Archivo de marzo, 2011
¿qué? ¿dónde? ¿por qué?
Ésta es una invitación para que dejéis en comentarios la dirección web de blogs o sitios eróticos, porno o relacionados con el sexo que visitéis regularmente por un motivo u otro.
Venga, porfa, hagamos un seguimiento de qué es lo que nos hace palpitar en Red y compartámoslo.
La sexualidad de la Diosa.
Las religiones modernas monoteístas nos robaron a las diosas. El catolicismo nos ofrece a la Virgen María, y vale, está bien, es una faceta hermosa de la mujer, la de madre entregada, sufridora, pero ¿por qué no ha parido? ¿cómo se come eso de que haya concebido al inmaculado modo? La Afrodita griega -después la Venus romana, anteriormente posiblemente la Ishtat o la Astarté orientales-, es una diosa hembra, la diosa del amor, de la atracción sexual, de los placeres carnales, y también madre. Madre y amante, una mujer completa, con sentimientos apasionados e impetuosos, cruel a veces, celosa otras, generosa también. Afrodita tiene mucho que enseñarnos sobre nuestra naturaleza sexual. Durante muchos siglos el culto a esta diosa fue respetable y conveniente. Adorémosla hoy aquí un poquito (porsi)
Cuenta la tradición antiquísima que Afrodita surge del mar alzada en una concha, desnuda y preciosa, con sabor a mar y biología marina. Su función es la de provocar el deseo, de que nos gustemos tanto hombres y mujeres, de que hacer el amor sea un deleite sensual delicioso, de que nos enamoremos. No le interesan ni el matrimonio ni el amor eterno, ella busca que gocemos, miradas enlazadas, pelvis agitadas.
En su vida olímpica no fue muy promiscua, tampoco casta. Tuvo a su marido, Hefesto, y a su amante oficial, Ares. Solo de vez en cuando se encaprichó de humanos inferiores a ella (p.e. Anquises).
Me sorprende la elección de sus parejas ¿no es extraño que la belleza y encanto personificados escogiera como esposo a uno de los dioses más feos? Hefesto era un hijo repudiado por sus padres, Zeus y Hera, que se avergonzaban de haber concebido un hijo tullido. Debido a esta falta de amor paternal y a la crueldad generalizada de los dioses -que se choteaban de su minusvalía- Hefestos se fue haciendo un ser huraño y resentido, replegado en sí mismo. Sin embargo – o quizá por ello- era un artista de la forja y realizaba joyas e inventos maravillosos de oro y bronce con cualidades mágicas ¿le compensaban a Afrodita los regalos preciosos que su marido le obsequiaba? o ¿ era que su vanidad se veía fortalecida al resaltarse su belleza al lado de un esposo tan poco agraciado?, ¿le inspiraba compasión? ¿le aportaba seguridad? …
Desde luego le fue infiel reiteradamente, y su amante recurrente fue Ares. Ares tampoco me parece un dechado de virtudes. Es el dios de la guerra, un tipo sanguinario, cruel y agresivo, una especie de matón divino que a Afrodita le excitaba muchísimo – era muy guapo eso sí, tenía un culo precioso, duro, mullido, carnoso …-.
En cierta ocasión Hefestos se hartó. Celoso y enfadado decidió vengarse de los amantes y para ello construyó una red mágica. Cuando los infieles estaban en pleno acto sexual, les lanzó la red y quedaron atrapados, expuestos a la mirada de todos los dioses. La idea de Hefestos era avergonzarles públicamente ante todos en el Olimpo. Pero sucedió que la grandiosidad de esos dos cuerpos acoplados en la pasión, la armonía de sus formas, el deseo que emanaban, impresionó gratamente a los dioses y estallaron en una ovación de aplausos. Al final, el que resultó humillado, una vez más, fue el marido, Hefesto, del que todos se desternillaron.
Adán, Eva y la vergüenza primera.
Hace la mitra de años que Eva masticó la famosa manzana. Os recuerdo que era el fruto del árbol del Bien y del Mal y que una de las primeras consecuencias que sufrieron esos animalillos evolucionados en Sapiens fue vergüenza. Vergüenza de su desnudez, de sus genitales y también de sus deseos sexuales. La reacción, al parecer, fue instantánea: morder al sabroso fruto, y lanzarse a la higuera a arrancar hojas para cubrirse el uno del otro. Hoy la sociedad moderna industrializada ha transformado esos exóticos taparrabos en cómodos y elásticos bañadores, muy funcionales pero igualmente ridículos.
Nuestra Historia patriarcal judeocristiana comenzó con ese pudor, pero no siempre fue así, mucho antes de venir el Dios Padre Creador Todopoderoso, había diosas muy orgullosas de sus indicativos sexuales.
Y me pregunto ¿no va siendo hora ya de darle por saco a la serpiente? ¿no hemos pagado ya -con creces- la curiosidad de la abuela Eva? ¿no podemos regresar al paraíso de la desnudez casta y bella? o quizá no tan casta, quizá no tan bella, pero nuestra al fin.
(Para admirar imágenes de diosas primitivas os invito a pasar a esta página y pinchar en los primeros enlaces.)
Posiblemente el erotismo naciese también con esa vergüenza, con esa hoja de parra. Estoy convencida de que para nuestra salud psicológica es muy sano practicar nudismo, al menos de vez en cuando, pero … ¿lo es para el erotismo?
Mi marido y yo
Hace tiempo que duermo sola, Ramiro, mi marido, se ha mudado al ala este, donde hemos habilitado un apartamento y allí está, ocupado día y noche con sus cacharros. Ahora es como si yo fuera soltera y no negaré que estoy encantada. Después de tantos años con la casa llena de críos, sin un minuto para mí, de repente esta paz, todo el tiempo para mis paseos, mis flores, mis libros.
Ramiro viene a comer a las dos en punto, charlamos sobre ésto y aquello, es un hombre culto al que le gusta estar bien informado. Jamás me he aburrido con él, nuestro matrimonio ha sido normal y corriente, muy centrados en la educación de nuestros hijos, en la administración de la hacienda …, una pareja como cualquier otra. Como cualquier otra hasta la locura esta de espiarme.
Todo empezó cuando enviamos a Chiqui a estudiar bachillerato a Estados Unidos y se nos quedó la casa vacía. Nos metimos de lleno en la restauración del pazo, que tantos rompederos de cabeza nos trajo. Ahí fue cuando decidimos instalarnos en habitaciones separadas.
- Como los Reyes, le dije.
Reconozco que me quedé con la parte más bonita, mi cuarto es una verdadera casa de muñecas. Está en la zona elevada y tiene vistas a las viñas, a la finca y a la montaña. Ya las puertas, de doble hoja de madera de roble, impresionan, con la cerradura enorme, de hierro forjado. La cama con doseles de pan de oro es espectacular, herencia de la condesa, -bisabuela de Ramiro-. Pero lo más espectacular es la chaise longue, que el anticuario nos aseguró que había pertenecido a María Antonieta. Recuerdo perfectamente la mirada premonitoria que nos dirigimos Ramiro y yo cuando nos la trajeron y la colocamos justo enfrente al enorme ojo de cerradura.
Mi cuarto es mi palacio y la chaise longue se ha convertido en mi trono, desde el primer día que la estrené me vino la afición por acariciarme. Yo antes nunca había tenido esa costumbre, el placer me había venido -en contadas ocasiones- con Ramiro, pero nunca a solas. Fue tumbarme en la chaise longue de María Antonieta y descubrir el placer de acariciarme. Se convirtió en un hábito diario. A las siete, cuando se va el servicio, subo las escaleras, cierro con llave y jamás olvido retirarla, dejarla encima del aparador. Desde el principio supe que Ramiro vendría a espiarme y ¿os podéis creer que me encanta que lo haga?
Recuerdo lo excitada que me sentía los primeros días, como una niña haciendo una travesura.
No deja de sorprenderme esta ilusión en el ocaso de nuestras vidas, porque lo nuestro en la cama fue muy normalito, con más ansia los primeros años, que pronto se truncó. Normal: cinco hijos todos seguidos. Se fue apagando la llama. Antes de la decisión de separar los dormitorios, hacía ya mucho que nada de nada. Y ahora, ¡quién me lo iba a decir a mí!, esta fantasía, cada día más estrambótica, que me paso el día pensando cómo sorprenderle, que nunca había vestido yo lencería tan descarada. Voy al Corte y hasta vergüenza me daría si me encontrase con alguien. Monerías hacen de transparencias, encajes, ¡esos leopardos!
Si me empeñé en aprender a comprar por internet no fue por otro motivo que el de hacerme con juguetes sexuales, hay que ver lo que inventan ¡tenía que reprimir la risa imaginándome la cara de Ramiro viendo cómo esos artilugios entran en mi cuerpo!
Pero el atrevimiento gordo fue lo de Antoine, que aun lo pienso y no sé cómo fui capaz de dar el paso. Debe ser cierto eso que dicen, que pasados los sesenta se pierde mucha bobería. El caso es que fue leer el anuncio y pensar “¿por qué no?”. La primera vez que me visitó, yo estaba como un flan, pero él es un caballero, un verdadero profesional y supo hacerme todo su repertorio -¡Jesús!- logrando que me sintiese bastante cómoda. No alcancé el placer, pero ahora, cada vez que viene, lo alcanzo sin problemas. Antoine me cobra 500 euros, pero Ramiro no sabe que le pago – le hago el ingreso anticipadamente, para no pasar el bochornoso momento de dárselo en mano-. Ramiro se debe de creer que es mi amante. Hay qué ver, esto es una perversión de las mayúsculas, un pecado mortal … pero yo ya hace muchos años que dejé de ir a misa.
Y cómo disfruto imaginando a Ramiro sufriendo detrás de la cerradura, padeciendo las pasiones de un adolescente celoso y enamorado. Mi amor, tan loco. Cuánto le quiero.
Onírico
Queridos seguidores de Crisol Púbico, en agradecimiento a vuestra inestimable colaboración, hoy he escrito dos cuentos que festejan la resurrección de Gonzalo ( ya me diréis con cual os quedáis).
Onírico Meloso
Alice regresa a su casa después del entierro y no tiene ganas de nada, la casa se le cae encima, pero también la calle se le caía. Va al baño, se mira al espejo. Nunca se ha visto tan horrible, con las aletas de la nariz enrojecidas, los labios deformados, los ojos hinchados y esas espantosas ojeras. Se lava la cara con agua y llora inclinada en el lavabo. Va al cuarto, allí está la cama de matrimonio, fría, vacía, solitaria ¡cuánto ha querido a su viejito! ¡qué amada se ha sentido por él! Se desnuda despacio. Sin energía se quita los zapatos y los pantalones tan ceñidos, las bragas canijas, se mira las piernas, cada día más celulíticas. La ropa le ha dejado marcas por todas partes. Se desabrocha la camisa y se quita el sostén, sus pechos parecen consumidos, abatidos por la tristeza. Se encuentra vieja y fea y triste y sola. Se tumba en la cama y se abraza a la almohada.
En la esquina del cuarto, sentado en la silla, Gonzalo la observa. Ël nunca la ha visto tan hermosa, tan imperfectamente viva, tan palpitantemente humana, tan frágil y leve. Gonzalo ansía abrazarla, pero ha de esperar, solamente podrá tenerla una vez que el sueño se apodere de ella, entonces sí, entonces será el mejor amante que ha conocido mujer.
El alma de Gonzalo ha decidido quedarse con su amor, ha decidido convertirse en un íncubo. Los íncubos son seres que acompañan a las mujeres en sueños desde tiempos remotos.
Gonzalo se cuela por entre las sábanas con la ligereza que le da su estructura incorpórea y abraza a su ninfa adorada. Oh, Gonzalo ahora es joven, qué digo joven, es todopoderoso. El que sea un alma no le limita a hacer las funciones de un casto amante platónico, sino que será uno de esos alegres y viciosos, con permiso de ser amante desde el inconsciente onírico, donde el deseo y el placer son puros y perfectos. En esta nueva forma conseguirá orgasmos en pareado, orgasmos en estructura de soneto, ¡romances orgásmicos en el cuerpo dormido de la enfermera más linda!
Onírico Campechano
Qué polvo, señoras y señores, qué polvazo, el espíritu de Gonzalo, exultante, se remonta de los infiernos y se hace con el cuerpo de su pichurri con sobrehumano ímpetu. Fijaos en Alice durmiendo. Cómo se retuerce la bandida, con qué ausencia de glamour impulsa la pelvis y con qué lascivia su clítoris baila la danza de los siete velos. Ésto es pura lujuria, qué fornicio indecente, eso, damas y caballeros, es follar el pensamiento, orgasmo eterno en el mismo útero de placer, lascivia destilada a borbotones.
Imaginaos cómo es la escena que si los pelos del monte de Venus de Alice fueran espectadores de un concierto, encenderían los mecheros en símbolo de agradecimiento. Si tales pelillos fueran el público de un Madrid-Barca, la ovación sería de las de chuta, mete y goooool ¡golazo! ¡la ola le harían, una súper-ola súper-bien coordinada! Si la mata de pelusa rizada de la entrepiertna de Alice fueran los asistentes a la visita del papa, éste sería el momento banderita alzada. Si en vez de estar presenciando la jodienda mejor instrumentada de todos los tiempos, los rizados pelos del felpudillo de Alice fueran los asistentes a un mintin del BNG cantarían el himno gallego, puño en pecho.
Orejas, rabo, paseillo ¡Ole, ole y olé!
….
Éste es el capítulo 75 de Crisol Púbico
El alemán (Tercera parte)
Esta historia comenzó aquí, continuó acá y sigue:
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Soy de esa clase de personas que cuando me encuentro ante una taza de delicioso chocolate caliente me la bebo toda-toda. Rebaño los restos con los dedos, me los chupo y me relamo las comisuras de los labios. Procuro no desperdiciar ni una gota de los placeres que la vida me regala. Intento gozar del sol cuando hace sol y de la lluvia cuando llueve, y escapo de la gente que hacen de su vida un miércoles de ceniza perpetuo. Asumo también que no todo el año es carnaval y que las emociones no son ni blancas ni negras y que a veces una se queda presa en los matices.
Aquella noche con el alemán yo parecía estar experimentando una regresión y mi comportamiento, a nivel sexual, no distó mucho del de una adolescente, llena de ilusión pero también de dudas.
Mi acompañante, ya lo he dicho, era atractivo, agradable y me atrevo a afirmar que buena gente. Otro día cualquiera hubiera pedaleado a piñón fijo para conseguir una hermosa lucha de amantes, de esas que dejan los riñones doloridos y el alma brincando, pero yo estaba de “no sé” y “ no supe” hasta el final. Le mareé de lo lindo, ¡con qué elegancia se dejó él marear!
Le besé con francas ganas, pero cuando noté que su lengua se agitaba encabritada en mi boca, frené.
- Para, para …
Pero volví a los arrumacos porque este tipo de hombre tan bien educado da mucho pie para el despendole de achuchones. Acarició mis pechos, me desabrochó el sostén, bajaba ya con su boca:
-Para, espera.
Le invité a subir a casa, nos rebozamos en el sofá. Llegué incluso a desabrocharle el pantalón y a acariciar su verga -firme, rosa ¡qué limpita!-
- ¿Te quedas a dormir?, le invité.
Asintió con la cabeza sin demasiado convencimiento, es más que posible que él también tuviese sus dudas, pero comenzó a sacarse las botas. Y luego nos besamos con tanta dulzura que ya estaba yo convenciéndome, pero entonces levantó mi falda y coló su mano dentro de mis bragas. Justo cuando comenzó a agitar sus dedos allí, frené.
- Mejor no liar las cosas, ¿verdad?
Y se calzó de nuevo las botas.
Así estuvimos jugando, polla arriba, polla abajo, hasta que, dándome un pellizco en la mejilla, permitiéndome que le mordisquease el mentón, se marchó. Y me quedé sola, la casa vacía, un poco melancólica. Pero dormí muy bien, a pierna suelta. Cuando me desperté el sol estaba en lo alto del cielo y mi vientre anegado de deseo. Me duché, me vestí y fui a sentarme en las escaleras de la Plaza, a escribir estas letras con la ilusión de que él las lea y se sonría.
El alemán. Segunda parte.
A ver. Lo intenté. Os juro que resistí y por un momento me vi vencedora. Cuando se me acercó y con su voz germana dijo “¿Susana Moo?”, mi corazón dio un brinco, pero fue sólo porque nadie me llama Susana Moo en vivo. Cuando se agachó -es un gigante- para darme un par de besos y percibí el aroma de su cuello, mis glándulas papilares no se humedecieron más de lo habitual. Cuando apoyé mi mano en su hombro e intuí la fortaleza de sus bíceps, me mantuve en mis 13. “No sex interferetion”, y conseguí relacionarme con él de colega a colega. Ni me dejé impresionar por su interesante rostro viquingo, ni estuve pendiente de si el mío le hacía tilín o tilán.
Charlamos como verdaderos camaradas, muy en confianza, de nuestras comunes aficiones. Ciertamente el tema “sexo” fue el predominante, pero en plan natural, sin segundas lecturas. Daos cuenta de que el proyecto Erotómana requiere grandes dosis de curiosidad. He de indagar sobre asuntos tales como la frecuencia masturbatoria o los estímulos eróticos que afectan a un ciudadano de la U.E.
- Háblame de tu pene, me interesé.
La pregunta iba por cómo le funcionaba, si había sufrido algún episodio de impotencia, eyaculación precoz … pero él me hizo una minuciosa descripción digna de la famosa precisión germana, que me obligó a tragar saliva. Pero ni con esas. Mi autocontrol me satisfacía y me encontraba alegre.
Así fueron pasando las horas y yo ya me estaba poniendo medallas cuando le dejé un momento para ir al w.c. Entonces comenzó una lucha dialéctica interior entre mis yos.
- Anda que te estás luciendo, menuda ocasión para empezar a ser puritana, dijo mi yo más hedonista.
Odio la palabra puritana y me revolví.
-¡No es puritanismo!, argumentó mi yo epicureo, es una moderna concepción de las relaciones entre los sexos. Todo va bien, estoy manteniendo una estimulante conversación. No necesito más para que sea perfecto.
- Te auto engañas. Obsérvanos, nos estamos poniendo cluecas.
Efectivamente, hube de reconocer que la compañía había animado, gotita a gotita, la zona perineal de mi cuerpo.
- Lo que sucede es una reacción hormonal del organismo, dije estoicamente.
Pero la bicha, lejos de tirar la toalla, insistía:
- Nos morimos de ganas de hincarle el diente a este pollo.
Esta idea tan concreta consiguió aunar opiniones.
- Sí, tengo ganas de hincarle la muela al pavo, pero en cualquier caso no he sido yo la incitadora, él me está tentando. Se debe de pensar que ganar el jubileo transige ciertos preceptos carnales. Esto lo dijo, evidentemente, la más moralista, esa a la que todavía le pesan las tentaciones y los preceptos- ¿te crees que es casual ese modo de apoyar los antebrazos en la mesa? ¡ja!, ¡esas miraditas!
¡Ah! ¡cuánta ruindad! Con qué facilidad manipulamos nuestros principios con el fin de acercar la sardina propia al ascua más templada. Mis argumentos, ahora lo veo claro, poco distaban de los de un camionero de los que gustan decorar el parabrisas con churris.
Estos momentos de crisis existencial que las mujeres contemporáneas vivimos, nos llevan a oscilar entre filosofías divergentes. Defendemos dogmas de feministas radicales y adoptamos relajos de conejita play boy. Ora gana una, ora gana la otra. En aquellos momentos ambas mostraban su cara más frívola.
Me solté la melena. Comencé a mirar al alemán como un cacho de carne fresca. Yo ahí, observando los movimientos de su sensual boca, debatiéndome en un mar de dudas de si mascar o no mascar sus labios. Cuestionándome si de este políglota me atraía su gran cultura y agradable conversación o si realmente lo único que verdaderamente me interesaba era si sabría conducir debidamente a una mujer al orgasmo con la lengua.
Abreviando: hubo lío.
Bueno, realmente no. O al menos no del todo … digamos que no estrictamente … Buff, estos replanteamientos vitales me tienen muy descentrada. No sé. No sé si me vaya a animar a narrar el último capítulo de este episodio. Me da palo.
…
Soll ich ihn ficken? (El alemán. Primer parte)
Citarme personalmente con alguien que he conocido virtualmente me pone nerviosa siempre, pero si voy como Susana Moo me da un corte que no os hacéis idea. Es una situación que evito y todas las veces que me he animado a dar la cara me ha atacado la inseguridad, ya no solo porque resulta surrealista que alguien conozca mis fantasías al dedillo antes de saber sobre mí, sino porque me flagelo pensando que mi yo real va a desmerecer al personaje. Es mucho más confortable para mí ser la mujer que soy y dejar a Susana en el blog, pero a este “marinero” en cuestión me apetecía mucho conocerle porque admiro su actividad artística.
Resulta que es un músico noreuropeo, muy espiritual él, especialista además en literatura hispana, y que tiene el buen gusto de refrescar su español en Erotómana. Le dio por hacer el camino de Santiago y me invitó a acompañarle en su jubileo. Me apeteció y me dije:
- Venga mujer, aprovechate del “tirón Susana” para conocer gente interesante.
Y me animé, pero esta vez no quería lío, y se lo dije:
- Encantadísima de quedar contigo, pero ojo que no quiero lío.
- Ok, ok, dijo.
Os preguntareis porqué decidí eliminar el ligoteo del catálogo de posibilidades. Pues hay varias razones, pero la más importante es que me estoy trabajando para cambiar algunos matices de mi personalidad. Estoy en pleno proceso de renovación interior. Todo lo que leo y escribo, todo lo que comentamos aquí, no cae en saco roto. Después de aquella reflexión sobre la necesidad inconsciente que padecemos muchas mujeres de poner constantemente en la palestra nuestra capacidad de seducción, me siento con nuevas municiones sicológicas para enfrentare a un hombre sin la obligatoriedad auto impuesta de estimular su bragueta. Mi problema no radica en el abuso de una promiscuidad indeseada, si no en el coqueteo sin ton ni son que, de vez en cuando, me ha llevado a situaciones indeseadas, y a arrepentirme de mezclar ajos con cebollas. Y ya está, quiero ser consciente de mis deseos y no dejarme llevar por la vanidad que supone atraer a alguien sexualmente. Quiero ser capaz de establecer nuevas relaciones con los hombres.
Ésta era una oportunidad de oro para comenzar a practicar mi nueva política social, y allí me fui, con la firme voluntad de conseguir mantener una amistad a secas con un hombre, una amistad sin retintín.
Empecé por no arreglarme en exceso. “Arreglar algo”, supone que eso está estropeado, y ¡ahí!, ahí radica el eterno escollo. Que nos creemos las mujeres que nuestra feminidad natural necesita ser reparada con parches varios, a saber cosméticos, joyas …
Vistiéndome, me dí cuenta de que no me resultaba tan sencillo librarme de los estereotipos opresores a los que he estado expuesta durante tantos años, y me cambié de ropa por lo menos cinco veces. Al final cedí un poco y la interior me la puse preciosa -¡ay esa seguridad basada en el objeto!-, y la exterior corriente y moliente. Laqueé mis uñas de manos y pies sólo con brillo -¡ay esa seguridad basada en el fetiche!-. Y en el rostro me puse exclusivamente carmín -clarito-. Pelo recogido, y prometo que el tacón era bajísimo. Allá me fui, mentalizándome de que puedo resultar encantadora sin contar con mi sexualidad cascabelera como aditivo indispensable para interesar al sexo opuesto.
Por momentos me atacaban ideas castrantes, “ ¿qué ilusión se habrá hecho de Susana Moo? ¿esperará una mujer explosiva? ¿le decepcionaré?”, pero lograba neutralizar los ataques de la “quejumbrosa mujer antigua”, contraatacando con argumentos más acordes con mi moderna feminidad post-feminista. “Si no le gusto, a mí: plin. No voy a intentar seducirle. No tengo porqué seducirle. Mi interés no está en resultarle atractiva, ¿qué más me da si le parezco horrible mientras podamos charlar amistosamente de música y de literatura que es lo que a MI me apetece?”. Me lo decía en inglés, “Sex is not the only way”, me lo decía en alemán, “Sex is nicht die einzige wahl” y en gallego “Se non lle gusto, que mexe!”. Esa era mi letanía cuando le vi acercarse de lejos. No me preguntéis porqué supe que era él, pero lo supe. Entonces me dije ¡olalá! y luego, ¡aupa nena, tu puedes! …
…….
Y bien, ¿tenéis fe en mí? ¿fui capaz de resistir aquel impulso, de nombre vulgar?
Venga, os lo cuento en cuanto tenga un puñado decente de apuestas.
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Mi querido amigo
La amistad es un don que nos engrandece y yo me vanaglorio de tener un amigo en el que confío y con el que siento gran empatía. Le cuento mis intríngulis, me quiere tal como soy y yo le quiero a él, toda su persona, con sus secretos.
Nos vemos poquísimo, nuestras respectivas circunstancias nos obligan a ello, pero no importa, él tiene su vida, yo tengo mi rutina. Mantenemos contacto intermitente a través de la Web. Es muy tierna nuestra amistad. Nos miramos de frente mi amigo y yo ¡cuán sanadora es esa confianza! No hay ilusiones recónditas, aspiraciones sentimentales que nublen nuestra bella relación, plena de sentido. No, no hay turbulencias que puedan enturbiar esta amistad relinda en la que derrochamos ternura, ternura hasta más allá de las estrellas.
Y no nos da la gana de renunciar a la materialización de la expresión sensual de nuestro afecto. Cuando nos vemos, lo convertimos en una fiesta de champán y cerezas, en una verbena de confidencias, sonrisas, besos y abrazos. No nos llegan las palmas de las manos para acariciarnos el pelo, los hombros, las mejillas. Nos besamos la boca mi amigo querido y yo, nos quitamos la palabra de la boca ¿cómo podría negarle mis labios?, ¿cómo podría reprimir la alegría que me supone abrir su camisa y arroparme en su torso masculino? Su abrazo me cobija y me sumerge en un mundo de paternal protección ¿a santo de qué habría de negarle yo a él la suavidad de mis senos? ¿podría yo mostrarme tan mezquina como para no acurrucarle entre ellos ? ¿acaso podría yo ser tan avara como para reservar mis pezones? que goce, que le alimente mi calor ¡que jueguen sus manos! ¡que retoce su mentón! qué disfrute como un niño chico, él, que es tan grande.
A veces se excita mi amigo, a veces yo también me excito. Los dos somos bastante apasionados y es una reacción lógica al hecho de estar tan a gustito. Su trempera no me resulta inoportuna ¿ habría de serlo? ¿qué mal puede haber en que desabroche su pantalón y acaricie su sexo? ¡su preciosa verga amiga! Es suya, es la de mi amigo querido y me agrada acariciarla, ¿debería sentirme culpable por lamer con todo mi cariño su pequeña cabeza calva? ¿por qué habríamos de rechazar el placer físico? ¿acaso es más turbio que el espiritual? ¿quién dicta que no podemos celebrar nuestra unión libre con el orgasmo? ¿por qué vetarnos ese brindis?
Agasajo a mi amigo con mi mejor sonrisa en la cara y le agasajo con mi resplandeciente sonrisa púbica. Así escribimos nosotros la letra pequeña de nuestra relación, y es algo que sólo a nosotros compete, a nosotros dos.
Esos hombres que nos derriten, o el mito de Adonis.
Hay hombres que poseen el don natural de fascinar a las mujeres. Tienen un no-sé-qué que nos engatusa, un encanto que nos conmueve el corazón al tiempo que nos agua el vientre. Son hombres peligrosos de amar porque, aunque son los amantes más tiernos y consiguen hacer del encuentro sexual una experiencia trascendente, tienen una tendencia incontinente a dejarse querer … no en exclusiva.
Como tantas veces, en la mitología griega encontramos una caso ejemplar. Ésta tipología masculina está muy bien representada en Adonis.
Adonis tuvo una infancia complicada. Su madre, Mirra, no había sabido cultivar a Afrodita -la sexualidad- y recibió el castigo de sufrir deseo incestuoso por su propio padre, Tías. Cierto día Mirra no se resiste y se cuela en la cama de Tías. Duermen juntos doce noches en las que copulan con la luz apagada, sin que Tías sospeche de quien se trata. Cuando descubre que es su hija, horrorizado quiere matarla. Ella huye despavorida y suplica a los dioses que le aparten de los vivos y de los muertos, y éstos la transforman en un árbol de mirra, que vierte sin cesar lágrimas resinosas.
Adonis nace, pues, de la presencia-ausencia de una madre-hija que dedica su existencia al lamento perenne.
El niño Adonis fue creciendo y, cuando llega al apogeo de su juventud se convierte en un hombre bellísimo y lleno de encanto que derrite a las mujeres. En el caso del Adonis mítico las que se enamoran de él son ni más ni menos que Perséfone y Afrodita. Ambas lo reclaman para sí.
Antes de seguir adelante con la historia conviene interpretar a estas diosas, que representan dos estilos muy diferentes de mujer, o dos estados, dos maneras de enfrentarse a la vida.
Perséfone es la princesa de las tinieblas, muchacha delicada y hermosa, muy unida a su madre dominante (Demeter). No siente tanta inclinación por los placeres carnales como por su mundo hogareño e interior. Afrodita, por contra, es la reina del amor y el sexo, hembra voluptuosa, inspiradora de arte y generosa para con los placeres sensuales.
Adonis parece que adoleciera de capacidad de decisión, se limita a “estar” y no se esfuerza por decantarse por una o por otra. Son ellas las que se lo disputan. La riña de las diosas llega a oídos de Zeus, que determina que Adonis ha de compartir su tiempo con ambas: un tercio del año lo pasará con Afrodita, otro tercio con Perséfone, y el otro tercio estará a solas, porque él también necesita de su soledad.
Los primeros tiempos se cumple el pacto, pero llega un momento en el que él prefiere, en sus meses de libertad, permanecer con Afrodita y ésta le acompaña tratando de protegerle, porque una característica de la personalidad de Adonis es que tiende a ser temerario y autodestructivo. Le gusta la aventura, la caza y Afrodita le advierte:
-Mira que tu juventud y belleza no te protegen de los peligros.
Pero él continúa traspasando el límite y un día, llevado por su exceso de entusiasmo se arriesga más de la cuenta y es embestido por un jabalí, que le hiere mortalmente en la ingle. Adonis se desangra y Afrodita sufre gran dolor por la pérdida.
El mito cuenta que allí donde se vertió la sangre de Adonis, nació una rosa roja y que allí donde se derramaron las lágrimas de Afrodita floreció una anémona. Este final tan poético nos ofrece una bella interpretación de los ciclos de la vida y sus conversiones. Adonis muere joven, pero se trata solamente de una muerte simbólica porque deviene en flor. De alguna manera, los adonis han de reinventarse en la madurez, han de desprenderse del joven adorable e intrépido y, si saben dar el paso, resucitarán en hombres rosa roja maravillosos.
Adonis fue muy adorado en la la isla de Lesbos entorno a la poetisa sáfica Safo. Se trataba de un culto exclusivamente femenino. Las mujeres plantaban flores en macetas escasas de tierra, de modo que florecían y rápidamente se marchitaban. Entonces las mujeres salían a las puertas de sus casas a plañir su dolor. Creo que este precioso rito de exteriorización de la pena representa el congojo del tempus fugit, y la melancolía por la pérdida de aquellos amores púberes, idealizados y perfectos.












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