“Noche negra y luna clara”, la danza de Judith y Marisol.
Nadie permanecía impasible al presenciar la danza de Marisol y Judith en el Estrella. La combinación de esas dos hembras suponía un explosivo cóctel de belleza, la una, negra voluptuosa rebosante de carnes, la otra toda huesitos con pequeñas cumbres sexys aquí y allá.
Los hombres que presenciaban la danza se transportaban a terrenales nirvanas
cuando las huríes hacían su aparición en el escenario ataviadas al estilo arabesco, con turbantes y velos translúcidos de colores que todo lo enseñaban, al tiempo que todo lo escondían.
A golpe de ritmos tribales comenzaban a bambolearse sensualmente, luciendo sus piernas elásticas y sus brazos ondulantes que se entrelazaban, cruzaban y giraban. Sus curvas tenían la facultad de hipnotizar cuando se meneaban al son de la música primitiva en brincos obscenos, rasgando los tules con la punta de los pezones erectos. Por momentos parecía que las dos se fundían en un solo cuerpo bicolor, se frotaban y se acariciaban entre las telas y las caderas se distendían liberando a las nalgas de su habitual oclusión.
En el clímax del espectáculo parecía que perdían el control y que se obnubilaban en algún éxtasis místico con la mirada ciega, los ojos en blanco, soltando la pelvis adelante y atrás, absortas en su danza dionisíaca. El baile iba aumentando en velocidad y en emoción y los hombres lo presenciaban con la respiración contenida y sus falos ondulantes como serpientes hipnotizadas. Aguantaban hasta que finalizaba con un retumbar de tambores africanos y ambas se postraban en el suelo, arrodilladas frente al público, con las rodillas bien separadas y la columna vertebral volcándose hacia atrás progresivamente hasta que su sexo -brillante, pulcro, pletórico- quedaba expuesto, triunfal en primer plano, vulva rosa la de la blanca, violeta la de la negra.
Ese colofón resultaba tan impactante, que raro era el día que no tenían que intervenir los de seguridad porque los clientes, encendidos hasta las entrañas, se lanzaban al escenario dispuestos a poseer a esos coños preciosos allí mismo y ellas debían escapar corriendo para refugiarse en el camerino. Las peleas eran el pan de cada día y sólo las prostitutas, que hacían a esa hora su agosto particular, conseguían apaciguar a duras penas la fiebre de los clientes.
Entre todo el follón que se montaba tras el baile llamaba la atención un tipo que se mantenía impasible en su asiento, un hombre joven repeinado que no se perdía ni una sola representación de “Noche negra y luna clara”, y que al finalizar era el único que se mantenía inmóvil disfrutando del regusto del baile, conteniendo la tensión de su polla oprimida dentro de los pantalones. Observándolo con calma podemos ver una peligrosa lujuria en sus ojos, lascivia reprimida en el rictus de sus labios y si nos acercamos más descubrimos que su rostro nos resulta familiar ¡efectivamente! Este tipo no es otro más que el amiguito cabrón de la prima, pero con quince años menos encima.
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Éste es el relato número 52 de la colección de relatos eróticos Crisol Púbico
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Comentarios
Hola,
Una bonita combinación el negro y el blanco entrelazados y bailando al son de los tambores. Como para no crear problemas con semejante final de baile!!
Mira tú quién nos encontramos en la barra!! A saber que se le estará pasando por la cabeza.
Me voy, de cabeza, al siguiente relato.
Besos.
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