Archivo de 23 agosto, 2010
Arrimando el ascua a mi sardina
El concurso ¿qué tengo entre las piernas? surgió a raiz de la entrevista que me hizo el xornal Certo preguntándome por qué la gente desconfiaba de si yo era un varón. De ahí me vino la curiosidad por saber si yo podría distinguir el sexo de un autor a partir de un relato erótico. Lo cierto es que este juego no tiene validez científica alguna, es evidente que no se basa en principios sólidos, pero creo que es un buen ejercicio para entender las diferencias -mentales- entre la sexualidad femenina y masculina y sobre todo para desmantelar tópicos.
Estoy encantada con la calidad de los textos recibidos y con la participación. Ahora me permitiréis que haga un paréntesis en el camino y aproveche el tirón que está teniendo el juego para promocionar mis propios escritos. Ahí va ésta (pero ¡seguid votando, eh!)
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La enfermera se corre por activa y por pasiva
La enfermera Alice se ha enamorado del señor Gonzalo, paciente ingresado por cardiopatía. Las mentes malpensantes sospecharán que va por la pasta, ¡semejante hembra salerosa con ese vejestorio! Pues no, lo cierto es que es una chalada y se ha entusiasmado con los mimos de él, que le dobla la edad, que ya no huele rico salvo que se ponga colonia y que de sus antiguos abdominales marcados ya no queda ni el recuerdo. Alice se ha enamorado del carcamal, ¡increíble pero cierto!
Hemos de entender que ella ha pasado lo suyo con los hombres. No tenemos más que recordar al último, aquel bestia, que sí, es cierto que follaba como un miura, ¡una potencia insólita!, que le metía semen hasta que se le salía por las orejas … disculpad la burda metáfora, pero es que la cosa era así talmente. Imaginaos cómo sería, que una vez, al principio de su relación, cuando todavía usaban condón, Alice vió claramente cómo se lo sacaba de la polla – ya medio flaccida- rebosante de esperma, lleno hasta los topes, a reventar. Pero ¿de qué le valía a ella eso, si al fin él era un sinvergüenza al que ella le importaba una mierda? ¿de qué sirve un superfalo talla XXL si corresponde a un imbécil que sólo mueve el culo por el interés de sus propios cojones?
Gonzalo, por contra, la adora. Le saltan chispas de felicidad cuando la ve. Alice, aunque parece tan alegre y dispuesta, tiene la autoestima por los suelos y depende muchísimo de la visión que refleja en los hombres. Ella no se cree bonita, pero lo cierto es que aun a pesar de pintarrajearse tanto resulta atractiva. Y sexi, eso seguro, el culo un poco gordo de más, las tetas un poco demasiado pequeñas, pero el resultado es divino para el que sabe mirar. Y Gonzalo se la come con los ojos.
No como aquel de testículos hiperproductivos, que la miraba sólo cuando la tenía tiesa, el muy cabrón, que se largó sin decir adiós quince minutos después de haberle metido la polla hasta la garganta. Con lo molesto que era que se corriera allí al fondo, que a Alice le daban arcadas y todo, y ¡anda que no se lo había advertido una y mil veces!, que le daba asco, que no empujase tanto cuando se corría en la boca, y él nada, a lo suyo, a su puta bola, y luego va y la deja así, de sopetón, todavía con el sabor agrio de semen en la lengua.
Alice no ha tenido hijos, el cabrón se corría como un buey y sin embargo no fue capaz de hacerle un hijo. Gonzalo tampoco se los dará, ya no tiene edad, su polla no responde, todo en él funciona salvo el pene, pero bueno, ¿tan grave es? Ni se empalma ni se corre, pero consigue con sus manos, con su lengua y sobre todo con su devoción, que Alice goce como nunca. Como nunca, resulta difícil de creer, pero os aseguro que Alice, que ha acogido a decenas de rabos entre sus piernas -el cabrón no ha sido el único, ni mucho menos- disfruta como una bandida y no recuerda correrse tanto y tan bien. Ya os contaré con detalles porque esto de verdad que es la bomba.
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Esta historieta es el capítulo 56 de la colección de relatos hilados Crisol Púbico

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