Archivo de 29 agosto, 2010
7º Relato erótico presentado al juego “¿Qué tengo entre las piernas?
Leed esta fantasía erótica e intentad adivinar si la ha escrito un hombre o una mujer:
Bes
¡Después de tantos años y ayer ocurrió, buey mío, Serapis mío! Me miro al espejo y mis senos, mi cintura, mis caderas cobran sentido. ¡Mi cuerpo tiene sentido!
Han transcurrido ya muchos años encerrada, recibiendo a los fieles, mientras mi juventud se ha ido marchitando. Aún queda algo… Pero cuando ya había perdido toda esperanza de tanto ofrecerme a los peregrinos sin que nunca me ofrecieras nada, ¡ha llegado!
¡Serapis, amor mío! He visto a un hombre tras otro deshacerse en mis brazos, gemir, entrar en rapto, estallar como las ánforas en el desierto, ¡pero jamás pude imaginarme lo que es realmente! Es un deshacerse, una dulzura, un dolor, una soberbia, una obscenidad, un llanto… y nada.
¡Serapis mío, qué plenitud esta nada! Quiero volver una y otra vez a ella. ¿Quién me iba a decir que sería este hombre? Un hombre nada especial. Calvo, ligeramente obeso, velludo, hosco, duro, a veces provocador… pero cuando me abrazó, algo muy hondo delató su presencia.
Cientos de peregrinos vienen diariamente al Templo para recibir los dictados del Dios. Antes de conciliar el sueño, reciben a Serapis a través de mi cuerpo. Yo soy los ojos, las manos, la piel, el vientre, el sexo de Serapis. Serapis los ama a través mío. Yo les doy el amor del Dios, los unjo con el deseo del Dios, les prodigo el éxtasis del Dios. Miles de peregrinos han entrado a mi templo y me han regalado su semen.
Hablo con los peregrinos. Les pregunto dónde viven, qué familia tienen, por qué han viajado al Templo, cuáles son sus problemas, que desean obtener del Dios. Y cuando su vida se abre para mí, los amo. Los amo intensamente. Como si nunca antes hubiera amado a nadie de esta forma.
Tiemblan, se convulsionan al contacto conmigo. Saben que tengo la fuerza de los hombres que me han poseído. Gimen, aúllan. “¡Te amo!”, gritan mientras su semilla estalla en mis entrañas. Quieren verme, convertirse en mis esclavos, hacerse sacerdotes del Templo, pero yo asisto indiferente a sus deliquios. Siento envidia. ¡He visto deshacerse a tantos hombres mientras yo no sentía nada! He visto hasta la saciedad ulular a otras sacerdotisas, y sé que pueden sentir algo muy semejante. Hace un año, Sejmet se jugó la vida escapándose con un fiel. A los pocos meses fue descubierta e inmolada al Dios. ¡Las sacerdotisas no podemos abandonar el Templo!
Sé que hay un éxtasis inmarcesible, pero que yo jamás he sentido. Miles de hombres besando mis senos, agitándose entre mis ingles, enloquecidos, lunáticos, y yo gélida, fría, imitando los sonidos que escucho a otras. Cuando ellos acaban, sólo tengo ganas de que se alejen. Frente a sus arrobadas declaraciones, ostento mi autoridad. Seca, tajante, sobria, los envío a los dormitorios sagrados. Esa noche el Dios hará descender sobre ellos un sueño que a la mañana deberán interpretar los oniromantes.
“¡Es a Serapis a quien tienes que amar!”, les digo mientras me imploran. “¡Y Serapis es de todos! No puedes poseerme en exclusiva”. En cuanto el último peregrino desaparece, las lágrimas inundan mi lecho. ¡El Dios los favorece a todos y a mí no quiere favorecerme!
¡Pero hoy ha cambiado todo! ¡Por fin me has bendecido, Serapis mío! Ayer llegó este fiel como uno más, tal vez algo más altivo, más desdeñoso… Cuando lamía su sexo, hizo un suave gesto para apartarme. La mayoría de los hombres no son capaces de hacerlo. Derramarse entre mis labios es tan sagrado como hacerlo en mi templo, pero, además, es más rápido y alivia el contacto cerrado. Pero Bes no. Sí, se llama Bes. ¿Cómo podré olvidar su nombre? Bes me apartó. No quería que bebiera sus óleos. Con sus manos toscas, acarició mi cuerpo. Lo han hecho miles, pero esta vez me estremecí. ¿Qué ocurría? Era como si el Dios no estuviera en mí, sino en él. Era como si Bes fuera ahora los ojos de Serapis, las manos de Serapis, el musculado torso de Serapis…
Su sexo, sin embargo, no era grande, aunque tenía un grosor inusual. Cuando entró en mí, algo desapareció. Mi mente, mis pensamientos, mi memoria se marcharon. Era como si me liberara de un fardo. Desaparecía un sucio, triste, pegajoso lastre, y emergía la niña que fui, y quería darme entera, y recibirlo entera, y de súbito, para mi espanto, mis gemidos no eran fingidos, sino que salían de una profunda herida, y los movimientos de mis caderas tampoco eran fingidos, y mi abrazo tampoco era fingido, y las uñas que clavaba en su espalda las clavaba por una perentoria, inexcusable necesidad. Y quería que aquello siguiera y que no se acabara nunca, y, al mismo tiempo, no podía seguir, me consumía, me partía, me convertía en los trozos fragmentados de Osiris. Y toda la miel del Nilo estaba en mi templo.
¡Serapis mío, nunca había sentido dentro de mí tu río sagrado! No, no eran las blancas naves del hombre, sino mi río, mi propio Nilo, con densas y agradecidas aguas.
Bes dejó de moverse y permaneció en mí, y fue entonces cuando vino. ¡Vino la lucidez del Dios, y su gloria, y sus acmés, y su obscenidad, y la música de las Hathores! “¡Bes, Bes, Bes!”, repetía mientras él reiniciaba sus movimientos y se convulsionaba y me llenaba de blancos copos de algodón.
“¡Bes, no te vayas!”, me sorprendí rogándole. “¡Bes, quiero verte, ansío verte!”. Comprendía ahora a aquellos que me habían rogado hasta la desesperación. ¿Serapis me bendecía y al mismo tiempo me castigaba? “Bes, quédate en el Templo. ¡Te daré todas las riquezas que quieras!”. Y entonces fue él quien me dijo lo que yo le repetía a los fieles: “Tú no puedes ser de nadie porque eres de todos”. “¡Una vez más entonces! ¡Te lo ruego!”, imploré. Me miró fijamente, en silencio, escrutándome. Al fin dijo: “Mañana, después de la sesión del oniromante, estaré aquí”.
Vida mía, Serapis mío, ahora lo espero. Oh Dios de mi destino, aunque media humanidad ha pasado por mí, me has mantenido virgen para este hombre. ¡No lo puedes dejar escapar! ¡Haz que estemos juntos para siempre!
Ahora lo espero y tiemblo. Nunca había conocido a un hombre.
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