Mi gusto por el fetichismo de los pies tiene historia
Adjunto un texto de Gregorio Morales acerca de la seducción de los pies femeninos y su fascinación a lo largo de la historia. Las fotos que adornan el texto son de Miguel Pérez Pardo:
Talones impúdicos”, por Gregorio Morales.
Hay hombres a los que les basta contemplar un pie femenino para enloquecer de deseo. Aunque nuestros tatarabuelos sabían mucho de esto, los adoradores de los pies retornan en la actualidad.
El pie está pasando de la indiferencia a ser un codiciado objeto
afrodisíaco. Ya no hay página erótica que no tenga un apartado dedicado a los pies. Algunas, como footlifestyle.com, tratan exclusivamente de ellos: decenas de chicas corrientes enseñan sus pies en las más variadas posiciones. Lo mismo sucede con los anuncios. La cadena televisiva alemana eUrotic exhibe desde hace unos meses un bellísimo spot donde, al compás de La Cabalgata de las Walkirias, de Wagner, un pie es desnudado y “poseído”. En una página de ofertas de trabajo, encontramos el siguiente reclamo: “CHICAS DE PIES BONITOS EN VALENCIA. Oferta de empleo: Se precisan chicas para sesión fotográfica sobre erotismo del pie femenino. Imprescindible ser mayor de 18 años y tener los pies bonitos”.
Los seducidos por el pie forman ya legión. Francisco, un serio y maduro ejecutivo, se comporta como un niño cada vez que ve un pie hermoso: “No puedo evitar fotografiarlos”, relata. “Saco el móvil y pido permiso. En una discoteca, en el metro, en un restaurante, por la calle… Incluso he llegado a hacerlo en reuniones de negocios, aunque sé que podrían considerarme un obseso o un fetichista. Pero la pasión ante un pie sugerente es irresistible. Tengo montones de álbumes sólo con pies”.
Francisco no está solo. “Me excita ver los pies, olerlos, tocarlos… El solo hecho de imaginármelos me puede llevar al orgasmo”, confiesa Daniel, un joven mexicano. “Desde que me acuerdo (7 años), jugaba con mi prima a los médicos y lo que más me gustaba era quitarle sus calcetines para olerle los pies y chupárselos”.
Ni Francisco ni Daniel son pervertidos. Comenzó hace al menos diez siglos en China, bajo el reinado de Li Yü, que tenía más de poeta que de emperador y que amaba desmedidamente los pies. Se dice que fue su esposa, Yao-niang, la que comenzó a vendarlos para reducirlos. Lo cierto es que desde aquí y hasta 1912, fecha de su prohibición, las mujeres chinas de alta alcurnia y las prostitutas se vendaron los pies desde niñas, con objeto de lograr unos apéndices diminutos que, para los coetáneos, resultaban súper afrodisíacos. Podían así permitir que un hombre tocara accidentalmente los senos o el sexo de una mujer, pero jamás sus pies. Por lo general, ni al marido le estaba permitido verlos desnudos. Para calzarse, las señoras se encerraban celosamente en sus aposentos. Ni siquiera era fácil verles el calzado, porque se lo cubrían con unas polainas atadas desde la pantorrilla. Los famosos “manuales de alcoba”, que incluían cientos de explícitas y turbadoras posturas sexuales, no representan nunca los pies desnudos.
Cuando un chino quería llevarse a una chica al huerto, hacía mil cabriolas hasta que, como quien no quiere la cosa, le rozaba un pie. Si la chica no protestaba, entonces es que todo lo demás estaba permitido y podían comenzar besos, abrazos…
Pies españoles
La misma pasión inflamó a la España de los siglos XVI y XVII. Al igual que en China, se consideraba que cuanto más pequeño más bello era un pie. Las mujeres ocultaban incluso los pies calzados. Las largas y espesas faldas de entonces llevaban un doblete interior donde se introducían los pies al sentarse. Las españolas se ponían como las chinas a salvo de cualquier mirada para calzarse, según remarca Madame d’Aulnoy, la escritora francesa que hizo un viaje por nuestro país a finales del XVII. D’Aulnoy se quedó pasmada de que “después que una dama ha tenido con un caballero todas las complacencias posibles, la última rendición y máximo favor consiste en enseñarle el pie”. Pero muy pocos hombres conseguían tan excelso favor. Se cuenta que, cuando a Isabel la Católica le estaban dando la extremaunción, no consintió que le tocaran los pies. Francisco Pacheco, pintor y suegro de Velázquez, exigía que jamás aparecieran desnudos en los cuadros los pies de la Virgen. Ni los senos ni el sexo eran tan importantes. Ver unos pies en cueros suponía enamorarse rendidamente de su dueña, como le ocurre al protagonista de una obra de Lope de Vega, el cual, al cruzar un arrollo, ve circunstancialmente los pies de su acompañante e inmediatamente se inflama de amor. En otra obra, uno de los personajes dice: “Si matas con los pies, Inés hermosa, ¿qué dejas para el fuego de tus ojos?”. Otro personaje confiesa que tiene “más celos del pie que de la cabeza”. Una chica aleja a su amante para lavarse los pies en el río y éste exclama desesperado: “¡Quien fuera arena traviesa que le anduviera en los dedos!”. Hasta tal punto era afrodisíaco el pie, que había hombres que no se atrevían a regalar zapatos a sus amadas porque podían comprometerlas, ya que “quien zapatos envía, presume que ha visto el pie”, y ese simple hecho habría despertado la maledicencia general. Podemos comprender ahora que la escena del Quijote en que el cura y el barbero contemplan escondidos cómo Dorotea se lava los pies en un arrollo, es un pasaje fuertemente erótico, y así fue leído por sus contemporáneos.
El erotismo del pie se extendería con los años a Francia. Al escritor Restif de la Breton, que vivió en el siglo XVIII, le seducían tanto los pies y el calzado que, en una ocasión, siguió a una chica de París a Lyón nada más que porque llevaba unos bellísimos zapatos verdes.
Pies… y patas
Los pies al natural escandalizaron también en la mojigata Inglaterra victoriana. Se llegó al extremo de vestir las patas de mesas, sillas y demás muebles del hogar con elegantes ropitas que ocultaban su “desnudez”. Así se evitaba que cualquier impúdico caballero pudiera relacionarlas con los pies femeninos.
Cuando tras la I Guerra Mundial la falda comenzó a subir, el erotismo del pie se trasladó a la pierna. Ésta ha constituido el objeto erótico por excelencia del siglo XX, ensalzado por la literatura, el arte, la poesía y el cine. La escena de El graduado, con la imagen en primer plano de la pierna de la señora Robinson, exacerbó los deseos de los jóvenes de mayo del 68. El injustamente olvidado novelista español León Villanúa, publicó en los años 20 La bailarina de las piernas de seda, donde un transeúnte, subyugado por las piernas de una chica, la sigue hasta el interior de un ómnibus. “He subido al autobús exclusivamente para verla a usted de cerca”, le dice. “¡Tiene usted las piernas más armoniosas de Inglaterra!”.
La revolución sexual de los años 60 subió las faldas aún más, puso de moda el bikini y lo sembró todo de sicodélicos desnudos. El erotismo corrió consecuentemente hacia sitios más palpables. Pero ahora, a punto de acabar la primera década del siglo XXI, el desnudo y el sexo explícito lo llenan todo. El cine, la televisión e Internet lo ponen al alcance de la mano en unos segundos y sin esfuerzo. Estamos más sexualizados que nunca, pero también tenemos la cota más baja de erotismo de toda la Historia. Una sensación de hartazgo y saciedad se extiende por doquier. Y, como siempre, en un claro contrapeso pendular, rebrotan modas que creíamos desaparecidas. El erotismo del pie es una de ellas.
No son sólo los deseos y fantasías de los hombres. Los terapeutas sexuales se fijan también cada vez más en los pies. En las consultas y sesiones de grupo, se enseña a acariciarlos, masajearlos y besarlos desde los dedos hasta el talón o el empeine, como uno de los mejores desinhibidores y prolegómenos del acto sexual.
La sociedad actual necesita sorpresa y erotismo y, por eso, se está rindiendo al pie. Basta confesar en público la admiración que suscita para que quienes están alrededor descubran una nueva sensualidad. Por desgracia, también nos apercibimos en seguida de lo poco que la gente cuida sus pies. Claro que esto irá desapareciendo. El pie recobra velozmente sus derechos de seducción. Tan despreciadas extremidad, relegada durante siglos al papel de Cenicienta, va camino de convertirse en Reina. ¡Por fin encaja el zapatito de cristal!
Pie de loto
El admirado “pie de loto” chino era diminuto y puntiagudo, constituía el máximo de la belleza de una mujer y se conformaba desde la niñez doblando el pulgar sobre el empeine y los cuatro dedos restantes sobre la planta del pie. Luego se comprimía todo con vendas que se iban ajustando progresivamente.
Pies ninfómanos
Los cuentos tradicionales nos indican que la seducción por el pie femenino se pierde en la noche de los tiempos. El verdadero valor de Cenicienta no era su belleza ni su laboriosidad, sino sus pies pequeños, que a menudo se han relacionado con el desarrollo del monte de Venus, el aumento de los reflejos vaginales y la capacidad sexual.
Pies cinematográficos
El cine no se ha librado de la pasión por el pie. Quizá una de las películas más emblemáticas a este respecto sea Enciende mi pasión (1994), dirigida por José Miguel Ganga, con Miguel Bosé como protagonista, quien, en el papel de botánico, establece una relación erótica entre plantas y pies femeninos.
Incorregible Berlanga
A algunos amantes de los pies les encanta verlos embutidos en altísimos zapatos de aguja. Uno de los que no esconden esta pasión es el director de cine y erotómano consumado Luis García Berlanga.
Zapatos orgiásticos
En las fiestas chinas, era costumbre beber en los zapatos de las mujeres y brindar con ellos, así como demostrar ante todos conocer los más variados tipos de calzado o recitar poemas relacionados con el pie y sus atributos.
Loa al pie
Cervantes describe así el pie de Dorotea: “Tenía las polainas levantadas hasta la mitad de la pierna que, sin duda, de blanco alabastro parecía… Suspendióles la blancura y belleza de los pies… Eran tales que no parecían sino dos pedazos de blanco cristal que entre las otras piedras del arrollo se habían nacido”.
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Agradeciendo a Morales su reflexión, paso a enlazar los posts en los que yo misma he presumido de pies fotografiándolos para enseñároslos:
En mi primer cumpleaños de blog
Promocionando mi propio cuento sobre fetichismo de los pies
Dando una visión sobre los fetichistas de los pies
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Comentarios
Te felicitamos mi esposa Delia Y tu servidor Alejandro escuchamos todos los relatos y nos cautivo cada uno de ellos por la forma tan sutil y erotica de como manejas tu voz que lleva al extasis y nos trasporta en cada relato al mismo cielo.
Felicidaes desde Mexico d.f.
Yo creo que algunos podófilos nacen y otros se hacen, de modo que todavía estás a tiempo Andrés, seguro que te esperan nuevas emociones.
Gracias Alejandro en nombre de Lipa Benet, la dueña de la voz de los relatos.
Chin-Chin Chousa!
Susana te dejo aquí un enlace. No estoy nada conforme con muchos de los puntos que se exponen. El tema va para largo y preisa una profunda meditación.
… estos loqueros…
Moi interesante a entrada. Confeso que eu non son moito de pés, aínda que unha muller ben calzada sobre tacóns e aquelas medias dos anos 40 con costura atrás si me estimulan, e non só a imaxinación.
Tiberio, me ha impresionado muchísimo la visión de esos pies convertidos en muñones, lo cierto es que cada vez soy más contraria al fetiche occidental de calzar taconazos por la calle(lo siento Kaplan), que deforman el pie, salen juanetes -qué fea es la palabra esa, juanetes-, y suponen un coñazo con los que no se puede brincar.
Pero no renuncio a ellos, me gustan, los compro, los atesoro y los luzco como hago con mi ropa interior, en privado.
Hola,
La verdad es que yo no soy nada de pies. A partir de las pantorrillas lo que quieras, pero los pies no me acaban de convencer.
A ver, que una cosa no quita a la otra, y un masaje en los pies por la noche a la pareja siempre puede resultar interesante. Pero no siento una especial atracción.
Otra cosa es el calzado. Soy muy curioso y observador y me gusta ver el calzado que lleva la gente. Y las manos, me fijo mucho en las manos de las personas…
Besos.
O dos pés na china, esa tortura inflixida ou auto inflixida ás mulleres, que lles impedía camiñar xa me deixou mal corpo hai tempo;
o dos tacóns de agulla, altísimos, que tan de moda están outra vez, paréceme unha idiotez someterse voluntariamente. Tanto reivindicar dereitos e igualdades e despois imos nós e facemos o gilipollas. Tamén penso que os homes cairon en outras estupideces en vez de liberarnos nós: a depilación, por exemplo. Os pelos por algo están aí, non son suxos, nin antiestéticos; levalos arregladiños, -todos eles- e punto. Pero aquí estamos, todos nós facendo o parvo. E sufrindo. E pagando, por riba.
Bueno isto ía de pés. Que sei eu, Susana, supoño que cando todo o corpo ía tapado, aquilo que asomaba por baixo da saia era o que espertaba o deseo…
Todo é cultural.Hai culturas nas que as tetas non teñen ningunha significación erótica, en cambio sí un ventre ben voluminoso. Xa ves tí.
Algo que me parece interesante es el desconcierto encontrado cuando confiesas tu gusto por el pie femenino. No condeno el hecho de que otras personas no lo comprendan o simplemente les desagraden los pies, cada uno tiene sus gustos, pero me parece curiosa nuestra lógica. Nadie llama fetichista de nalgas o de senos a quien gusta de ellos pero nosotros somos “fetichistas de pies” y ninguno de los tres pertenece al aparato reproductor por lo que son aptos para ser un fetichismo o parcialismo.
En fin, tampoco es que me queje, ya hasta me gusta como suena, “fetichista de pies”, y me considero afortunado de nunca haber sentido vergüenza por ello desde hace tres años, a mis dieciséis, cuando descubrí que una mujer de lindos pies deslizándolos por tu pierna o jugueteando con su zapato y dejando que cuelgue de sus dedos o incluso simplemente mostrándolo con calzado descubierto podía excitarme tanto que si no lo viviera no lo creería.
Ya para finalizar, una de las razones por las que me gustan es que encuentro en los pies una mezcla de inocencia y sensualidad que sencillamente resulta deseable, dicen por ahí que entre más puro es algo más placer causa corromperlo.
Saludos desde México, creo que pasaré bastante tiempo leyendo tantos de tus posts como sea posible.
Olvidé mencionarlo esta vez, no sé si sean los tuyos pero los pies de las fotos resultan muy atractivos, en especial el par de la primer foto. Ese color, esas uñas rojas, esos dedos en perfecta proporción, esos tobillos, esas curvas por doquier uff… como dije, si no lo viviera no lo creería.

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Mira ti polo que sempre me gustou a min o conto da Cenicienta… (O dos reflexos vaxinais deixoume marabillado)
Seguro que a expresión “chin-chin” do brinde ten que ver con esa costume chinesa de beber no zapato femenino.
Bicos (dende os pés)