Emilia Pardo Bazán. Rompecorazones y fetichista de los pies.
La gallega doña Emilia Pardo Bazán (1851-1921) fue la hija única de un conde que le dió una exquisita formación académica y artística, algo muy inusual en la educación de las señoritas de la época. Se casó con 18 años y tuvo 3 hijos, luego se separó y mantuvo sonados amoríos a lo largo de su vida adulta, entre ellos, y el más conocido, con Pérez Galdós, con el que se relacionó 20 años y del que se enamoró locamente. No llegaron a convivir, pero mantuvieron una correspondencia fluida y divertidísima. Mirad la carta que le envía poco después de su primer encuentro amoroso:
“Triste, muy triste” … como diría un orador de la mayoría, me quedé al separarme de ti, amado compañero, dulce vidiña. Soy de tal condición que me adhiero y me incrusto en el alma de los que me manifiestan cariño, y el trato va apretando de tal manera los nuditos del querer, que cuando menos lo pienso me encuentro con que estoy atada y no me puedo soltar siendo tú quien eres, y tan amable visto de cerca (…) Hemos realizado un sueño, miquiño adorado: un sueño bonito, un sueño fantástico que a los treinta años ya no creía posible. Le hemos hecho la mamola al mundo necio que prohibe estas cosas; a Moisés, que las prohibe también con igual éxito, a la realidad que nos encadena; a la vida que huye; a los angelitos del cielo, que se creen los únicos felices, porque están en el empíreo con caras de bobos tocando el violín (…)
Su naturaleza debía ser muy fogosa porque a los pocos días de escribir esta misiva tuvo un affaire con el editor Lázaro Galdiano. Alguien le va con el cuento a Galdós y él tiene un ataque de celos. Emilia le responde con franqueza: “nada te diré para excusarme, y sólo a título de explicación te diré que no resolví a perder tu cariño confesando un error momentáneo fruto de circunstancias imprevistas”. Parece que no despreció oportunidad con otros jóvenes intelectuales fascinados por la personalidad arrolladora de la gallega, lo cual no deja de sorprender, ya no sólo porque era un escándalo monumental para aquellos tiempos dado el papel hogareño que le tocaba a la mujer en la sociedad, es que además ella no era hermosa y tenía una clara tendencia a la obesidad, lo cual no casa en el perfil de rompecorazones al que estamos acostumbrados.
Obviando su vida sexual, de la que desgraciadamente no puedo contaros más – por no disponer de datos-, su literatura me llega muy adentro. Cultivó el naturalismo como corriente literaria, con ese fatalismo de la moral natural que destila los instintos y los motores humanos. Por encima de cualquier pasión está el deseo, el sexo y los sentimientos que desencadena, a veces terribles, a veces divinos. A pesar de ser católica practicante, fue una mujer de talante liberal, que se interesó por los aspectos íntimos del ser humano con una sensibilidad exquisita. Si bien no escribió erotismo propiamente dicho, coqueteó con él muchísimo y en su época fue todo un escándalo que una mujer abordase la sensualidad femenina con sus deseos y frustraciones. Me encanta además lo bien que representa el rural gallego y sus habitantes y me da mucha lástima que no hubiese dedicado algunas de sus letras al idioma gallego.
Como colmo de dicha, me aventuro a afirmar que la condesa gestionó un cierto fetichismo de los pies. En el cuento “Por el Arte”, la escritora se pone en boca de un meticuloso solterón trasladado a vivir en Provincias donde se posiciona entre los lugareños como erudito experto musical. Cuando llega una ópera, él se enamora platónicamente de la diva, pero no por sus cualidades cantoras, sino por el encanto de sus pies:
Iba y venía la diva por las tablas, zarandeando ese traje de Rossina que parece imponer la viveza de los movimientos, el donaire en el andar y toda la desenfadada y clásica gracia española. Su monillo de terciopelo verde me hacía compararla, allá en mis adentros, con una culebra de serpenteo airoso. El zapatito de raso negro realzaba un piececillo como un piñón de redondo y chico; de esos pies sucintos y arqueados que hoy no están de moda, pero que son para los sentidos lo que el fósforo para bujía. La cabeza de la diva,… ahora caigo en que, si mi descripción tuviese cierta formalidad jerárquica, por ahí debí principiar, y no por el pie; y, sin embargo, espero que mis lectores me perdonen, y aun me justifiquen, porque la pupila del doctor Bartolo no necesita tener la cabeza hermosa; su encanto se cifra en el piececillo, español, menudo, embriagador como el jerez, que hiere el pavimento y pisa triunfante los corazones…
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Comentarios
Ayyyyy, claro, claro que lo había. Ya está solucionado, gracísimas, cerdo, por ser tan rápido en señalarme eso que tan elegantemente llamas gazapo y que es una metedura de pata de las gordas.
(joer)
Si nos cremos muy modernos, pero en todos los sitios cuecen habas; la diferencia era la discrección con la que se cocían. Y si no, te das un paseo por una aldea cualquiera y una abueliña, de estas de silla en la puerta en día propicio, te pone al día rápidamente…
Hola,
Me alegra mucho que dediques en tu blog un poco de tiempo para Emilia Pardo Bazán. Me pasa un poco como a ti en cuanto al tema del idioma. No por una cuestión ideológica o costumbrista, sino más bien porque el gallego me encanta como idioma para el erotismo.
Besos
Mi bisabuela solía decir:
“Siempre se ha hablado que en los viejos tiempos las mujeres eran más discretas y más decentes…ciertamente las mujeres usaban las faldas más largas, pero también se las levantaban igual que ahora”
O de chamarlle “dulce vidiña” a Pérez Galdós vale un punto, recoñecer que “Le hemos hecho la mamola al mundo necio que prohibe estas cosas” vale dous; dicirlle “miquiño adorado”… non ten prezo!!
Vaya! ignorante de mi, desconociendo a esta vital leona gallega de los sentidos, más allá del nombre. Muy buen descubrimiento, gracias, Susana. Personas como ella fueron destellos en la oscuridad, redentores de la miseria moral de la España de la época, que todavía ruge agazapada en la caverna, pero a sus puertas ya, para volver a saltar a la yugular de las vidas libres. Y no hay ningún impedimento en tener unos cuantos kilos de más para ser una seductora, y una gran amante
“…ella no era hermosa y tenía una clara tendencia a la obesidad, lo cual no casa en el perfil de rompecorazones al que estamos acostumbrados.”
O quizás subestimas, como tanta otra gente, la seducción de la inteligencia, el discernimiento diáfano o sutil, el provocar que el otro se sienta a gusto en una charla intrascendente, y que desee más, y se le concede, y se sienta más a gusto aún, y desee llevar ese intercambio de pareceres cada vez más profundo y sincero a un aparte privado, para satisfacer la enorme y cada vez más acuciante curiosidad por comprobar si esa mujer de apariencia normalita oculta muchísimo más de lo que muestra…
Es decir, a mí me hace girar la cabeza una chica sexy por la calle, y le suelto un piropo, o lo más probable, agache la mirada ante ella ocultando un rubor violento. Más o menos la misma sensación de atracción turbadora que tengo ante una mujer que parece adivinar lo que pienso, y con dulzura se anticipa a mis conclusiones en una conversación intrascendente, que puede subir en complicidad retadora imparable: a ver qué dice de esto, o qué opina de aquello, o cómo y cuánto sabe de esto otro… y sentirme cautivado por sus miradas, su sonrisa, su acierto y su saber estar.
Que supongo que sería lo que doña Emilia derrocharía ante sus contertulios, dejándolos poco menos que boquiabiertos.
También (en relación con el comentario de arriba) hay que mentar que los cánones de belleza cambian con el tiempo. Solo hay que ver el arte. Por ejemplo, las tres gracias, nadie me puede señalar que sean bellezas de nuestro tiempo, son mujeres entradas en carnes, celulíticas, con caderas anchas, tripa, rodillas redondas y pechos asimétricos. ¿Realmente eso casa con nuestra opinión de la belleza? Jóvenes esqueléticas y sin carne… No sé, los tiempos cambian y los ideales también.
Igualmente, estoy de acuerdo con Arturo, existen personalidades mucho más atrayentes que un simple traje terrenal.

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¿hay un pequeño gazapo entre don Pío y don Benito?
besos,