Archivo de agosto, 2010
El médico eyacula en el cojín.
-Supongo que no es necesario que le explique las causas de su despido, dice el médico muy serio sin mirarle a la cara.
Por supuesto que no. Desde luego que no. Que una enfermera se beneficie a un paciente en el mismísimo hospital es causa justificada de despido inminente y ningún sindicato pondrá pega alguna.
El médico es un hombre tolerante, él hubiera perdonado un desliz del tipo confundir las tomas de medicamentos, olvidar la administración de un calmante, un informe erróneo. Hubiese sido condescendiente si se hubiera demorado en acudir a la llamada apurada de un enfermo o si hubiese tenido un pronto desairado con un familiar. Podría mostrar negligencia ante una falta de profesionalidad, ante una carencia de humanidad, ante la ausencia de sensibilidad para con el dolor ajeno ¡Pero eso! Eso bajo ningún concepto.
Alice lo sabe y no tiene nada que decir. Se levanta y sale del despacho con los ojos llenos de lágrimas y el mentón hundido por la vergüenza.
El médico se siente molesto, cabreado, incómodo. Menudo día lleva, menudo papelón le ha tocado hacer hoy, qué desfachatez la de esa enfermera, qué mal trago. El doctor se recuesta en su silla, está alterado, nervioso, ha de hacer algún ejercicio de respiración para calmarse un poco. ¡Menuda fulana! Al pobre médico no se le va de la cabeza la imagen de la enfermera abierta de piernas con el chorro del grifo en la vagina. Qué horror, piensa, bebe un sorbo de agua. “Una fresca, una libertina” Él nunca ha visto a su mujer en tan obscena postura. Sus relaciones maritales son regulares, acostados como norma general. Acometen tres, cuatro posturas, vamos, lo normal. Pero eso es lo de menos, aunque él y su esposa ejecutasen el listado completo del kamasutra, esa alegría de follar no se la darían las acrobacias. Lo que ellos desconocen, lo que para el médico es, hoy por hoy, inconcebible es esa insólita capacidad de despendole que ha presenciado y que está a años luz de su sexualidad patriarcal represiva ¡Si no es ni tan siquiera capaz de liberarse en solitario! En estos momentos, sin ir más lejos, está excitadísimo y no se quiere dar por enterado. Qué asquerosidad, se obstina en repetirse como si se estuviera aprendiendo la lección.
¡Menudo día llevo! dice para sí mientras con rictus de agotamiento nervioso toma el cojín que está allí al lado. Sin pensar realmente en lo que hace, lo pone en su regazo. Absolutamente inconsciente de lo que ese gesto significa, le da un buen azote al cojín. Ese golpe reverbera en sus genitales. A diferencia de sus limitaciones cerebrales, su aparato reproductor funciona como un reloj. Qué guarra, recuerda. Y otro azote. Esta puñetera erección le impide pensar con claridad, ¡qué puta!
¡Va, va! la fantasía quiere salir, viene y va, juega al escondite pero hoy parece que la lujuria va a conseguir escamotear la autocensura. Hoy su mente cabalga. Otra nalgada al cojín -reverberación en la polla- y ya se imagina con claridad el culo gordo de la enfermera en sus rodillas. Toma, dice. Lo dice muy bajito, en un susurro, casi no se escucha a sí mismo. ¡Toma! el culo redondo de la enfermera colocado en pompa en sus rodillas. ¡Toma, toma, toma! El médico musita cosas muy indecentes, su imaginación va desbocada. El médico, que si está con el pico cerrado es un hombre bastante atractivo, por primera vez en su vida da rienda suelta al fauno lascivo gracias al cojín. Toma, toma toma, culo de puta. Con sus propias manos abre las cachas a la enfermera y lo mira todo, lo hurga todo, lo profana todo, humillándola “y ¿esto? ¿ te gusta ésto? O ¿mejor por aquí? ¡Toma! Y ¡Toma! Y ¡Toma!”.
Sí, menudo día lleva el hombre.
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Capítulo 58 de Crisol Púbico.
8º Relato erótico presentado al juego “¿Qué tengo entre las piernas?
Hoxe preséntovos un relato escrito en galego, ¡¿de quén será??
Intensidades
Aceleracións arrítimicas, volantazos de desexo, frenadas con rozaduras de ledicia, intermitentes diastólicas, destellos de paixón incontrolada e rodadura deslizante pola costa abaixo do pracer xa inevitable. Mistura de carburantes que son as salivas intercambiadas. Corazóns que bombean co ritmo frenético e concentrado. Pulmóns que buscan un átomo osixénico con auténtico desespero…
E na mirada percibíndose toda a lascivia concentrada nos ollos alleos, próximos, entrepechados, doces, pedindo máis, dando, recibindo, cargándose de bágoas de pracer con salitre de desexo.
E volvendo ó centro do corpo, buscando o nife das sensacións, para mollar a lingua húmeda na acuosa impetuosidade do desexo. E repartilo despois pola pel todiña. Acougando, desaforando, ora con ritmo, ora sin él. E buscar o vértice do pracer para acadar a vértixe que nos arrastra sensacións próximas ó mareo, cercanas á cúspide da lipotimia e nos arrinca da realidade que non sexan os propios corpos envoltos na espiritualidade orgásmica que se aveciña.
Volver amodiño, recuperando, termando, alongando o inevitable para reiniciar un estalido que se adiviña na curva do pezón, na nádiga temblorosa, no beizo carnoso e carnal, pecaminoso ata cando non pensa.
E mirarte cando xa non é posible máis espera. E ver que ti me miras. Non direi todas as palabras que dis. So as resumo na pronunciación linguopalatal, rotunda e mollada dun SÍ imperativo, final, intenso, reiterativo e magnífico, sobre cuxa pronunciación engarzouse o meu orgasmo arredor dos teus ollos e do teu corpo todo…
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7º Relato erótico presentado al juego “¿Qué tengo entre las piernas?
Leed esta fantasía erótica e intentad adivinar si la ha escrito un hombre o una mujer:
Bes
¡Después de tantos años y ayer ocurrió, buey mío, Serapis mío! Me miro al espejo y mis senos, mi cintura, mis caderas cobran sentido. ¡Mi cuerpo tiene sentido!
Han transcurrido ya muchos años encerrada, recibiendo a los fieles, mientras mi juventud se ha ido marchitando. Aún queda algo… Pero cuando ya había perdido toda esperanza de tanto ofrecerme a los peregrinos sin que nunca me ofrecieras nada, ¡ha llegado!
¡Serapis, amor mío! He visto a un hombre tras otro deshacerse en mis brazos, gemir, entrar en rapto, estallar como las ánforas en el desierto, ¡pero jamás pude imaginarme lo que es realmente! Es un deshacerse, una dulzura, un dolor, una soberbia, una obscenidad, un llanto… y nada.
¡Serapis mío, qué plenitud esta nada! Quiero volver una y otra vez a ella. ¿Quién me iba a decir que sería este hombre? Un hombre nada especial. Calvo, ligeramente obeso, velludo, hosco, duro, a veces provocador… pero cuando me abrazó, algo muy hondo delató su presencia.
Cientos de peregrinos vienen diariamente al Templo para recibir los dictados del Dios. Antes de conciliar el sueño, reciben a Serapis a través de mi cuerpo. Yo soy los ojos, las manos, la piel, el vientre, el sexo de Serapis. Serapis los ama a través mío. Yo les doy el amor del Dios, los unjo con el deseo del Dios, les prodigo el éxtasis del Dios. Miles de peregrinos han entrado a mi templo y me han regalado su semen.
Hablo con los peregrinos. Les pregunto dónde viven, qué familia tienen, por qué han viajado al Templo, cuáles son sus problemas, que desean obtener del Dios. Y cuando su vida se abre para mí, los amo. Los amo intensamente. Como si nunca antes hubiera amado a nadie de esta forma.
Tiemblan, se convulsionan al contacto conmigo. Saben que tengo la fuerza de los hombres que me han poseído. Gimen, aúllan. “¡Te amo!”, gritan mientras su semilla estalla en mis entrañas. Quieren verme, convertirse en mis esclavos, hacerse sacerdotes del Templo, pero yo asisto indiferente a sus deliquios. Siento envidia. ¡He visto deshacerse a tantos hombres mientras yo no sentía nada! He visto hasta la saciedad ulular a otras sacerdotisas, y sé que pueden sentir algo muy semejante. Hace un año, Sejmet se jugó la vida escapándose con un fiel. A los pocos meses fue descubierta e inmolada al Dios. ¡Las sacerdotisas no podemos abandonar el Templo!
Sé que hay un éxtasis inmarcesible, pero que yo jamás he sentido. Miles de hombres besando mis senos, agitándose entre mis ingles, enloquecidos, lunáticos, y yo gélida, fría, imitando los sonidos que escucho a otras. Cuando ellos acaban, sólo tengo ganas de que se alejen. Frente a sus arrobadas declaraciones, ostento mi autoridad. Seca, tajante, sobria, los envío a los dormitorios sagrados. Esa noche el Dios hará descender sobre ellos un sueño que a la mañana deberán interpretar los oniromantes.
“¡Es a Serapis a quien tienes que amar!”, les digo mientras me imploran. “¡Y Serapis es de todos! No puedes poseerme en exclusiva”. En cuanto el último peregrino desaparece, las lágrimas inundan mi lecho. ¡El Dios los favorece a todos y a mí no quiere favorecerme!
¡Pero hoy ha cambiado todo! ¡Por fin me has bendecido, Serapis mío! Ayer llegó este fiel como uno más, tal vez algo más altivo, más desdeñoso… Cuando lamía su sexo, hizo un suave gesto para apartarme. La mayoría de los hombres no son capaces de hacerlo. Derramarse entre mis labios es tan sagrado como hacerlo en mi templo, pero, además, es más rápido y alivia el contacto cerrado. Pero Bes no. Sí, se llama Bes. ¿Cómo podré olvidar su nombre? Bes me apartó. No quería que bebiera sus óleos. Con sus manos toscas, acarició mi cuerpo. Lo han hecho miles, pero esta vez me estremecí. ¿Qué ocurría? Era como si el Dios no estuviera en mí, sino en él. Era como si Bes fuera ahora los ojos de Serapis, las manos de Serapis, el musculado torso de Serapis…
Su sexo, sin embargo, no era grande, aunque tenía un grosor inusual. Cuando entró en mí, algo desapareció. Mi mente, mis pensamientos, mi memoria se marcharon. Era como si me liberara de un fardo. Desaparecía un sucio, triste, pegajoso lastre, y emergía la niña que fui, y quería darme entera, y recibirlo entera, y de súbito, para mi espanto, mis gemidos no eran fingidos, sino que salían de una profunda herida, y los movimientos de mis caderas tampoco eran fingidos, y mi abrazo tampoco era fingido, y las uñas que clavaba en su espalda las clavaba por una perentoria, inexcusable necesidad. Y quería que aquello siguiera y que no se acabara nunca, y, al mismo tiempo, no podía seguir, me consumía, me partía, me convertía en los trozos fragmentados de Osiris. Y toda la miel del Nilo estaba en mi templo.
¡Serapis mío, nunca había sentido dentro de mí tu río sagrado! No, no eran las blancas naves del hombre, sino mi río, mi propio Nilo, con densas y agradecidas aguas.
Bes dejó de moverse y permaneció en mí, y fue entonces cuando vino. ¡Vino la lucidez del Dios, y su gloria, y sus acmés, y su obscenidad, y la música de las Hathores! “¡Bes, Bes, Bes!”, repetía mientras él reiniciaba sus movimientos y se convulsionaba y me llenaba de blancos copos de algodón.
“¡Bes, no te vayas!”, me sorprendí rogándole. “¡Bes, quiero verte, ansío verte!”. Comprendía ahora a aquellos que me habían rogado hasta la desesperación. ¿Serapis me bendecía y al mismo tiempo me castigaba? “Bes, quédate en el Templo. ¡Te daré todas las riquezas que quieras!”. Y entonces fue él quien me dijo lo que yo le repetía a los fieles: “Tú no puedes ser de nadie porque eres de todos”. “¡Una vez más entonces! ¡Te lo ruego!”, imploré. Me miró fijamente, en silencio, escrutándome. Al fin dijo: “Mañana, después de la sesión del oniromante, estaré aquí”.
Vida mía, Serapis mío, ahora lo espero. Oh Dios de mi destino, aunque media humanidad ha pasado por mí, me has mantenido virgen para este hombre. ¡No lo puedes dejar escapar! ¡Haz que estemos juntos para siempre!
Ahora lo espero y tiemblo. Nunca había conocido a un hombre.
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Alice y Gonzalo son pillados infraganti.
Se mueren de la risa. Eso es lo más característico de las relaciones sexuales entre la enfermera y el abuelete. Se parten, se tronchan, se mondan, se despiporran. Él se queda bobo con las carcajadas de ella y ríe a su vez como un niño. Le quita la ropa como si descubriera la perla en una almeja y la acaricia toda con las yemas de los dedos, con las palmas de las manos. Gonzalo no da crédito, no se lo cree, aplaude y cierra los ojos ¿estaré viendo visiones?
-Te voy a bañar, le dice.
-¡Ay, no! que nos pueden cazar.
-No, no nos pillan. A esta ahora todo el mundo duerme en el hospital.
El riesgo les excita, qué gamberros. Van al baño y llenan la pequeña bañera de agua, ji ji, ja ja, jeje
-Estás loco.
-Loco por ti.
-¡Loco de capirote!
-Eres mi chiquitina y te voy a bañar, uy, uy uy, qué niñita más desarrollada, mira qué tetas más ricas. Y a ver,… ¿qué hay por aquí? ¡pero si tiene pelos! ¡qué conejito más lindo!, ¡vamos a lavarlo bien!
Alice se mete en la bañera debajo del grifo y Gonzalo pone el tapón. Ella se queda de pie debajo del chorro, toda nerviosa, acalorada. Él le pasa la esponja por la espalda, por las nalgas y le cachetea el culo. Alice tiene muchísima celulitis en el culo, pero el papito ni la ve, y aun en caso de verla no decrecería su encantamiento.
- ¡Mala, mala mala!, le dice, con los cachetes consigue salpicarse todo.
- Ahora la nenita se va a tumbar que la voy a lavar bien lavadita.
Alice ya se ha olvidado de que está en su puesto de trabajo y obedece muy sonriente, muy obediente. Se recuesta en la bañera y se deja hacer.
- Una pierna aquí y otra acá, para que papi pueda lavar muy bien a la nena.
Un observador neutro que no conozca -o que se haya olvidado- de las tonterías del amor, pensaría que estos dos son un par de subnormales, hablándose como bebés, jugando a las mamás, haciendo pucheros. Pero de bebés nada. Una vez Alice está tumbada en la bañera, Gonzalo enfoca el chorro del grifo allí donde a ella le hace más cosquillas y ella se desparrama toda. Intercala la risa ahogada con suspiros y gemidos roncos, que trata de minimizar metiendo sus manos en la boca. Tiene el rímel todo corrido. El pelo mojado le gotea en mechones desordenados. Los pezones como piedras.
La pareja de amantes está tan entretenida que no se percata de que en la puerta, con cara de espanto, se encuentra el médico, atónito. Este señor de bata blanca y fonendoscopio es, además de una eminencia -relativa- en cardiopatías, el jefe de Alice. El doctor se está unos segundos mudo, estático, intentando procesar lo que mira. Pero pronto reacciona, gesticula espantado y carraspea, da una rídicula patada al suelo y un golpe ya menos tímido a la puerta, todo para hacerse notar. Pero ellos nada, a lo suyo, en su mundo de las mil maravillas.
- ¿A ver qué guarda el conejito aquí dentro?
Y entonces el aguafiestas, lleno de ira, gesto feroz, grita con voz estrepitosa:
-¡ENFERMERA! ¡Quiero verla inmediatamente en mi despacho!
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Capítulo 57 de Crisol Púbico.
6º Relato erótico presentado al juego “¿Qué tengo entre las piernas?
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REMINISCENCIAS
Un camisón de raso negro de tirantes finos sobre su piel. Isabel se gira sobre las sábanas blancas entre sueños, sonríe. Un tirante cae por su hombro levemente y lo acaricia, las primeras luces entran por la ventana, se sobresalta con el sonido del despertador. No, él no está con ella. Medio dormida, se levanta, sonríe, acaba de recordar su sueño . Hace calor, su piel esta abrasando. Frente al espejo retira los tirantes del camisón y lo deja caer al suelo, sonríe de nuevo, se recoge el pelo con una pinza mientras se mira y piensa que todavía es atractiva, abre el grifo de la ducha, y espera que salga templada, notando en sus dedos la temperatura, bajo la ducha siente el tacto cálido del agua que recorre su piel rozándola, trayendo a su memoria el tacto de unas manos, de unos besos. Dibuja su piel con las manos llenas de gel. El aroma fresco le recuerda sus noches de pasión, rodando sobre la cama, resbalando en la otra piel, confundiéndose, los alientos en un mismo aliento, con el pelo alborotado cayendo sobre su rostro. Deja escapar un suspiro, casi un gemido, sale de la ducha, se cepilla el pelo, cierra los ojos y puede sentir sus dedos enredando con su pelo.
Un suspiro mas. Prepara la cafetera, se viste frente al espejo… una traje azul, medias de seda, zapatos de tacón, un medallón que cae entre sus pechos realzándolos. Se pinta levemente, lo justo para iluminar su cara, un toque en los labios de color suave, mientras pasa el lápiz de labios siente como si un beso le acariciara la boca. Humm! el aroma del café recién hecho. Se oye la cafetera, se apresura a retirarla del fuego, se sienta junto a la ventana retira un poco la cortina. Ya se ha hecho de día, se acabaron los sueños. Sobre el tejado antiguo crece una planta. Las antenas de su niñez, los pájaros… recuerda cuando trepaba a los tejados para verlo todo desde lo alto. Los tejados antiguos tienen algo especial.
Prepara sus papeles y su bolso y se va. Sus pasos firmes y ligeros se escuchan en el silencio de la mañana, es temprano todavía, cada paso siente el movimiento suave de sus caderas. Otro día con miles de cosas por hacer, otro día de rutinas. Coge el coche y pone la radio, escucha las noticias, otro día de calor intenso. Su pensamiento se pierde otra vez entre las sábanas, en las caricias, en los besos… Sueña, siente, imagina sus manos buscando su piel bajo la ropa y se le eriza el vello, siente el roce de la ropa en cada rincón de su cuerpo. Sus pupilas brillan y su corazón palpita mas fuerte. ¡Si su piel pudiera contar como arde el fuego en su boca! No, no quiere que le roben la sed, no quiere que le toque la nada, quiere arder mientras quede brasa porque el agua no puede ser plata sin su ardiente calidez.
Isabel busca el borde exacto de sus recuerdos, inquietantes, impenetrables, que devoran un corazón hecho de escombros; busca los espacios de luz que cubrir con un manto de ilusión en profundas noches de piel.
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5º Relato erótico presentado al juego “¿Qué tengo entre las piernas?
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Mi polla
La movida esta va de adivinar qué tengo entre las ingles, pues joder, lo pongo fácil y os presento al calvo, al hermanito tonto, para servir exclusivamente a las señoras, -por delante y por detrás, eso sí, je je je-.
Esta picha lleva ahí desde que mi madre me parió, dando caña la jodía. De enano me quedaba dormido cascándomela y ahora me despierto cascándomela, es inconsciente, lo juro. A los 14 la bicha ametralló el espejo (acojonante) Le cogí vicio al tema y no lo suelto. Cuando la del otro lado de la cama está dormida, salto del catre y me voy al youporn para darle al asunto. No me complico la vida, un culito respingón, unas tetitas como limones, y ya. Follando tampoco me como el tarro, como mucho me asalta el canalillo de la rubia del quiosco, ¡es de justicia, tendríais que verla!
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4ª Relato erótico presentado al juego “¿Qué tengo entre las piernas?
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Todos como hormigas a la playa, todos como hormigas a las grandes superficies. Enormes regueros de humanos estresados unos, relajados los otros.
Ríos de gente escudriñando cada rincón de los decorados que en Ikea se ufanan en preparar para pisos microscópicos con cocinas enormes, y tres o cuatro televisores, que lo que importa es lo que importa.
Cuerpos sudorosos e ignotos arrastrándose entre muebles, desmadejados sobre sillas, sofás y camas que supuestamente prueban. Miles de espejos, cientos de velas,…¿qué pasa en esa enorme nave cuando cae el sol y las puertas se cierran, escupiendo a los cuerpos tristes que la alojaban?, ¿habrá alguien que aproveche debidamente todas esas camas, todos los sofás, las sillas, las alfombras, los diminutos baños,…?.
Quiero creer que si, tanto esfuerzo no puede ser desaprovechado.
Um,…quizá solicite un puesto de trabajo en el gigante sueco, un dia de estos.
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Arrimando el ascua a mi sardina
El concurso ¿qué tengo entre las piernas? surgió a raiz de la entrevista que me hizo el xornal Certo preguntándome por qué la gente desconfiaba de si yo era un varón. De ahí me vino la curiosidad por saber si yo podría distinguir el sexo de un autor a partir de un relato erótico. Lo cierto es que este juego no tiene validez científica alguna, es evidente que no se basa en principios sólidos, pero creo que es un buen ejercicio para entender las diferencias -mentales- entre la sexualidad femenina y masculina y sobre todo para desmantelar tópicos.
Estoy encantada con la calidad de los textos recibidos y con la participación. Ahora me permitiréis que haga un paréntesis en el camino y aproveche el tirón que está teniendo el juego para promocionar mis propios escritos. Ahí va ésta (pero ¡seguid votando, eh!)
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La enfermera se corre por activa y por pasiva
La enfermera Alice se ha enamorado del señor Gonzalo, paciente ingresado por cardiopatía. Las mentes malpensantes sospecharán que va por la pasta, ¡semejante hembra salerosa con ese vejestorio! Pues no, lo cierto es que es una chalada y se ha entusiasmado con los mimos de él, que le dobla la edad, que ya no huele rico salvo que se ponga colonia y que de sus antiguos abdominales marcados ya no queda ni el recuerdo. Alice se ha enamorado del carcamal, ¡increíble pero cierto!
Hemos de entender que ella ha pasado lo suyo con los hombres. No tenemos más que recordar al último, aquel bestia, que sí, es cierto que follaba como un miura, ¡una potencia insólita!, que le metía semen hasta que se le salía por las orejas … disculpad la burda metáfora, pero es que la cosa era así talmente. Imaginaos cómo sería, que una vez, al principio de su relación, cuando todavía usaban condón, Alice vió claramente cómo se lo sacaba de la polla – ya medio flaccida- rebosante de esperma, lleno hasta los topes, a reventar. Pero ¿de qué le valía a ella eso, si al fin él era un sinvergüenza al que ella le importaba una mierda? ¿de qué sirve un superfalo talla XXL si corresponde a un imbécil que sólo mueve el culo por el interés de sus propios cojones?
Gonzalo, por contra, la adora. Le saltan chispas de felicidad cuando la ve. Alice, aunque parece tan alegre y dispuesta, tiene la autoestima por los suelos y depende muchísimo de la visión que refleja en los hombres. Ella no se cree bonita, pero lo cierto es que aun a pesar de pintarrajearse tanto resulta atractiva. Y sexi, eso seguro, el culo un poco gordo de más, las tetas un poco demasiado pequeñas, pero el resultado es divino para el que sabe mirar. Y Gonzalo se la come con los ojos.
No como aquel de testículos hiperproductivos, que la miraba sólo cuando la tenía tiesa, el muy cabrón, que se largó sin decir adiós quince minutos después de haberle metido la polla hasta la garganta. Con lo molesto que era que se corriera allí al fondo, que a Alice le daban arcadas y todo, y ¡anda que no se lo había advertido una y mil veces!, que le daba asco, que no empujase tanto cuando se corría en la boca, y él nada, a lo suyo, a su puta bola, y luego va y la deja así, de sopetón, todavía con el sabor agrio de semen en la lengua.
Alice no ha tenido hijos, el cabrón se corría como un buey y sin embargo no fue capaz de hacerle un hijo. Gonzalo tampoco se los dará, ya no tiene edad, su polla no responde, todo en él funciona salvo el pene, pero bueno, ¿tan grave es? Ni se empalma ni se corre, pero consigue con sus manos, con su lengua y sobre todo con su devoción, que Alice goce como nunca. Como nunca, resulta difícil de creer, pero os aseguro que Alice, que ha acogido a decenas de rabos entre sus piernas -el cabrón no ha sido el único, ni mucho menos- disfruta como una bandida y no recuerda correrse tanto y tan bien. Ya os contaré con detalles porque esto de verdad que es la bomba.
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Esta historieta es el capítulo 56 de la colección de relatos hilados Crisol Púbico
3º Relato erótico presentado al juego “¿Qué tengo entre las piernas?
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Y dejó que la mirara
- Quiero que hagas una cosa para mí, cariño.
- ¿Qué cosa?
- Quiero que te masturbes como si yo no estuviera.
- ¿Y eso?
- Me has descrito muchas veces como lo haces y como disfrutas pero nunca te he visto. Y me gustaría.
- Verás, no sé si voy a poder porque aunque no te lo creas me da cierto pudor. Sí, ya sé que es una tontería porque conoces mi coñito mejor que yo misma pero…
- Venga, ¿lo vas a hacer o no?
- Vale, lo intentaré, aunque no sé si conseguiré terminar la faena con el orgasmo de costumbre.
- Si al final ves que no te sale siempre puedo echarte una mano, es decir, siempre puedo ponerte mi polla encima.
- Con esa proposición presiento que no voy a correrme porque nada me gusta más que tener tu po-lla-dentro-de-mí.
- Déjate de hablar y ponte al tajo, venga…
- ¡Eres un demonio! Está bien.
Me senté en el sillón que estaba en la esquina izquierda de la habitación. Y ella comenzó a desnudarse lasciva frente a mí. Al suelo fueron cayendo todas las prendas que llevaba encima, excepto una, el tanga de hilo dental.
Se tendió en la cama, apagó la luz y encendió las velas que estaban en la mesilla de noche de su lado. Estaba preciosa y terriblemente deseable. Mi polla ya estaba dura como una piedra y todavía no había empezado.
Cerró los ojos, dobló las piernas, las abrió un poco y bajó el tanga hasta la altura de las rodillas. Se llevó el dedo índice de la mano derecha a la boca y se lo chupó lentamente. A continuación comenzó a acariciarse el clítoris. Movía el dedo circularmente, arriba, abajo y cuando notaba que se iba secando volvía a chupárselo . Y empezaba de nuevo.
Su respiración comenzaba a agitarse, sin duda su placer estaba in crescendo. Así que se llevó el pulgar de la mano izquierda a la boca, se lo chupó y se lo llevo a su vagina. Lo introdujo todo dentro, mientras con el dedo índice de la mano derecha seguía tocándose.
Aquel espectáculo estaba poniéndome cardíaco, me estaba costando mucho trabajo mantenerme sentado sin hacer nada porque deseaba sumergirme entre sus piernas y oler, sorber, chupar, tocar, lamer… su sexo.
Pero ella seguía ajena a mis pensamientos. Al final había conseguido abstraerse y continuaba imparable. Con rapidez se bajó el tanga hasta los tobillos y abrió las piernas todo lo que pudo.
Abrió los ojos y me dijo:
- Voy a correrme para ti, cariño. Te regalo mi orgasmo, tu orgasmo… porque en todo momento eras tú el que estabas entre mis piernas, con tu lengua… Tómalo, mi amor.
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2º Relato erótico presentado al juego “¿Qué tengo entre las piernas?
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La Princesa de Arena
En una isla de las Afortunadas,a principios del siglo XV, habitaba la princesa Teguise; la del linaje femenino, joven y hermosa. Hija de Aniagua la dulce y de Guadarfìa, el que fuè el ùltimo rey de la isla.
Teguise era esposa del malvado Maciot, que se pasaba el tiempo luchando contra sus vecinos,obstinado en mantener un reinado decadente. Estaba enamorada del capitán de fragata Jean Baptiste de Bethencourt,un holandès errado al fin y al cabo, con quién mantenía un secreto romance.
Resultó que el marinero desapareció entre las aguas del océano una noche de tormenta que se llevó al velero con toda su tripulación hacia los oscuros secretos del fondo marino.
La joven princesa quedó desolada, y se fué a llorar a la playa. Paseando por un cielo sin estrellas.
Salió la Luna, subiò la marea y la pilló el amanecer con las lágrimas en aquellos preciosos ojos verdes, fijos en la inmensidad del mar. Pasaron soles y lunas, y el viento cubrió de arena el cuerpo de Teguise hasta que éste desapareció desgastado por el océano. ______________________________
Francesco salió del puerto de Nápoles el 22 de junio de 2003, con rumbo incierto, quizàs daría la vuelta al mundo. No le importaba, no tenía prisa, nadie le esperaba.
Huía del recuerdo de su esposa fallecida hacìa dos años. Un terrible accidente de tráfico en la austostrada de Roma segó su vida de repente.
Incapaz de superar el dolor en tierra, empedernido marinero, el viudo Francesco lo dejó todo para lanzarse al vacío de las noches estrelladas, buscando un destino.
Después de varias noches en alta mar, estaba llegando a las coordenadas 29° 15′ 6″ N, 13° 30′ 29″ W,unos amigos le habìan garantizado tranquilidad.
Las furiosas corrientes de aquella època y la marea baja, hicieron embarrancar el velero de Francesco por la zona que le llaman el Rìo, y éste naufragò.
De madrugada llegó el cuerpo exhausto, moribundo de Francesco a una playa bajo un altìsimo risco, y se dejó reposar ahì, sintiéndose a salvo.
_______________________________
Se despertó a mediodìa, mimada su piel por el calorcito del Sol y por algo más. Sentìa una áspera pero agradable carìcia subiendo por las piernas, alegrando sus nalgas y recorriéndole la espalda. Un tacto arenoso aunque suave a la vez.
Francesco tocò la arena delante suyo, y al pasar de su mano surgìa una pierna, sobresalìa una cadera, asomaba un precioso ombligo y aparecìan unos perfectos senos apuntando al cielo. Se detuvo antes de descubrir el hermoso rostro de la princesa cuyo cuerpo moldeaba acariciando la playa.
Cerró los ojos y sintió un cálido beso en sus labios, a fuego lento, y en un plácido abrazo se revolcaron las dos almas enamoradas con el océano lamiéndoles los pies.
La fuerte espalda de Francesco brillaba tostada al Sol, y acariciaba con su vientre el suave ombligo de Teguise. Sus manos enredadas en la negra melena ondulada de la princesa, masajeándole amorosamente la delicada cabecita; comiéndose a besos, se entregaron al placer del sexo,sin hablar palabra, entre besos, carìcias, arrumacos y lunas rotas, pasaron todo el dìa amàndose con la pasiòn sosegada de los amantes que beben de sus labios.
La noche terminó con la cópula. Extasiados, cansados, satisfechos y sonrientes, allí quedaron tumbados en la arena, el uno al lado de la otra, reposando de tanto goce y felicidad.
Los dos cuerpos se fueron convirtiendo en estatuas de arena,moldeadas por la brisa marina. Al subir la marea se los llevò a los dos en cada ola.
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