces meto mi cuña bien metidita nombrando ciertos sitios – no eróticos, of course- que me enlazan. Dependiendo de los intereses de mis interlocutores diserto sobre unos u otros, por ejemplo, si son hombres suelo hablarles del blog de Kurioso “¡reportajes interesantísimos! periodismo amateur con muchísima profesionalidad“. Si son mujeres comento sobre el de Zeltia, el de Pitima o el de Wendy: “unas chicas que hablan de sus inquietudes o sentimientos, desde sus diferentes momentos vitales”. Si son galleguistas invariablemente les aconsejo el de Chousa: “un tipo de Antas del Ulla, con una retranca que no veas”. Si la cosa va de literatura, dejo caer Masquepalabras, y si va de psicología nombro el espacio de Luis Muíño. Ya si voy lanzada, me explayo sobre las bonanzas del Xornal Certo “ un periódico pequeño con un montón de noticias culturales y entrevistas interesantes, que ya le gustaría a La Voz“. Recomendar Certo es posible que sea pasarme un poco porque mi colaboración allí es exhaustiva (hoy, por ejemplo, sale Informático traducción al castellano del cuento homónimo en galego, uno de los primeros de mi colección).
Reconozco que es un método un tanto sinuoso para enfilarles hacia aquí, pero ¡me gustaría tanto que alguien del “real world” me hablara de Erotómana! ¿Qué opinarían? El caso es que por ahora nada de nada, no hay constancia de Susana Moo ahí fuera.
Claro que a veces las dos vidas se interrelacionan y estos días me ha sucedido un caso que me ha mosqueado ¿es posible que lleve yo la erotomanía pintada en la cara?, es una anécdotilla que os iré narrando en los días venideros y que me dará pié a profundizar en esa curiosa filia que es la flagelomanía, de la que soy inquieta expectadora morbosa.
Como el asunto de marras tiene miga y me ha quedado algo extenso lo he dividido en tres episodios (más un epílogo) que iré colgando los próximos días.
Guión:
1. Donde menos se espera, salta la liebre.
2. Cotilleo (padrísimo).
3. El vicio inglés
Epílogo. Inspiración.
Os animo, una vez más, a participar de esta nueva aventura donde nos
adentraremos en el atractivo que suponen unas hermosas nalgas mullidas, y lo apetecibles que resultan esos mofletes del culo para ser cacheteados y puestos bien coloradotes.
¡Venga, venga! ¡subiros al tren, que voy de corrida!
Alice, mujer de cristal.
Víctor ha limpiado meticulosamente las uñas de sus manos con un mondadientes, Laura ha alisado la larga melena de su cuero cabelludo y ha retocado con primor el vello rizado de su monte de Venus.
Alice, la enfermera de las bragas chiquitas, les recibe:
- Lo siento, sólo puede pasar uno a ver al señor Gonzalo, advierte.
- ¿No podemos entrar juntos?, protesta Víctor.
- ¡Uy, no! las reglas son estrictísimas- responde Alice con dicción melosa y sonrisa radiante –, que pase la chica primero.
- Vale voy, se apresura a responder Laura, acostumbrada a no cuestionarse las reglas.
En cuanto Alice se queda a solas con Víctor, comienza su ritual de seducción. La enfermera es una de esas mujeres para las que su identidad ha de pasar por la aprobación genital masculina. Es una de esas muchachas, o damas, siervas del beneplácito del hombre, mujeres incapaces de desear salvo actuando como espejos. Frágiles maniquís de cristal, vulnerables al paso del tiempo y los estragos que él hace con la belleza superficial, muñecas preciosas que aman por ser amadas, que gustan por ser gustadas y se rompen en mil pedacitos el día que ellos, los hombres, les niegan la mirada. De ahí el esfuerzo inconsciente, infinito, de Alice por ser linda y caliente, simpática y deliciosa, permanentemente adobada por si él, uno de ellos, cualquiera de ellos, quiere tomar el aperitivo. Siempre está a punto de caramelo y ahora exhibe todo un repertorio de gestos -innatos o adquiridos- para llamar la atención de Víctor.
Si un antropólogo pudiese verla, tomaría nota de cuanto movimiento y rito efectúa la hembra humana para dirigir al macho hacia la monta: caminares de punta tacón, contoneo sensual de cadera, mohín mimoso combinado con sonrisa cariñosa, inclinación de cintura, elevación de glúteos, lucimiento de volumen pectoral, giro de ojos, elevación de cejas, pestañeo de abanico. Prueba todas y cada una de esas carantoñas, mas ninguna provoca -aparentemente- el mínimo efecto en Víctor, que la mira contenido.
Hace unos días hubiese tenido mucha más suerte con su exhibición, pero hoy no. Hoy Víctor tiene enfocada su atención en un objetivo concreto y no se dispersa. No sigue el juego de la enfermera a pesar de que no le resulta fácil, su naturaleza está diseñada para esparcir su esperma y con él sus genes, y es complicado luchar contra esa ley biológica. Sin embargo el mecánico se mantiene firme y se siente aliviado cuando por fin llega Laura y le mira sin hacer filigranas. No, ella no hace cabriolas espectaculares con sus párpados pero, si se sabe leer en su mirada, esas pupilas gritan sin hablar, es la mirada ansiosa de una mujer que enviaría su alma a los infiernos a cambio de un abrazo de amor.
…………………………………
Este es el cuento 32 del conjunto de relatos hilados de Crisol Púbico.
El carnicero, play-girl.
La esposa del viejo ni se inmuta cuando se entera del pataflús que le ha dado a su marido; es cierto que durante muchos años ha fantaseado con la idea de quedarse viuda y rehacer su vida con su cuñado, el carnicero, el amor de sus amores, pero ahora ya está muy desengañada. Esta señora que ha sido tan japuta con su legítimo ha sufrido en sus carnes todo el rigor del refrán aquel que dicta “allí donde las das: ¡tómalas!”.
¡Cuánto no habrá padecido de celos esta venerable mujer! Porque el carnicero tripón, desde que quedó viudo ha sido un picha alegre de amplio fuelle gracias, sobre todo, a la calidad de sus carnes. Su establecimiento fue un enjambre de fulanas decentes libertinas, amas de casa que no se limitaban a reírle las gracias al tendero, si no que le bailaban el chorizo con una alegría que pa qué.
No digo que todas las clientas pasaran por la piedra, pero os aseguro que no eran ni una ni dos las mosquitas muertas que se hacían con las mejores piezas a base de darle a la lengua. ¡Vivir para ver! Se daban allí situaciones extraordinarias, tales como las típicas discusiones de quién es la última, pero aquello era el mundo al revés.
- Pase usted delante.
- No, no, usted llegó primero.
- Oh, no, yo llegué después.
Todo por quedarse al festín, sabedoras de que al final queda la guinda, la última chupa premio ¡menuda lotería! ¡el gordo de navidad in persona!
- Venga señora, pase a la trastienda, que le enseño el cordero fresco.
Y ahí van, como cabritillas mansas meneando la cola detrás del castrón, que, después de unas breves carantoñas protocolarias, ni corto ni perezoso, desabrocha la bata blanca -machada de sangre por la pechera-, saca el filetón -morado como morcilla toledana- y lo ofrece sin remilgos. Y aquello que parece inaudito sucede: sin remilgo se lo toman a manos llenas, que ¿quien lo diría? … ¡unas señoras tan hacendosas!
Claro que de entre todas las pelanduscas, guapas pocas, adefesios la mayoría,
pero él no hace ascos a ninguna, al fin y al cabo la tremenda panza es una gran ventaja, esa inmensa protuberancia abdominal le ahorra verles la cara a las señoras ya atareadas en faena, que las pobres han de hacer la felación con la cabeza torcida -si la ponen derecha, la frente choca con el barrigón y no abarcan el cacho al completo-.
¡Esto es la leche! hay que ver de lo que son capaces algunas para conseguir rebaja en las chuletas. Y la mujer del viejo, pues trepando con las garras por las paredes, jodiendo a su marido, qué va a hacer.
.
Este es el cuento 31 del conjunto de relatos hilados de Crisol Púbico.
No he podido -ni querido- reprimirme de colgar el autorretrato, pero si os apetece, podeis enviarme algún enlace, imágen o música que enriquezca esta historia. Ya sabeis, a erotomanita(arroba)gmail.com
Y si quereis ver las imágenes que me enviasteis anteriormente para ilustrar otros relatos en los que aparece el carnicero y/o su amante estable (la mujer del viejo), pinchad en los siguientes enlaces:
La historia de ¿amor? del Sr. Gonzalo y su esposa
La infidelidad de la mujer del viejo con el carnicero
El carnicero seducido por su cuñada
Me enviaron imágenes:
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Fantasías eróticas en palabras
En los días de tormenta, nada como juntarse los amantes para contarse cuentos y soñar con mil y una fantasías.
Este mes he escrito un cuento para Certo (en galego): Os dous Xemelgos, he hecho una crítica literaria para el espacio “Más que Palabras” del libro La piel afilada, y además en los quioscos encontrareis un nuevo número de Sensuality en el que me recreo en una “Receta de fantasía” y en el mito griego del pastor Anquises.
Gracias por leer mis cositas, en las que -espero se note- pongo mucha
ilusión.
Mater Amantissima. José Jara.
Hay alguna literatura erótica que me angustia y me produce un nudo desagradable en el estómago, aunque sea capaz de reconocer su calidad literaria, incluso su fuerte capacidad para excitar sexualmente desde partes del cerebro muy básicas. Es el caso de Mater mantissima, de José Jara.
Narra lo que no puedo calificar como otra cosa que la desgracia de un muchacho al que se surje su sexualidad justo el día en que fallece su
madre, y es con ella, precisamente con su madre muerta con la que el rapaz despierta a los instintos y hace todo tipo de porquerías con el cadáver, que incluye cortar el cuerpo con tijeras. El relato, siempre con una prosa exquisita, está contado en primera persona de un modo muy realista. Macabrada tras macabrada dichas desde la boca infame de ese chico virginal. La congruente historia está adobada con abusos del padre espiritual para con su pupilo, humillaciones terribles a adolescentes encantadoras, y muchos, muchos excrementos. Y todo contado con una elegancia que corta la respiración.
Soy muy sensible a lo que leo, para bien y para mal y hoy no puedo más. Me inquieta tanto, me invaden unos sentimientos tan desagradables que no sé si me terminaré el libro. Conste que me interesa mucho su final ¿cómo rematará el autor la azarosa adolescencia de ese chaval trastornado, perverso y puro?
Ya me pasó con otra obra maestra, ni más ni menos que “Las once mil vergas” del magnífico poeta Apollinaire, que me sentí incapaz de tragarla pese a la insistencia de mis respetables amigos erotómanos, que me animan a que lea estas cosas entendiendo que es surrealismo y que tratan de romper tabúes, de rebuscar en los extremos más oscuros de nuestra inflamación voluptuosa*. Paso.
Dadme, please, sexo literario con alegría, calentito, brutito con mesura, con tintes de dominación amorosa o con lucecitas de sumisión juguetona, dadme a Miller, ¡que de santo nada!, dadme a Serguine con sus ¿tiernas? azotainas, ¡dadme el humor fino y perverso de Vargas Llosa!, dadme al victoriano obseso de “Mi vida secreta“, dadme -incluso- el gusto ingenuo de Louÿs por lo lésbico, o la fijación anal de Birmajer, dadme la promicuisdad de Hsi Men, o la hambruna genital de Catherin Millet, pero a Apollinaire, a José Jara, e incluso (¡oh blasfema!), determinados episodios del marqués de Sade, que los lea su puta madre.
(Con todo mi respeto, ¿eh? que, como literatos: me saco el sombrero)
* En relación a textos de esta índole, denominados por Jorge Rueda como literatura erótica fantástica dice: Son una invención químicamente pura que se apartan del impulso onanista inmediato, y se adentran en el frenesí y la incontinencia del momento del paroxismo: nada impide el deseo de satisfacción y posesión del depredador… No son una caricatura de nuestros deseos, sino su materialización siniestra, primaria y verdadera. Tolerable sólo en la fantasía, en los mundos exacerbados que se permiten los que imaginan. Jorge Rueda
La flautista se doblega
- Ringggg
- ¿Diga?
- Soy Rebeca.
- ¿Rebeca? ¿la flautista?
- Sí.
- ¡Rebeca! ¿qué tal? Precisamente estos días me he acordado muchísimo de ti, después de encontrarnos el otro día en el bar, que apenas tuvimos tiempo de charlar… ¿dónde estás?
- En Madrid, te llamo para darte mi dirección por si algún día te pasas, podrías quedarte en casa …
- ¿En tu casa? ¡Anda! Pues muchas gracias … precisamente tenía pensado ir dentro de un par de fines de semana por ahí– inventa el Ex sobre la marcha.
La prima, que escucha la conversación agazapada en el otro terminal, se sonríe triunfante.
- ¡Qué bien!- finge la flautista.
- Sí, sí, fantástico, me enseñarás la ciudad.
- Claro.
- Te llamo dentro de un par de días, en cuanto gestione los trámites.
- Vale.
- Oye, muchas gracias, todo un detalle.
- Sí, bueno, hablamos.
La flautista cuelga el teléfono enfurruñada; al Ex, por contra, le salta el corazón en el pecho de la dicha, y la prima se autofelicita vanagloriándose por su capacidad de cálculo y se excita sólo de pensar en lo inteligente que es y en lo bien que se lo monta:
- ¡Buena chica! ¡así me gusta! – le dice a Rebeca, y acto seguido desabrocha sus pantalones de botones y se los saca lentamente por los pies, se quita los calcetines y después las bragas de nilon. Luego se acomoda en la silla con las piernas bien abiertas. No tiene que decir nada, la otra ya sabe lo que ha de hacer.
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Este cuento es el número 30 de la colección de relatos hilados Crisol Púbico
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Os invito a envíame alguna imagen, música o enlace que enriquezca este texto para que este juego erotómano sea más divertido. Podeis hacérmelo llegar a “comentarios”, o a mi correo erotomanita(arroba)gmail.com
Mira las que me envían:
Karlotti envía tres mapitas del deseo realizados por él mismo, que clasifica como chafalladas. A mí no me parecen chafalladas, mirad:
Celia: “¿la prima?“:
(La foto que envía Celia la había utilizado yo hace un año aproximadamente, cuando me dió por contaros mis experiencias carnalescas).
Wendy: “Vete tú a saber por qué, pero me imagino a la prima ansiosa por no sólo presenciar sino grabar el evento, y tal es su ansiedad por revivirlo que no puede esperar a visionar el film, observa los negativos y se recrea en el recuerdo vívido. Qué rara es la psique. Y la imagen, puede que sea sólo erotizante para mí…”
Tiberio: “me debo haber empecinado en que la prima es rubia y flautista morena“:
Fernando Lobato opta por algo explícito:
La prima es exigente con la flautista
- Llama a tu Ex e invítale a venir a Madrid a verte.
- ¡No!
- ¿Cómo que no? ¡Sí! Deseo verte con él.
- No quiero … ¡me da asco!
La flautista le tiene tirria a todos sus ex amantes, una repugnancia visceral que no representa otra cosa más que el menosprecio que siente por sí misma y por su pasado.
- ¡No!
- ¡Sí! He visto cómo te mira, y sé de un cliente al que le gustará mucho presenciar vuestro encuentro.
La dueña toma por el mentón a la discípula, la mira a los ojos y asevera pronunciando lentamente sus palabras:
- Y a mí también.
La flautista baja la mirada, en el fondo goza recibiendo órdenes y también le gusta la sensación de ser vista por su novia mientras lo hace con un tío cualquiera, pero ¡con el hippie!, con lo baboso que es, con lo absurdo y ridículo y horrible que es.
-No quiero, con él no, por favor…
- Sí, será con él. No hay más que hablar.
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Este cuento es el número 29 de la colección de relatos hilados Crisol Púbico
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Hoy tampoco os pido imagen. En vez de eso, pongo una foto de una mujer expuesta que me ha enviado Erik Marvaz:
Si deseais recordar un poco de la historia de la prima y la flautista, aquí algunos capítulos:
Episodio de Laura con su prima lesbiana
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El Ex de Carmen y la flautista
.
Cómo se lo montan las lesbianas












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