Archivo de 30 septiembre, 2010
Sumisión en rosa. Parte II
(viene de aquí)
Voy a detenerme contando detalladamente cómo iba vestida, porque la parafernalia es muy importante en este tipo de juegos, y voy a describir mi indumentaria de modo inversamente proporcional a como fue descubierta por Él. La primera capa de la cebolla engalanada en la que me había convertido era un corsé de raso color rosa fucsia, de esos que elevan los pechos hasta lugares imposibles y que llevan ligueros incorporados, los corchetes de las tiras sostenían unas medias transparentes vintage con corazoncitos en negro opaco. Por encima de las ligas, bragas de blonda a juego con el corsé, y después un pichi lila de seda con detalles en terciopelo rosa, el cuello mao, cremallera a la espalda. Por último un abrigo de entretiempo rosa palo de solapas con cinturón cruzado, botines violeta de tacón medio y pashmina rosa chicle. Como peinado, una simple cola de caballo bien alta, pendientes de bolita rosa pastel, anillo a juego, manicura y pedicura -esmalte rosa salmón-, el rostro levemente retocado: máscara de pestañas, carmín brillante, colorete rosa piel.
Bien cumplida la hora fijada para nuestra cita, allí me tuvo esperando un ratazo, sentada en un banco de fría piedra hasta que aterrizó con su super cochazo y, sin apagarlo, bajó demorándose, abrió la puerta trasera y me hizo un gesto con la cabeza para que me acercara. ¡Caramba! Venía de punta en blanco, entrajetado, engominado y serio como una patata.
Resultaba más atractivo en persona que en fotos, se había dejado bigote lo cual le daba un aire fascistoide muy propicio y llevaba el pelo repeinado con brillantina al más puro estilo capo mafioso.
No me besó de bienvenida, apenas permitió un leve roce de mis labios en su mejilla- olía genial-. Abrió la puerta trasera del coche y dijo:
- Quítate el abrigo y pasa.
Obedecí, me desprendí del abrigo y también del pañuelo. Me miraba insolentemente de arriba abajo con gesto hostil, casi enfurruñado. Semejante impertinencia en otras circunstancias me hubiera molestado mucho, pero esta vez entendí que así debían ser las cosas y entré en el coche alegremente. Me senté en el centro. Él se quitó la chaqueta del traje, se aflojó la corbata antes de arrancar. Después cogió el volante con ambas manos y pude fijarme bien en sus fuertes puños. Arrancó y todo parecía ir sobre ruedas … si no fuera por mi risa boba. La risa puede aguar una situación así. Por fantástico que sea reírse, por muy divertido que resulte carcajearse, no casa ni con cola con el juego planteado, de modo que hice esfuerzos por controlarla.
Observé cómo colocaba el espejo retrovisor para poder verme -la cara- y yo le miraba a sus ojos enmarcados en el espejo de frente y venga a escapárseme la risa tonta, la carcajadita nerviosa. Él sí lograba identificarse con el rol de amo cabrón; y su cara de reproche no tenía desperdicio, mi cachondeo le molestaba y me miraba censurando mi ligereza con ojos severos. Entonces dijo algo que dio en el clavo, frase fundamental que encaminó la fantasía por el sendero deseado.
-¡Baja la mirada!, ¡no me mires!, ¡Baja la mirada!
Mano de santo. Parece increíble lo muchísimo que una postura visual puede llevarnos a una determinada actitud.
Mirar al suelo, cabeza gacha, mientras ejecutaba los caprichos de Mi Señor, logró encaminarme adecuadamente a ser esa dichosa mujercilla a la que obligan a orgasmar una y otra vez para dar gusto a un sinvergüenza voyeur que disfruta mirando agazapado tras el espejo retrovisor, porque durante el trayecto en coche, mi Amo modificó en varias ocasiones la orientación del espejo para devorar con sus ojos, lascivamente fríos y penetrantes, los movimientos de mis manos, que él -con voz firme- iba dirigiendo.

RSS




