Archivo de mayo, 2012
Lamecoños.
Mercedes De Acosta (1893-1968) fue una poetisa y guionista emparentada con los duques de Alba que nació y creció en Estados Unidos, donde recibió una formación cultural plurilingüe y exquisita que la llevó a codearse con la creme de la creme de la vanguardia artística de los años veinte.
Esbelta y refinada, de sofisticada elegancia, su aspecto tenía ciertas reminiscencias con el estilo relamido del conde Drácula, lo cual no impidió que se tirase a un buen puñado de las actrices más cotizadas del momento.
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Autoestima.
Malasia ha censurado las imágenes de Brad Pitt para el anuncio de Toyota alegando que tanta guapura deprimiría la autoestima de sus ciudadanos… ¡caramba! ¡cómo protegen los malayos a los suyos! Y es que vosotros, chicos, ya estáis tan fustigados como nosotras por el bombardeo mediático en relación al perfeccionismo estético…. no tenemos más que recordar el complejo de lorza del ex presidente galo Sarkozy.
Nuestro Gobierno anda emponzoñado con otros asuntos de más peso como para andarse salvaguardando la estima de su población, que sufre una peligrosa sobreexposición a la belleza extrema. Diariamente nuestras pupilas son flasheadas por la imagen de soberbios especímenes recopilados a lo ancho de todo el planeta. De cada pueblo, son seleccionados minuciosamente los más perfectos, que luego son fotografiados por los profesionales más hábiles en enfocar el ángulo más favorecedor. Para más inri, fulminan cualquier minúsculo defectillo con dispositivos del tipo photoshop. Resultado: los ciudadanos de a pie, comparativamente humillados, arrastramos nuestro ego.
De seguir la dinámica actual de sublimación perfeccionista de la belleza, seremos proclives a convertirnos en unos pringaos con la babosa tendencia de andar por ahí lamiendo culos. Y digo esto porque ando liada en la biografía de una lesbiana que ¡qué manera de arrastrarse frente a un par de bellezones! -ya os contaré- Pero no hace falta que hablemos de los famosos, todos conocemos casos de servilismo emocional ante el o la más guapa.
Literatura pervertida para una humanidad perversa
Látigo, nervio de buey, fusta, palos, raquetas, cardos, espinos: todos han sido correctivos que los mártires del cristianismo emplearon para rivalizar en dolor corporal con Cristo. Y ¡qué casualidad! son las mismas armas con las que muchos individuos han encontrado -y encuentran- la satisfacción sexual.
“La Leyenda dorada” es una obra piadosa que relata la vida de los santos sin escatimar detalles de torturas y autoflagelaciones: carnes desolladas, llagas ensangrentadas, magulladuras, moratones…. todo un lujo de mutilaciones que se presentan como digno preámbulo de las mortificaciones a las que se verán sometidos más adelante los personajes del divino Marqués de Sade, el representante más brillante del discurso sádico en Occidente – en Oriente tienen sus propias eminencias al respecto-.
Nuestra historia nos abofetea con un mogollón de casos en los que la crueldad morbosa y gratuita campó a sus anchas, pero casi siempre disfrazada con justificaciones políticas, legales o religiosas. Sade priva a sus relatos de la presencia de Dios y, para más inri, les otorga una finalidad de clara excitación sexual. Jodedores empedernidos, sodomitas disolutos empecinados en mancillar vírgenes adolescentes, putas viejas, chavales, madres y culos y más culos decorados con sangre y heces y tripas pendulantes: las personas convertidas en despojos humanos para deleite del lector, que se ve embriagado de voluptuosidad frente a ese alterne continuado de sangrientas orgías y cínicos discursos filosóficos que abogan por el goce libertino de la maldad.
El resultado es de una transgresión inaudita. Sus relatos desenmascaran nuestro placer más retorcido: el que nos provoca el dolor -propio o ajeno- , la dominación y el sometimiento. Y ese es un puntazo en la literatura de Sade, que nos empotra a las bravas con ese rasgo tan chungo del ser humano, que no cesa de pasmarme ¿por qué unimos con tanta facilidad dolor y placer?
Y tengo más dudas ¿podemos superar ese lado oscuro?, ¿es domesticable la crueldad humana? ¿la literatura sádica ayuda a catalizarla o, por el contrario, alimenta el sadismo?, ¿es posible que al teatralizar la barbarie, consigamos hacer una catarsis y liberar el inconsciente, dejándolo limpito de toda la basura subliminal?
…
Reflexión inspirada por el libro “Nuestro lado oscuro. Una Historia de perversos” de Elisabeth Roudinesco. Ed. Anagrama.
No comas mierda.
No te pajees: practica el onanismo. No encules: sodomiza. En vez de violar, penetra por efracción. No hagas apología del incesto: limítate a negar las leyes de la consanguineidad. Y jamás comas mierda: llama a tu vicio coprofagia.
Así harás de las más abyectas perversiones, honorables pasiones procedentes de la Grecia de los clásicos.
En 1987 la American Psichiatric Association sustituyó el término perversión por el de parafilia.
Pervertir: adquirir conductas contrarias a la moral.
Parafilia: (del griego para: desviado y philia: amor) Comportamiento donde la fuente del placer no se encuentra en la cópula, sino en otra actividad.
Perversidad infantil: Fernando Pessoa y Ophelia Queiroz
Ophelia Queiroz, ya anciana, se vio de repente abrumada por un aluvión de gente que quería saberlo todo sobre su antigua relación amorosa, ocurrida medio siglo atrás, con el ya fallecido y recién descubierto poeta Fernando Pessoa. A Ophelia, una señora de moral tradicional, le costó muchísimo soltar prenda -por el qué dirán, por respeto a su actual esposo-, sobre sus recuerdos de aquel noviazgo de su juventud. Pero tanto la asediaron que finalmente escribió unas palabras: “Pessoa e eu” en las que esboza cómo se gestó su relación con Pessoa.
Años más tarde, ya Ophelia fallecida, su familia publicó las cartas que él le había escrito y posteriormente la familia de Pessoa se animó a editar las de ella a él. De modo que, con todo ese material, es fácil hacer la composición de cómo se desarrollaron los acontecimientos de su idilio, casi con toda seguridad el único que vivió el poeta y que mantuvo en secreto. Ni su familia ni sus amistades supieron jamás de él.
Ophelia y Fernando trabajaban juntos en las oficinas Félix, Valladas & Freitas de Lisboa donde él era traductor y ella taquígrafa, él tenía 32 y ella 19. Ophelia era una muchacha jovial, menuda e inocente y Pessoa la observaba goloso y se debió hacer sus fantasías e ilusiones, porque un buen día le envió una nota para que no saliese hasta que lo hicieran los otros compañeros. Ya a solas, él se le acercó e intentó besarla. A ella ese gesto le tomó por sorpresa y huyó despavorida, pero… alguna mecha debió prenderse allí donde se enciende el deseo, porque después fue ella la que le buscó, ya que él, muerto de vergüenza por su atrevimiento, la evitaba. Entonces empezaron a tontear con notas y miradas y sonrisas hasta que la mala pata hizo que trasladasen a Ophelia a otra oficina y la comunicación se les complicó a ellos y se nos facilitó a nosotros porque empezaron a comunicarse por carta.
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Fernando Pessoa, erotismo hacia adentro.
Fernando Pessoa, el gran poeta portugués, fue en apariencia un oficinista anodino, un tipo gris, solitario y reservado que dedicó su talento a componer literatura pero que apenas publicó y no fue conocido -ni reconocido- hasta después de su muerte. El hallazgo postmortem de su creación literaria provocó un auténtico shock estético en nuestros vecinos lusos y en todo el mundo literario ¡enorme la calidad y profundidad de sus poesías!
Han corrido ríos de tinta sobre su personalidad. A pesar de ello sigue siendo un misterio apasionante para los biógrafos, porque Pessoa parece que vivió de puntillas, enclaustrado en su mundo interior, cambiando constantemente de domicilio y sin dejar apenas testimonio de sus rutinas. Solitario, en un “vacío absoluto de fraternidad”, se empeñó en esquivar la vida – como Flaubert- y no movió un dedo por encontrar reconocimiento alguno. Sin embargo era muy consciente de la trascendencia de su obra: “me debo a la humanidad futura”, dejó escrito en su diario, un conjunto de reflexiones breves e inconstantes, pero muy reveladoras de algunos aspectos de su psique.
No se le daba bien socializarse “es realmente duro tener que estar todos los días at home a la hora de la estupidez y tener que distraer esa estupidez con el te de la banalidad y los bollos de la transigencia”. Entonces se volcó en soñar y fantasear y en crear interesantes “amigos imaginarios”, porque una de las características más llamativas de su ingente creación literaria es que está desdoblada en un conjunto de autores creados por él: Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos, son sólo algunos de los heterónimos con los que firmaba, a los que dotó de biografía y personalidad propias: cada uno tenía su fecha de nacimiento, sus estudios, incluso su propia caligrafía y su modo de pensar “a veces contrarias a las del autor, que no tiene más remedio que escribirlas, por mucho que no esté de acuerdo con ellas y le resulten irritantes”.
Su sexualidad fue paralela a su modus vivendi. Las experiencias compartidas fueron nimias, quizás inexistentes, aunque de joven dejó constancia en su diario de su preocupación por conseguir dinero para operarse de fimosis antes de emprender el viaje que planeaba a Inglaterra, “ya que no tiene ningún sentido viajar al extranjero con esa traba”. ¿Lograría operarse?, ¿lograría consumar? Ni idea, lo que sí sabemos con certeza es que el grueso de su erotismo lo volcó en su imaginación:
“Por el lago pasillo que hay en el palacio he paseado muchas veces con mi prometida… nunca tuve una prometida real… nunca supe cómo se ama… sólo supe cómo se sueña amar… Si me gustaba ponerme anillos de mujer en mis dedos es porque a veces me gustaba tomar mis manos de joven por las de manos de una princesa y pensar que yo era, al menos en ese gesto de mis manos, la persona a la que amaba… Un día acabaron por encontrarme vestido de reina y es que estaba imaginando que era mi regia esposa.”
¡Pobre Pessoa! pillado in fraganti en su íntimo travestismo ¡con lo tímido y reservado que era! tuvo que sufrir un bochorno espantoso porque, como casi todos los vírgenes o cuasivírgenes, era muy pudoroso – entre sus amigos era sabido que se molestaba cuando los hombres decían groserías o hacían chistes de índole sexual –. Además no estaba orgulloso de sus apetitos sexuales y procuraba reprimirlos. Se describía a sí mismo como un ser de alma femenina con inteligencia masculina, un “invertido frustrado”. Temía que su voluptuosidad, que permanecía detenida en su espítitu, descendiese al cuerpo, “como le sucedió a Shakespeare en forma de pederastia, o como a Rousseau en forma de masoquismo”.
“Sí, a veces soy una costurera masculina y tengo príncipes, que son princesas, y muchas veces son otra cosa en la imaginación inevitable”. Imposible controlar esa imaginación portentosa, imposible impedir que le llevase, de vez en cuando, a sesiones de autoexcitación elaborada con fascinantes juegos de rol, aderezados de disfraces, animados con sensuales tertulias y a saber qué viciosas prácticas que la pacatería moral se empeña en endosar a oscuros pervertidos y ¡mira tú! son juegos de genios, al menos de este genio, tan sensible e intimista.
Fernando Pessoa no se casó. No se le conoció ni prometida, ni novia ni aventura pasajera alguna, pero… ¡oh dicha! ya llegando a la cuarentena tuvo una historia de amor secreta y ¡albricias! la correspondencia de los amantes se conserva. Además está editada y yo me he estado embebiendo de ella. Os cuento sus intríngulis en la próxima entrada, después de que hablemos un poco -si gustais- de travestismos privados, solitarios juegos de rol y masturbaciones fantasiosas.
Aquí para leer la historia de amor de Pessoa
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Bibliografía Básica
Diarios. Fernando Pessoa. Gadir.
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En la Web
En esta página sobre Pessoa está su poesía en portugués y traducida al castellano. Además la biografía -carta astral incluida- de sus heterónimos: ¡disfruten!
El polvo más triste.
Hacia 1940. Cárcel de Teherán. El independentista iraní Fereydone ha sido apresado por los soldados del Sha y mañana será fusilado. Le acompaña una amiga, ha pagado a los guardas para que les dejen un rato a solas. Esa buena amiga -cuyo nombre no ha trascendido- lleva una determinación clara:
-¡Hazme un hijo!, Fereydone le mira atónito.
-¿estás loca?- le acaricia el rostro- ¿sabes qué significa ser madre soltera en Irán? Serás repudiada, te insultarán, insultarán a tu hijo… a nuestro hijo…
No hay tiempo para plantearse consecuencias y esa anónima mujer está decidida:
-Eres mi hombre, quiero un recuerdo tuyo ¡hazme un hijo!
Por increíble que parezca, se lo hizo. Allí, entre las frías y húmedas paredes de la mazmorra, en semejante estado de shock pretraumático, con la angustia del inminente fusilamiento, con el triste sabor de despedida, los amantes consiguieron la turgencia necesaria, la dilatación precisa, para consumar la cópula.*
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Esta y otras muchas anécdotas -con sabor a mundos lejanos- me la ha contado Marjane Satrapi en su cómic Persépolis. Persépolis es un libro de viñetas en el que narra su infancia y primera juventud en un Irán en pleno conflicto bélico, capitaneado por el integrismo religioso, y su posterior emigración a Europa y el consecuente choque cultural que le supuso, muy especialmente en relación a la moral sexual. Tan enfrentadas se encuentran la moral islámica y la occidental en este aspecto.**
Persépolis es un modo entretenidísimo de enterarnos de aspectos de la historia iraní, una oportunidad para acercarnos al sentir de la mujer islámica, un libro imprescindible que ha sido traducido a un montón de lenguas, que ha ganado un mogollón de premios y del que además se ha realizado una versión cinematográfica: súper recomendable.
… …
*Fereydone era tio abuelo de Marjane, su hijo nació nueve meses más tarde y se crió en Suiza, donde emigró su madre. Dicen que es idéntico a su papá.






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