Archivo de 24 agosto, 2011
Ligerita de cascos.
Cuando me lo presentaron, su apariencia no me inspiró nada, ni frío ni calor. Pero luego me enteré de que era ciclista profesional y recordé aquello que se comenta, que tienen un corazón de hierro y algunos llegan a marcar 40 pulsaciones por segundo. Me entró el morbillo coquetón. Comencé a darle conversación, a mostrarme interesada en sus contrarrelojes, a imaginármelo en maillot, ejecutando fibroso sus springs. Me lancé al rico vacilón. A veces se tienen días así, que se siente una como ligera de cascos.
Parecía un buen tío y a mí me gustan los tíos buenos. Saludable, pulcro, sin duda puntual, responsable y perseverante. Cero pelado de toque canalla, cero picardía en su mirada de ojillos con expresión de escapada que venía acrecentada por la nariz espigada y por su amplia frente en expansión por mor de la incipiente calvicie.
La cosa terminó en la cama sin mayores aspavientos. Para ser justa diré que me regaló un misionerito fantástico. La postura del misionero, tan amorosa, mola mazo. Pareciera muy stándar y conyugal, pero mola.
El susto vino por la mañana ¡qué manera de tomarse a pecho un polvo! Que sí, que si pones buena intención, es normal cogerle cariño al compi, albergar hacia él -o ella- un aprecio especial, una complicidad maravillosa. Pero de ahí a presuponer que con un kiki queda instaurado un idilio hay un salto que el ciclista sobrepasó sin complejos. Dio por sentado que lo nuestro era el principio de todo un tema y me empezó a acojonar con sentencias del tipo “te voy a llevar a no sé dónde” ,“ya te enseñaré no sé qué”, “cuando conozcas a mi primo Mengano”…
Me entró el canguele y corté por lo sano con ausencia total de melindres.
-Oye, tú y yo de novios, nada.
Para colmo de impertinencia se me escapó un ¿eh?
-Oye, tú y yo de novios nada, ¿eh?
Se quedó patidifuso, pobre, y reaccionó del peor modo, al ataque, como los cobardes resentidos. En plan “¿tú de qué vas? ¿haces esto todos los días?”
Me echó una filípica con tintes moralistas que me estaba agobiando. Estuve a punto de dialogar con él, animarle a que se tomara esto como una pérdida en el tour con la ventaja de haber vestido la camiseta amarilla una jornada, pero al verlo tan mosqueado desistí y decidí evadirme mientras le daba tiempo a desahogarse. El tipo mezclaba en su soliloquio asuntos como libertinaje y responsabilidad y yo reflexionaba que claro, cuando alguien entrega su cuerpo al goce compartido se da en lo más íntimo, y si entregas lo más íntimo a una persona que no sabe -o no quiere- valorarlo, te sientes rechazado en una zona muy sensible del ser y puedes desarrollar complejo de tetrabrick no reciclable, o de condón de un solo uso. Y eso duele.
Mi ciclista estaba herido, pobrecillo. Pero ¡así es la vida colega!, y ya eres grande para cargar con tus frustraciones. Sin pataleta por favor.

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