Perversidad infantil: Fernando Pessoa y Ophelia Queiroz
Ophelia Queiroz, ya anciana, se vio de repente abrumada por un aluvión de gente que quería saberlo todo sobre su antigua relación amorosa, ocurrida medio siglo atrás, con el ya fallecido y recién descubierto poeta Fernando Pessoa. A Ophelia, una señora de moral tradicional, le costó muchísimo soltar prenda -por el qué dirán, por respeto a su actual esposo-, sobre sus recuerdos de aquel noviazgo de su juventud. Pero tanto la asediaron que finalmente escribió unas palabras: “Pessoa e eu” en las que esboza cómo se gestó su relación con Pessoa.
Años más tarde, ya Ophelia fallecida, su familia publicó las cartas que él le había escrito y posteriormente la familia de Pessoa se animó a editar las de ella a él. De modo que, con todo ese material, es fácil hacer la composición de cómo se desarrollaron los acontecimientos de su idilio, casi con toda seguridad el único que vivió el poeta y que mantuvo en secreto. Ni su familia ni sus amistades supieron jamás de él.
Ophelia y Fernando trabajaban juntos en las oficinas Félix, Valladas & Freitas de Lisboa donde él era traductor y ella taquígrafa, él tenía 32 y ella 19. Ophelia era una muchacha jovial, menuda e inocente y Pessoa la observaba goloso y se debió hacer sus fantasías e ilusiones, porque un buen día le envió una nota para que no saliese hasta que lo hicieran los otros compañeros. Ya a solas, él se le acercó e intentó besarla. A ella ese gesto le tomó por sorpresa y huyó despavorida, pero… alguna mecha debió prenderse allí donde se enciende el deseo, porque después fue ella la que le buscó, ya que él, muerto de vergüenza por su atrevimiento, la evitaba. Entonces empezaron a tontear con notas y miradas y sonrisas hasta que la mala pata hizo que trasladasen a Ophelia a otra oficina y la comunicación se les complicó a ellos y se nos facilitó a nosotros porque empezaron a comunicarse por carta.
Los hechos suceden en Lisboa en los años 20 y leyendo la correspondencia nos damos cuenta de hasta qué punto resultaba harto difícil para las parejas tratarse con normalidad y desarrollar una relación basada en el conocimiento mutuo: estaba mal visto que hablasen en la calle, no se veía bien que paseasen juntos, que fuesen a tomar algo era impensable, cualquier situación en la que pudieran estar a solas resultaba escandalosa y podía desprestigiar el nombre de la chica, ponerla en boca de la gente y recibir el consiguiente rapapolvo familiar. Evitaban incluso saludarse si se encontraban por la calle. Imaginaos el show que tenían que montar para verse: se citaban, hora convenida, en la ventana donde cosía Ophelia y él pasaba por delante… pasaba de largo, mirando de reojo. Con un contacto tan sutil, es fácil hacer del amado una proyección idealista favorecedora de un amor platónico. Y eso fue sin duda lo que sentía Pessoa. Escuchad a su heterónimo Alberto Caeiro:
Amar es pensar.
Y yo casi me olvido de sentir
solo de pensar en ella
No sé bien lo que quiero, incluso de ella.
Tengo una gran distracción animada
cuando deseo encontrarla.
Casi prefiero no encontrarla,
para no tener que dejarla luego
No sé bien lo que quiero, ni quiero saber lo que quiero.
Sólo quiero pensar en ella.
No pido nada a nadie, ni a ella, sino pensar.
Sin embargo debían saber brujulearse y sacar algún pellizco de tiempo de vez en cuando porque sus cartas son un continuo rememorar los besitos que se dieron, un continuo anhelar los besitos que se darán.
He de decir que las cartas de Pessoa me resultaron decepcionantes, esperaba más grandilocuencia, más tensión emocional, en un poeta de su categoría: me encontré con una retahila de horarios -cierto que era su modo de poder organizar esos encuentros siempre resbaladizos- y con un montón de ñoñerías, puerilidades y balbuceos infantiles. Pero claro, quizá ese era el tipo de epístola que incendiaba a una muchachita virgen, religiosa y casta del siglo pasado, o quizás es que esa era la idea que Pessoa tenía de las cartas de amor. Escuchad lo que dice de ellas su heterónimo Alvaro de Campos:
Todas las cartas de amor son
ridículas.
No serían cartas de amor si no fuesen
ridículas.
También en mi tiempo escribí cartas de amor como las demás
ridículas.
Las cartas de amor, si hay amor,tienen que ser
ridículas”
(1935)
Él a ella le llama Bebé, Bebezinho, Mi Bebé, Mi querido y pequeño bebé. Ella a él Fernandinho, Niniho, Ninho malo… toda esa ternurita infantiloide tiene un componente sensual bien picarón y no está extenta de una perversa malicia erótica; escuchad a Pessoa:
Mi Bebé pequeño y travieso:
¿Cuándo podemos encontrarnos a solas en cualquier parte, amor mío? Siento la boca muy extraña, sabes, por no recibir besitos desde hace tanto tiempo… ¡Mi Bebé para sentar en el regazo! ¡Mi bebé para darle mordisco! Mi bebé para… ( y después mi Bebé es malo y me pega).
Ophelia estaba deseando convertirse en la Sra. de Pessoa. Normal. En las cartas de Ophelia chocamos brutalmente con lo limitadas que estaban las mujeres para tomar decisiones. Ella no se queja, acepta la situación tal cual es, pero a nuestros ojos resulta evidente cuan a merced estaba de la voluntad de los otros. La única salida que podía encontrar una señorita a sus desahogos sexuales y afectivos era el matrimonio, y Ophelia, enamorada y ardiente, lo desea con todas sus fuerzas y le reza a todos los santos para conseguirlo. Es muy tierna Ophelia, ¡cuánto sufría esperando y desperando detrás de aquella ventana! y escribiendo esas cartas tan largas, que tienen un encanto especial porque son las de una mujer corriente y moliente a la que jamás se le pasó por la cabeza que pudieran ser publicadas algún día. Extensas epístolas que enganchan por su frescura y el sabor añejo de una sociedad ya desaparecida. Cartas que reflejan una mujer nerviosa, un poco obsesiva y con frecuencia triste -aunque ella insiste en que es muy alegre-, con unos objetivos vitales opuestos a los de su pretendiente y que ya al final resultan algo pesadas y repetitivas.
En el momento cumbre de su relación, Pessoa se planteó abrazar una vida conyugal con Ophelia. Los que le queremos bien y sabemos de la mala vida que llevaba ¡tan sozinho!, encerrado en casa o de bar en bar, malcomiendo y peorbebiendo, intuimos lo bien que le podría haber venido un hogar almohadillado por la dulce Ophelia …. Pero él no lo quiso así. Porque fue él el que, cuando se empezó a ver presionado para “presentarse a la familia” y formalizar la relación, tiró la toalla y se consagró a su soledad y soltería. Y eso que tuvo dos oportunidades, porque nueve años más tarde volvieron a encontrarse, y retomaron la relación epistolar, ahora con la novedad de la comunicación telefónica pero con los mismos juegos de”perversidad infantil” que tanto les gustaban. Pero Fernando volvió a huir.
Ophelia se casó con otro señor tres años después de morir Pessoa, y él … apuesto a que nunca dejó de pensarla.
…
En este otro post hablé sobre las fantasías sexuales de Pessoa
Bibliografía Básica:
Cartas a Ophelia. Fernando Pessoa. Ed. El Zorro rojo.
Cartas de amor de Ofelia a Fernando Pessoa. Organizado por Manuela Nogueira y María Conceiçao Azavedo. Ed. Assirio& Alvim
Si te gustó esta entrada anímate a escribir un comentario o suscribirte al feed y obtener los artículos futuros en tu lector de feeds.
Comentarios
En realidad eran los dos unos lanzados, descocados, calaveras y libertinos, sin pudor ni miedo al que dirán, por supuesto.
Fue Lisboa, una ciudad llena de ensoñación y de belleza, la que los envolvió hasta la poesía y el desencuentro.
Digo yo.
Gracias por tu entrada.
@tudanco
Sí, wendy, miedo también, quizás, al contacto sexual más íntimo. Y a perder su libertad, que era la base de su imaginación y creatividad.
Y qué bien @tudanco que nombras Lisboa, porque en las cartas se presenta como un personaje más, con aquellos cafés desde donde Pessoa escribía ¡qué ciudad, Lisboa!
Gracias por agradecerme la entrada
, ojalá haya conseguido transmitir mi ilusión de estos días pensando a Pessoa, imaginando a Ophelia.
que interesante este post, a mi me gustaría tener un fragmento de algunas de las cartas; vaya que fisgona, no?. Yo también creo que las cartas de amor tienen que ser algo ridículas,si no, no serían de amor. (visteis cosa más boba que dos enamorados cuando se hablan olvidándose de que hay gente delante?) ![]()
Me pregunto por qué reculó Pessoa. Se sabe?
Quizá lo veo porque me reconozco en ese hombre, con la diferencia de no haber consentido que mis miedos me apartaran de mis deseos. Claro que yo no tengo una imaginación creativa, ni soy poeta,…sólo un alma sensible.
Zeltia: poco antes de dejarla, alude a que ha de ingresar en un psiquiátrico. Además tiene razones económicas, sociales… es un personaje complejo Pessoa, tacharle de egoista, me parece simplista Maruxxxela.
Ya, Wendy, much@s tenemos un rinconcito psíquico “pessoa”, desgraciadamente sin su “genio”…
Y lo de las cartas como incentivo erótico Beau: absolutamente, al menos a l@s que, como a ti y a mí, nos incendian las palabras. Me encanta el género epistolar amoroso y, de todo el repertorio que me he leido, me quedo con las de Anais y Miller: http://www.susanamoo.com/2009/10/biografia-de-anais-nin/
Muy cierto, Susana: me gusta tanto sentirme incendiado como sentir que enciendo con la palabra. El vouyeurismo íntimo de imaginar (e imaginar siendo imaginado) es una herramienta erótica muy poderosa.
Miller fue un cartófilo empedernido, un amante epistolar. Hace poco leí una de las cartas que envió a su última gran musa, Brenda Venus y me pareció fascinante la pasión que destilaba a sus ocentaytantos años.
Hola Susana.
Pasando a leer y dejar saludos.
Ah qué Montse y Pedro… las nuevas invectivas de las parejas.
Fernando y Ophelia, … los viejos diálogos.
(y ni qué hablar, con eso de la fimosis, ni cómo ayudarlo)
Abrasivos,
Jorge
ya he visto en un comentario, que aclaras a Maruxela sobre la personalidad de Pessoa… aunque no conozco mucho su vida, si me atrevo a decir que era un hombre muy “raro” o “complejo” o como queramos llamarle… por eso tomar una decisión como casarse o no debió causarle bastante sufrimiento.
él se lo perdió porque no tuvo una vida muy “buena”.
biquiños,
Si no se animó a formar un triángulo poesía, esposa y él, pues nada. ¿Qué va uno a decir? Cada cual sabrá. Hombre, mientras fuese siempre de comportamiento recto. Es decir, que no fuera dando esperanzas de algo que no tuviera intención de cumplir o cosas por el estilo.
Me parece que su colega Juan Ramón Jiménez sí que formó ese triángulo y se aprovechó tela, tela, tela de la parienta. Un poco cabrocente. Pero le tocó una tía listísima y buena. Pa que tú veas…
Saluditos.
Beau, me pregunto si Miller sería tan buen amante epistolar como en real ( anais aseguraba que sí…)
Y Juan Ramón, un perro de cuidado, sí Ananda, todavía no me he metido a fondo en su bio y, la verdad, mucho no me atrae ¡tan machista-egoista!
Y bueno, de Pessoa, que es del que hablamos hoy, parece que no queda más que decir que eso que dice Aldabra: que él se lo perdió (o ganó, porque todo es relativo y tiene su doble lectura).
Besos, gracias a tod@s por comentar.
Hola a todos, precisamente estoy inmersa y entusiasmada, leyendo el epistolario de los dos en portugués, por que por lo menos las cartas de ella creo que no están en castellano y anoche llegué a la carta final de él, en la primera fase del enamoramiento, dónde dice que es el Destino el que tiene la culpa y también habla de la voluntad de unos maestros que no permiten ni perdonan ¿se refiere a sus heterónimos?, o ¿tal vez a los maestres de la orden masónica?, parece ser que estaba relacionado con alguna logia, pero no se sabe mucho de eso. En cualquier caso Pessoa es mi poeta fetiche, hace años que lo leo sin darme atracones por que es para tomarlo en pequeñas dosis, y de la ruptura en la realción yo no culparía a ninguno de los 2, era una relación condenada al fracaso, pues pessoa estaba llamado a cosas grandes y sublimes como la misma Ofelia expresa al final, y no puedo decir que no me alegre ya que gracias a eso dejo esa ingente cantidad de obra que ha contribuido a engrandecer la literatura universal.(Supongo que Ofelia acabó comprendiendolo)
Hola Ana Wonder, qué gustazo cuando la literatura consigue ese estado de entusiasmo del que hablas. A mí también me cogió con fuerza la pasión de estos dos, y sí, leí también en portugués las de Ofelia.
Respondo mi parecer a tu pregunta:
¿se refiere a sus heterónimos?, o ¿tal vez a los maestres de la orden masónica? yo creo que se refiere a sus heterónimos.
Y bueno, no sabemos cómo hubiera sido de haber sucedido las cosas de otro modo ¿quién sabe? igual nos hubiera dejado un legado todavía mejor…
Gracias por pasarte y comentar, espero verte más veces.

RSS





Miedo a la realidad, a que la realidad derrumbe el mito, a que la realidad le derrumbe a uno, a los exámenes sociales,…