Archivo de 6 julio, 2010
Viagra para el señor Gonzalo
¡Cómo es la vida! Nunca una mujer se ha entregado tanto a Gonzalo como lo hace la enfermera Alice. Ya desde aquel primer día en que a él se le escapó la mano al escote, se le iba después por doquier, a lo que ella respondía con un “¡Ay, cómo es usted!” pero no evitaba la caricia, ni ponía mala cara, en todo caso al revés, parecía que le hacía chiste. Esa mano se fue envalentonando, alcanzando nuevas metas y ella “¡Ay, cómo es usted, señor Gonzalo!” pero ni un gesto que frenase la actitud tocona. Y ya una cosa fue llevando a la otra, y ahora están entusiasmados con su travesura, broma que a ella puede costarle el puesto de trabajo pero ciertamente no es la primera vez que trasgrede las normas. Hay que entender que está explotada, que trabaja día y noche como una leona, que esos horarios laborales no le permiten tener vida propia, que su vida transcurre entre las cuatro paredes del hospital y, ¿para qué engañarnos? es hembra facilona que se deja llevar, aun a pesar de poner a riesgo su sustento.
Alice y Gonzalo toman, pues, en comandita las precauciones necesarias para no ser pillados en sus juegos prohibidos y aprovechan cualquier situación en la que no haya moros en la costa para entregarse a esos divertimentos que tanto les complacen. A Alice, caliente por naturaleza y desprejuiciada por educación, le sientan de perlas estas pinceladas de placer y regala a Gonzalo sus mieles de mujer sin cortapisas. Se lo da todo cada día, sin falsos pudores deja que él le desabroche la bata – lo hace como si desenvolviese un regalo, riéndose y aplaudiendo como un niño la mañana de Reyes- . Y ya se precipitan los acontecimientos y la cosa suele terminar con Alice despatarrada en la camilla, o bien posicionada a cuatro patas en la alfombra. El señor Gonzalo goza con su sentido de la vista, del olfato, del gusto, del tacto y del oído. Disfruta haciéndole cosquillas, masajes, pellizcos, magreos y por supuesto con esos orgasmos de mujer que sus dedos desgranan con facilidad en el vientre de la enfermera frescachona, con esos clímax que su lengua libera directamente desde la vulva salada.
Alice se ha convertido en la luz de los ojos para Gonzalo, que está enamorado. Moriría por ella, por ella mataría, pero lo que ella pide es, en apariencia, mucho más simple:
-Ay papito, ¡quién me diera que se te pusiera bien gorda!
No vamos a redundar en la flacidez de este hombre porque no está bonito hacer leña del árbol caído, pero aunque Gonzalo se excita tremendamente con los muslos morenos de la rubia teñida -y con sus pechos chiquitos- el primo pequeño no responde, y a Gonzalo, en su desesperación no se le ocurre otra cosa mejor, más que pedirle al médico un medicamento que le ayude:
-Doctor, yo quisiera solicitarle Viagra o algún genérico que levante a los muertos.
El médico le mira espantado, ¡con menudo fue a dar el incauto Gonzalo! Ese reprimido, que tiene problemas con la aceptación de las propias erecciones, gira su rostro iracundo hacia la enfermera, sospechando que ella tiene algo que ver.
-¡Está usted loco! ¡loco! – habla con Gonzalo, pero es a Alice a la que mira con ira incontenida – ¡Con el corazón en su estado! Si yo le receto esa porquería, le enviaría directamente al infierno ¡qué vergüenza hombre! ¡dedíquese a actividades propias de su edad!
………………..
Este cuento es el relato número 48 del folletín Crisol Púbico.
Como ésta es una historia con muchos personajes y voy saltando de uno a otro a capricho, si queréis recordar los incidentes de estos personajes pinchad en los capítulos que adjunto:
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