Archivo de marzo, 2012
Suerte e inspiración pa ti, pa mi, pa tos.
En El Eroticario ha salido una nueva reseña sobre “Microrrelatos Eróticos“, que le agradezco mucho a mi colega, la Scherezade mexicana, Anhelo Escalante, que también anda promocionando su libro Cosas Buenas que parecen malas.
¡Gracias comadre! Que la diosa nos reparta suerte e inspiración.
…
Otras reseñas de “Microrrelatos Eróticos”
Es un asco y no hay más que hablar.
Cristina, la novia de Edu, acude a nuestro encuentro
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La tara de Edu
Los días anteriores a quedar con la novia de mi primo fueron un sinvivir, esperando ansiosa el momento en el que me sacase por fin de esa intriga que me corroía. Desfallecía por saber los detalles de su presunto problema sexual. No era solamente un caso más de cotilleo -que también-, es que me sentía parte del problema, implicada en él como si lo sufriese yo misma. Al fin Eduardo ha tenido mucho que ver en mi propia sexualidad. Por ejemplo, su polla fue la primera que vi. Es verdad que antes había visto el pipí de mis primos, pero aquello que le vi a Eduardo no se podía llamar pipí, eso tan desarrollado merecía una nomenclatura con más empaque.
Fue pura casualidad, entré en el cuarto de baño y allí estaba él, desnudo, saliendo de la ducha, una pierna dentro y otra fuera, de modo que el ángulo entre ambas era por lo menos de 90 grados, lo cual permitía una visión muy nítida de la fisonomía viril. Fueron décimas de segundo, pero tan precisas, que parece que todavía le tengo delante ¡qué impacto me causó aquella mata de pelo! ¿cómo evitar dirigir hacia allí la mirada? Y en su centro una salchicha colgante que le llegaba hasta poco más abajo de la ingle, más gruesa en su base que en la punta y de color marrón oscuro. Los testículos, muy elevados, parecían barnizados, de tan brillantes.
- ¡Perdón!, dije casi chillando y cerré la puerta de un portazo. Pero ahí quedó la imagen para siempre en mi retina.
En otra ocasión no se la vi, pero percibí su turgencia. Jugábamos en el río con otros chavales. Yo llevaba un bikini de rayas marineras bastante escueto y él un bañador de flores largo, de esos que alcanzan la pantorrilla.
Lo recuerdo bien porque el tío Ramón -que tenía ciertas tendencias de viejo verde- verbalizó la apreciación de que “hoy en día los hombres se tapan más que las mujeres”, situación que a él le resultaba hilarante y a mí asquerosa en su boca.
El caso es que peleábamos a las ahogadillas y en una de estas me escapé nadando a brazada pelada hasta la roca. Cuando llegué, Edu me alcanzó y trataba de asirme con brazos y piernas y entonces noté algo duro que se me restregaba en el muslo. Algo que me causaba un efecto tremendamente estimulante, tan estimulante que me asustó. Él también debió sentir una fuerza extraña porque se apretaba más y más hasta que de repente se separó drásticamente, se zambulló y se alejó buceando.
Y punto pelota, desde ese día algo cambió entre nosotros. A partir de aquella se terminaron aquellos divertidos juegos infantiles con tanto contacto físico, jolgorios que tantas veces he tratado de reproducir con mis amantes, pero ya perdida aquella inocencia.
Y os cuento todo esto para que entendáis hasta qué punto es importante para mí la sexualidad de mi primo, para que entendáis porqué yo tenía su verga mitificada y porqué me resultaba especialmente desagradable imaginarme que no le furrulaba, que no se le levantaba, que no se le disparaba, que le faltaba fuelle o a saber qué expresión habría de emplear para definir la tara de mi querido Edu.
Mi primo y su misterio sexual.
- ¿Qué te sucede, Edu?, le pregunté. Hacía mogollón que no coincidíamos y ¡qué desmejorado!
-Es con Cristina, no nos va muy bien últimamente.
Eso estaba cantado, ya lo había intuido yo el mismo día que me la presentó, debe hacer unos 5 años. Mi primo siempre había sido un todoterreno que disfrutaba pisando barro y durmiendo a la intemperie. Ella, pura flor de pitiminí, la perfecta representante actual de aquella princesa detecta-guisantes.
- Si hay algo que pueda hacer por vosotros…, le dije con poca convicción.
Edu y yo ya no tenemos la complicidad que solíamos. Desde que empezó a salir con Cristina ha dejado de pasarse por la aldea, y eso que siempre fue el nieto favorito de la abuela, el que más la ayudaba con la huerta y la viña, el que más se implicaba en las comilonas familiares ¡míticas sus 300 rosquillas en el día del Carmen! Ahora se pasa por allí de pascuas a ramos, siempre acompañado por su princesa. Cumplen con la típica visita dominguera sin quitarse siquiera sus impecables abrigos de paño.
Me decepcionó que se echase una novia tan perita en dulce, que le dan asco los bichos, que el polen le produce alergia, que no le sienta el vino peleón, que no soporta la humedad… Pero lo que más me fastidia es que Edu se haya amoldado como un cordero a los gustos urbanitas de ella. Conste que no comparto la idea de Sole y de Paula, que siempre dicen “esa zorra le abdujo”. De eso nada. Yo toda la culpa se la pongo a él. Ella continuó en su linea, fiel a sí misma. Ya de antes tenía aspiraciones de pequeñoburguesa. El que pegó el cambiazo fue él.
Pero el sábado vino al pueblo solo y no parecía tener prisa.
- Quizás podrías hablar tú con Cristina, Susana, siempre os llevasteis muy bien, me dijo Edu, tan en Babia como siempre ¡Ay Eduardo de mi vida! Aunque Cristina y yo coincidimos en el gimnasio, no nos llevamos. Y en el supuesto de que nos llevásemos, sería mal.
Será listísimo mi primo para las matemáticas, así sacó adelante la carrera que sacó. Pero en intuición, cero coma cero. Le conozco bien, prácticamente nos criamos juntos, todas las vacaciones en la aldea con la abuela y siempre tuvimos muy buen rollo, sólo le llevo un año y medio y, como ocupa el puesto siguiente al mío en el estricto ranking de edad de los primos, éramos inseparables. Cómplices a nivel acción, en plan organizar un campeonato de petanca o recaudar fondos para comprarle la tele al tío Ramón, pero no tanto en el plano confidencial, por eso no nos estaba resultando nada fácil hablar de lo que le preocupaba. Entonces, no se me ocurrió nada mejor que salirle con el topicazo.
- ¿Hay una tercera persona?
- No -titubeaba- tengo un problema.
- ¿un problema?
Titubeó todavía más antes de responder:
- Un problema en la cama, un asunto sexual.
No puede ser ¿Edu un problema sexual? ¡no! Su afirmación me dejó tan noqueada que no reaccioné, o al menos no reaccioné como debiera, me limité a ponerme roja y a balbucear incongruencias como si en mí se produjese una regresión a los 12 años. Supongo que se arrepintió de haberse confesado porque inmediatamente salió por peteneras.
- Mejor que hables con Cristina, que te cuente ella, me dijo sin mirarme y huyendo al jardín.
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Los hombres y su fuga cuando de abordar verbalmente los propios sentimientos se trata. Claro que mi reacción no había ayudado. Pero tengo una explicación para mi actitud y tiene que ver con lo que significa Edu para mí.
Histeria: sexo en el subconsciente.
Amnesias, contracturas, espasmos, mutismo, parálisis transitorias o antiguas, anorexia, ceguera, arrebatos de conducta impúdica con episodios de frenéticas masturbaciones en público, crisis epileptiformes, perturbaciones cardíacas, gástricas, oftalmológicas, tics, tartamudeo, hipo. Todos estos síntomas, y otros tantos, aparecen en casos de histeria.
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Hacer una cubana.
Al acto de abrazar una verga con los senos para masajearla con fines placenteros en España le decimos “hacer una cubana”, en México dicen “hacer una rusa”, en Argentina “una turca” y nuestros vecinos franceses “hacer una española”.
¿tan exótica resulta esta caricia que los lugareños siempre la consideran privilegio exclusivo de lo foraneo?
A Marilyn no le interesaba el porno.
Afirmo la sentencia del título porque en cierta ocasión Marilyn fue interrogada sobre qué era lo mejor del sexo y su respuesta fue: “ el güisqui de antes y el cigarrillo de después”, entonces ¿el meollo no le hacía tanta gracia?
No feas, no gordas (ni siquiera por exigencias del guión).
La peli Corazones Solitarios cuenta la historia real de Martha Beck y Raymond Fernández, una pareja de asesinos de viudas adineradas a las que Ray seducía y desplumaba mientras Martha se hacía pasar por su hermana.
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El amor no se compra con dinero. El sexo, a veces, tampoco.
El magnate texano Howard Hughes (1905-1976), dueño de la Trans World Airlines, productor de cine, intrépido aviador, ingeniero fanático de los motores, racista y ultraconservador, era muy muy rarito. Hoy sabemos que padecía el trastorno obsesivo-compulsivo, pero de aquella era considerado simplemente como un millonario tronado.
La combinación entre esa cabecita loca y la billetera súper ultra mega forrada le llevó a vivir situaciones excepcionales, pero en aficiones sexuales seguía el estereotipo del americano medio: le gustaban las chicas blancas, jóvenes y con hermosos senos. Suya es la frase “todo el mundo tiene un precio” y se dedicó a comprar gente. A su servicio tenía un enorme séquito de ayudantes, secretarios, los mejores abogados y los más brillantes ingenieros, aunque luego los tuviese de brazos cruzados cobrando nómina sólo por si acaso. Lo mismo con las babies. El Holliwood de los años cuarenta y cincuenta estaba atiborrado de bonitas starlets, aspirantes a artistas que llegaban de todo el país en busca de fortuna. Un buen puñado de ellas se llevaban el alegrón de ser contratadas por el todo poderoso Howard Hughes, que les ponía un piso y las mandaba tratar a cuerpo de rey económicamente, para tenerlas luego ahí encerradas, a su disposición sólo por si acaso, aunque luego no llegase siquiera a conocerlas personalmente. Eso sí, habían de hacerse todo tipo de pruebas médicas… por si acaso. Sin duda un tipo con más fantasías eróticas que hazañas sexuales en su haber.
Una de las que se encaprichó fue Ava Gardner.
Cuando la conoció ella tenía 20 años y acababa de separarse de Mickey Rooney. Se hicieron amigos y la obnubiló a golpe de talonario, ¿que a la nena le apetecía ir de compras a Nuevo México? limusina a la puerta, avión privado y reserva en el hotel más céntrico. Todo cortesía del señor Hughes. Corría con los gastos de sus clases de golf, de tenis, la invitaba a esto y aquello en los sitios más lujosos y no demandaba nada a cambio… de momento.
A Ava le fascinaba el lujo fastuoso que Howard le proporcionaba, pero él le resultaba bastante repulsivo y eso que no puede decirse que fuera feo, pero tenía la manía
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