Archivo de 9 julio, 2010
El hijo mulato de Marisol
Rhett, el padre de Laura, nunca llegó a saber que en su última y mortal eyaculación dejó encinta a Marisol la venezolana, a la que no le hizo ni pizca de gracia llevar un bombo nueve meses. Pero tiró palante y el alumbramiento despertó en ella un fuerte instinto maternal. Crió a su hijo lo mejor que pudo, haciendo grandes esfuerzos para ganarse el sustento y darle alimentación, ropa y calzado, viéndose obligada a dejarlo en casas de las vecinas durante días enteros. El pequeño David, mulatito precioso, resultó ser un bebé tan tranquilo y sonriente que las mujeres del barrio lo adoraban como a un niño Jesús y se lo rifaban, se comían a besos sus piernecillas rechonchas y sus mofletes regordetes. Marisol tuvo una suerte tremenda con David, que se fue desarrollando en un niño despierto, alegre y con iniciativa, al que los hombres le metían una moneda en la mano con gusto porque el chaval sabía ganarse a la gente. Luego llegó a la adolescencia cargado de talentos tales como intuición, gracia y sensibilidad, lo que no deja de sorprender teniendo en cuenta que se crió, como aquel que dice, en la calle, pero él nunca se iba con malas compañías, él siempre con su balón en el pie y la sonrisa en la boca.
David iba adquiriendo con el paso de los años una belleza impresionante, moreno de tez canela, risa seductora de labios carnosos. No había mácula en su rostro armonioso de rasgos mestizos, ni fealdad alguna en su cuerpo de cintura fina y espalda atlética, con el cabello ensortijado y la mirada sana de los que miran de frente. Bello hasta decir basta, su madre le observaba orgullosa y comenzó a hacer planes de futuro. Le hubiera gustado mucho que estudiara enfermería, pero eso desgraciadamente no estaba a su alcance, de modo que cuando David cumplió los dieciséis lo matriculó en un gimnasio porque tuvo una idea. Decidió que la mejor vida que podría tener David era ser un “acompañante de señoras”. Para ella esa era una profesión buenísima donde los hombres atractivos -y buenos en la materia -pueden hacerse de oro y vivir como reyes. Marisol, que había pasado tantas penalidades económicas, consideraba que no había mejor actividad en el mundo para su hijo, qué mejor que gigoló, un oficio elegante, fino, limpio, en el que los señores no se manchan las manos y trabajan un par de días a la semana. Sólo de pensarlo se le llenaba el alma de júbilo. Esperó pacientemente, observándolo y comprobando que su hijo se hacía más guapo por momentos, y creyendo con verdadera fe que ese encanto era un regalo del santísimo Cristo del Sagrado Corazón, al que ella rezaba devotamente. Una vez David hubo celebrado su mayoría de edad, Marisol decidió que ya era hora de mover ficha y fue a hablar con Judith, su buena amiga:
- ¿Tú me harías el favor de enseñarle a mi hijo a hacer bien el sexo?
Este cuento es el relato número 49 del folletín Crisol Púbico.

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