Archivo de octubre, 2011
Encrucijadas de una aspirante a mujer bon vivant.
Fausto me ha demostrado que es un compañero noble con el que se puede contar, uno de esos exóticos ave fénix del mundo laboral para los que el trabajo hecho a conciencia es un valor en alza. A pesar de -o gracias a- esta cualidad, no avasalla con su perfeccionismo y es el primero en echar un cable cuando se precisa y, para más inri, no viene dando consejos. Sin embargo me lo ha enseñado todo sobre los intríngulis empresariales ¡cómo se ha portado conmigo! decenas de fuegos ha extinguido en mi nombre. No se puede decir que seamos amigos, pero es mi colega y mi pequeño reducto intelectual en la oficina, con nuestro trapicheo cinéfilo ¡la de pelis que tiene! ¡y lo que sabe de cine! Me troncho con sus opiniones disparatadas, pero lo que me conmueve es su paternalismo para conmigo. Se lo digo siempre:
- Fausto, tú eres como un padre para mí, y se enfada:
- No me hagas viejo, niña.
Y ahora se jubila Fausto, mi Fausto querido me abandona en esta insufrible jauría mortal de tiburones materialistas. Le voy a echar de menos más que mucho y me daba cien patadas tener que ir a su fiesta de despedida ¡esos eventos sociales! pero no podía fallarle a Fausto, al que tampoco le motivan los happenings sentimentaloides.
Ya de ir, hacerlo con la mejor cara. A tal tarea me dediqué por completo el sábado, con una puesta a punto extensiva desde el meñique del pie derecho al lóbulo de la oreja izquierda, esmerándome con exquisitas lociones milagrosas de resultados objetivamente dudosos pero subjetivamente eficaces.
Cada vez salgo menos ¡cuánto tiempo hacía que no me arreglaba tanto! Mi pompis no es, definitivamente, aquel que fue, pero bueno c’est la vie y, en fin, encontré el vestido perfecto, discreto pero astutamente sexi, sobre todo por detrás que consigue ensalzar la concavidad de mi cintura con lo convexo de mi cadera. Bouttines sabrina de tacón extremadamente femenino -casi ridículo-, pendientes de perlas magrebís azuladas, gargantilla a juego y aquella preciosa sortija que tan buenos recuerdos me trae. Me miro y veo reflejada a una burguesita fina tal cual, con mi bolso de mano y mi echarpe a la espalda. Le voy a encantar a Fausto, hoy soy mujer Fausto al cien por cien.
Partí bastante animada, preparada física y mentalmente para sonreír a diestro y siniestro, por igual a gerifaltes que a subalternos.
El restaurante estaba full, toda la plana mayor, aquello parecía una boda, 3 mesas largas rectangulares adornadas con flores, el podio para el pincha y la pequeña pista de baile amenazando con eternizar la velada. Fausto estaba impecable ¡con gemelos! Es un clásico, dentro de su estilo tiene clase y siempre, siempre, siempre huele genial. Con los de la panda del café, corrimos a coger posición para sentarnos juntos, con el poco tino de hacerlo todos en el mismo lateral de la mesa por este orden: Sergio, Estela, yo, Fausto y Bego, dejando torpemente el frente descubierto para que lo habitase cualquier petardo. Se vinieron los comerciales. El ex míster Lugo, Bruno, me tocó enfrente y las rubias -de bote- Marta Murillo y Bea Castellón flanqueándole.
Bruno, el ex míster, entró en la empresa hará unos 5 años y nunca le hice ni caso; no porque me desagradara, guapo es un rato largo, y sonriente, y sobresaliente, un joven con un futuro prometedor, con todas las cartas para comerse el mundo. Quizá por eso me inhibí, un bollo tan yeah! siempre custodiado por chicas más jóvenes, más bonitas que yo, y con mejor nómina. De modo que no me puse eufórica al ver que se me sentaba delante. Pero para hacer justicia diré que estuvo encantador en la cena y, junto con las rubias, nos hicieron el punto porque les adoptamos como orejas. Les contamos todas y cada una de las batallitas que hemos vivido estos años y me reí hasta las lágrimas. Albariño va, langostino viene, anécdota al canto. Creo que estuve bastante elocuente, Fausto y Bruno se despiporraban. A las rubias se las veía como con la sonrisa pintada de risa pero Bruno parecía francamente divertido y nos tiraba de la lengua, instándonos con su actitud a continuar con nuestro chistoso repertorio sinfín.
A los postres se le dio su reloj a Fausto y dijo unas palabritas que me emocionaron y me entró la melancolía. Sin Fausto esto no va a ser lo mismo.
Empezaba la música y la gente se levantaba socializándose en corrillos y yo me escabullí al baño con una angustiosa sensación nihilista que se me cortó de cuajo en cuanto me vi la pinta en el espejo ¡qué horror! Yo soy de las que, en el fragor de la conversación, me olvido de mí y estaba hecha unos zorros. Me compuse y salí, y así como salgo me encuentro con Fausto en la esquina, mirándome con los ojos nublados de emoción. Leer más »
-Voy a echar de menos toda esta basura, Susana, me dice.
Me abracé fraternalmente con Fausto, un abrazo de esos que sientes el calor y compartes el sentimiento, que percibes la estructura corporal del otro y su estado anímico, y … ¿eso que puja es una erección?
Erecciones exprés.
Qué gentiles esos señores que, llegado el momento, te les acercas y ya notas la empinadura pujando.
No se me entristezcan los de empalme a ralentí pero ciertamente las erecciones exprés son la octava maravilla.
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Maquiavelo y su peor postcoitum.
Cuando se quiere definir a alguien con intenciones sibilinas se le dice maquiavélico. Sin embargo tal apelativo no tiene justificación histórica alguna. Maquiavelo fue un buenazo al que le cayó el sambenito postmortem de malvado, y todo porque en su libro “El Príncipe” desarrolla un análisis sobre el poder y recomienda a los mandatarios que vean por la felicidad de su pueblo, aunque para conseguirla incurran en triquiñuelas (el fin justifica los medios).
A pesar de esa opinión ilustradamente despótica, Maquiavelo podría haber sido un santo si se supriemiese el 6º pecado de la tabla de Moisés ya que su fama de mujeriego y putero parece que tiene más rigor histórico.
Maquiavelo (1469-1527) fue un intelectual aventurero, arquetípico hombre del renacimiento. Uno de esos señores florentinos de sangre caliente que hora se baten a duelo espada en mano, hora escriben un poema a vuela pluma.
Fue un especialista en estrategia, milicias y misiones diplomáticas que vivió la guerra, sufrió la cárcel, padeció tortura y todo esto sin perder la pasión por las bellas historias contadas con bello lenguaje, ¿acaso no resulta conmovedor que compusiera sonetos para pedir clemencia? En cualquier caso. de poco le valió la lírica, solo fue liberado gracias a una amnistía, pero entonces lo desterraron. Sufrió mucho apartado de la vida pública ¡un hombre de acción relegado del bullir florentino! ¡alejado del lugar donde chispeaban los cimientos de la Era Moderna!
Pero supo aprovechar su aislamiento buscando la compañía literaria -Petrarca, Dante, Ovidio– , de ellos decía “contemplo sus pasiones amorosas, recuerdo las mías, gozo con esos pensamientos”. Qué intriga ¿cuáles serían esos pensamientos? Apuesto que deliciosos. Me juego el tipo a que Maquiavelo fue un amante magnífico, uno de esos que ponen todo el alma en el asador, con magno instinto de empuje. Mas ¡oh destino cruel! Fiel a su sino maldito, solo nos dejó testimonio del que fue -quizás- su peor polvo, o mejor dicho, su peor postcoitum.
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Compartiendo ideas.
Vale más un compañero de lengua audaz, que no aquel otro lenguaraz.
(greguería encontrada en la puerta de un “aseo de señoras”)
Tentando al diablo
Viajar a solas es una experiencia maravillosa que todo el mundo debiera disfrutar al menos una vez en la vida, proporciona una sensación de libertad fuera de serie, se viven las situaciones a tope de intensidad. Para una mujer puede resultar más peliagudo según qué lugares se visiten y es conveniente tomar una serie de precauciones. Por lo general, la única habilidad extra que hemos de desarrollar nosotras es la del arte de espantar moscones, dicho esto con todo el cariño para tales bichitos, que a veces animan un montón.
Ciertamente, en algunas culturas, una viajera solitaria es interpretada por los lugareños como una invitación andante a ligar, y ¡qué va! no tiene porqué ser así. Claro que a veces sí es así y precisamente esa era mi vaga ilusión aquella tarde en la que, sola en un precioso pueblo de la costa del Pacífico mexicano, salí a cenar con la inocente intención de tener una aventura. No es que fuera una necesidad imperiosa, pero me sentía abierta a las sorpresas del destino y me apetecía un arrechuche azteca. Me arreglé un poco más de lo que acostumbro en los viajes, por si las moscas picaban. Me dirigí al malecón ¡qué atardecer! ¡qué alegres colores! ¡qué temperatura divina! ¡qué vidilla!
Para cenar cometí el error de entrar en un chiringuito bastante turístico y tuve que pasar por el bochornoso momentazo en el que una banda de mariachis rodeó mi mesa cantando “Ese lunar que tienes, cielito lindo …”, que consiguió que se me atragantaran los tacos.
Me largué de allí pitando y, después de otro breve paseo, – ¡qué agradable brisa marina!- entré en un bar que tenía pinta de ser frecuentado por los lugareños, que es donde me gusta ir cuando viajo.
Me senté en la barra y pedí una Coronita. El camarero resultó ser bastante atractivo y la mar de amable, con tan buena suerte que esa era su noche libre y se había pasado por el bar para echar una manita nomás, conque se acodó frente a mí y nos pusimos de palique. Mantuvimos una charla muy simpática sobre su abuela mexicana y la mía gallega, que tenían un montón de manías comunes, e intercambiamos recetas, él me dio la de guacamole -que escribí en una servilleta que todavía conservo y uso- y yo a él la de tortilla de patatas, en la que parecía muy interesado. La cosa pintaba bien, podemos afirmar que iba ¡viento en popa a toda vela!
Tenía bigote Rubén Darío. Así se llamaba, como el poeta, detalle que me encantó. No tanto el bigote, no soy entusiasta de esa parcela de pelo, pero he de reconocer que no le quedaba mal. Moreno de pelo negrísimo no parecía muy alto, pero sí bastante musculoso y fardaba de brazos torneados con una camiseta sin mangas. Sonrisa enorme, dentadura impecable, uñas limpias. Sí, sí, Rubén Darío iba ganando puntos por momentos, con esa gracia mexico al hablar, con esos labios salchicheros y la risa facilona. Después de un rato ciertamente agradable le informé:
- Tengo que ir al baño.
- Allá, me señaló.
Me alejé siendo consciente de que mi retaguardia iba a ser escrutada minuciosamente. Exageré un poco el bamboleo de cadera. Parece que el trasero de las españolas tiene muy buena fama en el extranjero y ahí estaba yo, esforzándome por hacer honor patrio.
Vacié mi vejiga, me lavé las manos, me miré al espejo, me solté el pelo, volví a recogerlo. Me enjuagué la boca, examiné mis dientes, me mordisqueé los labios como recomiendan en Mujercitas para que se sonrojen sin carmín, respiré profundo ¡vamos allá! Me burbujeaba el estómago del modo en que me burbujea cuando me encuentro en la palestra de salida de a saber qué emocionante experiencia vital.
Cuando regresé, Rubén Darío se había venido a mi lado de la barra y me sonreía como si fuera el hombre más feliz del mundo. Había servido dos nuevas cervezas, una para mí, otra para él, que espumaban, llenas a rebosar, con su limón asomando por la boca del botellín. Agradecí el detalle, acerqué mi taburete al suyo, nuestras piernas se rozaron. Él, siempre con su sonrisa perenne levantó la botella para hacer un brindis.
- Chin chin.
Eché un trago a morro y … aluciné.
Ese tipejo había echado un chorreón de tequila a mi cerveza. Mi olfato no me engaña, y mi paladar tampoco. Le vi de frente, al muy imbécil. Dejé la botella en la barra, él continuaba con su sonrisa que, ahora me daba cuenta, era la de un perfecto gilipollas. Separé mi taburete, me levanté despacio, midiendo mis movimientos, controlándome. Me di la vuelta encarándome hacia la puerta de salida y me dirigí hacia ella, tratando de no contonear mis caderas porque al diablo… al diablo mejor no tentarlo.
Mueve el culo.
-Mueve el culo-, dijo agarrándole sus cachas duras y peludas.
-Mueve el culo-, insistió palmoteándoselas a manos llenas.
El hombre, un cero a la izquierda.
Encuentro un vacío entorno a los intríngulis del erotismo masculino, es como si se hubiese aceptado el hecho de que ellos carecen de matices, que con su mete-saca, con sus mamadillas, ya tienen bastante.
La diferencia entre la presencia de la sensualidad femenina y masculina en cualquier forma de arte erótico es abismal: pinturas, novelas, ensayos, etc., desbarran sobre los botones de encendido -físicos o psíquicos- de las mujeres. Y lo curioso es que mayormente son ellos los creadores, pero parece que no les apetece un enfoque de sí mismos más allá del falo. Toda la atención para la mujer -lo cual resulta pelín cargante para nosotras- ¡tantos señores que han escrito imaginarias biografías haciéndose pasar por mujeres! ¡tantos artistas centrados en el rostro, en los gestos, en los gemidos, en las fantasías femeninas! ¡empacho de juguetes eróticos femeninos, empacho de lencería para nosotras!, ¡tantos maromos que, conscientes de que no pintan nada, optan por retirarse radicalmente de escena para deleitarse exclusivamente con mujeres gozándose entre ellas!
Pero el colmo de los colmos está en la Enciclopedia de Erotismo del machorro rancio Camilo José Cela -disculpad mi subjetivismo- . La enciclopedia, de cinco tomos, es un sesudo trabajo de recopilación de términos y personajes relacionados con el sexo. Una idea excelente redactada y dirigida por Cela que, en su contexto histórico -años 70- , tenía sentido, pero que está envejeciendo fatal. ¿sabéis que no aparece el término “hombre”? No, de “Homar”, pasa a “hombría” -definida como pene-. “Macho” sí aparece, 4 renglones. “Varón” también, otros 4 renglones. Y “mujer” ¿aparece el término? ¡oh sí! ¿ y cuánto le dedica? tres columnas y media.
Por supuesto, hay insignes excepciones. Se me ocurre que Henry Miller profundizó en las fantasías masculinas, falocráticas sí, pero masculinas al fin, y que Vargas Llosa elaboró en su personaje don Rigoberto, a un señor de sexualidad compleja.
…
¿compartís conmigo la idea de que el hombre está tratado como una figura plana, simple y erectamente vacua en el erotismo? En caso de ser así ¿pensáis que esa visión se ciñe a la realidad?
Castrati
La operación de estrangulación glandular de testículos, o amputación de los mismos, fue una práctica pertinaz a lo largo de la historia. En Grecia y Roma los esclavos valían más pasta “sin” que “con”. También los árabes encontraban a los eunucos muy adecuados para custodiar sus harenes. Y después hubo por ahí alguna secta religiosa -los skopzky- que podaban a sus adeptos, ya que en las partes blandas localizaban ellos “las llaves del infierno”. Pero la castración se convirtió en verdadero boom en los siglos XVII y XVIII en Italia pese a estar castigada por la Iglesia católica con la excomunión, aunque luego eran muy bien venidos en sus coros. Sólo en Roma llegó a haber 700 entonando al unísono.

Katarzyna Kozyra, Il Castrato, 2006. Performance. Produced by Gender Bender. Photo Credit: M. Oliva Soto.
Si se castra a un chaval entre los 8 y 12 años, se producen en su cuerpo una serie de desajustes hormonales tales como el crecimiento exagerado de brazos y piernas, rasgos feminoides, pechos desarrollados, tendencia a la obesidad y el estancamiento del desarrollo de la laringe, lo cual da resultados impresionantes en la voz. La combinación de una voz infantil con la potencia de un adulto permite ejecutar acrobacias vocales sin precedentes, sus cantos extasiaban, inducían al llanto y a otras incontinencias emocionales hasta el punto de que los más portentosos fueron reverenciados como auténticas divas, mimados por el público, invitados de honor por monarcas y bendecidos por papas. Se hizo célebre el grito de ovación en los teatros: ¡viva el cuchillo! ¡el divino cuchillo! Pero lo interesante de esta historia es que aquel macabro clamor carnicero también se escuchaba en según qué alcobas: las damas se los rifaban. Ya sabemos que el dinero y el éxito suelen ser interesantes incentivos para el deseo, pero es que además eran muy chic, y ¡no preñaban! Pero ojo, que no sólo las señoras se pirraban por los castrati, también eran objeto de deseo de los caballeros, que encontraban irresistible su travestismo en escena. Los capones hacían, pues, bolillos bajo las faldas y también bajo los pantalones, según sus preferencias, pero ¿cómo eran sus relaciones sexuales?, ¿conseguían empalmar? unos sí, otros no, dependiendo del momento en el que les hubieran extirpado sus partes. En cualquier caso, con empalme o sin él, el deseo no desaparecía, o al menos no siempre.
Gracias a la historia de los castrati, que es una historia triste aunque no he querido aquí extenderme con el melodrama, podemos afirmar que el instinto sexual no desaparece con la ausencia de testículos, ni tampoco muda la tendencia sexual -hubo castrati heteros, bis y homos, también los hubo castos- , entonces ¿podemos sacar como moraleja que las glándulas testiculares y su famosa testosterona no son tan responsables de la pauta sexual del individuo?
Sus cojones de ustedes.
Hasta los 4 meses de gestación todos semejamos hembras. Entonces ellos comienzan a desarrollar unas bolas chiquitas llamadas testículos.

Imagen aportada por un comentarista habitual que ha tenido el gusto de mostrar sus cojones para la platea.
Inofensivas pelotillas que van creciendo y creciendo hasta que llega un momento en el que adquieren una presencia imponente y pueden llegar a abrumar. Toparse con un individuo con tó eso ahí bien plantado, acojona. Sin embargo no hay ni pizca que temer; esos kiwis brillantes y obscenos, representan la puritica masculinidad: ruda y brutota por fuera, tierna como jabón por dentro y … ¡tan vulnerable!
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Pienso tocar durante los próximos días diferentes aspectos de la masculinidad, analizando biografías eróticamente interesantes, algún microrrelato -o nanorrelato-, curiosidades y perversidades varias, con imágenes y … ¿caerá algún audio?
Va chicas, ¿hablamos de ellos?, caballeros: ¿charlamos sobre vosotros?, ¿hurgamos juntos en lo morboso, en lo bonito?
Dormid conmigo.
El escritor y erotólogo Gregorio Morales me ha alegrado hoy el día con su disertación sobre mi libro Microrrelatos eróticos ¡gracias maestro! Me ha venido esta crítica de perlas, porque andaba yo un tanto dubitativa, cuestionándome de repente el sentido de toda esta actividad erotómana que me trae, a lo tonto y a lo bobo, tan atareada. Maquinaba ya cómo mudar de paranoia y dedicarme a … (¿a qué? ¿a qué dedicar mis pensamientos cuando cese esta febril profusión?)
Me ha alegrado el día Gregorio llamándome coprolálica, comparando a mis protagonistas con … “¡Rubalcabas!”. Y dice que Microrrelatos Eróticos debería encontrarse al acecho en el cajón de la mesilla de noche de todos los hoteles porque ¿Qué mejor cosa leer antes de irse a dormir?” y yo me abrazo a esta idea como a un falo ardiendo, retomo bríos y sigo, sigo y sigo. Y sigo, porque la buena de Afrodita me ha otorgado un fantasioso conejito Duracel, y no es plan de hacerle el feo manteniéndolo en deshuso.
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