Archivo de 31 agosto, 2010
El médico eyacula en el cojín.
-Supongo que no es necesario que le explique las causas de su despido, dice el médico muy serio sin mirarle a la cara.
Por supuesto que no. Desde luego que no. Que una enfermera se beneficie a un paciente en el mismísimo hospital es causa justificada de despido inminente y ningún sindicato pondrá pega alguna.
El médico es un hombre tolerante, él hubiera perdonado un desliz del tipo confundir las tomas de medicamentos, olvidar la administración de un calmante, un informe erróneo. Hubiese sido condescendiente si se hubiera demorado en acudir a la llamada apurada de un enfermo o si hubiese tenido un pronto desairado con un familiar. Podría mostrar negligencia ante una falta de profesionalidad, ante una carencia de humanidad, ante la ausencia de sensibilidad para con el dolor ajeno ¡Pero eso! Eso bajo ningún concepto.
Alice lo sabe y no tiene nada que decir. Se levanta y sale del despacho con los ojos llenos de lágrimas y el mentón hundido por la vergüenza.
El médico se siente molesto, cabreado, incómodo. Menudo día lleva, menudo papelón le ha tocado hacer hoy, qué desfachatez la de esa enfermera, qué mal trago. El doctor se recuesta en su silla, está alterado, nervioso, ha de hacer algún ejercicio de respiración para calmarse un poco. ¡Menuda fulana! Al pobre médico no se le va de la cabeza la imagen de la enfermera abierta de piernas con el chorro del grifo en la vagina. Qué horror, piensa, bebe un sorbo de agua. “Una fresca, una libertina” Él nunca ha visto a su mujer en tan obscena postura. Sus relaciones maritales son regulares, acostados como norma general. Acometen tres, cuatro posturas, vamos, lo normal. Pero eso es lo de menos, aunque él y su esposa ejecutasen el listado completo del kamasutra, esa alegría de follar no se la darían las acrobacias. Lo que ellos desconocen, lo que para el médico es, hoy por hoy, inconcebible es esa insólita capacidad de despendole que ha presenciado y que está a años luz de su sexualidad patriarcal represiva ¡Si no es ni tan siquiera capaz de liberarse en solitario! En estos momentos, sin ir más lejos, está excitadísimo y no se quiere dar por enterado. Qué asquerosidad, se obstina en repetirse como si se estuviera aprendiendo la lección.
¡Menudo día llevo! dice para sí mientras con rictus de agotamiento nervioso toma el cojín que está allí al lado. Sin pensar realmente en lo que hace, lo pone en su regazo. Absolutamente inconsciente de lo que ese gesto significa, le da un buen azote al cojín. Ese golpe reverbera en sus genitales. A diferencia de sus limitaciones cerebrales, su aparato reproductor funciona como un reloj. Qué guarra, recuerda. Y otro azote. Esta puñetera erección le impide pensar con claridad, ¡qué puta!
¡Va, va! la fantasía quiere salir, viene y va, juega al escondite pero hoy parece que la lujuria va a conseguir escamotear la autocensura. Hoy su mente cabalga. Otra nalgada al cojín -reverberación en la polla- y ya se imagina con claridad el culo gordo de la enfermera en sus rodillas. Toma, dice. Lo dice muy bajito, en un susurro, casi no se escucha a sí mismo. ¡Toma! el culo redondo de la enfermera colocado en pompa en sus rodillas. ¡Toma, toma, toma! El médico musita cosas muy indecentes, su imaginación va desbocada. El médico, que si está con el pico cerrado es un hombre bastante atractivo, por primera vez en su vida da rienda suelta al fauno lascivo gracias al cojín. Toma, toma toma, culo de puta. Con sus propias manos abre las cachas a la enfermera y lo mira todo, lo hurga todo, lo profana todo, humillándola “y ¿esto? ¿ te gusta ésto? O ¿mejor por aquí? ¡Toma! Y ¡Toma! Y ¡Toma!”.
Sí, menudo día lleva el hombre.
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Capítulo 58 de Crisol Púbico.

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