Archivo de 4 julio, 2012
Cincuenta Sombras de Grey. E.L. James
Si el ideal de mujer en el porno es una moza esbelta a tope de curvas, de pelvis atlética que se pirra por el sexo vaginal, anal y bucal y que, por supuesto, es multiorgásmica, el ideal de hombre en la novela romántica femenina es Christian Greig, el protagonista del libro “Cincuenta Sombras de Greig”.
Greig es un tipo de veintitantos con el porte de un treintañero, el saber estar de un cuarentón y los gustos sibaritas de uno en la cincuentena. Un tipo guapísimo, elegantísimo, con un cuerpo 10 que además es millonario selfmade, dueño de un negocio hiperrentable que le permite tener un par de mansiones, jet privado y un helicóptero que pilota con soltura. Además, con sus dedos largos y hábiles toca el piano divinamente, y con esos mismos dedos hace maravillas en el cuerpo de la mujer. Un tipo detallista y dadivoso -a Ana, la protagonista le ahoga a regalos, desde un Mac última generación hasta un descapotable, pasando por todo un vestidor de ropa exclusiva. Y la lleva a los restaurantes más chic y en su bodega envejecen los mejores vinos … ¡qué sueño de varón! pero callad, que para más inri, tiene Cristian un irresistible lado canalla, una polla puntualmente erecta y un condón en el bolsillo que se enfunda diligentemente por motu propio cuando la ocasión lo requiere.
Ana, por contra, es una chica normal y corriente, estudiante de último año de facultad que curra en una ferretería y que se siente el patito feo. Cuando conoce a Christian nunca se ha enamorado y es virgen, pero ojo, no sólo virgen vaginalmente: a sus veintiún años nunca ha disfrutado de un orgasmo. De modo que Ana flipa, alucina por colores con la aparición de un gentleman tan sumamente mañoso que ya el primer día que la toma, antes incluso de penetrarla, consigue que ella se corra en primicia. Y luego ¡hala! ya todo el libro orgasmo va, orgasmo viene. Menudos polvazos le endosa el Greig, cañeros y al mismo tiempo llenos de ternura en los preámbulos y de besitos en los momentos de euforia postcoitum. La autora – E.L. James- se enrolla y el sexo está narrado de modo bastante explícito -teniendo en cuenta que estamos hablando de un best seller anglosajón- y lo salpimenta con un interesante toque sadomaso … aunque si Sade levantara la cabeza se descojonaría con este sadismo light. En cualquier caso, lo que he encontrado novedoso eróticamente hablando es que el centro del deseo no es el cuerpo de la mujer. Aquí las descripciones se deleitan con el guapo Christian que ¡cómo le caen los pantalones, ché! y qué bien huele y qué modo más excitante de tocarse el pelo y qué decir de sus miradas.
De modo que estamos ante un pastel perfecto para encandilar a las modernas lectoras de novela romántica. Con una narración dinámica de frases cortas y diálogos bien estructurados, engancha desde el primer momento y hace pasar un buen rato. Claro que como yo soy una sabelotodo, y ya hace tiempo que vengo observando los daños colaterales que a las mujeres nos infringen estas lecturas rompecorpiños, os prevengo contra el chute que supone Christian Greig. Acordaos de esa tendencia nuestra a la perversión romántica que nos paraliza en ensoñaciones idealistas sin fundamento para la vida práctica, que nos llenan la cabeza de pajaritos y nos mantienen subyugadas a fantasías de bellas durmientes que esperan roncando a ser despertadas por príncipes azules. De modo que cuidaos, chicas, de la lectura de Cincuenta Sombras de Grey … aunque, bien mirado… ahora en verano podemos permitirnos un poquito de perversión.
Cincuenta Sombras de Grey. E. L. James. de. Grijalbo
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Sobre la perversión rompecorpiños hablamos hace un tiempo

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