Deseo obsesivo-compulsivo.
David, el impresionante mulato de mirada terciopelo y verga pata negra, ese hermoso joven especialista en la jodienda, consuelo de viudas ricas, experto en refrescar el alma de las señoras pudientes, se queda traspuesto después de que sus oscuras pupilas tropiezan por azar con las pupilas de Laura.
Sufre una alteración tal de conciencia comparable a la protagonizada por san Pablo, el apóstol que, después de perseguir cristianos a ultranza, cayó un buen día de la burra y se hizo más papista que el Papa. En David la conversión no tiene nada de iluminación divina, sino que es una pulsión extremadamente humana, no por ello de menor categoría.
Cegado por la pasión, después de realizar unas cuantas pesquisas, alquila una habitación de hotel en el barrio donde Laura pasea sus encantos y se matricula en la academia en la que ella imparte sus lecciones. El universo se ensancha para él y se abandona a esa alegría soñadora e infinita que supone amar a una mujer sobre todas las cosas. Ya no puede pensar en nada que no sea Ella, anhela conocerlo todo sobre Ella, el jabón que utiliza en el baño, el color en que está decorado su cuarto, el fondo de pantalla que ilumina su portátil y la cifra de su cuenta de ahorro. Todo quiere saber pero olvida investigar su árbol genealógico donde ¡oh vida cruel! de hacerlo, encontraría que ambos comparten la misma rama por vía paterna.
Sus días transcurren ahora con un único objetivo, que alcanza sentado en un pupitre cual adolescente platónicamente enamorado de su maestra. Escucha las explicaciones y se le desborda el corazón. Cuando ella le mira, una luz lechosa nubla su vista. Sus arrebatos son de tal vehemencia que le sucede por momentos como a los niños cuando sufren un aceletrado llorar, que parece que van a ahogarse con ese demasiado sentimiento. Es insólito que a un hombre con tanta experiencia se le sacuda el alma tan violentamente observando las manos de la profesora cuando revolotean por el teclado. Y más extraordinario todavía que su pene se convulsione en bruscos escalofríos sólo con escuchar los pasos taconeados de las pisadas de Laura por el aula. Ese codiciado falo, que puede jactarse de haber entrado en los chochos más elitistas de la jet set, crece y crece entusiasmado por los andares de Laura y es trasportado a un mundo superior. Allí, soñando despierto con blanduras de carnes femeninas, eyacula incontenido un día sí y otro también en los baños de la academia, consiguiendo tan sólo por unos instantes que cese su excitación desbocada.
…
(La imagen es cortesía de Tiberio)
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Éste es el capítulo 71 de Crisol Púbico.
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Comentarios
espelho distorcido e tosco, o meu de ler…
[ espelho nu: longo e longe
espasmados confins de mundos passados,
jaja gostei da imagem de s. paulo e da cor(e da obsessão
*
Hola,
Qué pena que se haya fijado en su hermanastra!! Tanto amor para dar y no poder darlo… o sí??
Besos.
Os pasos taconeados con picardía premeditada, poden ser á imaxinación o que un chiscar de ollos á mirada.
Bicos de alumno embobado
Non nos irá dicir agora que o mozo está namorado? Un amador tan feroz e profesional debía vir coa cartilla de vacinación en regra. En fin, esperaremos o diagnóstico.
mira tú
y todo por un cruce de miradas,
por un intercambio de brillo en las pupilas.
Cóme me cuesta a mí comprender esto de los flechazos instantáneos.
el culebrón lleva buen camino, a mi ya casi se me ha olvidado quienes eran los padres y las madres, voy a tener que darle un repaso al Crisol… aunque de todos modos… ¿importa?,
si con cada entrega me esmendrello de risa y a veces hasta me pones el cuerpo alegre
Los hombres y los tacones, los tacones y los hombres. Me hace una gracia tremenda que, por una parte, mi costilla me diga que eso es un invento para jorobarnos la vida (y al espalda) a las mujeres, poco menos que un instrumento de tortura; pero después, cuando me los pongo, se uqeda extasiado con los andares, no quiere más que cogerme por la cintura y notar el “trotecillo” que producen los susodichos en las caderas de una, por otra parte generosas…
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