Palabras de amor. José Antonio Marina
Leer las cartas íntimas que se envían los amantes es un modo muy interesante de jugar a ser voyeurs, pero no es sólo eso lo que nos aportan sus lecturas, sino la comprensión del entramado amoroso con que los humanos adobamos el deseo sexual. Los sentimientos de enamoramiento, que cuando llegan nos embriagan y se presentan de modo tremendamente arrebatador, son sumamente intensos y desde épocas remotas los hombres -y las mujeres- han luchado por introducir ese amor-pasión dentro de una vida amorosa estable, intensa pero serena, con resultados discutibles: ya Kant se escandalizaba ante el hecho de que no hubiera novelas de matrimonios, como si el interés de las historias de amor se terminase con la boda.
Este anhelo de eternidad en el sentimiento aparece presente en las cartas que nos presenta José Antonio Marina y resulta interesantísimo el análisis que hace el filósofo encuadrando las epístolas íntimas en el momento histórico que vivían (la magnífica documentación está realizada por Elena Errazuriz y Elisa Feno). “Palabras de amor” es un viaje voluptuoso por los intríngulis privados del amor sensual, con manifestaciones demoledoras de amores no correspondidos a otras que hacen sonreír, como esta pequeña nota de hace 4.000 años encontrada en una zona del actual Iraq.
Novio mío, próximo a mi corazón, grandiosa es tu belleza, me has cautivado. Novio mío, llévame al dormitorio. Novio mío, has obtenido placer de mí.
Cuéntale a mi madre, que te dará delicias. También a mi padre, que te dará obsequios.
Marina acompaña las cartas con una amplia descripción de los protagonistas mostrándonos el lado más íntimo de relevantes personajes: un Dostoievski atormentado, -talmente como uno de los personajes de sus novelas-, un Freud celoso, controlador y cargado de prejuicios machistas, un Napoleón romántico, pasional y caprichoso y así un largo etcétera que nos deja la boca dulce, deseando curiosear todavía más allá en esas personalidades enamoradas. Marina nos cuenta también el desenlace de estas historias de amor y la mayoría de ellas, pese al fervor de sus protagonistas, acaban mall, pues parece que no ha sido fácil, a razón de las reflexiones del autor, que ese amor-pasión perdurara en el tiempo como regla general, aunque hay algunas brillantes excepciones.
De todas las cartas me apetece destacar las de Emilia Pardo Bazán. Esta escritora mantuvo un idilio con Benito Pérez Galdós y le enviaba unas cartas llenas de humor y ternura de las que el mismo Marina señala que resultan refrigerantes por lo bienhumorada y guasona:
… Lo fácil y lo agradable para mí es hacerte mil zalamerías. A eso me inclina no sólo el cariño que te tengo, sino mi condición de gallega arrulladora y mimosa. Verás cuántas tonterías hago y digo ¿Apostamos a que vas a reírte? Pánfilo de mi corazón: rabío también por echarte encima la vista y los brazos y el cuerpote todo. Te aplastaré”.
Esta reseña ha sido realizada para el blog literario masquepalabras
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Comentarios
A mi también me llama…y comparto con Kant esa obsesión por acabar todas las películas románticas en boda como si ese fuera el final de todo.
A mí siempre me ha parecido el principio…me frustran esos finales (a fuer del mal que hacen ese tipo de películas, en general, a las mentes crédulas).
“Ler as cartas íntimas que se envían os amantes”, por moi fermosa que soe a palabra francesa voyeur, é de cotillas!.
“Os sentimentos de enamoramento que nos embriagan e arrebatan coa intensidade e provocan, dende épocas remotas, ganas de introducir” é unha fermosa redundancia!.
Xa sei que son un perverso malévolo que ven escarallarche unha magnífica reflexión; pero cando te pós tan trascendente, alguén ten que facelo! jajaja
Bicos
Todas y todos llevamos un voyeur cotilla dentro que nos empuja (!) a observar. O no?
(Tal vez 64 Susanas sean muchas; pero UNA con DOS sandalias amarilas y cadenita en el tobillo puede resultar sumamente interesante).
S.
Este post é repe??
[E que eu iso da Pardo Bazán xa cho lin aquí.- Lembro que eu relatara unha anécdota de cando eses dous xa non se levaban tan ben coma no momento da carta...]
¿Soy yo o detecto aquí una invitación soterrada a algún comentarista de los habituales, para escribirte cosas lindas e imaginativas y que tengas a quien responder en el mismo tono, Susanita…?
No es un post repe, Zeltia, había sido colgado en masque palabras, allí lo leiste, y allí nos digiste aquello de “viejo chocho, chocho viejo”, (eres un sol de comentarista).
No se si mi subconsciente ha tratado de engatusar a los comentaristas habituales para que me escriban cosas lindas o imaginativas, Arturo, pero sin duda soy una flipada de las letras amorosas, emotivas y calentitas.
uf, gracias Susana.
Por un lado xa sabes, e por outro que queres que che diga!
(teño que comer máis rabos… de pasa)
Qué é iso de invitacións soterradas?
por favor, se hai invitacións, do tipo que sexa, mesmo a unhas cañas, que sexan ben clariñas, que para soterrar xa están os sepultureiros
bicossssssssss a ras de chan
Me recuerda a esa experencia escasa en la vida en la que te enamoras y a la vez te engarrotas de deseo hacia una misma persona en una maraña confusa de pasiones que te sacan de tí y te dejan sin voluntad más que seguir copulando con un amor imposible, perder todo e irte al infierno de ser necesario con tal de estar dentro de “ella”.
Ya tengo ganas de ver lo poco que debe quedar de la esencia de Emilia Pardo Bazán en el pazo de Meirás, ése que robó Franco a los de Sada y que nuestros políticos aún no han tenido los huevos de sacarle a la familia. Emilia fue un portento de mujer, una señora que se hizo valer en tiempos en que ser mujer era todavía más duro que serlo hoy. Galdós se la perdió (o no, a saber, que nunca nos llegan crónicas fidedignas de los tiempos pasados).
Intentaré echarle un ojo a este libro de Marina, aunque este señor ya podía descansar un poco. ¡no para de publicar tochos! Aún no conseguí acabar su “Arquitecturas del deseo”. Gracias, como siempre, por esta anotación, Susana.

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¡que buena pinta tiene ese libro!, de Marina he oído hablar pero no tuve ocasión de leerlo… ¡hay tanto que leer!
biquiños,