La tragedia de Eloísa y Abelardo. José Luis Corral
Pedro Abelardo el Palatino (1079-1142) escribió en 1134 una larga carta dirigida a un amigo anónimo que tituló “Historia Calamitatum” en la que este filósofo narra sus peripecias vitales y sus amores con Eloísa. José Luis Corral, maestro de la novela histórica española, toma el papel imaginario de ese amigo para narrarnos con cercanía y en primera persona, la apasionante vida de Abelardo. Se recrea además en el entorno social y cultural del París de la época, en una historia de amor que ha trascendido en el tiempo y se ha convertido en adalid de amor romántico y terrenal.
Resulta que Abelardo era un hombre de letras, un filósofo brillante que se mantuvo casto y centrado en sus estudios hasta casi los cuarenta años. Llegado a esta edad conoce a Eloísa, la sobrina del canónigo influyente Fulberto. El tío se había esmerado en la educación de la chica, y le había proporcionado una formación exquisita en cultura clásica y religiosa, conocía el latín, el griego y el hebreo, y poseía conocimientos de gramática, retórica y lógica. Fulberto acoge confiado en su casa al erudito Abelardo para que instruya a su sobrina, que contaba por entonces quince años. El caso es que en esas clases alumna y maestro se enamoran y se entregan el uno al otro pasionalmente con el resultado de que ella se queda embarazada. La Iglesia y sus preceptos moralistas ejercían mucha fuerza en ese momento hasta el punto de que Abelardo, en caso de contraer matrimonio perdería su potestad para dar clases, perdería su posición y su prestigio, con lo cual se escapan y contraen matrimonio en secreto para que Abelardo conserve su posición. El hijo nace y lo envían a que lo críe la familia de él y a Eloísa la ingresan en una orden religiosa, donde acudían las arrepentidas a expiar sus culpas, pero algunos conventos eran tolerantes con el amor y la pareja consigue mantener sus encuentros íntimos dando rienda suelta a la pasión que se profesan. Pero Fulberto se entera y está francamente ofendido, pues el deshonor de su sobrina es el suyo propio. Que Abelardo haya mancillado la pureza de Aloísa le corroe y trama su terrible venganza. Según una vieja ley, corromper a una virgen conllevaba la condena de castración y Fulberto se toma la justicia por su mano, envía a unos mercenarios para que corten de cuajo la virilidad de Abelardo, que resulta castrado mientras duerme.
Abelardo asume su minusvalía. Entre el dolor, es posible que incluso el castigo alivie su conciencia porque su culpabilidad debía ser grande dada la moral de la época, y se aleja de Eloísa para siempre, ambos toman los hábitos con sumisión. Escuchad a Eloísa, asumiendo el papel bíblico de Eva: “Profesaré como monja y tomaré el velo y los hábitos monásticos para siempre. Yo he sido la culpable de cuanto ha ocurrido. Yo he sido la causa de todas sus desdichas. Hice brotar la pasión del amor en su corazón, hasta entonces ocupado tan solo por la filosofía y el afán de conocer. Yo lo seduje con mi cuerpo de mujer; soy la única responsable de su azaroso destino y he de obedecer lo que él considere oportuno. Yo lo conduje al placer y sólo yo he de cargar con la culpa y el dolor”. Pero ya al final de sus días, la inteligente Eloísa cambia de discurso y escribió que su rebeldía contra el mundo aumentaba por momentos a medida que crecía su angustia, y que jamás perdonaría ni a su tío, el principal culpable de sus calamidades, ni a la Iglesia, que había perseguido con saña al más brillante de sus fieles, ni al mismísimo Dios, que había permitido que le sucedieran tantas desgracias a dos de sus hijos.
Muchos años después de enviudar, Eloísa, en su lecho de muerte, solicita que la entierren junto a él. Y así se hace, ambos comparten sepulcro en el monasterio del Paráclito. Dicen que cuando se abrió el féretro para meter a Eloísa junto a su esposo, éste abrió los brazos para acogerle y que yacen abrazados por toda la eternidad. Puede que sea cierto, pero en cualquier caso, resultaba dramático constatar que su unión resulta un poco tardía, ya que según dice la Biblia “los que alcancen a ser dignos de tener parte en Aquel Mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer, ni ellas marido” (Lucas 20,35).
Esta teseña fue realizada para el blog literario masquepalabras.
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Comentarios
El crucifixo entre las tetas de la imagen resulta tan irreverente como provocador: me mola. Me mola mucho?.
Será pecado? (es que si lo es…me mola más todavía!)
Una historia más de amores imposibles, de ésos que los amantes alimentan con las palabras del deseo satisfecho solamente en breves encuentros y que, por lo mismo, perviven aún más allá de la tumba. Me creo lo del castradito abriendo los brazos acogedoramente.
Pero ya puestos, qué manía con no querer perder los honores y las prebendas!, si se casaran y hubiesen criado a su hijo, pasando de todo, una vida diferente hubieran llevado: pasados unos añitos a veces se echarían de más, y a veces de menos, tendrían sus encuentros y sus distanciamientos, pero lo que es seguro es que hubieran disfrutado más del griego, del francés, y sabrían latín en el lenguaje de alcoba.
[si es que no se puede nadar y guardar la ropa]
Para mucha gente el amor no lo es todo, sino ellos mismos, y además son incapaces de renunciar a nada, y…¿me pregunto si es necesario renunciar?.
Lo que no alcanzo a comprender es que el honor de uno resida en otra persona….
La cita de San Lucas seguro que es una falsificación de un obispo pajillero en pleno acceso de culpa por haber corrido demasiado detrás de algún efebo saltarín que le había robado la bolsa sin acabar de aliviarle los picores.
Pobre hombre, mira que arráncarle su pene.Que mal hacía Eloisa, dándole forma al miembro de su amado.¡Cuánto dolor y angustia!Mirala que santita y pudorosa se la ve en la foto.No me extraña que su amado la haya recibido con los brazos abierto.
Descansen en paz
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Coñecer hebreo e latín seguro que lle resultou proveitoso; pero dominar o grego (faltoulle o francés), estou seguro de que lle proporcionou praceres sumamente interesantes…